Batallas históricas
Gaugamela: las conquistas de Alejandro


Andrés Ortiz Garay[*]

La invasión de territorios asiáticos que acaudilló Alejandro Magno en el siglo IV a. C. culminó dos siglos de enfrentamientos bélicos entre griegos y persas y se considera el inicio del helenismo, un periodo de importantes cambios sociales y culturales entre las civilizaciones del mar Mediterráneo.



Batallas históricas Gaugamela: las conquistas de Alejandro

La conquista del Imperio persa por los ejércitos de Alejandro Magno es generalmente considerada como un hecho que cambió al mundo mediterráneo de la antigüedad clásica[1] al intensificar los procesos de contacto e intercambio entre las civilizaciones asentadas en el siglo IV a. C. en torno a la parte oriental del mar Mediterráneo. La década de las conquistas macedonias dirigidas por Alejandro (334-324) contribuye a la difusión de ideas y elementos culturales de origen griego en las diversas culturas que formaban parte del dominio aqueménida, es decir, el Imperio persa (que abarcaba el Cercano Oriente con Egipto y gran parte del Asia Central hasta la cuenca superior del río Indo). El triunfo griego encabezado por Alejandro señala así la instauración del helenismo en gran parte de ese inmenso territorio.

Pero si bien es cierto que la arquitectura, la escultura, el teatro, la filosofía y otros adelantos intelectuales y materiales de los griegos se implantan a partir de entonces en Oriente,[2] también lo es que otro fenómeno, mucho más inquietante, igualmente formó parte del legado helenístico que Alejandro y sus macedonios instauraron; un legado que la civilización occidental no ha estado tan dispuesta a reconocer como sí lo hace con el arte y el humanismo; me refiero a la proliferación de la violenta y muchas veces fratricida guerra de falanges que caracterizó a ese mundo mediterráneo durante los tres siglos precedentes al advenimiento de la era cristiana. La batalla que aquí abordaremos, la de Gaugamela (331 a. C.), no sólo coronó la conquista alejandrina del Imperio persa, sino que representa también una especie de acto inaugural de los innumerables enfrentamientos bélicos que le seguirían y que tan sólo cambiarían en sus maneras militares con la aparición en escena de las legiones romanas.

Antecedentes de la conquista griega de Persia

Tras su triunfo en las guerras médicas,[3] las ciudades-Estado que se habían confederado en un pacto de no agresión para resistir la invasión persa de Grecia fueron incapaces de alcanzar una paz duradera. Más pronto que tarde, las principales polis que lideraron esa confederación –Esparta y Atenas– se enfrascaron en una contienda que arrastró tras de ellas a todas las demás polis de la Hélade, en la llamada guerra del Peloponeso. Este conflicto fue largo: una primera fase se desarrolló entre los años 457 y 445, sin llegar a resultados decisivos; la segunda fase, en cambio, se extendió por todo el mundo griego durante tres décadas (433-404), fue ocasión para lamentables atrocidades que nunca antes habían ocurrido entre las polis griegas y arruinó tanto a los vencidos (Atenas y sus aliados de la liga délica) como a los vencedores (Esparta y sus aliados de la liga del Peloponeso).

La victoria de Esparta en la guerra del Peloponeso no se tradujo para las otras ciudades-Estado en la ansiada libertad; en vez de autonomía con respecto a Atenas, la mayoría de las polis tenían ahora que cumplir con los requerimientos e imposiciones de la inspección militar que los espartanos establecieron en muchas de ellas. El dominio espartano duró poco tiempo, pues los tebanos, conducidos por su genial estratega Epaminondas,[4] lograron lo que hasta las batallas de Leuctra (371) y Mantinea (362) parecía imposible: vencer a un ejército espartano en una batalla terrestre frontal. Sin embargo, la muerte de Epaminondas en el combate de Mantinea dejó descabezada a Tebas y muy pronto su hegemonía sucumbiría ante el predominio de Macedonia.

Un suceso que, desde la antigüedad hasta nuestros días, ha sido muy celebrado, confirmaría esto y se convertiría en un estímulo para las conquistas de Alejandro: la expedición de los Diez Mil. Tras el fin de la larga guerra del Peloponeso, muchos guerreros bien entrenados y armados quedaron sin la responsabilidad de combatir por sus polis y entonces se alquilaron como mercenarios; los veteranos, algunos jóvenes y otros viejos, no tenían opciones de trabajo en el desolado mundo de la posguerra y debieron emplearse como asesinos militares. La superioridad alcanzada por los hoplitas griegos[5] en los combates terrestres los convirtió en un producto muy cotizado que los soberanos persas buscaban poner a su servicio.


