El segundo laberinto del tiempo, al otro lado del abismo de las estrellas, está separado del primer laberinto abajo y, según parece, arriba por millones de años luz de estrellas en todas direcciones. Para atravesar el abismo hay una serie de estaciones de juego, donde el jefe de cualquier grupo de dos o tres o cuatro o más puede practicar el juego del rayo láser que si gana y totaliza una determinada suma, hará que se tienda un puente desde el lado del primer laberinto hasta el lado del segundo laberinto.
El segundo laberinto, tal como aparece visto a distancia, sería como una pequeña ciudad, aparentemente suspendida en el espacio, girando lentamente. Una ilusión, por supuesto, el muro exterior cubriría un circuito circular, con juegos de luces proyectados en los otros muros para dar una sensación de movimiento. Toda la estructura, tal vez una pirámide doble, una hacia arriba, la otra hacia abajo, tendría una serie de puertas en diversas caras, y cada pocos minutos, o cada treinta segundos, aparecería una nueva puerta, con una fecha diferente en su parte delantera que representaría una edad diferente. Pasado o futuro o, si se prefiere, lejanía o presente misterioso. A lo que estamos jugando aquí, por el momento, es una modalidad de la ruleta del tiempo.
La fachada del gran laberinto eléctrico del tiempo número dos le da a uno una idea inmediata de los prodigios que tienen lugar y le esperan dentro.
En la fachada, con gigantescos símbolos metafóricos, algunos robots eléctricos, otros en forma de murales, son representaciones de todos los tiempos que esperan dentro de los portales. Aquí acecha un gran dinosaurio, allí Júpiter se eleva mientras Saturno se hunde, más allá se vislumbra una pirámide egipcia, mientras que debajo hay un laboratorio termonuclear, y un podenco mecánico electromagnético ac-dc que va reduciendo sus ocho patas hasta que, como las alas del colibrí, desaparecen casi por completo.*
Ray Bradbury** |