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Correo del Maestro Núm. 138, noviembre 2007

Diego Rivera,
a cincuenta años de su muerte

Rebeca Kraselsky

Diego Rivera (1886-1957).
Foto: Museo del Palacio de Bellas Artes / CONACULTA, INBA.

La historia del arte del siglo XX en México estuvo marcada, en su primera mitad, por lo que muchos analistas denominaron una imaginería nacionalista. En manos de tres de los más importantes pintores –Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros– este concepto tomó forma en los muros de los espacios públicos de México, ocupándose de la historia de los caídos, los vencidos, o representando a los que por aquella época llevaban el signo revolucionario. Los mecanismos de la imagen forjaron en su interior una intención declarada: la toma de conciencia de la situación de los débiles históricamente olvidados y de las desplazadas clases contemporáneas, es decir, campesinos y obreros. El movimiento muralista no puede separarse de la Revolución Mexicana de 1910 y de la Revolución Rusa de 1917, así como de sus vínculos con las artes extranjeras –el movimiento denominado realismo socialista1 y las locales, como el Taller de Gráfica Popular.2

Gloriosa victoria, 1954 (detalle). Colección Museo Pushkin (Moscú).
Foto: Museo del Palacio de Bellas Artes / CONACULTA, INBA.

Considerar la creación como herramienta política no fue un hallazgo de los muralistas. Una centuria antes, a mediados del siglo XIX, el realismo francés creyó en el artista como revolucionario, mientras las imágenes de campesinos tomaron el primer plano de los lienzos de pintores como Jean-François Millet y Gustave Courbet.

Por otra parte en México, Saturnino Hernán, pintor contemporáneo a la Revolución mexicana, anunciaba nuevos tiempos para el arte. Este artista ha sido considerado un antecedente de los muralistas porque en sus trabajos se destaca el tema de la vida y la historia locales.

En 1923, el ya formado sindicato de obreros técnicos, pintores, escultores y grabadores revolucionarios3 lanzó un manifiesto, documento que para las vanguardias del siglo XX fue el medio de autodeclaración y de explicación de principios estéticos e ideológicos en los que grupos de artistas (que luego tomaron otros caminos) se pusieron de acuerdo en la manera de concebirse. La declaración de los mexicanos estaba teñida de un fuerte contenido político: se recurría al pasado prehispánico como elemento en la creación de una nueva estética; el objetivo principal era socializar el arte y borrar el individualismo burgués, es por ello que la tradición se consideró una expresión colectiva; se repudiaba la pintura de caballete y se glorificaba las manifestaciones monumentales; además se proclamaba un arte para el pueblo, de educación y batalla. El escrito identificó a la raza con la fuerza étnica y al obrero con el indígena.

De este modo, auspiciados por el filósofo José Vasconcelos, primero como rector de la Universidad y luego como secretario de Educación, comenzaron la realización de murales que renovaron el mundo artístico mexicano al presentarse como una expresión de carácter propio que exhibía problemas políticos y sociales de carácter universal.

Diego Rivera fue uno de los protagonistas de esta generación y uno de los pintores más importantes del siglo XX. Los muralistas crearon, al mismo tiempo que una imagen de México hacia el exterior, una imagen que aún nos identifica. En el cincuentenario de su muerte, numerosos son los escritos dedicados a la obra del guanajuatense, que ciertamente no estuvo limitada a la pintura mural.

Rivera, como muchos otros autores, entre ellos Siqueiros, estudió en Europa y allí descubrió las vanguardias con las que su obra se cruzó; atravesó la estética fauvista y las propuestas del cubismo. Como hombre de su tiempo, no estuvo ajeno a la realidad circundante y en sus obras brindó opiniones y comunicó principios. Más allá de las polémicas que su arte y sus ideas aún generan, es sin duda un punto de reflexión sobre el arte mexicano y latinoamericano. 

Noticias sobre su vida

Diego Rivera nació en Guanajuato en 1886, hijo de padres maestros. A temprana edad se mudó a la Ciudad de México y estudió en la Academia de San Carlos, donde estuvo en contacto con pintores como José María Velasco y Santiago Rebul, quienes dejaron su huella en la primera producción del joven pintor.

La Castañeda (Paseo de los melancólicos), 1904. Óleo sobre tela, 102 x 67 cm. Colección Museo Franz Mayer.
Foto: Cortesía del Museo Franz Mayer.

