Correo del Maestro Núm. 162, noviembre 2009

Historia de la lectura en México
HACIA LA FORMACIÓN DE
LECTORES AUTÓNOMOS
Valentina Cantón Arjona
México y su historia, vol. 2,UTEHA, México, 1984.

Todas las comunidades humanas han realizado un esfuerzo continuado y sistemático para comunicar y codificar (hacer transmisibles) los asuntos y eventos que dan cuenta tanto de su vida cotidiana como de la necesidad vital de descubrir y comprender sus orígenes, y de conocer las historias, leyendas, sagas y luchas por su supervivencia. Así, expresan el espíritu de trascendencia y la tendencia hacia la emancipación que caracteriza a los miembros de la especie. Tal esfuerzo de comunicación y codificación es la base de la más grande producción cultural: la escritura y su ineludible acompañante: la lectura. La finalidad de este texto es aproximarse a la historia de la lectura en México y reconocer o interrogar su función cultural y emancipatoria.

Planteamiento general

Señales de humo, nudos, registros y dibujos primitivos; signos apenas dibujados, intrigantes jeroglíficos, complicados caracteres, caligrafías incluyentes o excluyentes (dependiendo a quiénes se dirijan) serían elementos culturales muertos si no contaran con ese alguien –el sujeto lector– capaz de reconocer no sólo el signo y su forma, sino, y fundamentalmente, su significado, su contenido cultural cifrado. Contenido susceptible de incorporar a la vida individual y colectiva como un saber patrimonial compartido, como un significado que es bien común o puede serlo.

De este lector –capaz de ir más allá del mero desciframiento de un signo y de realizar el acto cultural por excelencia: la comprensión, detección y/o construcción de los significados que enlazan entre sí a los miembros de una comunidad– ha dependido y depende la supervivencia de nuestra vida cultural y comunitaria, de ahí su importancia.

Formar lectores capaces de ser algo más que “leedores” (simples descifradores), capaces de ser lectores comprometidos con los significados de lo que leen, y gustosos de encontrar en dichos significados referencias, reflejos o explicaciones a su propia condición humana y la de quienes le rodean (atravesando el tiempo y el espacio) es la finalidad última del esfuerzo cultural mencionado.

Dichos lectores, para serlo, han de ser lectores “autónomos”, es decir, lectores que, ejerciendo su capacidad de desciframiento de lo escrito, sean capaces de acercarse a él y sus significados de manera crítica y soberana, laica.1 Entendida así, la lectura es un acto de libertad y apropiación de lo escrito. Es una actividad humana legítima, una elección voluntaria y libre ajena a toda imposición que la obstaculice, la imposibilite, la destruya o pretenda alejarla de sus fines últimos que son leer para tener noticias de los otros, leer por el gusto de entrar en el círculo de la comunicación humana, leer para humanizarse.

La lectura es, pues, en sentido estricto, una acción política democratizadora, puesto que constituye una vía privilegiada para la transformación de los sujetos lectores en actores participativos (capaces de apropiarse de las necesidades, sentimientos y búsquedas de sus congéneres) dispuestos a reconocerse en su cultura e incorporarse a su humanidad.

En México, como en otros países de Latinoamérica, se han realizado numerosos esfuerzos –no siempre exitosos– por incrementar la práctica lectora en la vida cotidiana. Estos esfuerzos no han tenido los resultados esperados, puesto que se imponen a la realidad educativa como un “programa”, una mera “política coyuntural” y no recogen la tarea fundamental de interrogar cuál ha sido la historia de la formación de lectores en nuestro país, y si esta formación tuvo la intencionalidad –que hoy reconocemos como legítima– de formar, mediante la lectura, sujetos autónomos; es decir, sujetos capaces de “leer” de manera libre y soberana la realidad que toda escritura ofrece. De ahí que consideremos indispensable realizar una visita, aun cuando sea breve, a la historia de la lectura en México.

