| Desde hace más de dos
décadas, existe en Iberoamérica una creciente y renovada
preocupación acerca de la formación moral y ciudadana; formación que se
legitima a partir de sus finalidades democratizadoras. Desde 1999, se implantó
en México la asignatura de formación cívica y ética en la escuela secundaria, y
a partir de este año escolar (2008-2009) se ha incorporado en los seis grados
de la escuela primaria. En los libros de texto gratuito que para esa asignatura
produjo la Secretaría de Educación Pública (SEP) se incorporan, por
primera vez, nociones básicas acerca de la educación patrimonial. El texto que
a continuación presentamos ofrece elementos que permiten valorar la importancia
de este novedoso campo de la educación. |
En los últimos años, se ha
incrementado en diversos ámbitos académicos la reflexión y elaboración acerca
de tópicos y conceptos relacionados con la democracia y con la educación
política y ciudadana.
De este modo, se ha
destacado la importancia de conceptos y objetos de trabajo transdisciplinarios que parten de una disciplina –por
ejemplo, la ciencia política o la psicología social– y migran hacia otros
campos de la ciencia social y de la educación, como la formación ciudadana.
Entre estos conceptos
deseamos destacar cuatro que son de fundamental importancia para la formación
ciudadana: la noción de identidad individual y colectiva; el sentido de
pertenencia a una familia, grupo, localidad, comunidad, nación o la humanidad;
la idea de libertad como un proceso de emancipación, es decir, la libertad
entendida como proyecto realizable de soberanía y de no dominación, y,
finalmente, el reconocimiento del valor supremo de la justicia como factor
necesario para cualquier organización social saludable.
El traslado de los
conceptos de identidad, sentido de pertenencia, libertad y justicia (y otros
subsidiarios como igualdad, equidad o tolerancia) al trabajo en el aula no ha
sido un proceso siempre exitoso. Con frecuencia, su enseñanza se basa en la
repetición de contenidos abstractos o, en el mejor de los casos, en prácticas
(más bien acciones) estereotipadas que no generan por sí mismas los
aprendizajes deseados. Podemos decir, incluso, que el significado de muchos de
estos conceptos, de estas palabras, se ha desgastado a fuerza de difundirlos sin ofrecer los elementos y los contextos indispensables para realizar la
apropiación y resignificación individual, como ocurre, por ejemplo, con la
vivencia cotidiana de la equidad de género o de la resolución pacífica de
conflictos.
Por otra parte, basándose
en dichos conceptos, se plantea el desarrollo de competencias ciudadanas sin
facilitar o promover que dichas competencias1 puedan expresarse como la movilización de contenidos y la ejecución de
una acción, una respuesta, ante situaciones reales y cotidianas específicas. Y
esto no augura una enseñanza tan fértil como la deseada.
Desde nuestro punto de
vista, son necesarias categorías de mediación, conceptos a partir de los cuales
sea posible derivar estrategias concretas de enseñanza-aprendizaje que
movilicen los contenidos para generar, tanto en los docentes como en los
alumnos, las actitudes, habilidades, destrezas y aptitudes que la formación y
la acción ciudadana requieren. Estas estrategias de enseñanza-aprendizaje han
de ser expresiones de posiciones pedagógicas articuladas en las que, además de
constituirse a partir de sus categorías matriciales, es indispensable que se expresen,
desde nuestro
punto de vista, los siguientes elementos:
• Una idea de mundo como
resultado de la creación humana históricamente determinada y orientada hacia el
progreso moral y material.
• Una idea de hombre como
un sujeto que ha de reconocerse a sí mismo como una producción cultural, capaz
de historizarse e historizar el colectivo a partir del cual se define como individuo y de identificar en sus
rasgos (racionalidad, aspiración a la libertad, tendencia a lo óptimo, búsqueda
de sentido o proyecto, laboriosidad y capacidad amorosa) su naturaleza humana,
su humanidad, compartida con el resto de los individuos de su especie.
• Una idea de educación
que recoja y explicite con claridad sus fines y principios (objetivos últimos, valores
y principios orientadores) y se articule en prácticas escolares a partir de las
cuales se integren los aspectos pedagógicos teóricos y conceptuales con las
competencias a desarrollar, que han de ser, desde nuestro punto de vista,
competencias para la vida terrenal (una vida con libertad, justicia y sentidos
de identidad y pertenencia). Es decir, una idea de educación en la que la
teoría y la praxeología pedagógicas vayan de la mano,
se sepan mutuamente necesarias y sean coherentes con la idea de mundo y de
hombre que las orienta.
