Henry A. Giroux, pensador estadounidense reconocido por sus aportaciones al campo de la educación, nos ofrece en su obra La inocencia robada. Juventud, multinacionales y política cultural una perspectiva particularmente crítica que nos confronta de lleno con las formas de vida y valores que la cultura empresarial impone, cotidianamente, a la sociedad, situación que, en la especificidad de cada región, de cada lugar, es común en Occidente.
El planteamiento que articula el texto recoge tres grandes creencias, tres importantes convicciones –el autor las llama mitos– que atraviesan a nuestras sociedades contemporáneas y se proyectan ampliamente en lo que acontece en las escuelas, colocando constantemente a los sujetos de la educación en situaciones de riesgo:
• El triunfo definitivo de la narrativa de la democracia liberal, que necesariamente generaliza e impone como el valor deseable la cultura del mercado y la libertad irrestricta de los ciudadanos-consumidores, sin cotos morales ni éticos entre productores y consumidores, ni consideraciones de ninguna índole hacia la vida pública y mucho menos hacia el respeto y cuidado que requieren niños y jóvenes. Todo se puede decir, todo se puede mostrar y escuchar, todo se puede exponer, vender y comprar... Ni existen trabas ni límites sino los propios del mercado.
• La condición de inocencia propia de la infancia, legado romántico del siglo XVIII que lleva a percibir este estado como natural, dado, donde la pureza y el candor existen por sí mismos, inalterables e independientes de las condiciones reales históricas, sociales, políticas, de poder. Ello hace que los adultos evadan su propia responsabilidad de preparar a los niños para asumir críticamente el bombardeo de publicidad y de noticias a que están sometidos, dejándolos inermes frente a la cultura de mercado. Tal como sucede, por ejemplo, con los concursos de belleza infantil y las modas ‘adultizadas’ que, por lo demás, no están al alcance de todos los sectores sociales.
• La enseñanza y el aprendizaje ya no responden a un programa de mejoramiento de la vida de todos. El aislamiento de la escuela, continuamente rebasada por lo que sucede “afuera”, corre paralelo a las exigencias actuales y la saturación de actividades que están detrás de la carrera profesional –profesionalismo de superficie– y la desvinculación de la vida cívica de los educadores, abrumados y desviados de su compromiso de origen.
Estos tres mitos constituyen el centro de atención del autor, quien procede a desmontarlos con datos y cifras, argumentos y análisis, por demás convincentes: uno de los grandes problemas que subyacen en los actuales ambientes educativos que escapan a la escuela como tal es la imposición, en la vida de todos, del paradigma de la economía de mercado, cuyo imperativo es integrar a la cultura del consumismo, lo más pronto posible, a niños y jóvenes; es decir, en el siglo XXI infancia y juventud son tomadas en cuenta principalmente por el potencial que representan para activar la industria de la moda y del juguete, en contraposición de lo que serían las necesidades propias de esas edades en el terreno de la salud, la alimentación, el bienestar.
Pero también recorre estas creencias compartidas la falta de compromiso y responsabilidad de los adultos respecto del mundo infantil y juvenil, su posibilidad de mejorarlo, a lo que se aúna la imposición, sin límites, de las empresas culturales frente a un ejercicio seudoprivado de los derechos del ciudadano. Nadie protesta, por ejemplo, por la violencia que todos los días se muestra en los comerciales, en los programas de televisión, en los autobuses equipados con sistemas de video.
Giroux, sin embargo, no se queda en un planteamiento fatalista, derrotista. Su propuesta se inscribe en la perspectiva de lo que llama una pedagogía pública y en convocar a los intelectuales a asumir su responsabilidad en relación con las implicaciones que tiene el saber qué se produce, las relaciones sociales que se propician y el sentido de la vida que se difunde.
Para ello, invita a los lectores en general, y a los educadores en particular, a transitar nuevamente por los caminos trazados por Antonio Gramsci, por Paulo Freire y, más recientemente, por Stuart Hall, para indagar otras vertientes de pensamiento que aporten elementos para hacerles frente a las situaciones que constatamos día con día y a fortalecer, entre aquellos abocados a la educación desde distintas esferas, el compromiso por incidir en la construcción de ambientes educativos y culturales más sanos y plenos para nuestros niños y jóvenes. Se trata, en fin, de reactivar críticamente el vínculo entre la política, la cultura y la educación.
Por último, cabe señalar que son dos partes las que constituyen la obra: la primera parte aborda, en diversos contextos culturales y sociales, expresiones concretas de la despreocupación pública, del “dejar hacer” de los adultos respecto a los niños y los jóvenes, de su no intervención en lo que serían las mejores condiciones de su bienestar en todos sentidos. En la segunda parte se estudian algunas herramientas teóricas para abordar el complejo problema del carácter educativo de la cultura. La lógica propia de este ordenamiento radica en plantear, primero, elementos de los contextos reales en donde se lleva a cabo la vida de niños y jóvenes, de cara a un mundo que ha sido absolutamente alterado por las empresas culturales y la cibernética, para proceder después a echar mano de las teorías que permitan avizorar otras formas de intervención educativa y de compromisos cívicos que reviertan, hasta donde sea posible, la actual situación que nos compete, de una u otra forma, a todos.
*Reseña del libro La inocencia robada. Juventud, multinacionales y política cultural, de Henry A. Giroux, trad. de Pablo Manzano, Morata (Colección Psicología), Madrid, 2003.