Al ser la lectura una competencia que se enseña y se aprende, y que constituye una de las capacidades mínimas indispensables para el aprendizaje de otros saberes, su inclusión en
el campo de la educación es natural. Por ello, antes de internarnos en su historia y reconocer las circunstancias políticas, ideológicas, culturales y materiales que ha rodeado su desarrollo, requerimos, como educadores, explicitar nuestros supuestos:

1. La educación, como un proceso social, tiene como objetivos últimos la transmisión de saberes y conocimientos de una generación a otra. No se trata de una transmisión mecánica ni ciega, sino de una transmisión que contiene en sí misma tanto la conservación como la transformación de dichos saberes y conocimientos.

2. El proceso educativo alcanza sus objetivos cuando mediante muy diversas acciones educativas se generan sujetos capaces de apropiarse de la cultura (comunitaria, local y universal) para, interiorizándola y transformándola, incorporarse a la vida social con bienestar. Es decir, coincidimos con la clásica idea liberal de que la educación es un factor indispensable (necesario aunque no suficiente) para vivir mejor.

3. La educación es, en su sentido más amplio, formación de sujetos. Este proceso de formación (y los valores que lo orientan) tiene como objetivo incluir a los sujetos en el continuo ciclo del dar, recibir y devolver que da vitalidad y continuidad a la vida social. Ciclo que constituye, en sí mismo, el pacto social por excelencia.

Detalle de la portada de la Rethorica christiana, una obra de gran valor para conocer el proceso evangelizador.

4. Al ser la educación el vehículo para la incorporación de los sujetos al pacto social, constituye, también, el medio privilegiado para la ciudadanización. Y entiendo ciudadanización como el resultado de un proceso de formación orientado a la incorporación a la vida social con plenitud de derechos y deberes, y de acuerdo con la realización de los valores de justicia, libertad, igualdad, equidad, respeto, tolerancia, solidaridad y responsabilidad que orientan la vida social.

5. Como el Estado es el responsable de garantizar los deberes y derechos ciudadanos de acuerdo con los valores mencionados, desempeña, también, un papel central en el proceso, siempre educativo, de la ciudadanización. Por esto, lo caracterizamos como un Estado educador capaz de afrontar de manera propositiva y responsable las necesidades educativas de todos sus ciudadanos.

6. El Estado debe asumir esta actitud propositiva y responsable desde una posición de reconocimiento de los derechos ciudadanos, entre otros, el derecho a la educación, la información y la libertad de expresión.

7. El acceso a la cultura escrita –y las competencias a ella asociadas– es indispensable y desempeña un papel central para la realización de los derechos mencionados. De ahí que el Estado sea responsable de garantizar el acceso equitativo a dichas competencias.

8. Toda acción educativa ha de centrarse en las características específicas, necesidades, intereses, aptitudes y habilidades de quien aprende. Es decir, toda acción educativa –tarea social y colectiva por excelencia– ha de ponerse al servicio de la particularidad de los sujetos y orientarse hacia su bienestar (defino bienestar como las condiciones reales, objetivas, que tienen los sujetos para realizar elecciones en los distintos ámbitos de su vida). Es tarea del Estado –de la sociedad y gobierno en su conjunto– garantizarlo.

9. Todo proceso educativo tiene como finalidad última proveer a los individuos de las herramientas indispensables para lograr su autonomía, es decir, el ejercicio libre, equitativo, tolerante, solidario y responsable de la capacidad de elección que –en condiciones reales– han de tener los sujetos en cualquier ámbito de su vida. Se trata pues de generar las condiciones objetivas mínimas para la emergencia de sujetos autónomos, soberanos, empoderados. Entre estas situaciones o condiciones mínimas está, en primerísimo lugar, el acceso a la lectura.

Historia de la lectura

Podemos, ahora, plantear nuestra pregunta de trabajo: ¿A lo largo de su historia, la lectura en México ha estado orientada a la formación de lectores autónomos, libres, soberanos y laicos?

Para responder a esta pregunta es necesario realizar un breve recorrido por la historia de la lectura en México que nos permita identificar:

• Los actores principales involucrados en la actividad de leer y sus diversos papeles a lo largo de la historia.

• Las diversas tendencias y posiciones respecto a la lectura en México y, si es que existen, sus constantes.

• Los momentos de mayor desarrollo en la lectura y las relaciones entre dicho crecimiento, y las propuestas pedagógicas, así como las políticas educativas y editoriales promovidas desde el Estado.