La batalla de Cunaxa entre los persas y diez mil mercenarios griegos de Ciro “el Joven”



Así, en el año 401, un príncipe aqueménida, Ciro “el Joven”,[6] mandó contratar a 10 700 guerreros griegos –en su mayoría hoplitas– que, a cambio de salarios, recompensas y botín, le ayudarían a deponer del trono a su hermano Artajerjes II. Esos soldados de fortuna recorrieron unos 2400 kilómetros junto al resto del ejército de Ciro hasta Cunaxa, en las cercanías de Babilonia, donde a principios de septiembre entablaron una encarnizada batalla contra las huestes del rey. El contingente griego aplastó a sus adversarios con facilidad, pero ese triunfo resultó inútil porque su patrón Ciro cayó muerto al lanzarse temerariamente en pos de su hermano y rival. Los mercenarios griegos se vieron entonces rodeados, en pleno corazón del Imperio persa, por las fuerzas de Artajerjes y las de sus ex aliados que se pasaron de inmediato con el Gran Rey. Uno de los sátrapas de éste llamó a los jefes de la tropa mercenaria a conferenciar y entonces los asesinó a traición. Aun así, los griegos decidieron no rendirse, nombraron en asamblea nuevos jefes y dieron comienzo a una larga marcha por Asiria, Media y Armenia que los llevaría hasta las orillas del mar Negro, donde había colonias griegas en las que esperaban encontrar navíos para regresar a su patria. Entre los líderes elegidos para guiar la retirada se encontraba Jenofonte, un ateniense aristócrata, que escribió la Anábasis (que en griego significa “ascensión a las tierras altas”), el famoso relato de la expedición.[7] Los griegos se abrieron paso combatiendo contra las tribus montañesas que los atacaban continuamente y soportaron las inclemencias de la nieve en las altas cordilleras y del extremo calor en las estepas. Finalmente, cinco de cada seis llegaron a Trebisonda, una ciudad helena junto al mar Negro; de los que perecieron, la mayoría cayeron por agotamiento y congelamiento más que por las heridas causadas en batalla.




La expedición de los Diez Mil tuvo por efecto mostrar a los griegos que las fuerzas armadas del Imperio persa no eran tan temibles, a pesar de su gran número y de que luchaban en su propio terreno. El pequeño ejército de aguerridos mercenarios había logrado salir casi indemne del corazón mismo del imperio y derrotar a todos los enemigos que se les habían puesto enfrente. Su ejemplo mostraba que los griegos podían lanzar expediciones militares contra el territorio persa y obtener éxito. Además, señalaba el principio de una nueva época en la historia militar del mundo mediterráneo de la antigüedad clásica con la ascensión de los ejércitos de mercenarios profesionales, los cuales adquirirían un papel muy relevante en el siguiente siglo con Alejandro y los caudillos de los reinos helenísticos que surgirían tras su muerte. Un destacado historiador militar ha comentado así la importancia de los Diez Mil:


Lo que la Anábasis prueba es que los griegos luchaban de forma muy distinta a la de sus adversarios y que sus singulares características combativas –conciencia de la libertad personal, superior disciplina, armas sin parangón, camaradería igualitaria, iniciativa individual, flexibilidad táctica, adaptación al terreno, preferencia por las batallas de choque con tropas de infantería pesada– constituían los mortíferos dividendos de la cultura helénica en general […] La ordalía de los Diez Mil, atrapados y al borde de la extinción, descubrió la conciencia de la polis innata a todos los soldados griegos, que en aquella campaña se dirigieron a sí mismos exactamente igual que como lo hacían como civiles en sus respectivas ciudades-estado (Hanson, 2006: 20).


Si bien lo que dice este autor es muy acertado, la conquista definitiva del Imperio persa no sería llevada a cabo por los strategoi de las polis peninsulares, sino por el rey de Macedonia, un Estado feudal del norte que los griegos centrales consideraban semibárbaro.

Ascensión de Macedonia

Filipo II, padre de Alejandro Magno


Los príncipes de la familia de Alejandro reivindicaban ser descendientes de Hércules, el mítico héroe panhelénico hijo de Zeus; sin embargo, los macedonios hablaban un dialecto poco menos que incomprensible para los griegos del centro y del sur de la península. Pero más que lingüística, la diferencia que separaba a griegos y macedonios era cultural. Tesalia, Tracia, Macedonia y Epiro eran provincias donde no había florecido el sistema sociocultural de las ciudades-Estado y sus confederaciones comerciales y políticas, sino que allí los campesinos, pastores y criadores de caballos –las principales ocupaciones económicas– estaban gobernados por belicosos aristócratas rurales de corte feudal[8] que elegían a los reyes mediante el consenso de las asambleas de guerreros. En 359, Filipo II (382-336) arribó al trono de Macedonia y cohesionó fuertemente a los diversos feudos; tras doblegar a las tribus montañesas de las fronteras, se dedicó a crear una sobresaliente fuerza militar que le permitiría imponer su hegemonía en Grecia.

