Es comprensible que haya gente a la que resulta particularmente difícil creer que la ciencia, pura o impura, podría estar tocando a su fin. Hace un siglo, nadie hubiera podido imaginar lo que nos tenía reservado el futuro. ¿La televisión? ¿Los supersónicos? ¿Las estaciones espaciales? ¿Las armas nucleares? ¿La informática? ¿La ingeniería genética? A nosotros nos debería resultar tan difícil vaticinar el futuro de la ciencia –pura o aplicada– como a Tomás de Aquino la existencia de Madonna o de los hornos de microondas. Como ya ocurriera también con nuestros antepasados, hay maravillas completamente imprescindibles que nos están aguardando. Y no conseguiremos hacernos con estos tesoros si decidimos que no existen o dejamos de esforzarnos por conseguirlos. La profecía sólo se hace para cumplirse.
A esta postura se le conoce a menudo como el argumento “eso creían hace cien años”. El argumento se enuncia de esta forma: cuando estaba terminado el siglo xix, los físicos creían saberlo todo. Pero al poco de echar a andar el siglo xx, Einstein y otros físicos descubrieron –¿inventaron?– la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica. Estas teorías eclipsaron la física newtoniana y abrieron vastos y nuevos horizontes a la física moderna y otras ramas de la ciencia. Moraleja: quien vaticine que la ciencia está tocando a su fin acabará siendo tan miope como aquellos físicos del siglo xix.
Quienes creen que la ciencia es finita disponen de una réplica estándar a dicha argumentación: los primeros exploradores, al no conseguir encontrar el confín de la Tierra, podrían haber deducido que ésta era infinita, pero [también] se habrían equivocado.*
John Horgan** |