• Los principales programas de fomento de la lectura realizados en México.

Todos los elementos anteriores son necesarios para imaginar nuevos horizontes y propuestas tendientes a pensar, desarrollar y fortalecer la actividad de la lectura como actividad autónoma.

Para este fin, recuperamos los elementos históricos mínimos pero fundamentales de la lectura en México en los siguientes periodos: Colonia (siglos xvi y xvii, y siglos xvii, xviii y primeros años del xix), siglo xix y Porfiriato, y gobiernos posrevolucionarios. En cada unos de estos periodos se busca identificar:

• La función de la lectura: ¿por qué es necesario leer? Imperativo de la época.

• ¿Quién decide lo que debe leerse? (¿Quién es el responsable de la elección?)

• Actores: ¿quién enseña y quién aprende?

• Métodos de enseñanza de la lectura.

• Vínculo entre la lectura y la escritura.

• ¿Qué leer?: títulos, materiales y editores.

• ¿Qué no leer?: títulos, materiales y editores.

• Políticas de fomento y promoción de la lectura.

• Políticas de fomento de la producción editorial.

• Conclusiones.

 

LECTURAS, LECTORES Y MOMENTOS
La lectura durante la Colonia.
Siglos XVI y XVII, y siglos XVII, XVIII y primeros años del XIX

Dividiremos el periodo colonial en dos: el que comprende los siglos xvi y xvii, y un segundo periodo que abarca las postrimerías del siglo xvii, el siglo xviii y el temprano siglo xix.

La lectura durante la Colonia. Siglos XVI y XVII2
1. La función de la lectura:
¿por qué es necesario leer?
Imperativo de la época

 

Existe un vínculo estrecho entre la lectura y la evangelización, ya que ésta es tarea fundamental de la vida colonial.
2. ¿Quién decide lo que debe leerse?(¿Quién es el responsable de la elección?)

 

Las autoridades eclesiásticas locales y peninsulares y el gobierno virreinal. Y, desde luego, la Inquisición.

3. Actores: ¿quién enseña y quién aprende?

 

 

 

 

Los frailes enseñan  a los indígenas.
pedagogia.com.mx

 

En la tarea evangelizadora enseñan los frailes (cuya tarea es la salvación eterna de los indios); enseñan también indígenas catequistas
adiestrados y capaces de traducir a las lenguas indígenas.

Aprenden los indios, sujetos de la transformación cultural.










4. Métodos de enseñanza
de la lectura.

 

Se trata, fundamentalmente de la intermediación cultural: traducción de contenidos a lenguas indígenas, el uso didáctico de imágenes, carteles,
danzas, escenificaciones y canciones, así como la elaboración de textos (cartillas y catecismos) ad hoc en los que se recuperaban formas y tradiciones indígenas.

 

 

5. Vínculo entre la lectura y la escritura.

 

 

 

 

No existe un vínculo directo y de simultaneidad entre leer y escribir, primero se aprende a leer y después a escribir, pudiendo existir quienes sólo leen.

 

6. ¿Qué leer?: títulos, materiales y editores.

 

 

 

 

Catecismo para indígenas,Fray Pedro de Gante, s. xvi.
cotarelo.blogspot.com

 

 

El lector novohispano laico, que era variado pero generalmente peninsular y criollo –a pesar de las restricciones religiosas y del gobierno–, podía leer
lo mismo letras que teología, jurisprudencia, poesía, novelas de caballería o picaresca.


Para los indios se hacen materiales cuya finalidad es la enseñanza de la doctrina cristiana, tanto de principios (la naturaleza de Dios, del alma, etc.),
como de rituales religiosos (la oración, la misa, los sacramentos) y formas de comportamiento piadosas (como la humildad, la paciencia, la obediencia, el amor a Dios y al prójimo). Por ejemplo, catecismos, confesionarios, libros de devoción y manuales de penitencia. Muchos de ellos se elaboran en lenguas indígenas (como náhuatl y tarasco) e incluso se recurre a la escritura pictográfica similar a la utilizada en los códices (como el catecismo pictográfico de Fray Pedro de Gante).

