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“Cuando la memoria se apaga, la vida no existe. Por eso hay que pugnar porque la vida sea una crónica palpitante durante muchos años, una crónica rica, henchida de grandes sueños e ideas”, son palabras de un hombre cuya vida fue plena tanto en experiencias como en reflexiones, y parte de cuya memoria ha quedado impresa en las páginas de esta revista. Como un sentido homenaje a uno de los fundadores de Correo del Maestro, colaborador y miembro de nuestro consejo editorial, a continuación ofrecemos un ensayo que se antoja una estampa viva del generoso y prolífico escritor que fue don Adolfo Hernández Muñoz.
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Alcanzar una edad avanzada es como ascender a una cúspide y desde ella ver panoramas jamás vistos antes, despojarte de algunas vanidades y enfrentar el cercano final. No sé si nos hará más lúcidos, pero lo cierto es que vemos las cosas un poco descarnadamente, casi como son. Por otro lado, la belleza nos roza más íntimamente y todo lo que rodea al arte es captado, si podemos, con nitidez.
En suma, nuestros sueños nos pueden hablar de angustias, pero también de compasión. De esta guisa, cuando surge un amor casi inmediatamente te cerca un sentido de soledad, pero hay algo peor: las metas anheladas no conseguidas. El tiempo se acorta y falta mucho por hacer. El inventario a estas alturas es atroz: hay tantos libros que no hemos leído; tanta música no escuchada; tantas llamadas no contestadas y que eran vitales; tantas películas por ver o volver a ver, en fin, tantas preguntas de las que no obtendremos respuesta y que eran importantes porque se refieren a nuestro minúsculo papel en este planeta, cada vez más pequeño. La Tierra es como una pecera y somos peces que tiemblan porque el agua puede agotarse y con ella el aire.
Pero, ante todo, somos memoria; el hombre es una crónica en marcha, pero inacabada. El hombre es una historia y la historia llena al hombre, pues lo que valga depende de cuánta historia tenga; esa historia puede ser una crónica de desventuras, pero también de grandezas. La suma de totales y el decantamiento respectivo nos darán el resultado.
La edad, asimismo, nos hace testigos de muertes, nacimientos, conflictos, revoluciones cuyo resultado es una suerte de película, llena de nostalgias, que se proyecta en nuestra mente cada vez que se requiere. Con el paso de los años, esa película empieza a velarse –como ciertos negativos– y pronto –si las medidas que se toman no surten efecto– todas esas vivencias que atesora nuestra mente serán nada.
En suma, cuando la memoria se apaga, la vida no existe. Por eso hay que pugnar porque la vida sea una crónica palpitante durante muchos años, una crónica rica, henchida de grandes sueños e ideas. Solamente así podremos formar parte del río que va a la ancha mar.
No sabemos si, en este eterno navegar que es la vida, preside nuestras vidas la verdad y viene a cuento. ¿Existe la verdad? Para mí, en cierta forma desconfiado, a través de muchos años estoy cierto de que algo, a lo mejor, fue incierto. Es decir, a mi entender, bogamos no con la verdad, sino con “nuestra verdad”. Hay que decirlo, es una forma de ser honesto. Y todo depende de una formación normalmente trabajosa; cada uno tenemos a un Pigmalión secreto que va creando nuestro criterio, en resumen, nuestra sensibilidad e ideas. A lo mejor todas nuestras verdades a medias forman la gran verdad a que aspiramos. Entre todos va surgiendo la idea perceptible de ser ampliada, la suma de aportaciones nos dará el exacto concepto social. Creo que fue Gracián quien encontró la fórmula al decir acerca de los hombres:
| No de repente se hallan hechos. Vanse cada día perfeccionando, al paso que en lo natural, en lo moral, hasta llegar al deseado complemento de la sindéresis, a la sazón del gusto y a la perfección de una consumada virilidad. (El Discreto.) |
La permanencia de Gracián a través de los siglos se debe a que se trata de un pensamiento que no se encajona, que tiene aura de porvenir. A cada uno su formación, a cada uno su verdad, que es una suerte de perfección y más si se consigue con humildad.