Combinando magistralmente el poderío de sus falanges y novedosas tácticas de combate (ver el recuadro de panoplia), su rapidez en la adaptación de sus objetivos estratégicos y una gran astucia en las intrigas diplomáticas, Filipo logró someter a su dominio a toda la Grecia continental (con excepción de Esparta) y las islas del Egeo en poco más de veinte años. La máquina militar que él organizó, equipó y lideró barrió la resistencia de una última confederación de los griegos que se le oponían en la batalla de Queronea (338), en la cual desempeñó un papel destacado su hijo Alejandro como comandante de las fuerzas de caballería. Tras esa victoria, Filipo fue nombrado strategos autokrátor (general plenipotenciario) por los representantes de las polis griegas reunidas en la Liga de Corinto, quienes asimismo convinieron en que se preparara un gran ejército para atacar a los persas en Asia, usando como pretexto la venganza por la profanación de templos griegos durante la invasión de Jerjes en la segunda guerra médica, ocurrida casi un siglo y medio antes. Convertido así en caudillo de la “cruzada” panhelénica contra Persia, Filipo envió una vanguardia, comandada por Parmenión, su subalterno de mayor confianza, para que asegurase una cabeza de puente en el Helesponto (el cruce entre Europa y Asia) y preparara el levantamiento de las ciudades griegas de Jonia contra la dominación persa. Pero en 336, Filipo fue asesinado por uno de sus guardias.[9] Así, la puesta en marcha de la campaña contra los persas recayó en el sucesor de Filipo. Antes de abordar estas nuevas peripecias, veamos algo sobre las principales características del imperio que atacaría Alejandro III.

El Imperio aqueménida

El régimen persa sobre sus pueblos dominados era de alguna manera menos oprobioso y más inteligente que el instaurado por Filipo entre los griegos. En casi todas partes había administraciones locales que rendían cuentas al Rey de Reyes sin necesidad de las exacciones de una guarnición militar foránea; por eso, en buena medida existía paz en las ciudades del imperio. Los caminos estaban relativamente bien resguardados y el comercio proliferaba por todos los confines del Asia central y el cercano Oriente. Esta situación de estabilidad hizo que durante el reinado de Darío III, la Persia aqueménida recuperara parte de su anterior grandeza.

Antes del persa, hubo importantes estados que dominaron extensos territorios, como Egipto, Babilonia y Asiria, pero, por su duración, extensión y esplendor, el reinado de los aqueménidas constituyó el que quizá fue el primer gran imperio del mundo. Originalmente, los persas eran un pueblo de las estepas, uno más de los innumerables que habitaron en algún momento el continente euroasiático entre el río Danubio y el lago Baikal, y de los que –como ellos mismos lo hicieron– de vez en cuando salían hordas que conquistaban los centros civilizados. La lengua de los persas se inscribe en una rama de la familia lingüística indoeuropea, por lo que es pariente lejana del griego y del sánscrito, entre otros idiomas. En el paso del segundo al primer milenio antes de Cristo, los persas entraron al Irán; en menos de quinientos años, ya en el siglo VI, su soberano Ciro “el Grande” (segundo rey de la dinastía aqueménida) gobernaba un imperio que iba desde las fronteras de Etiopía y Egipto, en el sur, hasta el Cáucaso, el mar Caspio y el lago Aral en el norte; y desde el mar Egeo y las costas del Mediterráneo en el occidente, hasta el valle superior del río Indo, en el oriente. Aunque regularmente había problemas en este inmenso imperio (disputas con pueblos fronterizos, levantamientos de los pueblos montañeses, rebeliones de sátrapas ambiciosos, etc., y sobre todo intrigas y enfrentamientos sangrientos para dirimir la sucesión en el trono), los periodos de paz, tranquilidad y bienestar eran prolongados y beneficiaban a una buena parte de la población. Algunas de las cualidades que permitían este relativamente feliz estado eran la tolerancia religiosa[10] (un concepto bastante novedoso en esa época), la eficacia de la organización de los trabajos públicos y la recolección de tributos (a veces no exenta de corrupción, pero que en general lograba que las obras se realizaran bien y los recursos fluyeran hasta la administración central), la valentía de los guerreros persas y su habilidad para el combate a caballo.[11]

En ciertos aspectos, el arte de los persas de la época aqueménida tuvo un gran florecimiento –como la arquitectura. En Persépolis, por ejemplo, se hallaba uno de los más bellos recintos monumentales de la antigüedad, construido una generación antes que la acrópolis ateniense del tiempo de Pericles. Además, la riqueza de los aqueménidas era proverbial; de hecho, los tesoros de oro y plata que fueron arrebatando a los persas permitieron a Alejandro sufragar los gastos de sus prolongadas y costosas campañas realizadas por un ejército de profesionales de la guerra. Visto desde este ángulo, el intento de Alejandro, luego de su triunfo en Gaugamela, por reconciliar a vencidos y vencedores y otorgar importantes puestos de mando a los primeros, en el que ya entonces era su imperio, evidencia una perspectiva política muy sagaz por su parte y también muestra la faceta de su personalidad ligada a un carácter utopista y soñador.