 

 

 

 

7. ¿Qué no leer?: títulos,
materiales y editores.


Catecismo de la doctrina cristiana, Jerónimo de Ripalda.
barriodebenalua.es

 

 

Muchos clérigos, así como estudiosos y  autoridades eclesiásticas, proscribieron, precisamente, esos textos por el peligro que entrañaban en su interpretación, impidiéndose su uso. Se prohíbe también la impresión de los Coloquios de los doce primeros misioneros de México, de Fray Bernardino de Sahagún, que narra en forma de diálogo el encuentro de las razones de los sacerdotes indígenas y las de los sacerdotes católicos.

En estos casos se observan claramente las diferencias entre las órdenes de misioneros: franciscanos, dominicos, agustinos y, por último, los jesuitas, como unificadores autorizados a partir del Tercer Concilio Provincial (1585). Ejemplos de esto son el catecismo de los jesuitas Juan de la Plaza y Jerónimo de Ripalda.

 

 

8. Políticas de fomento y promoción de la lectura.

 

 

 

Primera página de la Cartilla para enseñar a leer, publicada en la ciudad de México.redalyc.uaemex.mx

 

 

Además de los textos religiosos, se producen cartillas y silabarios, entre ellos la Cartilla para enseñar a leer (1569), atribuida a Fray Pedro de Gante.

 




















 

 

9. Políticas de fomento de la producción editorial.


Catedral de Valladolid.
unav.es

 

 

 

Se propicia la impresión en las prensas novohispanas cuya producción resulta insuficiente. También llegan cartillas e  impresiones hechas en España por encargo, con tirajes que alcanzan los 12 mil ejemplares.
El Hospital Real de Indios tiene el privilegio de la impresión y venta de cartillas en todo el territorio del virreinato; la Catedral de Valladolid, para toda América.

 

10. Conclusiones.

 

 

 

Fray Pedro de Gante se estableció en la ciudad de México, en donde enseñó a leer, escribir y cantar a los indígenas.
foro.belenismo.net

 

Durante los siglos xvi y aun xvii, la tarea evangelizadora es prioritaria en la promoción de la lectura, la cual, disociada de la escritura, tiene como finalidad la enseñanza a los indígenas de la doctrina cristiana, tanto de principios como rituales religiosos y formas de comportamiento piadosas. Los responsables de la enseñanza son fundamentalmente los misioneros y los indígenas adiestrados en la fe y su enseñanza, que apoyaban la tarea de traducción.
Los materiales utilizados son, en gran parte, hechos ad hoc para la población utilizando en muchos de los casos recursos didácticos que retoman la escritura y las formas narrativas de las lenguas indígenas. También se hacen traducciones a estas lenguas.

 

 

 

 

 

Portada Doctrina cristiana, de Fray Juan de Zumárraga, 1546.
www.adabi-ac.org

 

 

 

 

 

 

Vocabulario en lengua mexicana y castellana, de Fray Alonso de Molina, 1571. Alonso de Molina fue el escritor más prolífico durante el siglo xvi, se cree que fue el primer intérprete de los franciscanos.
México y su historia, vol. 2, UTEHA, Mexico, 1984.

Las tensiones entre las distintas órdenes religiosas y de misioneros, así como las pugnas de poder y el poder supremo de la Inquisición, establecen, a veces de manera transitoria, qué es lo correcto para leer y qué no lo es, y después del Tercer Concilio Provincial Mexicano se instala un afán unificador que otorga un papel importante a los jesuitas. Las imprentas novohispanas son autorizadas a través de Cédulas reales, y como su producción de alto tiraje a menudo es insuficiente, también se traen materiales impresos de España. Por último, al término del siglo xvi, la política hacia los indígenas se caracteriza por:

• disminución de los internados conventuales
• clausura de escuelas
• medidas administrativas que reducen las atribuciones de la nobleza
• prohibición de la consagración de sacerdotes
• sustitución de la voluntad de acercamiento al mundo indígena de los primeros misioneros por un afán de ortodoxia que proscribe la producción de textos en lenguas originales
.