La articulación de estos
elementos constituye un modelo, un paradigma pedagógico. Los modelos, las
teorías o los paradigmas pedagógicos (entendidos aquí como sinónimos) buscan
dar respuestas y soluciones a su tiempo y su espacio, a su aquí y su ahora;
pues de ello dependerá su pertinencia y viabilidad. En la medida en que dichos
paradigmas sean sensibles y se acerquen a la universalidad de la tendencia a lo
óptimo de la condición humana, en esa medida trascenderán la singularidad de su
tiempo y su espacio, y se constituirán en modelos capaces de realizar la
síntesis entre lo universal y lo singular. Es decir, pueden constituirse en
modelos que expresen y reconozcan la particularidad2 de su momento, y pongan
esta particularidad al servicio tanto de su comprensión de las pasadas y
futuras generaciones como de las necesidades de formación de esos habitantes de
otros tiempos y otros espacios.
Es oportuno recordar aquí
que un modelo (una teoría
Definiciones de educación patrimonial |
| • La educación patrimonial es un proceso educativo permanente y
sistemático centrado en el patrimonio como fuente primaria de conocimiento y
enriquecimiento individual y colectivo. |
| • La educación patrimonial es un instrumento de la “alfabetización
cultural”* que permite al hombre una lectura del mundo que le rodea, de su
universo, su tiempo y su espacio y orientar sus intervenciones |
| • La educación patrimonial es una estrategia para la formación moral y
ciudadana. |
* En acuerdo con Simonne Teixeira,
en su texto “Educación patrimonial: alfabetización cultural para la
ciudadanía”, Estudios Pedagógicos, vol. XXXII,
núm. 2. |
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o un paradigma pedagógico) delimita y define sus
objetos de estudio y sus propósitos, identifica y jerarquiza sus categorías de
análisis y conceptos fundamentales, y desarrolla una metodología y formas de intervención
específicas. Asimismo, establece su propia definición de educación, de escuela
y de relación docente-alumno, y busca que estas definiciones den cuenta y sean
pertinentes y oportunas a la realidad temporal y espacial en que la acción
educativa se realiza. La validez de un modelo pedagógico depende, entonces, de
su capacidad para comprender y recoger los signos de su tiempo y para ofrecer
estrategias de formación que constituyan soluciones y alternativas de vida.
Cada generación reconoce
sus propios problemas y se realiza como sujeto
histórico en su momento de creación-recreación del mundo. Ha de enfrentar
nuevas y diversas tensiones sociales y es por eso que requiere una revaloración
y, en su caso, redefinición de fines, principios y prácticas educativas en los
que deposita su sentido de trascendencia y su sentido de continuidad comoespecie. Jacques Delors3 señala que las sociedades contemporáneas enfrentan diversas tensiones,
cuya comprensión es indispensable para su proyecto educativo. Entre ellas nos
interesa destacar:
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1. La tensión entre lo
mundial y lo local. Siendo miembro de una comunidad o una nación,
el hombre tiene que aprender a reconocerse como ciudadano del mundo sin perder
de vista, con esto, su sentido de pertenencia a su localidad, comunidad o
nación.
2. La tensión entre lo
universal y lo singular. Aun cuando forme parte de la aldea global, cada
individuo debe procurar preservar su carácter personal, mantener sus tradiciones
y vigilar que su cultura sea protegida.
3. La tensión entre la
tradición y la modernidad. Afirmando su singularidad y autonomía, y la
singularidad y autonomía de los demás, cada hombre ha de estar abierto a
los cambios y las transformaciones que la era de la información y las
nuevas tecnologías generan. Así, con los pies puestos en sus raíces, será
capaz de atender y aprovechar el desarrollo técnico y científico a partir
del cual puede mejorar sus condiciones de vida y bienestar.
4. La tensión entre el largo
y el corto plazo. Presa de la modernidad, la mentalidad
dominante actual exige el acortamiento de los tiempos, la instantaneidad
de las soluciones y tiende al predominio de lo efímero, de ahí que las
soluciones que requieren tiempo y paciencia sean cada vez más desdeñadas,
olvidando así la temporalidad necesaria de las grandes aportaciones y
transformaciones sociales, culturales y materiales.
5. La tensión entre los
valores materiales y los valores culturales y espirituales que dan
sustento a las creencias, costumbres y tradiciones, formas de ser y vivir
de cada comunidad. Esta tensión se agudiza en aquellas
sociedades orientadas al consumo y el gasto irracional, en las que los
valores y adquisiciones materiales constituyen fetiches y símbolos de
bienestar.
Estas tensiones ponen en
juego la identidad individual y colectiva, así como el sentido de pertenencia
de los miembros de las diversas comunidades. Pues, aunque conscientes de su
diversidad y multiculturalidad, los miembros de las
sociedades contemporáneas tienden cada vez más a homogeneizar sus sistemas de
creencias, valores y costumbres, y asimilarlos a los sistemas de creencias,
valores y costumbres de las formas de vida económicamente dominantes.
