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Correo del Maestro Núm. 135,agosto 2007

“Y sin embargo se mueve”*

Francisco Emilio de la Guerra

 

“Eppur si muove”, dicen algunos que murmuró para sus adentros, otros imaginan que por lo menos lo pensó, porque enfrente de él se encontraban adustos e intimidantes los ministros del Tribunal de la Santa Inquisición. “Y sin embargo se mueve” es la frase con la que la leyenda ha consagrado la fama iconoclasta de Galileo Galilei (1564-1642), tras abjurar, en 1633, de la teoría copernicana, que postulaba la órbita heliocéntrica de la Tierra; sin embargo, Héctor Domínguez y Julieta Fierro, al narrar este episodio, señalan que es poco probable que el científico de Pisa se hubiese atrevido a formular tal objeción, ni siquiera entre dientes, después de que los inquisidores de Roma lo convencieran, con los contundentes argumentos de las llamas y los tormentos, para admitir la tesis de que la Tierra es el centro inamovible del Universo.

Esto no le habría ocurrido a Galileo si en vez de ser un científico crítico y perspicaz se hubiese resignado a asimilar dócilmente las ideas dominantes de su tiempo y a hacer una carrera universitaria a la sombra de las autoridades que las sostenían; tampoco se habría metido en problemas si, llegado a sus manos un invento de Hans Lippershey llamado perspicillium, no lo hubiera mejorado y rebautizado como telescopio, para observar en 1609, como nadie antes lo había hecho, los astros, y descubrir que todo lo que se pensaba en su época sobre el universo era falso.

En su libro Galileo y el telescopio. 400 años de ciencia, Héctor Domínguez y Julieta Fierro exploran el rostro de este científico que, como todo ser humano pensante, tuvo que desafiar los poderes e inercias que obstaculizan el pensamiento y la investigación libre en cualquier época de la humanidad; además, en su obra, sostienen que Galileo Galilei, con sus descubrimientos, fue un pionero de la ciencia moderna y de su separación de los dogmas de la religión.

La importancia de su proceso ante la Santa Inquisición, en opinión de los autores, radica en que permitió ver cómo un aparente triunfo terrenal del dogma sobre la ciencia se convirtió en una gran derrota para la intolerancia, pues los descubrimientos de Galilei permitirían, poco después, el desarrollo de la ciencia moderna, pese a que este científico estuvo a punto de seguir el mismo destino de Giordano Bruno, quemado por defender la teoría copernicana apenas en 1600, en la misma ciudad de Roma.

El joven Galileo tuvo que luchar por descubrir y después defender su verdadera vocación, pues su padre, quien le enseñó a tocar el laúd, quería imponerle que estudiara medicina, carrera que inició en la Universidad de Pisa, mientras que a él le interesaban las matemáticas, considerada entonces una profesión “esotérica” y de escaso prestigio económico y social. Galileo logró convencer a su padre e inició sus estudios de matemáticas que, sin embargo, no pudo concluir por los problemas económicos de su familia.

De su papel como estudiante, los autores nos presentan la imagen de un muchacho inquieto y descontento con la mediocridad de la enseñanza, basada principalmente en las ideas de Aristóteles, bastante insostenibles para la época, pero que la Iglesia católica había hecho suyas, como parte de sus dogmas. A Galileo le disgustaba además que toda la enseñanza se basara en la autoridad y no en la comprobación, por lo cual se le considera un precursor del método experimental.

Los inventos de Galileo

La obra, además de brindar un panorama del contexto cultural de la época, aborda aspectos poco conocidos de la vida privada de Galilei, como su enamoramiento en Venecia de Marina Gamba, con quien procrearía dos hijas y un varón, cuyas vidas serían signadas por el estigma de la ilegitimidad.

Asimismo, destaca la gran inventiva del científico de Pisa, quien fue docente particular en Florencia y más tarde trabajó en la Universidad de Pisa y en la prestigiada Universidad de Padua.

En tiempos de Galileo, por ejemplo, no existían los relojes de precisión. Éstos se crearon hasta 1646, gracias al principio del péndulo, descubierto por Galileo al observar las oscilaciones de un candelabro en la catedral de Pisa, lo que también le permitió inventar un pulsímetro.

Galileo era un hombre práctico, y por medio de sencillos experimentos (tan fáciles de reproducir que los jóvenes pueden llevarlos a cabo en la escuela) demostró que la gravedad no tiene relación con el peso y la composición de  los objetos, como sostenía Aristóteles.

Lo mismo ocurre con la teoría de la caída libre de los cuerpos, que Galileo pudo comprobar gracias al plano inclinado con el que pudo disminuir la velocidad de caída y aumentar el tiempo de observación. Gracias a sus experimentos llegó a los conceptos de aceleración e inercia.

Pero el invento que modificó su vida de manera radical fue el telescopio, que le permitió revolucionar la ciencia astronómica. Con éste descubrió que los astros no son esferas perfectas como se creía. Además, observó los accidentes de la Luna y las manchas solares, cuya visión le provocaría años más tarde la pérdida de la visión. A este costo, Galileo dio lugar a una nueva visión del Universo.

Los descubrimientos de Galileo, publicados en El nuncio sideral, despertaron celos y odios, entre ellos los de ciertos científicos jesuitas que lo acusaron de hereje por sus observaciones sobre el Sol. A partir de ese momento comenzaron sus problemas con la Iglesia, que se acrecentaron con la publicación en 1632 del Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo: ptolemaico y copernicano.

Galileo fue condenado a prisión perpetua, pena que le fue conmutada por la de arresto domiciliario, en 1633. Nueve años después moriría completamente ciego aquel que vio por primera vez el rostro verdadero del Universo.

*Reseña del libro Galileo y el telescopio. 400 años de ciencia, de Héctor Domínguez y Julieta Fierro, Correo del Maestro y Ediciones la Vasija, México, 2007.

 

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