El indígena deja de ser el sujeto de la salvación para constituirse en el ejemplo de los vicios del pagano irredento que se caracteriza por su idolatría, carnalidad, inclinación a la mentira y la embriaguez.
La enseñanza religiosa cambia su orientación de la salvación a la dominación. Es imposible concluir que se haya buscado la formación de lectores autónomos.

 

.

 

 

 

 

La lectura en la Colonia. Las postrimerías del siglo xvii, el siglo xviii y el temprano siglo xix3

1. La función de la lectura:
¿por qué es necesario leer?
Imperativo de la época.



 

La visión de que leer es útil para aprender el catecismo y para continuar la formación moral de los cristianos es ampliada para enseñar también a los niños novohispanos la doctrina y las obligaciones religiosas, así como los deberes hacia el Rey.
Se inicia la preocupación por la alfabetización en sí misma, además de reconocer la finalidad de la formación religiosa.

 

2. ¿Quién decide lo que debe
leerse? (¿Quién es el responsable de la elección?)

 

 

 

 

 

Continúa la autoridad eclesiástica respecto a la pertinencia de las lecturas. Se introduce, también, la opinión de los pedagogos y las reformas a la enseñanza; éstos opinan sobre los textos (cartillas y silabarios).

 

3. Actores: ¿quién enseña y
quién aprende?

 

Arte nuevo de enseñar niños y vasallos a leer, escribir, y contar las reglas de Gramática…, José Balbuena y Pérez, 1791.
www.um.es

 

Enseñan los clérigos y los maestros de leer. Existen ya maestros de leer, escribir y de aritmética, poseedores de saberes pedagógicos. Aprenden principalmente los niños. Las clases altas (en especial los hombres) reciben más educación, haciéndose evidentes la diferencia entre los sexos y el contraste social.

 

 

 

 

 

4. Métodos de enseñanza de la lectura.


 

 

Se fortalecen los métodos de enseñanza de la lectura, y existe la recomendación pedagógica de enseñar a leer antes que la escritura y la aritmética. Se utilizan la cartilla y el método de deletreo que combina la lectura de la letra individual con la formación de sílabas.
Se inicia la crítica pedagógica respecto a las formas de enseñanza y se introducen los juegos (como dados) y el uso de materiales didácticos. Se promueve la enseñanza en grupo.
Se inicia el uso de pizarrones de tela pintada en negro y la repetición en coro de los alumnos.

 

 

5. Vínculo entre la lectura y la escritura.

 

 

 

 

Arte nueva de escribir, 1776. Famoso manual de caligrafía española elaborado por Francisco Xavier Palomares.
http://hdl.handle.net/10357/121

 

No existe un vínculo directo y de simultaneidad entre leer y escribir, primero se aprende a leer y después a escribir, pudiendo existir quienes sólo leen.

 

 

 

 

6. ¿Qué leer?: títulos, materiales y editores.


 

Cartilla o silabario de lengua maya, para la enseñanza de los niños indígenas, Joaquín Ruz,Mérida, 1845.
tulane.edu

 

Además de los textos dirigidos al lector laico novohispano peninsular y criollo, se promueve la lectura de textos religiosos. En el siglo xviii se inicia la lectura de los periódicos y folletines; es decir, aparte de los libros y oraciones, se leen noticias. Para la alfabetización se cuenta con  cartillas, silabarios y distintos catones. La cartilla contenía tanto letras y sílabas como oraciones para memorizar.
Se introduce la secuencia cartilla (letras, sílabas y frases)-catón (informaciones sencillas)-libro (libro traído de casa)-carta (manuscrito). En 1780 se publica un Silabario, de Antonio Cortés, que sólo tiene letras y sílabas, pero sin oraciones o informaciones religiosas.

 

 

 

 

 

7. ¿Qué no leer?: títulos, materiales y editores.

 

 

Desde la autoridad eclesiástica son proscritos los textos de los materiales y editores revolucionarios y promotores de la Ilustración y la Reforma. No obstante, aumenta la circulación de libros literarios, científicos y filosóficos provenientes de imprentas de España.

