menuinterno Inicio | Números anteriores | Libros
Volver al índice

Correo del Maestro Núm.135,agosto 2007

Tepeitzcuintli
La carne de perro no era alimento
habitual de los precortesianos

Arrigo Coen Anitúa (†)


En su monumental obra Historia de Nueva España escrita por su esclarecido conquistador Hernán Cortés, aumentada con otros documentos y notas, el excelentísimo señor doctor Francisco Antonio de Lorenzana y Buitrón hace referencia a la que probablemente sea la primera noticia que se escribió sobre el tema de si en el Anáhuac se comía carne de perro. Cita su ilustrísima este pasaje, de seguro tomado de las cartas de relación del capitán extremeño: “...y perros pequeños que crían para comer castrados”.

Cinco son las razas de perro que menciona el indiscutible fundador de la etnohistoriografía, fray Bernardino de Sahagún, en el documento llamado Códice Florentino, a saber: chichi, itzcuintli, xochiocóyotl, tetlemin y tehuítzotl, y describe las variedades xoloitzcuintli, “que no tiene pelo”, y tlalchichi (‘perro de tierra’, en náhuatl), ésta citada también por Bernal Díaz del Castillo, en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España.

Francisco de Hernández, en su Historia natural de la Nueva España, da cuenta de sólo cuatros clases: xolitzcuintli o ‘perro pelón’, itzcuintepotzotli o ‘perro corcovado’, techichi o ‘perro comestible’ y tepeitzcuintli o ‘perro montés’.

Francisco Javier Clavijero, en su Historia antigua de México, y Cecilio A. Robelo, en el Diccionario de aztequismos, citan a un techichi o ‘perro de piedra’, así llamado porque era mudo, no ladraba. El primero de estos dos autores agrega que “su carne era de buen sabor y nutritiva”.

El franciscano fray Diego de Landa, en su Relación de las cosas de Yucatán asienta que los mayas se comían a los perros, especialmente en los días feriados; otro autor (Gaumer) afirma que la carne de k’ik’bil era muy apreciada. (El autorizado Diccionario maya Cordemex traduce k’ik’bil por “perro de la tierra” y por “perro de la tierra sin pelo”: ello hace evidente que se trata del tepeitzcuintli o tlalchichi y del xoloitzcuintli, respectivamente.)

Etimológicamente la voz xoloitzcuintli está compuesta, en náhuatl desde luego, de xolo o xólotl, ‘sirviente’, ‘paje’, ‘acompañante’, e itzcuintli, ‘perro’.

Xólotl es el personaje mitológico que, según la leyenda, cuando los dioses convinieron en inmolarse colectivamente para crear al Sol, a la Luna y a las estrellas, para escapar a la muerte recurrió al ardid de metamorfosearse: primero se convirtió en ‘maguey doble’ o mexólotl, luego en ‘muñeco de agua’, axólotl (el ajolote, larva fecunda del urodelo Ambystoma tigrinum), y por último en perro. Xólotl también quiere decir ‘gemelo’, por lo que el dios Xólotl era el mellizo de Quetzalcóatl, el perro que de noche atraviesa el mundo de la oscuridad. Asimismo, Xólotl es el nombre del jefe chichimeca que se estableció en Tetzcuco, hoy Texcoco, y fundó la dinastía que sustituyó a la de los toltecas en el Anáhuac.

Para que el alma (tonalli) de un difunto pudiese alcanzar la nueva vida, tenía que ser guiada en el inframundo, el Mictlan o ‘país de los muertos’, por un perro. Tal es la causa de que, en vida, se propiciara a estos animales tratándolos con gran deferencia y consentimiento.  Parece que Moctezuma II, Xocoyotzin, el ‘Joven’, mantenía cerca de dos mil itzcuintli y ordenaba que se les sirviera reverencialmente, con lo que se garantizaba la redención de su tonalli a una nueva vida.

Éste es el punto en que ya se puede aclarar la cuestión de la supuesta cinofagia de nuestros antepasados (evítese caer en el repugnante galicismo ancestros). ¿Eran o no eran carnívoros, esto es, comían o no comían carne de perro? Pues no, y, sólo en ciertas cincunstancias, sí.

La explicación la da, y muy clara, el experto cinólogo y canófilo mexicano Rafael Giménez Valdés, quien puntualiza:

Equivocadamente se asegura que los itzcuintli eran aprovechados como alimento; efectivamente, eran comidos, pero sólo por motivos religiosos en ceremonias muy especiales. Los conquistadores españoles supusieron que servían de alimento porque confundieron el vocablo itzcuintli con tepeitzcuintli que significa perro de cerro, pero que se refiere a un roedor, cuya carne es muy apetitosa y que todavía existe y se come en el sureste de México.

 

Remitiéndose a las condiciones posteriores, a la caída y destrucción de la capital del imperio azteca, Giménez Valdés agrega:

...solamente los nobles mexicas que no perecieron en la defensa de la gran Tenochtitlan conservaron sus itzcuintlis, llevándolos consigo a la Sierra Madre a donde se refugiaron en los sitios más inhóspitos para no ser sometidos por los conquistadores... los itzcuintlis disminuyeron rápidamente en número; han sido conservados sólo en las sierras mexicanas por los descendientes de los pipiltzin o nobles mexicas quienes incluso por falta de escolaridad han perdido conciencia de quiénes fueron sus antepasados. De esas tierras los hemos rescatado algunos aficionados canófilos mexicanos.

Leopold A. Starker, en su obra Fauna silvestre de México, revela que el dicho tepeitzcuintle es un mamífero roedor de la familia de los dasipróctidos, género Cuniculus, especie paca.

Aquí se puede abundar: los dasipróctidos –del griego dasyprocta (de dasys, ‘áspero’, y proktós, ‘trasero’) más la terminación –eidos, ‘forma’, constituyen una familia de roedores de aspecto parecido al de los conejos. Sus miembros posteriores son de mayor longitud que los anteriores, lo que les favorece el salto. Se nutren de raíces, frutos, flores y granos; están distribuidos por las regiones neotropicales de América Central y Meridional. Se cazan por su carne.

En el libro El enigma del xoloitzcuintli, de Norman Pelham Wright, se lee que el tepeitzcuintli es “de hábitos nocturnos, vive en la región tropical del sureste (del territorio mexicano), a veces incurre en los sembradíos.  En idioma maya lo llaman jaleb y en Sudamérica guardatinajo”. (A lo que se puede agregar también agutí.)

Teresa Castelló Yturbide, en su magníficamente ilustrado libro Presencia de la comida prehispánica, transcribe la técnica que para guisarlo recabó de doña Marcelina Pérez, placera del mercado de Minatitlán, Veracruz:

Se mata, se pone entero en agua hirviendo y se le quita todo el pelo, pero se le deja el cuero porque da sabor a la carne. Después se le abre por la pancita y se vacía de menudencias, se lava y se pone a cocer en agua de sal. Aparte se prepara un tezmole con chile ancho y un poquito de caldo donde se coció el animal; queda una salsa espesita en la que se sazonan los trozos de carne. También se come asado al pastor, bien tostadito.

Sólo resta dejar definitivamente sentado que las muy excepcionales ocasiones en que sí se comía carne de verdadero perro (Canis domesticus) eran las que implicaban lo que en antropología llaman “banquete totémico”, un acto de comunión con el propio nahual (‘el que vibra en cada uno de nosotros’), cuando éste es un perro.

Volver al índice