            

Detalle de relieve en la fachada de la escalera de la Apadana en la antigua ciudad de Persépolis

Guerreros persas con arco y flechas, relieve mural en el palacio de Darío



La invasión a Persia

Ya desde el siglo XIX, el historiador Johann Gustav Droysen señalaba en su biografía sobre Alejandro Magno lo sorprendente que había sido la conquista del Imperio persa y la instauración del helenismo en Asia:


Estamos ante un acontecimiento verdaderamente pasmoso, sin paralelo en la historia. Jamás, ni antes ni después, vemos a un pueblo tan pequeño destruir con tal rapidez y de un modo tan completo la supremacía de un imperio tan gigantesco, para erigir sobre sus ruinas nuevas formas de vida política y nacional. ¿De dónde sacó aquel microcosmos griego los bríos para acometer tan ambiciosa hazaña, las fuerzas necesarias para triunfar en ella, los recursos para alcanzar tan brillantes resultados? ¿Y cómo explicarse que la monarquía persa, que había sabido conquistar y dominar por espacio de dos siglos tantos reinos y países, que poco tiempo antes había convertido en súbditos suyos, a lo largo de dos generaciones, a los helenos de la costa asiática y a quien nadie disputaba el papel de árbitro sobre las islas y la tierra firme, sucumbiese a la primera acometida de los macedonios? (1946: 3).



La figura de Alejandro como héroe ha sido abordada por la historia, la biografía, la novela, el cine y otras artes; desde Diodoro Sículo (60-30 a. C., en su Biblioteca histórica) y Plutarco de Queronea (45-120 d. C., en su Vidas paralelas), hasta Oliver Stone en el film Alexander, de 2004, son incontables las obras que desarrollan la mítica de este hombre. Alejandro nació en Pella, la capital del reino de Macedonia, en el año 356 y murió en Babilonia en junio del 323, sin que hasta la actualidad se conozca la causa de su temprana muerte (se ha dicho que envenenado, por la malaria, por un derrame cerebral, por las secuelas de viejas heridas, etc.). Se le ha caracterizado con una especie de personalidad esquizofrénica, que le llevaba a realizar actos sublimes y a cometer tremendas atrocidades. Quizá al ser, por un lado, un soñador y visionario y, por el otro, un realista y pragmático, la rara unidad de esos contrarios causó tales diferencias. Otro asunto paradójico en su vida es que, tras vencer la resistencia armada de los persas, parece haber caído ante el influjo de su cultura, pues adoptó muchas de sus maneras, costumbres y vestimentas (aunque también esto pudo tener que ver no sólo con gustos sino con actos diplomáticos y propagandísticos bien planeados). En todo caso, su actuación histórica ha tenido tanto acérrimos detractores como incondicionales apologistas. Creo innecesario extender más estas líneas, pues muchos de los hechos de Alejandro son bien conocidos, o al menos forman parte de las leyendas tejidas en torno a su persona. Lo único que agregaría aquí es que como estratega fue genial y como comandante tiene fama de haber estado siempre cerca de sus hombres, de compartir sus penurias y sus goces en las campañas y, sobre todo, de pelear junto a ellos codo a codo siendo muchas veces el primero en arriesgar la vida en los combates.


Varios factores ayudan a responder las preguntas de Droysen, especialmente en lo que respecta al lado griego-macedonio. Uno de esos factores es el clima ideológico desarrollado en parte por las doctrinas de los filósofos sofistas, por Platón y sus discípulos (entre ellos Aristóteles, que fue mentor de Alejandro en sus mocedades) e Isócrates, quienes, cada cual por su lado, se ocuparon del tema de la unidad política de las polis griegas y en sus obras, como el Gorgias de Platón o el Panegyricus de Isócrates, adelantaban ya propuestas de una alianza panhelénica para efectuar una guerra que llevase a los griegos al desquite por las invasiones persas en las guerras médicas. Desde luego, a esta reivindicación ideológico-política se aunaba el afán de conquista y pillaje, que se escondía bajo un ropaje de patriotismo.


Aristóteles y su discípulo Alejandro Magno, grabado de 1885


Es indudable que tanto Filipo II como Alejandro III pretendieron obtener por todos los medios la aprobación de los griegos para su campaña en Persia y, como ya dijimos, la existencia de gran cantidad de guerreros desempleados dispuestos a lanzarse a la aventura les proporcionó el material humano para realizar su proyecto. Así, a pesar de la existencia de una fuerte oposición antimacedónica en la Hélade –liderada en Atenas por la facción que acaudillaba el famoso Demóstenes–, Alejandro logró enrolar en sus fuerzas a un número considerable de hoplitas que no eran macedonios.

