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Correo del Maestro Núm. 125,octubre 2006

El legado de Mozart

Rubén Heredia Vázquez

 

A mi madre, Sofía Vázquez, de quien he heredado

la sensibilidad y el placer por las artes

Monumento a Wolfgang Amadeus Mozart, en el parque Burggarten en Viena.
www.mozart2006.net

Más allá de la leyenda, el nombre de las grandes figuras de la música suele estar asociado a ciertos rasgos de su legado artístico que las hace únicas. Por ejemplo, mientras que a J. S. Bach suele relacionársele con el rigor compositivo, la perfección formal, el dominio contrapuntístico y la abundancia de su obra, a Beethoben se le vincula más con la maestría para desarrollar temas, lo revolucionario de sus formas, así como con el carácter expresivo y pasional de su música.

Sin embargo, el nombre de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) parece estar más ligado a aspectos de su mito y su vida personal que a características concretas de su música. Pero ¿qué hay más allá del niño prodigio convertido en músico profesional desde los cinco años? ¿Qué podemos encontrar detrás del hombre bajito, flaco y pálido que, si bien componía melodías muy hermosas y alegres, con frecuencia mostraba un sentido del humor exacerbado, bullicioso, e incluso obsceno? ¿Detrás del rebelde que luego de dar la espalda al arzobispo de su ciudad natal se convierte en uno de los primeros músicos independientes de Europa? ¿Del masón que prácticamente inventa la ópera alemana? ¿Del compositor de música con propiedades terapéuticas? Y, en fin, ¿del genio musical que, abrumado por la pobreza y las enfermedades, y poco antes de terminar su obra número 626, abandona este mundo a los 35 años de edad en circunstancias misteriosas?

Wolfgang Amadeus Mozart a la edad de seis años.
Retrato anónimo (ca. 1763). en.wikipedia.org

Para tratar de responder a estas interrogantes, examinemos diferentes aspectos de la época, la vida y la obra de este genio austriaco.

Su tiempo

En la Europa de mediados del siglo XVIII, la filosofía del racionalismo había dejado atrás los conflictos religiosos que dieran origen a la Reforma y la Contrarreforma religiosas, y el hombre occidental había empezado a preocuparse y ocuparse en aspectos más terrenales. La riqueza y cultura adquiridos por la burguesía o clase media le habían permitido ascender socialmente y, con ello, impugnar la antigua autoridad y las prerrogativas de la aristocracia. Era la época de la ilustración en que “en forma cada vez mayor, era la clase media la que escribía y leía libros, que construía y vivía en los edificios, que pintaba y adquiría cuadros, y que componía y escuchaba la música”.1

La complejidad y suntuosidad del arte barroco había dado paso a manifestaciones un poco más amables, sencillas y menos recargadas, más ad hoc a la vida de las casas burguesas cultas que a la de los grandes palacios de la nobleza; la elegancia y la delicadeza se preferían a la majestuosidad y grandiosidad impuestas por el barroco aristocrático. Además, el comienzo de las excavaciones en las antiguas ciudades romanas de Pompeya y Herculano en 1784 revivieron de manera notable el interés por el equilibrio del arte grecorromano y sus reglas, inquietud ya patente en el renacimiento, pero rota durante el barroco. Había empezado la era del clasicismo –o neoclasicismo, en opinión de algunos.

En música, algunas de las formas características del barroco, como la fuga, el concerto grosso o la suite caían en desuso para dar lugar a otras nuevas: predominaban la sonata para instrumento solo, el trío y el cuarteto de cuerdas, así como el concierto. Todas estas formas presentan de manera casi invariable “un allegro construido sobre dos temas (exposición de los dos temas, desarrollo o trabajo sobre ambos, reexposición), un movimiento lento en forma de lied (también en tres partes), a veces un minueto con su trío, y siempre un final construido sobre dos ideas o bien un rondó”.2 La renovación de estos géneros instrumentales tenía en Franz Joseph Haydn a su mayor exponente, mientras que la ópera se renovaba sobre todo gracias a Christoph Willibald Gluck. Ése era el mundo que vio nacer a Mozart.

Su vida

Leopold Mozart (1719-1787).
www.mozart2006.net

A pesar de lo trágica que puede parecer una parte de la vida de Mozart, también podemos verla como el resultado de una serie de coincidencias y eventos muy afortunados.

Dueño de un talento musical realmente prodigioso, Wolfgang Amadeus Mozart fue uno de esos casos que raras veces se dan en la historia.

Nacido en Salzburgo, Austria, el 27 de enero de 1756, tuvo la fortuna de haberse criado en el seno de una familia de músicos y de haber contado con un padre que supo guiar, encauzar y explotar –en el buen y mal sentido– todo el potencial de su crío.

