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Arrigo Coen, orfebre de la palabra
Manuel Munguía Castillo
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| Arrigo Coen Anitúa (1913-2007). |
En referencia a la condición humana, Salvador Díaz Mirón puso en los serventesios del conocido poema A Gloria que “el mérito es el náufrago del alma:/ vivo se hunde; pero muerto flota...” Y suele ocurrir, cuando las personas mueren físicamente, que quienes les sobrevivimos exaltemos los atributos que consideramos positivos del difunto. Hasta el refrán popular lo dice: “Quieres conocer tus defectos, cásate; quieres conocer tus virtudes, muérete...”
Pero, venturosamente, Arrigo, el maestro Arrigo Coen Anitúa, no necesitó cumplir con el trámite ineluctable de trasponer la frontera de la vida terrenal –el 12 de enero de 2007– para que se conocieran y reconocieran las prendas humanísticas con que vino al mundo el 10 de mayo de 1913 y aquellas que cultivó durante más de 93 años.
Nació en Pavía, Italia, pero el hecho de haber quedado huérfano de padre a muy temprana edad determinó su íntimo acercamiento ulterior con la cultura mexicana y, desde el ámbito de su mexicanidad –“soy más chilango que el chile pasilla”, decía–, una profunda inmersión en la cultura universal.
De niño, Arrigo quedó a cargo de su madre, la cantante duranguense Francisca (Fanny) Anitúa, pero él mismo reconocía la gran influencia de su abuela materna en su crianza: “Mi mamá cantaba ópera, tenía que ir a diferentes países, tenía que ensayar o hacer presentaciones, y allá íbamos mi abuela y yo, o a veces me quedaba con mi abuela, quien me enseñaba las primeras letras y me acercaba al conocimiento de la cultura mexicana”. |
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El maestro Arrigo estudió de manera autodidacta varias disciplinas.
Foto: Cortesía Eli Coen. |
Finalmente, a los ocho años, en 1921, lo trajeron a vivir a México. “Siempre he vivido en la capital y si he ido a otras partes es porque me han llevado. Una vez me llevaron hasta Moscú”, platicaba. En la ciudad de México estudió primaria y algunas materias de secundaria y preparatoria en los Colegios Franceses, que hoy se denominan colegios México. En 1940 optó por la nacionalidad mexicana.
El maestro Arrigo desdeñaba la llamada especialización, porque decía que, cuando se lleva al extremo, provoca que las personas sepan tanto de una sola materia que se olvidan de todas las demás, y ponía el ejemplo de maestros y doctores en ciencias que no saben ortografía o que tienen muchas dificultades para comunicarse en forma oral o escrita.
En tono jocoso, decía: “Es más, no me gustan la toga y el birrete; se me hacen ridículos” y, con base en esas convicciones, estudió de manera autodidacta varias disciplinas, principalmente comunicación humana y lingüística, aunque recordaba que, después de la primaria, lo mandaron a estudiar la carrera de perito bancario.
Uno de los primeros trabajos de Arrigo Coen fue el de publicista. Se encargaba de redactar, corregir y, en general, crear anuncios y campañas de divulgación; pero a raíz de eso, y de forma un tanto accidental o chusca, esa labor lo llevó a hacer una primera aparición en las pantallas de televisión, en una faceta muy diferente a la que lo hizo famoso años después. |
| Seguramente al servicio de la agencia llamada Publicidad Ferrer, Arrigo dirigía o supervisaba la grabación de un anuncio en el que un actor probaba una mayonesa u otro aderezo. “Ya llevábamos mucho tiempo y el actor no entendía exactamente cómo expresar gestualmente y con un ¡Mmmm..! el agrado de probar aquel alimento. De repente se me ocurrió ponerme el atuendo de cocinero y le dije: ‘Mira... Así...' Tomé un poco de aquella cosa con el índice derecho, la probé, abrí exageradamente los ojos y dije ‘¡Mmmm..!'. El camarógrafo siguió grabando y todos dijeron: ‘¡Se queda!' Y se quedó...”, contaba entre risas el maestro.