Relieve en bronce que representa a Alejandro Magno y su ejército en batalla


Tras casi dos años dedicados a pacificar su frontera norte y a derrotar a la oposición en Grecia, Alejandro y su ejército cruzaron finalmente el Helesponto para unirse a las tropas que Parmenión tenía allí para iniciar una primera campaña. Luego de una visita ritual al lugar donde se suponía que se había levantado la antigua Troya para rendir homenaje a Aquiles, su héroe favorito (y del que se suponía descendiente por parte de madre), Alejandro dirigió a su ejército en la batalla del río Gránico, en mayo del 334 (allí recibió la primera de una serie de heridas que terminarían por minar su salud). Los errores tácticos de los sátrapas que comandaban el ejército persa decidieron que este primer encuentro se dirimiera a favor de los macedonios. Como consecuencia de esta victoria, las ciudades del Asia Menor cayeron en manos de Alejandro, algunas por rendición y otras por asalto. Para finales de ese año, los macedonios atravesaban la cordillera del Tauro con dirección a Siria.

En noviembre del 333, durante la segunda campaña, ocurrió la batalla de Isos,[12] en la que Alejandro volvió a triunfar y estuvo a punto de dar caza a Darío. Éste se escabulló del combate abandonando su campamento, donde se encontraban –además de un gran botín– su madre, su esposa principal, el hijo y las hijas del rey, así como otras mujeres del séquito real, las cuales quedaron a merced de los vencedores. Alejandro dio entonces una muestra de magnanimidad al ordenar que se les tratara con la distinción propia de su alcurnia y se les proporcionara toda clase de comodidades. Luego, en vez de perseguir a Darío, Alejandro se aferró a su objetivo estratégico inmediato: apoderarse de los puertos del Mediterráneo que pudiese usar la flota persa y de esa manera impedir eventuales ataques que cortaran su aprovisionamiento desde Grecia (con ello también obstaculizaba la llegada de refuerzos para los persas desde Cartago). Por eso, se puso sitio a los puertos fenicios de Tiro (ocho meses en el 333) y de Gaza (tres meses en el 332; ahí Alejandro fue otra vez herido). En estos duros y violentos enfrentamientos, el jefe macedonio demostró su talento para la guerra de asedio y también su falta de escrúpulos al arrasar esas ciudades, mandar matar a los habitantes masculinos y esclavizar a las mujeres y niños sobrevivientes. Con la toma de estos puertos, Persia dejó de ser un enemigo en el mar, pues su flota tuvo que dispersarse o cayó en manos de los griegos al carecer de bases para atracar.


El mosaico de Isos, también conocido como mosaico de Alejandro Magno, representa a Darío III (zona central) luchando contra Alejandro Magno (a la izquierda) en la batalla de Isos




Ascendió al trono en 336, el mismo año que Alejandro. Cuando, dos años después, Alejandro cruzó el Helesponto para invadir Asia, Darío tenía 46 años de edad. Poco antes había sofocado una revuelta en Egipto, por lo que no parece del todo cierta la caracterización que hacen de él algunas fuentes, tildándolo de cobarde y débil. En realidad, no hay evidencias contundentes que permitan dudar de su valor o de sus dotes militares (no obstante los momentos de desconcierto y hasta de pánico que pudo haber tenido en las batallas de Isos y Gaugamela). Es más seguro, en cambio, que hasta antes de convertirse en rey, su vida haya transcurrido lejos del fragor de la guerra y en un ambiente de lujo y riqueza. Las cartas que envió a Alejandro, de rey a rey, tras ser derrotado en Isos, demuestran que Darío era bastante realista en sus procederes y que uno de sus principales intereses era recuperar con bien a su familia, a pesar de que para ello tuviera que despojarse de una fortuna y de la mitad del territorio de su imperio.

Después siguió la relativamente rápida y poco cruenta conquista de Egipto, donde Alejandro fue recibido como libertador. Él ordenó la fundación del puerto de Alejandría del Nilo, que se convertiría en una las grandes y cosmopolitas urbes del mundo antiguo. En su periplo por la tierra de los faraones, también destaca su visita al templo-oráculo del dios Amón en el oasis de Siwa, en el desierto libio, donde los sacerdotes lo proclamaron hijo de ese dios y faraón. La conquista de Egipto posibilitó la unión de todo el oriente del mar Mediterráneo bajo la férula de los griegos. La fundación de Alejandría fue un punto culminante de sus conquistas que establecía la posibilidad de abrir una ruta marítima desde Grecia hasta la India a través del mar Rojo y el océano Índico. Mientras tanto, Hefestión, su gran amigo, compañero de armas y probablemente amante, avanzaba en vanguardia hasta los ríos Éufrates y Tigris para ocupar los principales vados y preparar así la incursión macedonia en el corazón del imperio.










