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Correo del Maestro Núm. 142,marzo 2008

Voces de lo oculto

Arrigo Coen Anitúa (†)

En griego, mystikós, ‘místico’, es todo lo que está envuelto en el secreto. Se dijo mystéria de las doctrinas secretas, religiosas y políticas, y fueron famosos en la Antigüedad, entre todos, los “misterios eleusinos”, celebrados con ceremonias menores –tá mikrá o ‘las pequeñas’–, antes de la entrada de la primavera, y con las mayores -tá megála, o ‘las grandes’– entre el 15 de septiembre y el 15 de octubre. Estas celebraciones se referían a la doctrina de la inmortalidad del alma y a otros temas sublimes. El mystes, que nada tiene que ver con el mister inglés, o sea ‘señor’, era iniciado en ciertos misterios, ni siquiera en todos, ya que los llamados mayores se reservaban para quienes alcanzaban la epoptéia, el máximo grado de iniciación. Poco es lo que se sabe a este respecto, y ello se justifica pues si se trata de misterios, bien está que hayan quedado como tales, envueltos en el velo del arcano. Esta palabra significa ‘lo que está encerrado en el arca’. Arca, para los antiguos romanos, era cualquier ‘caja’, ‘gaveta’, ‘armario’; arca podía ser el ‘ataúd’ o la ‘caja fuerte’; se llamó arca aun la ‘celda’ de los encarcelados. Pero como el arca suele estar cerrada –sea ‘caja’, ‘armario’, ‘gaveta’ o ‘celda’–, arcanus, ‘arcano’, significó misterioso, ‘encerrado’.

Para que una cosa fuese en latín secreta, bastaba que estuviera ‘separada’: tal es el valor del adjetivo secretus, participio del verbo, en bajo latín secernere, ‘separar’.

Para ser secretario no hay necesidad de tener en custodia algo de misterio; basta mantener separados, bien clasificados, los expedientes. Los franceses llaman secrétaire no sólo al secretario, sino también a un mueble, que muy bien puede no contener ningún secreto: lo importante es que tenga cajones en que sea cómodo guardar y hallar papeles y otros objetos.

El enigma dista de ser enigmático en su significación primordial: ainéin significó en griego ‘aprobar’, o simplemente ‘hablar’. De ahí se hizo un sustantivo, ainigma, que valió ‘alusión’, ‘dicho oscuro’, ‘adivinanza’. Esta voz, como adivinación, es solemne; el adivino proviene, nada menos que del latín divinus, y hereda su arte adivinatorio directamente de la divinidad.

Una palabra tan común y corriente como mesa, del latín mensa –aún decimos comensal del ‘compañero de mesa’–, etimológicamente quiere decir ‘elevada’. En italiano y en francés, respectivamente, tavola y table, la mesa es una tabla cualquiera, del bajo latín tabula, ‘tabla’; el español adoptó el adjetivo latino mensa ‘elevada’, puesta a cierto nivel, y por eso decimos mesa.

La semejanza de proceso de ideas –o dialéctico– en los varios idiomas se pone de manifiesto en las palabras que significan propina.

Veamos ante todo su valor etimológico en español: es la propinatio latina, el brindis que nuestros antepasados del Lacio tomaron de los griegos, en aquellos tiempos en que el anfitrión, con el vino augural –propino, esto es, ‘bebo por’–, obsequiaba a los huéspedes con ricos dones. Propina significa, pues, ‘bebida augural’, ‘brindis’.

Pues bien, esta idea de beber es la que inspira al francés pourboire –literalmente, ‘para beber’–, al alemán Trinkgeld y al inglés drink-money–, ‘dinero para beber’. Igual sentido bibitorio tiene la propina en checo, zpropitné; en serbio y croata, napojnitsa; en polaco, napiwek; en sueco, drickspengar, y hasta en húngaro, lengua diferente de sus vecinas, en que bor, ‘vino’, es la raíz de borravaló, la propina magiar.

En finés, lengua rica en vocales, juomarahoa, propina, implica la idea de beber, juo, y de seguro no se trata de agua. En ruso, diengi na chai, es ‘dinero para té’, como en China, chatz’yen, y hasta en Japón, cha-dai, para las mujeres, pero a los hombres se da el saka-de, o ‘dinero para el sake’, aguardiente de arroz.

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