 

 

 

 

 

 

8. Políticas de fomento y promoción de la lectura.


 

Se promueve la enseñanza de la lectura en la escuela, y se establece como indispensable para el aprendizaje
de la escritura, la gramática, la aritmética y la moral (además de la doctrina religiosa). Se promueve la formación de maestros de leer y escribir, y se reconoce
como un gremio. (En el siglo xviii existen ya las ordenanzas del Gremio de Maestros del Nobílisimo Arte de Leer y Escribir que establecen algunas prescripciones pedagógicas a los mentores.)
Se inician los métodos caligráficos.

 

9. Políticas de fomento de la producción editorial.

 

 

 

Gaceta de México, primera época. Los periódicos no reflejaban los descontentos sociales y políticos del momento, debido a la estricta censura a que se les sometía.
México y su historia vol. 4 UTEHA, México, 1984

 

 

Se mantienen privilegios de impresión en el Hospital Real de Indios, y se publican libros de religión, gramática, ortografía, moral y urbanidad (nociones cívicas).


Los libros provienen generalmente de España, por lo que a menudo los precios son altos para los pobres. Sin embargo, la publicación de los primeros periódicos y folletines con contenidos políticos y literarios facilita el acceso a la lectura.

 







 

 

 

 

 

10. Conclusiones.

 

 

Arte de escribir por reglas y con muestras: según la doctrina de los mejores autores (…): acompañado de unos principios de Aritmética, Gramática y Ortografía castellana…, Torcuato Torío de la Riva y Herrero, Madrid, Imprenta de la viuda de don Joaquín Ibarra, 1798. (Segunda edición en 1802.)
www.um.es

 








Arte de escribir por reglas y con muestras: según la doctrina de los mejores autores (…): acompañado de unos principios de Aritmética, Gramática y Ortografía castellana…, Torcuato Torío de la Riva y Herrero, Madrid, Imprenta de la viuda de don Joaquín Ibarra, 1798. (Segunda edición en 1802.)

Durante este último periodo colonial pierde su papel prioritario el proceso de evangelización, para dar paso al desarrollo de lectores fundamentalmente criollos y peninsulares. Toma un lugar importante la preocupación por la enseñanza a los niños, y la profesión de maestro queda establecida. Si bien el cuerpo general de lecturas sigue siendo el religioso, la presencia de textos importados, de alto precio para las clases desfavorecidas, genera un público lector más informado, incluso de aquellos textos proscritos por la Iglesia.

Los aires de renovación que vendrán en el siglo xix acotarán, no sólo la obligada lealtad a Dios y a la Iglesia, sino también la enseñanza de virtudes “cívicas” como por ejemplo, la inamovible lealtad al Rey.

Al iniciarse la formación de maestros de leer y escribir, se reúnen ambas capacidades. Reunión que dará pie en el siguiente siglo a que muchos lectores asuman un papel más activo en la formación de opinión: el de autor.

 

 







 

 

Notas

1 Entendemos aquí laicismo según Nicola Abbagnano como el principio de la autonomía de las actividades humanas, o sea la exigencia de que tales actividades se desarrollen según reglas propias, que no le sean impuestas desde fuera, con finalidades o intereses diferentes de los que ellas mismas se dan. Este principio es universal y puede ser legítimamente invocado a nombre de cualquier actividad humana legítima, entendiéndose por “legítima” todas aquellas actividades que no obstaculicen, destruyan o imposibiliten a las demás. El laicismo, pues, no ha de interesar a un partido político, religioso, ideológico, sino a todos. (Ver entrada: laicismo, en N. Abbagnano, Diccionario de filosofía, fce, México, 1995 (1961).

2 Para un tratamiento amplio y enriquecedor de este periodo, ver: Pilar Gonzalbo A., “La lectura de evangelización en la Nueva España”; y Dorothy Tanck Estrada, “La enseñanza de la lectura y de la escritura en la Nueva España, 1700-1812”; ambos en Seminario de Historia de la Educación en México, Historia de la lectura en México, Colmex, México, 1998. Se sugiere también Pilar Gonzalbo A., Historia de la educación en la época colonial. La educación de los criollos y la vida urbana, Colmex, México, 1995, y Dorothy Tanck Estrada, La educación ilustrada 1786-1836, Colmex, México, 2000.

3 Idem.