Batalla de Gaugamela

La tercera campaña contra Persia le tomaría a Alejandro seis arduos años y lo llevaría a recorrer miles de kilómetros desde los desiertos al borde de la Mesopotamia hasta las invernales estepas y las escarpadas cordilleras de Bactria y Sogdiana. En esta campaña, Alejandro demostró de nuevo su genio estratégico al conducir a su ejército por un camino más largo, pero que ofrecía más opciones de encontrar granos y pastos, en vez de lanzarse directamente en busca de Darío, quien a su vez se acercaba al río Tigris al mando de sus huestes, las cuales comprendían unos 100 mil infantes, 34 mil jinetes,[13] cerca de 150 carros de combate dotados de mortales guadañas y 15 elefantes adiestrados para la guerra (esta fue la primera ocasión en que un ejército europeo se enfrentaba a esos temibles animales, que funcionaban a la manera de los primeros tanques del siglo XX).

Unas semanas antes de la batalla que se aproximaba, Darío envió un ofrecimiento de paz a Alejandro: si éste detenía su ataque, podía quedarse con todo lo que ya había ocupado al oeste del Éufrates y además recibiría treinta mil talentos de plata y a una de las hijas de Darío como esposa; así, en la calidad de yerno del Gran Rey, gobernaría parte del Imperio persa, compartiéndolo con Darío. Alejandro convocó a una reunión de su estado mayor en la que anunció la oferta del rey persa. Parmenión dijo: “Si yo fuera Alejandro tomaría lo que el rey da y aceptaría el tratado”, a lo cual Alejandro contestó: “También yo lo habría aceptado, si acaso yo fuera Parmenión” (Diodoro Sículo, 1986: 200).

La batalla decisiva que selló el destino del Imperio aqueménida tuvo lugar en Gaugamela (“la casa del camello”, en la lengua persa), una llanura a unos 70 kilómetros de Babilonia.[14] Ha sido posible fijar con bastante precisión la fecha de la batalla (1 de octubre del 331) porque Plutarco y otras fuentes afirman que en el mes llamado boedromión hubo un eclipse lunar, y once días después de ese fenómeno astronómico los ejércitos se encontraban acampados frente a frente la noche anterior al combate. Plutarco relata que los veteranos soldados macedonios que encabezaba Parmenión se admiraban de la cuantía y extensión de las fogatas enemigas y comentaban con estupor que el sonido de armas que se producía en el campo persa era similar al de la inmensidad del mar, por lo que se acercaron a Alejandro pidiéndole que apresurara el ataque durante la noche, como la mejor manera de disimular la imponente disparidad entre ambos ejércitos. Pero Alejandro, desdeñoso, les contestó: “Yo no hurto la victoria”, lo cual significaba que no tenía que ocultarse para combatir con éxito y que no buscaría ni ofrecería cuartel.


La batalla de Gaugamela, detalle del relieve en marfil inspirado en una pintura del francés Charles Le Brun, con Alejandro Magno a lomos de su caballo Bucéfalo


Dada la inmensa superioridad numérica de los persas,[15] que les permitiría sobrepasar la línea enemiga para envolver a los griegos, Alejandro apostó alas detrás de los extremos derecho e izquierdo de su propia línea, las cuales, llegado el caso, podrían dar media vuelta para formar un segundo frente que contuviera el embate persa o formar un ángulo al dar un cuarto de vuelta para enfrentar un ataque a su flanco. Al desatarse la batalla, Alejandro condujo a su caballería de élite, los hetairoi (“compañeros”), en una frenética cabalgada paralela a la línea del frente para simular que buscaba dar la vuelta para envolver el flaco izquierdo de los persas. Darío, que se encontraba en el centro de su formación, envió un ataque de caballería contra el ala izquierda de los macedonios, que comandaba Parmenión, y detrás de la cual se hallaba el campamento donde estaban los cautivos de la familia real, seguramente con la esperanza de liberarlos. Al mismo tiempo, ordenó el avance por el centro, de los carros de combate y los elefantes. En esta sección, la disciplinada falange macedonia aguantó la embestida y la desactivó al abrir huecos entre sus líneas para que los hipaspistas (infantería pesada), los lanzadores de jabalinas y los arqueros que se hallaban detrás dieran cuenta de ellos.


El equipamiento, las armas y las tácticas de las falanges creadas por Filipo II y utilizadas por Alejandro contra los persas eran una prolongación de las que empleaban los hoplitas de las ciudades-Estado griegas. A diferencia de éstos, los falangistas eran mayoritariamente soldados profesionales que actuaban a cambio de una paga y de la participación en el pillaje. Una de las principales innovaciones en el armamento fue la sarissa, una lanza o pica que alcanzaba una longitud de seis metros, lo que daba a las primeras filas de la falange un alcance mucho mayor del que habían tenido las hileras de hoplitas. La repetición de formaciones con 32 hombres en profundidad y 16 de frente convertía al total de la falange en un monstruo erizado de lanzas que era casi imposible de resistir cuando avanzaba. A esta temible arma, se agregaba el novedoso uso de la caballería que hizo Alejandro, sobre todo con el cuerpo de élite que eran los hetairoi, armados con espadas y lanzas largas (xyston) con corazas y yelmos que les protegían cara y hombros. Estos jinetes eran adiestrados para realizar formaciones en cuadro, en rombo o en cuña, y Alejandro siempre los situaba en su flanco derecho en las batallas campales. La acción combinada de la falange y la caballería constituía la táctica del yunque (la primera) y el martillo (la segunda), con las que se aplastaba a los enemigos.