Pero, ciertamente, está más presente en el recuerdo de muchísima gente por su quehacer filológico. Fue colaborador en la división latinoamericana de la Encyclopaedia Britannica, funcionario de la Secretaría de Educación Pública, director del centro de consulta de la Comisión para la Defensa del Idioma Español, catedrático de filología, español superior y semántica, miembro de la Societé Internationale de Philologie et Linguistique Romanes, comentarista y conductor de programas de radio y televisión. Publicó los libros El lenguaje que usted habla (1948) y Para saber lo que se dice I y II (1987-1992), tradujo y revisó varias obras, fue reconocido con varios grados académicos ex officio y con premios académicos y cívicos. Hasta los últimos días de su vida impartió clases en la Sociedad General de Escritores de México (Sogem) y en el Instituto Politécnico Nacional, y dio consulta sobre propiedad y corrección idiomática en Radio Monitor y en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal.
Aunque era reconocido desde joven en los ámbitos académicos, Arrigo se hizo popular por su participación en Sopa de Letras, programa sabatino que conducía Jorge Saldaña en el canal 13 de televisión. El comunicador veracruzano lo recuerda con estas palabras:
| No sé cuando comenzó, seguramente por 1972; lo que sí sé es que fueron 18 años y Arrigo Coen fue el recio capitán de aquel persistente grupo: Juan José Arreola, Felipe San José, Carlos Laguna, Francisco Liguori, Ernesto de la Peña, Alfonso Torres Lemus, Alfonso Sierra Partida, Otto Raúl González, Leonor Tejada y varios más. |
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Arrigo era nuestro indiscutible líder. Su autoridad se hacía notar con mesura, particularmente para reencauzarme cuando el programa zozobraba. Él sabía, con sus anécdotas o sus referencias históricas, revivir el interés, deslumbrándonos con sus conocimientos.
Sopa de Letras fue, según se planeó, un programa de consulta con personas de diferentes oficios para examinar las palabras usadas en el desempeño de sus tareas. Recuerdo que comenzamos con vendedoras de verduras, y como se trataba de examinar las palabras usadas en la práctica de sus ventas y los nombres de sus mercancías, ahí aprendimos que ‘marchantita' es un término de origen francés…
En Sopa de Letras había intereses nobles. A los maestros, a cuyo frente estaba Arrigo, les encantaba enseñar, y a nosotros, aprender... |
En el Canal Once, del Instituto Politécnico Nacional, hizo un programa que se llamaba El disparate está en el aire, auxiliado, nada más, por un pizarrón.
Las páginas de Correo del Maestro también fueron enriquecidas con las aportaciones del maestro Arrigo Coen Anitúa. Desde marzo de 2002, nuestro personaje se hizo presente en esta publicación. Concedió una entrevista que fue publicada aquí y envió un primer artículo para la sección Sentidos y Significados que, desde entonces, para deleite de nuestros lectores, ha estado a su cargo.
Cual corresponde a su tarea filológica, Arrigo ha urdido cada mes sobre el telar de las palabras para ilustrarnos a través de Correo del Maestro en los más diversos temas: historia, literatura, matemática, geografía, etc., llevando siempre como hilo conductor la búsqueda del origen, la evolución y el uso actual de los términos de cada materia o aquellos que usamos en el habla de todos los días.
Con mucha razón, el maestro Ernesto de la Peña dijo en el prólogo del libro Para saber lo que se dice que: “Arrigo ha oficiado un largo sacerdocio de dedicación y entrega a las faenas lingüísticas”. Por algo el escritor Carlos Illescas lo consideró “un sabio de letras divinas y humanas, que hurga hasta encontrar la etimología más profunda, el término más preciso, la composición más descriptiva de lo que se quiere transmitir”.
Carlos Monsiváis no dudó en llamarlo “minero de la lengua”, porque buscaba en los tajos abiertos y los antros más cerrados de la cultura la esencia de nuestra principal herramienta de comunicación: la lengua.
Y todos los demás, quienes lo escuchamos en la charla cotidiana, en la radio o en la televisión, y que lo leímos en estas páginas y en las de otras publicaciones, que nos maravillamos con las joyas que construía para ser admiradas por quienquiera que tuviese interés de aprender, no dudamos en decir que Arrigo Coen Anitúa fue, aparte de todo lo que con justicia y justeza se ha dicho de él, un orfebre de la palabra. |
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