Para enfrentar estas
tensiones de manera exitosa es necesario promover estrategias educativas
capaces de ofrecer guías de valor a partir de las cuales los individuos evalúen
y apoyen sus elecciones y formas de inserción e inclusión social.
Las guías de valor4 son producciones
socioculturales creadas para promover y facilitar formas de vida individuales y
colectivas orientadas según valores. Existen distintas guías de valor entre las
que podemos destacar:
a) Las ideas
morales que se expresan a través de máximas, dichos, refranes y, desde luego,
los valores.
b) Las acciones
orientadas a mejorar la conducta humana y la reflexión sobre el sí mismo, por
ejemplo, los apoyos psicológicos, las medidas de higiene moral y mental como la
meditación, las normas de higiene y la vida saludable.
c) Los modelos o
ejemplos que representan valores morales, por ejemplo, los héroes, los
protagonistas de acciones morales presentadas a través de la literatura, el
cine, el teatro, o las biografías de hombres y mujeres ilustres o virtuosos.
d) Las pautas
normativas que ofrecen reglas de acción, como las reglas de comportamiento, o
las leyes y declaraciones como la de los Derechos Humanos.
e) Las
instituciones sociales que encauzan y garantizan la vida y las relaciones entre
los individuos orientan la crítica, organizan y dan acción a la vida colectiva
como la escuela, la familia, la prensa, las organizaciones civiles y los
espacios de realización del trabajo.
Estas guías de valor se
aprenden por medio de los principales agentes socializadores como son la
familia, la escuela y los medios de comunicación, pues, gracias a ellos, las
nuevas generaciones reconocen la importancia de valores como la justicia, la
libertad, la equidad o la solidaridad, y realizan acciones concretas en las que
estos valores se encarnan.
La formación moral y
ciudadana (cívica y ética) tiene como tarea generar y promover estrategias
educativas que, basadas en guías de valor, tiendan a desarrollar acciones que
se transformen en competencias para la vida y la convivencia. Por ello es
indispensable generar propuestas educativas, desarrollar campos de trabajo,
teorías y paradigmas pedagógicos a partir de los cuales se deriven estrategias
orientadas según las guías de valor que cada comunidad, o bien, la comunidad
global, considera útiles para el mejoramiento de su vida material, cultural y
espiritual.5
Derivada de la visión
educativa republicana liberal (forjadora de los valores de justicia, igualdad,
libertad y fraternidad en la educación), la formación moral y ciudadana se define
hoy como una formación de sujetos capaces de ser y conocerse a sí mismos;
capaces de conocer y cuidar su entorno cercano y lejano, y de acceder a los
medios para alcanzar este conocimiento; capaces de convivir con los demás de
acuerdo con pactos y ordenamientos, y de reconocer en el trabajo, en el saber
hacer, la forma privilegiada de enlazamiento social e individual y de
generación de riqueza compartida.
Este punto de vista de la
formación ciudadana hace de la apropiación de la cultura (entendida como producción
históricamente determinada)
la piedra de toque para el
logro de los procesos identitarios y del sentido de
pertenencia. Es una propuesta que, partiendo de la virtud suprema, el
conocimiento de sí mismo, invita a cada individuo a reconocer y reconocerse en
su relación con los otros presentes, pasados y futuros; y a expresar este
reconocimiento –generador identitario y de
pertenencia– mediante su capacidad de conservación, recreación y creación de
producciones (materiales e inmateriales) para su comunidad.
En este sentido, la
formación ciudadana ha de basarse, fundamentalmente, en la movilización de la memoria de lo que somos, a lo que pertenecemos y de lo que como comunidad hemos
sido capaces de realizar. Es decir, la formación ciudadana se entiende aquí
como una continua revaloración y reactualización de
nuestra herencia, nuestro patrimonio histórico, político y cultural. Por lo
anterior, pensamos que una estrategia adecuada para la formación moral y
ciudadana será aquella que se derive del conocimiento, la valoración, la
conservación, el atesoramiento y, en su caso, la transformación del patrimonio;
considerando que el patrimonio histórico y cultural de una comunidad puede
constituirse en su mejor guía de valor.
Cuando hablamos del
patrimonio cultural de un pueblo, nos referimos, precisamente, a ese acervo de
elementos culturales –tangibles unos, intangibles otros– que una sociedad
determinada considera suyos y de los que echa mano para enfrentar sus problemas
(cualquier tipo de problemas, desde las grandes crisis hasta los aparentemente
nimios de la vida cotidiana); para formular e intentar realizar sus
aspiraciones y proyectos; para imaginar, gozar y expresarse.6
Proveniente del latín patrimonium (lo que proviene del padre, lo
que es del padre) y cercano a patrimus (el
que tiene padre),7 patrimonio se define como los bienes que en herencia se reciben del
padre. La noción de patrimonio significa para nosotros: lo que siendo del padre
hoy es nuestro para entregarlo –haciendo función de padre– a los que están por
venir.
