Es cómodo pensar que el sustantivo latino tribus, que significaba ‘cada una de las divisiones que constituían al pueblo romano y que al principio fueron tres’ –aunque después llegaron, entre urbanas y rústicas, a ser treinta y cinco– no era sino la nominativación de su homófono tribus, dativo y ablativo de tres, ‘tres’, el numeral. Parece que, a las luces de una averiguación más a fondo, la realidad resulta bien diferente, según se verá en seguida.
En efecto, la primera división política de la Roma antigua se hizo en tres partes, que se llamaron cada una según el nombre de una familia: los ramnes eran los latinos; los tities, sabinos, y los luceres, etruscos. Este reparto se hizo con jerarquía patricia y cada tribu tenía igual representación en el senado; posteriormente se extendió la división también a los plebeyos, con criterio demográfico, esto es, según sus asentamientos, pero se conservó el nombre de tribu para cada parte.
El morfema tri- sí se refiere a ‘tres’, pero la terminación -bus no es el gramema de ablativo, sino propiamente la raíz bu(s) –forma latina de la indoeuropea bheu: ‘ser’–, que da la idea de ‘familia’, ‘gente’. (En griego la forma es phy, y entra en composición en la palabra phylée, que es precisamente como se traduce ‘tribu’ a esa lengua.)
Lo que resulta asombroso es la fecundidad de la palabra tribu como primitivo de tantos derivados que ha tenido y tiene: atribuir, atribución y atributo; contribuir, contribución, contributivo y contribuyente, y las formas anticuadas tribuir y tribuente; distribuir, distribución, distributivo, distributivamente, distributor y distribuyente; retribuir y retribución; tribal o tribual; tribuno, tribuna y tribunal (sustantivo y adjetivo); tribunado, tribunto, tribuncio y tribúnico, tributo, tributario, tributable, tributación y tributante.
Para algunos pueblos, la palabra colonia es vocablo político y comercial de ‘usufructo’; para otros es voz de ‘civilización’.
La historia y la lingüística cuentan cómo Roma no sólo colonizó lejanas tierras, sino que ha colonizado lenguas europeas aun en sus mismas expresiones de colonización.
Las naciones de gran posesión colonial –Inglaterra, Francia, Bélgica, Holanda, Portugal– emplean una voz que, como quiera que se escriba o se pronuncie –colonie, colony, colonia o Kolonie–, es latina.
En efecto, el término colonia deriva del verbo colere, que ha tenido una muy noble y vasta actividad lingüística.
Verbo agrícola por excelencia, geórgicamente significó “cultivar la tierra”. Es grave error considerar a los romanos perennemente lorigados y armados; pocos pueblos han tenido el sano gusto de la tierra como los latinos.
Y con este verbo agrícola, colere, expresaron más tarde, aparte del cuidado de la tierra, también el de los hombres: “Colere terras hominumque genus”. ‘Cultivar la tierra y hacerla más civil’, como tanto más civil –o civilizado– es el pueblo en que se cultivan las ciencias y las artes.
Nació así una preciosa palabra que aún hoy tiene dos significados diversos pero paralelos: ‘cultura’.
Es cultura la del agro y la del ingenio; un hombre culto está cultivado; en francés, cultivé tiene entrambos significados.
El vocablo alemán kulturgeschichte, o ‘historia de la civilización’, es germánico sólo en cuanto a la historia –geschichte–, pero es latino por lo que hace a kultur.
La actividad verbal de colere continuó luego sobre un campo más extendido; cultus, que era cultivo, llegó a ser modo de vida, porte –cultus militaris indicó marcialidad, y cultus muliebris, afeminamiento–; cultus fue la misma elegancia, la urbanidad, las buenas maneras, de obsequio tributado a los hombres, y aun a los dioses, como nuestro culto de hoy en día, en el sentido religioso, pero en último análisis derivado de colere, ‘cultivar’ y ‘colonizar’.
Conque colonia, cultura, cultivo y culto son cuatro sustantivos íntimamente conexos por su origen. Y esa parentela subsiste en las lenguas de hogaño, bajo los más variados aspectos.
Sobre el Rin, la ciudad a la que los alemanes llaman Köln y nosotros denominamos con el nombre que tuvo en la Antigüedad no tendría tal nombre, y quizá ni su grandeza, si el emperador Claudio no hubiera fundado Colonia, en obsequio de su esposa Agripina, que había nacido allí.
Y quién sabe cómo habría debido llamarse el Colonial Office de la Parliament Street, en Londres, si los romanos no hubiesen heredado también a los ingleses la palabra colonia con todos sus derivados.
El colonialismo se ejerció con una descarada imposición de fuerza –por las armas– desde el siglo XVI hasta principios del XX; ahora se aplica, no menos descaradamente, con presiones económicas y con la infiltración de hábitos opuestos a los genuinos de los países colonizados.