–Es claro –se dijo, mientras sorbía el café–; si todo fuese relativo, el viajero se presentaría a sus parientes como un anciano, y ellos le parecerían muy viejo a él, aunque en realidad todos fuesen bastante jóvenes. Pero lo que estoy diciendo es absurdo: ¡No hay quien tenga bigotes relativos! En vista de lo cual decidió hacer un último intento por averiguar la verdad, y se dirigió a un hombre solitario, con uniforme de ferroviario que estaba sentado cerca.
–¿Podría hacerme el favor, señor –empezó–, el gran favor de indicarme quién es el culpable de que los pasajeros del tren envejezcan mucho más despacio que las personas que se quedan en la ciudad?
–Yo soy el culpable –dijo el hombre con gran sencillez.
–¡Ah! –exclamó el señor Tompkins. ¡De modo que ha descubierto usted el elixir de los alquimistas! Usted debe ser famosísimo en el mundo médico. ¿Ocupa usted una cátedra de Medicina en esta ciudad?
–No, por cierto –respondió el hombre, enteramente desconcertado. No soy sino el guardafrenos de este ferrocarril.
–¡El guardafrenos! ¡El guardafrenos ha dicho…! –clamó el señor Tompkins, sintiéndose tambalear. ¿Quiere decir que usted se limita a poner los frenos cuando el tren llega a la estación?
–Eso es justamente lo que hago: y cada vez que el tren reduce su velocidad, los pasajeros ganan edad con relación al resto de la gente. Ni qué decir tiene –añadió modestamente– que el maquinista que acelera el tren también tiene algo que ver en el asunto.
–¿Y eso qué tiene que ver con el conservarse joven? –preguntó el señor Tompkins, muy sorprendido.
–Verá usted –dijo el guardafrenos. Yo no sé exactamente lo que pasa, pero así es. Una vez se lo pregunté a un profesor de la Universidad que viajaba en el tren, pero se embarcó en una explicación incomprensible y muy larga, y acabó diciéndome que es lo mismo que los “desplazamientos hacia el rojo” –creo que eso dijo– del Sol. ¿Ha oído hablar usted alguna vez de esos desplazamientos hacia el rojo?
–No… –dijo el señor Tompkins, con cierto aire de duda, y el guardafrenos se alejó, meneando la cabeza.*
George Gamow** |