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Correo del Maestro Núm. 125,octubre 2006

¿Qué es el sonido?*

Dania Mejía

¿Verdadero o falso?

En la Luna es imposible oír sonidos...1

Los canales de percepción que se abren con los cinco sentidos nos mantienen en la más estrecha relación con nuestro entorno. Uno de los aspectos más sofisticados del saber científico es comprender los mecanismos de tal percepción: cómo vemos y escuchamos, cómo distingue nuestra piel las texturas o las temperaturas, el reconocer los sabores y el filtrar aquello que sobresale de entre una nube anónima de aire: como si no oliera a nada pero de repente algo nos hace decir “huele a tierra mojada”.

Puesto que convivimos constantemente con los sonidos, no nos preguntamos con frecuencia qué son en realidad o cómo se producen o por qué escuchamos. Sólo cuando entramos en contacto con situaciones menos cotidianas, la presencia del sonido se hace más intensa o se enrarece; por ejemplo, cierto niño que hizo chocar dos piedras bajo el agua se asombró ante la estridencia, comparada con el sonido que producen las piedras fuera del agua. Surge así una curiosidad en quien presencia el fenómeno, y junto con la curiosidad aparece la pregunta de siempre: ¿y por qué?

Los fenómenos físicos son algo de verdad sorprendente, y más aún si experimentamos con ellos. Averiguar qué es eso, cómo funciona aquello que pasa tan tranquilamente a nuestro alrededor es posible para niños de 6 años en adelante gracias a una serie de libros que les permiten descubrir la ciencia experimentándola de forma divertida. La colección ¿Qué es eso? de Correo del Maestro y Ediciones La Vasija devela los secretos del frío, los colores, la electricidad o el tiempo, y dado que el mundo está lleno de ruidos, hay un título dedicado a esas vibraciones, esas ondas invisibles que crecen cual pompas de jabón.

¡Venga la música!

Si un par de bongoes resuena, el tímpano –esa delgada membrana del oído parecida al parche tenso de un tambor– vibra a su vez con cierto ritmo que se constituye en sonido gracias a las conexiones del oído con el cerebro. Basta con un sencillo experimento, que tan sólo requiere de una mano y un cuello, para que un pequeño lector de El sonido constate que, además de la disposición física para percibir temblores, zumbidos, tic tacs (es decir, las vibraciones sonoras), nuestro cuerpo goza del mejor instrumento para crear sonidos: las cuerdas artífices de la voz.

Hombre o mujer, abejorro o mosquito, bajo o alto, grave o agudo…, estos cuatro pares nos remiten a la velocidad de las vibraciones que generan sonido: entre más rápido, más agudo, y tanto más grave suena cuando vibra más lento. Para los niños que se adentren en las bellas páginas de este libro será fácil averiguar –gracias a sus puntuales indicaciones– que un vaso medio lleno de agua (o medio vacío) produce cierto tono al ser golpeado suavemente con una cucharita, pero si lo vacían por completo o dejan que se desborde, ¿cómo suena? Y si disponen muchos vasos con distintos niveles de agua, y por tanto muchas notas graves y agudas, podrán hacer música.

El volumen de un ruido es la fuerza que lo hace llegar más lejos, o cerca, y se mide en decibeles. El silencio absoluto no pasa del 0, y un trueno tormentoso alcanza los 120 decibeles.

Además de las cuerdas, de las percusiones o de la lengüeta de un instrumento de viento, las ollas hacen un papel importante como material de experimentación: pueden convertirse en un metálico tintineo de campana o en la caja de resonancia de un banjo (con la sola ayuda de una liga, una regla y un poco de cinta adhesiva). La olla amplifica el volumen de un “toing” producido por nuestros dedos sobre una liga tensa y nos brinda un determinado sonido porque es de metal y no de madera, como los banjos de verdad, o como las mandolinas o las balalaicas, que además son ovaladas o triangulares y, por tanto, distintas en su forma de sonar.

Hacia el hueco de la oreja

Una feria, los audífonos, el aleteo de un colibrí, los motores, una gota de agua, el timbre del teléfono, el castañetear de los dientes, la floresta mecida por la brisa… hay innumerables fuentes que emiten sonidos, y éstos requieren vehículos adecuados, como el aire, para transportarse hasta el hueco de la oreja.

Los indios solían prestar oído al riel de la vía férrea porque querían escuchar si el tren se acercaba o no, y el hierro es un excelente conductor del sonido, es un material denso (asimismo el plástico), por lo tanto el ruido se desplaza fácilmente a través de él. Pero si se trata de un material blando, a las vibraciones les cuesta trabajo pasar de una partícula a otra; se dice entonces que es un aislante. En el caso del agua, las partículas están muy cohesionadas, más que en el aire, por eso los sonidos subacuáticos viajan mejor que los aéreos. Los delfines se comunican a gritos, que aunque no son muy fuertes, alcanzan distancias kilométricas, y “cuando una ballena azul silba, su canto se oye […] como si en México oyéramos las sirenas de los bomberos de Colima”.

La colección ¿Qué es eso? combina un atractivo diseño a partir del collage de fotografías y simpáticas ilustraciones, y un ágil formato de breves párrafos introductorios, diagramas explicativos y recuadros con información complementaria a los experimentos. Niños y niñas son protagonistas de esta aventura por la ciencia y los fenómenos naturales, cuya guía nos ayudará a  comprender mejor el mundo que nos rodea.

Actividad

Además de interactuar con la tía Luisa, sorda de nacimiento, e indagar qué pasaría si un día ya no oyéramos nada, Kim y Tomás consiguen que una vela se ponga a bailar y hacen saltar granitos de azúcar pero sin tocarlos. Aquí presentamos la comprobación de un fenómeno físico útil para la cacería (el murciélago atrapa sus presas a ciegas, gracias al eco de sus gritos ultrasónicos, tan agudos que el oído humano no los percibe).

 

* Reseña del libro El sonido, de Emmanuel Bernhard, ilustraciones de Peter Allen, Correo del Maestro / Ediciones La Vasija, México, 2004.
1 “Verdadero. Para desplazarse, los sonidos necesitan un vehículo conductor: aire, agua, metal… En torno a la Luna hay vacío. Si un cohete aterrizara a tres metros de un astronauta, ¡él no lo oiría!” E. Bernhard, op. cit., p. 13.

 

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