Pero la influencia musical de Leopold Mozart no fue la única positiva y decisiva en el pequeño Wolfgang. Otro de los personajes que imprimieron una temprana y profunda huella en él fue el padre Giovanni Battista Martini, con quien estudió en Italia el antiguo contrapunto eclesiástico. Mozart se convirtió en músico profesional a los cinco años de edad y asimismo compuso sus primeras obras en 1761. Al año siguiente inició su experiencia como clavecinista con una gira por Munich y Viena, y en 1763 realizó otra por París y Londres. Fue esa itinerante vida la que le permitió conocer desde muy joven los estilos musicales predominantes en Europa:

En Londres recibió la influencia de Christian Bach, uno de los hijos del prolífico Juan Sebastián. La generación de Mozart reaccionó al arte de J. S. Bach y Haendel en forma muy semejante a como los pintores franceses lo habían hecho con Rubens y Lebrun, y su música se llenó de los acentos más gentiles del estilo cortesano galante, en vez de los ritmos musculosos y las sonoridades masivas del barroco. En París, Mozart entró en contacto con el estilo rococó clavecinístico y pianístico, ese arte de la frivolidad expresada en almibarados retintines para el oído. En París también hizo su primer contacto con las óperas de Gluck, de las que aprendió su hondo respeto por la verdad dramática y la eliminación de todo lo accesorio excepto lo que era indispensable para el desarrollo de la trama. En Italia conoció de cerca y en toda su belleza la voz humana y la virtud persuasiva del lirismo latino. En Mannheim escuchó a la mejor orquesta de Europa y admiró la luminosidad de sus dinámicos crescendos y diminuendos, al igual que la brillantez de sus instrumentos de aliento. En Viena, aprendió de José Haydn la forma de aprisionar el alma de la orquesta y explorar todas las posibilidades expresivas de la forma sinfónica. Por contacto directo había descubierto los idiomas de la ópera seria napolitana, la ópera bufa de Pergolesi, (la) ópera pastoral de Rousseau y la Singspiel alemana.3
María Anna Nannerl , Wolfgang Amadeus y su padre, Leopold Mozart, en un retrato familiar pintado en 1780-81 por Johann Nepomuk della Croce. ru.wikipedia.org

 

Siguiendo el ejemplo de su padre, y gracias al estreno de su ópera Bastián y Bastiana –cómica y en estilo francés–, es nombrado Konzertmeister del arzobispo Hieronymus Colloredo de Salzburgo. Sin embargo, su espíritu rebelde le hace intolerable la vida de servidumbre, y en 1780 presenta su dimisión al arzobispo cuando éste le niega un permiso para ausentarse. A partir de entonces, se establecerá definitivamente en Viena.

Si bien su producción anterior a su renuncia estuvo en cierto modo dominada por la ópera (Bastián y Bastiana, Mithrídate, Idomeneo, etc.), a partir de su establecimiento en Viena, su desempeño como músico liberado le permitió cultivar y desarrollar otros géneros musicales e iniciar la etapa más fructífera de su carrera, en la cual engendró sus composiciones más importantes.

 Su decisión de ser un músico independiente lo obligó a realizar composiciones por encargo para casi todo tipo de patronos y mecenas, especialmente nobles y altos burgueses, así como para diversos grupos de ópera tanto en Austria como en el extranjero –el caso de la ciudad de Praga fue muy especial para él, pues ahí vio algunos de sus mayores éxitos artísticos y financieros–. De esto hay abundantes ejemplos: por encargo de Sigmund Haffner, un importante personaje de Salzburgo, compone su Sinfonía n.° 35, también conocida como Sinfonía Haffner; por encargo del rey Federico Guillermo II de Prusia escribe sus seis Cuartetos prusianos; para su amigo el actor, escritor, empresario teatral y francmasón Emmanuel Schikaneder, compone la ópera La flauta mágica; y para un patrono misterioso, cuya identidad nunca llegaría a conocer, crea la que sería su última obra, su magistral Réquiem.

www.musicologie.org

A pesar de que estos mecenazgos permitieron al músico liberado Wolfgang Amadeus Mozart alcanzar la gloria y la celebridad en vida, los últimos años de su breve existencia se vieron ensombrecidos por una larga y progresiva serie de crisis y carencias económicas que desembocaron en su prematura muerte en 1791 a la edad de 35 años. A la fecha, ni el origen de las penurias que ensombrecieron sus últimos años ni el de la enfermedad que le robó vida han sido esclarecidos por completo. Al parecer, aunque sus ingresos no eran demasiado elevados, sí le habrían permitido llevar una vida bastante decorosa, sin embargo, es muy probable que tanto él como su esposa Constanza, con quien se había casado en 1782, hayan sido pésimos administradores. Como lo expone claramente Henry Raynor:

Al final de su vida, agobiado por las deudas y la penuria, Mozart ganaba más del doble de lo que nunca había ganado su cuidadoso padre y era considerado como un gran compositor, si bien demasiado intelectual. La debilidad, el amor al lujo y la total incapacidad para hacer frente a los problemas de la vida cotidiana le destrozaron.4

A lo que añade:

La arrogancia, la incapacidad o la falta de sentido práctico de Mozart quedaron olvidados, y la sociedad de su época (que le trató mejor que a muchos otros músicos) fue culpada de una tragedia cuyas raíces estaban en la personalidad del compositor.5

 

Su legado

Más allá de las realidades y ficciones que envuelven su vida, Mozart nos heredó un cuerpo de alrededor de 626 obras cuya factura parece alcanzar un equilibrio perfecto entre forma y expresión inéditos en los géneros y formas musicales que eligió –que no fueron pocos–, todos los cuales agotó por haberlos llevado a la perfección.