Desde 1907 y hasta 1921, cuando se produjo su regreso definitivo a México, el artista mexicano estuvo en contacto con numerosos pintores y creaciones europeas que marcaron una época cercana al movimiento fauve y al cubismo. Entre sus maestros debe mencionarse a Eduardo Chicharro, con quien estudió en Madrid. Su estancia en Europa incluyó una primera etapa en España y luego, hacia 1911, viajó a París, para más tarde trasladarse a Italia. 

Antes de registrar su entrada al muralismo, es importante destacar algunos aspectos de su periodo en Europa: Diego Rivera no perdió contacto con México durante estos años y trajo muestras de su producción en una corta visita realizada con motivo de la celebración del primer centenario de la Independencia.

En 1911 regresó a París y al año siguiente se convirtió en un pintor cubista; hacia 1916 Rivera era ya reconocido en el medio europeo como autor cubista, tendencia que abandonó en 1918. Paralelamente, estudió la obra de Cézanne y su tratamiento del espacio acercándose a artistas como Gino Severini, entre otros.4

Rivera mantuvo contactos con David Alfaro Siqueiros, quien visitó París en 1919. Siqueiros representaba un ala revolucionaria de la plástica mexicana; allí, lejos de la tierra, intercambió ideas con Rivera sobre el arte popular y las futuras tendencias para México. Se estableció así un contacto muy fructífero entre quienes desarrollaron luego la nueva estética local.

Durante su estancia en Europa, además de haberse relacionado con la producción de Pablo Picasso y George Braque, hay testimonios de su admiración por las obras de Leonardo y la pintura de frescos italiana del siglo XV, cuyos elementos llevó a México para aplicar en sus obras.

Diego Rivera, trabajando en el mural El hombre controlador del universo, 1934.
Teresa del Conde, et. al., Los murales del Palacio de Bellas Artes, Américo Arte Editores-INBA, México, 1995.

Todo esto se refleja en los primeros lienzos, por ejemplo, La Castañeda (Paseo de los melancólicos) realizado en 1904 y actualmente en el Museo Franz Mayer, en la Ciudad de México. Rivera se dedicó a los paisajes y recibió una fuerte influencia de José María Velasco. Y las referencias no estarían completas sin observar algunas de sus obras cubistas como Angelina y el niño Diego, de 1916, actualmente en el Museo de Arte Alvar y Carmen T. de Carrillo Gil, donde está representada en clave cubista Angelina Beloff.

Su carrera como muralista comenzó hacia 1922 y sus trabajos más importantes fueron los realizados para el Palacio de Bellas Artes, el Palacio Nacional, el Instituto Nacional de Cardiología, el Hospital de la Raza, y especialmente Sueño de una tarde de domingo en la Alameda, pintado en los muros del Hotel del Prado, desaparecido luego del terremoto de 1985 (el mural se rescató y se encuentra ahora enfrente, en un museo construido especialmente para albergarlo). Rivera también creó los mosaicos que recubren el Teatro de los Insurgentes de la Ciudad de México, además de otros trabajos destacables como los murales de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Chapingo o el realizado para el Palacio Cortés, de la ciudad de Cuernavaca.

Durante la década de 1930 vino otra de sus etapas como muralista. Ésta se desarrolló en Estados Unidos, donde se conservan dos de sus frescos en California y uno en la ciudad de Detroit. Otro trabajo, que se realizó por encargo para el Rockefeller Center de la ciudad de Nueva York, fue destruido porque el artista incluyó un retrato de Lenin, algo que no fue bien visto por quienes pagaron por la obra. Más tarde, una nueva versión del mural se realizó en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México.

Desde 1922, Rivera había comenzado a militar en el Partido Comunista, con el que mantuvo una relación tensa hasta que fue expulsado. Sin embargo, cuando murió, formaba parte del Partido, ya que había reingresado en 1954. Sus ideas políticas lo llevaron a una cercana relación con León Trotsky, quien llegó a México expulsado por la situación de la Unión Soviética.

El vínculo que Diego Rivera tuvo con las mujeres ha sido uno de los aspectos destacados de su vida en la pluma de los críticos. Mientras vivió en París, mantuvo una relación sentimental con Angelina Beloff y con Marievna Vorobiev- Stebelska, ambas de origen ruso. Con la primera tuvo un hijo en 1917, que murió dos años después; y con la segunda, una hija, que el artista no quiso reconocer. Cuando regresó a México, Rivera contrajo matrimonio con Guadalupe Marín, con quien tuvo dos hijas; y, en 1929, se casó con Frida Kahlo. Ésta fue la relación más importante y la más larga de la vida amorosa de Rivera.