“Compañero”
a caballo

Darío cometió entonces su gran error, pues mandó a los jinetes que comandaba su primo Bessos, sátrapa de Sogdiana, en persecución de los hetairoi que encabezaba Alejandro, en vez de reforzar el ataque sobre las tropas de Parmenión, las cuales empezaban a flaquear ante la embestida de un número muy superior de jinetes enemigos; este movimiento provocó un hueco en el centro persa. Eso era lo que Alejandro había previsto y, sin pensarlo dos veces, lanzó a su caballería de “compañeros” en un ataque en forma de cuña que puso en completa dispersión a la línea central enemiga, haciendo en ella una verdadera carnicería, pues de frente también avanzaba sobre este sector la falange macedonia. Al sentirse rodeado, Darío perdió el nervio y huyó en su carro para evitar el peligro que se cernía sobre él. Su fuga causó la desbandada de toda la línea central del ejército persa, que sufrió cuantiosas bajas al volver las espaldas en el vano intento de escapar al empuje combinado de falangistas y hetairoi.






Cuando se disponía a lanzarse en persecución de Darío, Alejandro recibió un mensaje urgente de Parmenión, que le solicitaba acudir en su auxilio antes de que el ala izquierda macedonia sucumbiera. A duras penas Alejandro se contuvo, entendiendo que si no regresaba podría todavía perder la batalla. Con su apoyo, la infantería consiguió frenar el ataque de la caballería de Maceo y hacerla retirarse del campo. De esta manera finalizó la batalla que acababa con el Imperio aqueménida, pues, aunque Darío pudo escapar ese día, ya no logró levantar fuerzas para proseguir la lucha, y cerca de un año después fue asesinado por el sátrapa Bessos y otros nobles persas.

Las pérdidas de los macedonios fueron relativamente bajas, quizás unos 500 muertos (entre los que se contaron 60 jinetes de los “compañeros” de Alejandro); en cambio, en el ejército de Darío la sangría fue terrible, ya que murieron entre 40 mil y 90 mil hombres, según diferentes fuentes. Esta desproporción se explica no sólo por la mejor armadura y el más mortífero armamento de los griegos, sino además porque la verdadera carnicería en las batallas de la antigüedad se iniciaba cuando el enemigo se daba a la fuga y no tanto mientras combatía de frente.

Conclusión

Quizás en otra ocasión tendremos la oportunidad de recordar las peripecias de las conquistas de Alejandro después de Gaugamela que le llevarían hasta la India. Ahora tan sólo diremos que su muerte prematura, sin haber hecho explícita alguna orden en cuanto a la sucesión, provocó que entre los principales generales macedonios que le sobrevivieron se desataran las llamadas “guerras de los diadocos”, mortales confrontaciones que se extenderían a lo largo de casi tres siglos a través de los descendientes de los diadocos originales. Se trataría, sin duda, de enfrentamientos mucho más mortíferos y a mayores escalas de los que habían llevado a cabo los hoplitas de Esparta y Atenas con sus respectivos aliados. Además, la circulación de las riquezas arrebatadas al Imperio persa y a otros pueblos conquistados tuvo el doble efecto de engrosar las fuerzas de mercenarios en los ejércitos contendientes y de producir una gran inflación merced al aumento de moneda circulante, cosa que devastó la economía de los estados helenísticos. La gran beligerancia del periodo helenístico sólo cesaría con la conquista romana de Grecia y el oriente del Mediterráneo.





Referencias

DROYSEN, J. G. (1946). Alejandro Magno. México: Fondo de Cultura Económica (Sección de Obras de Historia) [primera edición en alemán, 1883].

HANSON, V. D. (2006). Matanza y cultura. Batallas decisivas en el auge de la civilización occidental. México: Fondo de Cultura Económica / Turner.

PLUTARCO/Diodoro Sículo (1986). Alejandro Magno. Edición de Antonio Guzmán Guerra. Madrid: Ediciones Akal.