El patrimonio es una
producción cultural a partir de la cual podemos movilizar una acción pedagógica
dirigida a fortalecer la identidad, el sentido de pertenencia, el aprecio por
lo propio recibido como herencia y la capacidad para hacer de esa herencia un
factor de enriquecimiento personal y colectivo, y de progreso material y moral
de las sociedades.8
La educación patrimonial
es un campo de la educación que se centra en el patrimonio como objeto de estudio.
Definimos educación
patrimonial como la acción educativa consciente, organizada y sistematizada
dirigida a la formación de sujetos a partir del reconocimiento y la apropiación
de su sustento cultural, histórico, político y ético-espiritual. Es decir, a
partir del reconocimiento de su particularidad y de la apropiación plena,
subjetiva y emancipatoria de su cultura, entendida
ésta como un complejo sistema de valores, creencias, tradiciones, costumbres y
horizontes utópicos constitutivo y constituyente de bienes materiales y
espirituales únicos, irrepetibles e históricamente determinados.
Esta visión de educación
patrimonial se funda en las siguientes consideraciones:
- Es una característica
de la naturaleza humana tender a lo óptimo y establecer horizontes de
acción que se inclinen al mejoramiento de sus condiciones de vida. El
progreso moral de las sociedades es un ejemplo de esta característica que,
basada en los rasgos humanos fundamentales –razón, libertad, capacidad de
comunicación y afiliación–, nos muestra la manera en la que la sociedad
humana tiene como horizonte ético generar (aunque en ocasiones parezca que
sufre de retrocesos) formas de convivencia cada vez más incluyentes,
justas, libres e igualitarias. En dicho horizonte reside su eticidad.9
- Esta tendencia del
género humano a lo óptimo es el motor de todos sus esfuerzos y de todas
las formas y producciones patrimoniales, entre ellas, la educación, que
definimos como “el principio mediante el cual la comunidad humana conserva
y transmite su peculiaridad física y espiritual. La educación no es una
propiedad individual, sino que pertenece, por esencia, a la comunidad”.10 Propiedad, herencia,
que cada generación –enfrentando los riesgos que ponen en peligro su
supervivencia física y cultural– recibe, afirma, niega, sintetiza y
transforma para, a su vez, transmitirla a quienes están por venir.
El patrimonio, entendido
en su especificidad de objeto de estudio y en su potencialidad como categoría
de mediación, constituye en sí mismo un objeto transdisciplinario (para su ataque y comprensión se recurre a disciplinas y campos de trabajo como
la historia, la geografía, la antropología, la arqueología, la etnología, la
arquitectura o la historia del arte) cuyo manejo obliga al desarrollo de una
pedagogía ad hoc.
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Página tomada del libro de texto gratuito Formación cívica y ética. Tercer grado. Primaria. |
Por ello, de la reflexión
acerca del patrimonio podemos derivar saberes y
métodos transdisciplinarios abiertos a la búsqueda de
la transversalidad en los contenidos de la enseñanza.
La preocupación actual por
el manejo responsable, la conservación, el atesoramiento y la explotación
racionales del patrimonio (comunitario, nacional o mundial) hoy lo coloca como
un objeto privilegiado para la problematización moral
–como constitutivo de un campo de problematización moral– que exige de los individuos decisiones y acciones sustentadas
sólidamente en principios éticos y de convicción ciudadana. Así, la noción de
patrimonio constituirá, además de un objeto de estudio, una categoría de
mediación entre los cuatro conceptos mencionados (identidad y pertenencia,11 libertad y justicia, y las
nociones a éstas relacionadas) y la formación ciudadana.
Por todo lo anterior,
afirmamos que la noción de patrimonio, entendida en su más amplia
acepción de cosa pública que a todos atañe y pertenece –además de un
objeto de estudio transversal, legitimado por la producción multidisciplinaria
y transdisciplinaria en que se sostiene y que
genera–, es un pretexto y una estrategia más que fructíferos para la formación
de las jóvenes conciencias ciudadanas. Y esto revela la importancia de promover
hoy la educación patrimonial y el motivo de su inclusión en los nuevos libros
de texto gratuito de Formación cívica y ética para la primaria
recientemente presentados por la Secretaría de Educación Pública.
* Texto elaborado a partir
de los conceptos presentados por la autora en el Taller sobre Patrimonio,
realizado en la 3ª Reunión Iberoamericana de la Red de Escuelas Asociadas de la UNESCO/ REDPEA, Monterrey, noviembre 4 y
5 de 2008.