Diego Rivera fue un artista polémico. Se definía a sí mismo como un artista revolucionario perteneciente a las filas marxistas, aunque sus murales adornaron los edificios gubernamentales. Consideró como maestros importantes al paisajista mexicano José María Velasco y al célebre grabador José Guadalupe Posada, quien era el modelo del artista popular dedicado a la transmisión de la creación artística para las masas. El pintor consideraba los murales como un importante medio de concientización y de educación para el pueblo.

La búsqueda de la identidad de su arte fue, en definitiva, la búsqueda de la identidad mexicana. La obra de Rivera recuperó lo popular, lo marginal y lo puso en primer plano. Tanto él como Frida admiraban el arte de los exvotos y al parecer tenían una interesante colección de estos objetos en su casa. Rivera murió en México el 24 de noviembre de 1957.

Frida y Diego

La Revolución mexicana de 1910 auspició el nacimiento de una corriente de pensamiento que tenía como eje fundamental las reivindicaciones culturales propias frente a las extranjeras. Antes, México estaba bajo la influencia de los valores neoclásicos y románticos. El nuevo interés por lo “mexicano” desempeñó un papel destacado en la obra de Diego Rivera y en la de Frida Kahlo.

Las artes populares, el pasado prehispánico y las secuencias históricas son reinterpretados a la luz de un arte figurativo y formalmente sintético. A pesar de las mismas herencias, Frida y Diego propusieron un arte en dos sentidos diferentes. Frida jugó con una mitología personal, una reflexión introspectiva en un repertorio de imágenes referentes a ella misma. Diego utiliza el espacio del muro para expulsar sus ideas y las transmite de modo que puedan ser compartidas e identificadas.

El arte de Frida gira en torno a la figura de Diego:

A pesar de los admirables esfuerzos por diferenciarse como artista de la terrible personalidad de su compañero […] desarrolló una especie de culto hacia él: “madre, padre, esposo, amante, hijo, pintor, crítico… Diego – yo”, escribe en su diario. Diversos son sus autorretratos en donde la implacable presencia de Rivera figura como un “tercer ojo” que se abre, como si fuese una ventana, sobre su frente.5

Ambos artistas actualizan una naturaleza local, flores y frutos, vestimentas y colores conocidos llenan los espacios del lienzo. Una identidad plástica nueva nació sin duda con ellos y hoy permite cruzarlos y a la vez observar sus diferencias.

Nacionalismo y estética

Diego Rivera y Frida Kahlo, 19 de marzo de 1932.
Foto: Carl Van Vechten.

La preocupación por una historia propia y su exaltación había sido tema del arte durante la segunda mitad del siglo XIX. Algunos maestros de la Academia, especialmente el catalán Manuel Vilar y los alumnos que siguieron sus pasos, como Miguel Noreña, ya se habían encargado de retratar a los héroes del pasado prehispánico. Los paseos públicos se llenaron de figuras ejemplares y la ciudad se convirtió en el escenario de la civilidad. Las ideas de nacionalismo que acompañan los análisis que se realizan de la época del muralismo, entre 1922 y mediados de la década de 1950, consideran el papel de la oficialidad en la construcción de un discurso unificador de una realidad étnico-social. La participación de artistas como Rivera en este movimiento muestra algo más que un arte al servicio de la política educativa: exhibe un proceso de renovación artística, de modelos estéticos y referencias hacia el exterior.

Muchos de los murales realizados por Rivera persiguen la visualización de una historia “nacional”, el paso del mundo prehispánico a la Colonia, de ahí a la Independencia, luego la Reforma y la Revolución. La imagen es clara, de trazos firmes y figuras cerradas, la línea encierra los contornos, la composición es abigarrada y sintética, el espacio se elabora en una secuencia de planos que a simple vista compone una textura de personajes y colores descubiertos por el observador poco a poco hasta reconocer a los representados: Carlos Marx y Lenin; Cortés y Alvarado; Cuauhtémoc y Moctezuma; Zapata y Villa; Frida y Cristina y el propio Diego una y otra vez. Rivera opina a través de la resolución de los personajes:

[…] no escatima los rasgos negativos que van de la ferocidad sangrienta de un capitán a la mueca cruel de un encomendero y la figura más maltratada de todas, el propio Hernán Cortés, que de la equivalencia más o menos fiel con la iconografía conocida, va degenerando en las representaciones de Rivera, a un monstruo sifilítico, idiota, giboso, patizambo, mezcla de Cuasimodo y Rigoletto.6