Así llegamos a la vejez, que es cuando habremos de tener un concepto de la verdad más depurado. Eso creían los griegos que solían aproximarse a los linderos de la vejez con la mayor sabiduría posible, es decir, con una noción más clara de la realidad que nos rodea. Hace tiempo cayó en mis manos un libro del escritor español Juan Eduardo Zúñiga: El coral y las aguas. Este escritor, casi misterioso pero muy completo ha dicho:
| Para mí la perfección de la realidad no es totalmente diáfana, transparente. Todos estamos abrazando una especie de camino dificultoso, de niebla, que va poco a poco abriéndose según progresa el hombre, con gran esfuerzo intelectual e incluso científico. |
Volvemos, pues, a Gracián y al hombre por hacer.
A estas alturas creo que cultivamos –todavía– un espíritu y suponemos con sano juicio; en suma, no hay desatino en nuestra conducta, como preveía prudente Lucrecio, y escribimos con estas ventajas. A ellas aludió Michel de Montaigne en sus Ensayos cuando, respecto a la edad avanzada, en forma contenida pero positiva nos dice:
| Por ello, opino que debemos de considerar que la edad que hemos alcanzado es edad que poca gente alcanza. Puesto que según la marcha ordinaria, los hombres no llegan hasta aquí, señal de que estamos por delante. Y puesto que hemos traspazado los límites acostumbrados que constituyen la verdadera medida de nuestra vida, no debemos esperar que vayamos más allá habiendo escapado de tantas ocasiones de morir en las que vemos tropezar a los demás, hemos de reconocer que fortuna extraordinaria como ésta que nos mantiene, y tan inusual, apenas si puede durarnos… |
Y sí que es cierto. He enfrentado muchos contratiempos, entre ellos una guerra civil, y puedo decir sin mentir que he visto la muerte muy de cerca. En esos acaeceres lo irremediable me rozó e hirió en la persona de seres muy entrañables, de seres muy queridos. Pero, como dice Montaigne, a fin de cuentas, aquí estoy.
Por cierto, es el propio Montaigne quien establece un balance de precedencias; así, dice:
| Ora es el cuerpo el que primero se entrega a la vejez; ora es el alma; también hay veces, y he visto a bastantes, en los que se ha debilitado el cerebro antes que el estómago y las piernas. |
En suma, la crónica tiene que ser redactada, si sirve de algo, con la mente razonablemente sana. Y cuando contemplamos nuestra lucha –de toda la vida– por ideales de redención se ve, tomo la expresión del poeta Machado, “lleno de niebla ingrávida, en su mano…” Todo, a nuestro alrededor, se derrite –ideas y amores– vana herencia de grandezas dominadas por las miserias. Todo es circular pues al acabar vuelve. Lo dice el gaucho inmortal, Martín Fierro, de José Hernández, en las noches estrelladas de las pampas:
Moreno, voy a decir
según mi saber alcanza;
el tiempo es sólo tardanza
de lo que está por venir;
no tuvo nunca principio
ni jamás acabará,
porque el tiempo es una rueda
y rueda es eternidad
y si el hombre lo divide
sólo lo hace, en mi sentir,
por saber lo que ha vivido
o le resta por vivir. |
En esta rueda ando yo y tengo para mí que esta particular rueda está acabando de dar la vuelta a mi existencia.
Ante nosotros, la gran puerta del misterio que, quizá, sean nuevos conjuntos de color, llenos de luces y belleza, un eterno retoñar. Un olvidarse de lobregueces. Un descubrir lo que está hecho. Un asombrarse, puesto que el hombre ha nacido para ser asombrado en medio del silencio de las esferas. Me sobrecoge pensar que esas terribles tempestades de polvo en Marte y esas hornazas venusinas no tendrán oídos humanos que las capten en vivo. Aunque, quizá, si nos lo proponemos, podamos oír como solemos hacerlo con el bramido de las olas y la potencia del viento.
Hablamos de dos tipos de vejez, la anunciada (intuida y sentida) y la vejez plena ya de las dificultades que asedian al ser humano; una, la anunciada, está llena de asechanzas: reflejos lentos, cierto comedimiento, y la anulación de ciertas independencias (puesto que el ser humano se rebela, hasta el final, a sujeciones). Pero todavía hay un cintilar de experiencia. Antonio Tabucchi, el escritor italiano, ha indicado, a propósito de su exitosa novela Sostiene Pereira: “En mi opinión las neuronas del alma siguen viviendo cuando somos ancianos, lo que quiere decir que hay esperanza para todos”.
Y de esta suerte, en breve, doblaremos el Cabo de las Tormentas hacia el Mar de la Tranquilidad. Y pronto estaremos en una tierra extraña, vagamente intuida, donde todo se disuelve y donde todo vuelve a empezar.
Julio de 1995.