Libreto de la ópera Las bodas de Fígaro, 1786.

www.mozartprague2006.com

Su música instrumental y de cámara –entre la que destacan cerca de 50 sinfonías (algunas de las cuales no se han conservado), 21 conciertos para piano, uno para clarinete, varias serenatas, diversas obras para instrumentos de aliento, 21 sonatas para piano solo, 24 cuartetos y seis quintetos de cuerda, un quinteto para clarinete, así como varias sonatas para violín y clavecín (o piano)– muestra que, si bien su construcción es plenamente clásica (es decir, que dota a las formas que cultiva de un cuidado, claridad, equilibrio, elegancia, regularidad y simetría realmente magistrales), en ciertos momentos obra con tal libertad, audacia y expresividad que algunos no han dudado en considerarlo el primer romántico. Esto resulta particularmente sorprendente si pensamos, por ejemplo, en el caso de sus conciertos o su música de cámara, pues suele aceptarse que, por un lado Mozart contribuyó más que nadie a establecer la forma del concierto clásico, y por otro, que junto con Haydn y Beethoven definió la idea de música de cámara que prevalece hasta nuestros días.

Su obra coral y vocal constituye alrededor de una cuarta parte de su producción, y abarca música tanto sacra (diversas misas, motetes, magníficats, oratorios, etc.) como profana (escenas, arias de concierto, coros con orquesta, cánones vocales y lieder). Aunque en un principio se tachó a sus obras religiosas de ligeras, mundanas y más adecuadas para el teatro que para el culto religioso, “esta música se nos muestra clara, directa, espontánea, llena de humanidad, festiva, brillante, recogida y cálida”.6 En este sentido, nuestro autor se distancia hasta cierto punto de la solemnidad tan suntuosa de mucha de la música sacra del barroco. Sin embargo, su obra sacra es quizá la mejor muestra de su asimilación y total dominio de los estilos compositivos que conoció a lo largo de su vida –incluso los heredados del barroco–. Un ejemplo de ello es el grandioso Réquiem, obra con frecuencia considerada una de las mayores cimas de la música y el arte en general.

Por otro lado, su producción dramática –iniciada antes de concluir su niñez– es un testimonio de los principales estilos que influyeron en él, muchos de los cuales también llevó a la perfección. Si bien Bastián y Bastiana, su primera ópera estrenada, denota la influencia de la ópera bufa francesa, y la cúspide de su carrera está marcada por óperas de estilo italiano (Las bodas de Fígaro, Don Giovanni, Cosí fan tutte), resulta paradójico que hacia el final de su vida una ópera cómica con tema masón le haya dado el insospechado honor de haber creado la ópera alemana: La flauta mágica.

Más allá del compositor de hermosas piezas de apariencia alegre y ligera, llenas de melodías elegantes, fluidas, amables y fáciles de cantar, un conocimiento más profundo de Mozart nos revela al gran creador que, al dominar y balancear los estilos y las técnicas imperantes en su tiempo, llevó la música occidental a una de sus mayores cimas. En lo concreto, Mozart es quizá la encarnación más perfecta del equilibrio en la música.

 

Discografía recomendada

Bibliografía

dufourq, Norbert, Breve historia de la música, fce, México, 1963.

Enciclopedia Salvat de los grandes compositores, Tomo 3, Salvat Mexicana de Ediciones, México, 1983.

fleming, William, Arte, música e ideas, McGraw-Hill/Interamericana, México, 1989.

jacobs, Arthur, Dictionary of Music, Penguin Books, Londres, 1996.

pérez Sierra, Rafael, Mozart, Alianza, Madrid, 1995.

raendel, Don (ed.), Diccionario Harvard de Música, Alianza, Madrid, 1997.

raynor, Henry, Una historia social de la música, Siglo XXI, México, 1987.

valls Gorina, Manuel, Diccionario de la música, Alianza, Madrid, 1971.

1 William Fleming, Arte, música e ideas, p. 270.

2 Norbert Dufourq, Breve historia de la música, p.123.

3 William Fleming, op. cit., p. 277.

4 Henry Raynor, Una historia social de la música, p. 465.

5 Ibid., p. 470.

6 Enciclopedia Salvat de los grandes compositores, p. 80.

 

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