 Cabe preguntarse cuáles serían las fuentes del pintor, de dónde tomaba esas imágenes de lugares en los que nunca estuvo y eventos a los que no asistió. Itzel Rodríguez Mortellaro describe los elementos referentes del mundo prehispánico:

Para realizar sus visiones del México prehispánico, Rivera, que tenía un viejo gusto por estos temas, acudía a diversas fuentes, consultaba códices, recordaba libros de miniaturas que había visto en Europa, leía crónicas e historias contemporáneas al tema y mantenía discusiones con especialistas (como Alfonso Caso y Miguel Othón Mendizábal).

Sin embargo, la imagen del pasado estaba teñida por las ideas de Diego, como bien afirma esta autora, el mundo prehispánico es, en este caso, más una ficción que el relato de la historia. Un ejemplo por demás evidente es el mural México antiguo, de 1929, donde la arquitectura se idealiza en función de una mayor claridad que representa las condiciones de vida, los trajes y las costumbres de los indígenas. En cierta medida, el muro es el espacio de una iconografía fantástica del pasado. Algunas de estas formas, sobre todo la secuencia de indígenas con sus pieles morenas cubiertas de paños blancos sentados alrededor de Quetzalcóatl (quien lleva tocado de plumas y el cetro de las siete estrellas o constelaciones), recuerdan a lienzos como Dos mujeres y un niño, de 1926, perteneciente a la colección del Museo de Bellas Artes de San Francisco, donde las figuras adquieren una identidad reconocible, con formas pesadas y volumétricas. En muchas de sus composiciones Rivera no permite al espectador ver todos los rostros; sin embargo, éstos se adivinan desde las espaladas y los perfiles.

Homenaje nacional

A cincuenta años de su muerte, varios son los festejos que tendrán a Rivera como protagonista: libros, documentales y muestras de arte, como la que se realizará en el Museo del Palacio de Bellas Artes, serán una oportunidad para renovar las apreciaciones sobre su obra y las polémicas en torno a sus ideas. Más allá de opiniones encontradas, el visitante se sigue sorprendiendo al ver un discurso revolucionario en imágenes ubicado en los edificios de la oficialidad. Las ideas políticas siguen viviendo en las paredes y el arte demuestra ser una herramienta de análisis de realidades pasadas y presentes.

Los muralistas, aunque ya muertos, fueron los representantes de una idea que sí sobrevivió, y la pintura es un testimonio de esta presencia silenciosa que, hoy como ayer, sigue exigiendo las mismas explicaciones.

1 Movimiento desarrollado en la Unión Soviética hacia 1930 que reemplazó al movimiento constructivista y orientó su estética a la defensa de los ideales comunistas de la Revolución de Octubre. El realismo socialista se basaba en la teoría del reflejo de Lenin, que sostiene la dependencia de la producción artística del desarrollo social y económico de la sociedad. Ver: Karin Thomas, Hasta hoy. Estilos de las artes plásticas en el siglo XX, Ediciones Serbal, Barcelona, 1988.

2 Grupo de artistas mexicanos que hacia 1937 formó un colectivo de trabajo artístico con una producción comprometida políticamente con los movimientos revolucionarios. Realizaron carpetas, carteles y una producción gráfica variada salida de prensas litográficas, dirigida a las masas. Los temas de sus trabajos reflejan una preocupación por los problemas sociales y una estética popular. El grupo fue heredero directo del lear (Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios) y estuvo integrado por: Leopoldo Méndez, Raúl Anguiano, Luis Arenal y Pablo O'Higgins, en un principio.

3 ntegrado por Siqueiros, Rivera, Revueltas, Guerrero, Orozco, Alva Guadarrama, Cueto y Mérida.

4 Ver: Clara Bargelini, “Diego Rivera en Italia”, en Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, núm. 66, unam, México, 1995.

5 Araceli Rico, Frida Kahlo. Fantasía de un cuerpo herido, Plaza y Valdés, México,1987, pp. 64.

6 Carlos Fuentes, “Diego Rivera y los murales de Palacio”, en Raquel Tibol, Víctor Jiménez, Itzel Rodríguez, Juan Coronel Rivera, Los murales del Palacio Nacional, México, 1997, pp. 22.

7 Itzel Rodríguez Mortellaro, “La nación mexicana en los murales del Palacio Nacional”, en Raquel Tibol et al., op. cit., pp. 60.

 

 

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