NOTAS

* Antropólogo que ha laborado en el Instituto Nacional de Antropología e Historia, el Instituto Nacional Indigenista y el Instituto Nacional de Ecología; actualmente trabaja con Acción Cultural Madre Tierra, A. C. Para Correo del Maestro escribió la serie El fluir de la historia.
  1. A pesar del evidente etnocentrismo de este concepto, su uso está avalado por importantes estudios de historiografía tradicional (por ejemplo, la colección de Historia Universal Siglo XXI, de la que citaremos algunos volúmenes en esta serie); por eso y para no desviarnos de nuestro tema, mantengo aquí tal uso.
  2. Implantación que tuvo lugar, sobre todo, en las nuevas ciudades que el rey macedonio ordenó fundar y a las que dio su propio nombre como sello de su dominio o, en algún caso, el de su caballo preferido (como la Alejandría del Nilo, que en corto tiempo se convertiría en la mayor metrópoli mediterránea, o la ahora olvidada Bucefalia). La influencia helénica también se aposentó en algunas de las ciudades antiguas que no sufrieron el arrasamiento y que serían las capitales donde reinarían sus sucesores (como Babilonia, Sardes, Ecbatana, Menfis y otras).
  3. En el número anterior de Correo del Maestro se definen algunos conceptos y términos que también se utilizan aquí; así que remitimos al lector a ese primer artículo de esta serie para aclarar posibles dudas.
  4. Epaminondas fue uno de los estrategas o generales más destacados de su tiempo; a él se deben innovaciones tácticas que revolucionaron la manera de utilizar la caballería y las falanges de infantería.
  5. Es decir, los soldados de infantería armados con escudos, corazas, lanzas y espadas de bronce y hierro.
  6. Apodado así para diferenciarlo de su famoso ancestro Ciro II “el Grande”, que se considera el fundador del imperio.
  7. Este estilo de «reportero de guerra» es tal vez el aspecto más interesante y atractivo de la narración, al dar al lector informaciones de todo tipo sobre costumbres, comidas, etc., de los países por los que atraviesan los expedicionarios. Jenofonte se detiene a describir frutos que los griegos no conocen, como los dátiles, causantes de dolores de cabeza; a describir bebidas extrañas para ellos como una cerveza espesa; a hablar de una «miel enloquecedora»; a mencionar, en fin, las costumbres salvajes de los mosinecos. Por este motivo, la Anábasis se convirtió también en un modelo de su género, que podría definirse como de historiografía autobiográfica, seguido por autores como César, por citar el caso más conocido.
  8. No se trata de un sistema feudal exactamente igual al de la Europa del Medievo, pero la figura es sugerente para describir la organización sociopolítica de Macedonia en el siglo IV a. C.
  9. Desde entonces, se ha conjeturado que quizás el propio Alejandro y su madre, Olimpia, fueran los autores intelectuales del asesinato, pero nada se ha comprobado. Filipo repudió a Olimpia para poder casarse con una princesa macedonia más joven que engendraría otro heredero al trono.
  10. Por la interpretación de inscripciones en piedra, se supone que los reyes aqueménidas veneraban al dios Ahura-Mazda, pero eso y la cuestión de la naturaleza esencial de la religiosidad del pueblo persa (¿mazdismo, zoroastrismo, otros?) siguen siendo objeto de debate.
  11. Según cuenta Heródoto en sus Libros de Historia, a los jóvenes de la aristocracia persa sólo se les enseñaban las tres cosas que se consideraban importantes en su vida: montar a caballo, disparar el arco y decir siempre la verdad.
  12. Este enfrentamiento fue mortífero. El estudioso Victor D. Hanson (2006) afirma que en ella fueron asesinados unos 100 mil persas, más 20 mil griegos que peleaban como mercenarios al servicio de Darío, lo que supondría que las tropas de Alejandro mataron a un espantoso ritmo de 250 hombres por minuto durante ocho horas.
  13. Los números de la caballería persa se hacían posibles por la inmensa reserva de equinos procedente de Irán, Bactria y Sogdiana. Muchos jinetes, en especial los capadocios del sátrapa Maceo, habían sido equipados recientemente con cotas de malla, espadas más largas, y lanzas en vez de jabalinas.
  14. Lugar donde actualmente se halla la aldea de Kermelis, a unas 70 millas al norte de Arbelas (Irbil) en Irak. Por eso, el enfrentamiento también se conoce con el nombre de batalla de Arbelas.
  15. Alejandro contaba con unos 40 mil hombres de infantería y quizás unos 7 mil de caballería, lo cual daba una proporción de tres a uno a favor de los persas.
Créditos fotográficos

- Foto 1: Adrien Guignet, El retiro de los diez mil. En: commons.wikimedia.org

- Foto 2: Correo del Maestro a partir de www.xtec.cat

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- Foto 11: La batalla de Isos entre Alejandro Magno y Darío de Persia. En: commons.wikimedia.org

- Foto 12: paseandohistoria.blogspot.mx

- Foto 13: Ilustración “compañero”: Enciclopedia visual de las grandes batallas, vol. 16. Editorial Rombo, 1995.

- Foto 14: Correo del Maestro a partir de Enciclopedia visual de las grandes batallas, vol. 16. Editorial Rombo, 1995.

- Foto 15: Correo del Maestro a partir de Hanson, V. D. (2006). Matanza y cultura. Batallas decisivas en el auge de la civilización occidental. México: Fondo de Cultura Económica / Turner.

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