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Correo del Maestro Núm. 125, octubre 2006

La ópera

Gabriel G. Jolly

La ópera es un sueño despierto,

un fantasma transformado en música,

un mundo ideal hecho por el hombre para el hombre,

para el deleite del hombre.

Gérard Fontaine
Última escena de L’incontro improvisso, de Haydn, estrenada en 1775.
Enciclopedia Salvat de los grandes compositores, tomo 3, Salvat, México, 1983.

“Canta, oh Diosa, la cólera…” –Meenin áide theá. Así comienza la historia de la literatura de Occidente, con un canto, con el arte supremo de la palabra ejecutado por el instrumento musical supremo: la voz humana. Como Stendhal dijo una vez: “La voz del hombre sigue siendo superior a todos los instrumentos y hasta se puede decir que los instrumentos agradan sólo en proporción en que consiguen parecerse a la voz humana”.

La ópera es una empresa mucho muy ambiciosa que trata de crear un mundo imaginario total, una Gesamtkunstwerk1 que “reconstruye un mundo ideal completo, concreto, reflejo de lo Esencial, de lo Indecible y de lo Divino del que todos tenemos nostalgia”.2 Las demás artes crean sus propios mundos imaginarios: la música mediante los sonidos, la literatura mediante la palabra y la pintura a través de la luz, pero la ópera es el único medio que ha existido –hasta la aparición del cine– que puede combinar todos esos mundos imaginarios para crear “un mundo superior a este mundo”, “una verdad superior”, en palabras de Wagner.

Claudio Monteverdi, creador de la ópera Orfeo, en 1607.
www.arikah.net

La ópera es, esencialmente, un espectáculo que se tiene que vivir entero, con todas sus partes; si no se hace de esta forma, es poco probable que agrade a un espectador nobel. Con ella no hay medias tintas: o se ama o se detesta, y es más factible que guste si se tiene una afición previa por la música, la danza, el teatro, la literatura, la pintura, la arquitectura y demás artes, ya que la ópera es suma de todo eso.

Las raíces

En el año 2000 el fenómeno artístico conocido como ópera –que significa “obra” en latín– cumplió 400 años de edad. Son muy pocos los géneros artísticos cuyo origen esté tan bien fechado y registrado, mas en el caso de la ópera sabemos que nació en el palacio Pitti en Florentia el 6 de octubre de 1600, durante la boda de Enrique IV de Francia y María de Médicis, cuando se estrenó la primera composición musical con formato de ópera, Eurídice, creación del poeta Ottavio Rinuccini y el músico Jacopo Peri.

No obstante, las raíces de la ópera son incluso más profundas, pues la literatura y la música han ido de la mano desde el principio, tanto en Occidente como en Oriente (la ópera china surgió de la misma forma que su contraparte occidental, aunque son completamente distintas, y, por ello, por ser un género distinto, no haré mención de ella). Homero cantaba los versos de La ilíada y La odisea, las tragedias griegas se acompañaban con música, los juglares cantaban epopeyas y romances en la Edad Media, los versos del Corán eran cantados en las mezquitas y los intermedi –entremeses– florentinos del Renacimiento eran obras teatrales con canciones y coros, que seguían el ejemplo de la tragedia helénica.

A diferencia de la época clásica –Grecia y Roma–, en el mundo cristiano del Renacimiento había una completa diferenciación entre la música religiosa y la vernácula. Los intermedi, por ejemplo, trataban temas sobre mitología y cultura popular en forma de obras teatrales con argumentos a veces cantados o a veces recitados, hasta que, paulatinamente, los recitativos fueron reemplazados por canciones –arias–, coros, duetos y tríos; y así, los intermedi se transformaron en óperas, empezando con la Eurídice de Peri. Sin embargo, el arte de este compositor no consiguió bien a bien “crear un estilo musical que pudiera satisfacer las demandas de clara dicción y de flexibilidad dramática, conservando, a su vez, un cierto grado de coherencia estructural e integridad musical”.3 Este dilema fue resuelto por Claudio Monteverdi, el Padre de la ópera, con el estreno de Orfeo en 1607, ópera que sí goza de tales cualidades y que, podríamos decir, sacrificó el dramatismo en aras de una mayor expresión musical. Curiosamente, las primeras líneas del prólogo de Orfeo inauguran de forma más que adecuada todo el género:

Io la musica son, ch’ai dolci accenti

so far tranquillo ogni turbato core,

et hor di nobil ira, et hor d’amore

poss’ infiammar di più gelati menti.4

 

Al principio y como los intermedi, la ópera fue un espectáculo elitista enteramente dedicado a representarse para entretenimiento de la aristocracia, para las cortes reales y nobles de Florencia, Roma, Nápoles o la República de Venecia –que también, irónicamente, tenía nobleza.

Don Giovanni, producción de 1938, a cargo de Clive Carey. www.peopleplayuk.org.uk

Esta novedosa y sumamente atractiva forma de arte no tardó en conquistar Europa. Mecenas, coreógrafos, compositores, cantantes, escenógrafos y libretistas comenzaron a nacer en el seno de las distintas naciones europeas, así como corrientes operísticas propias –por ejemplo, Dafne (1627) de Heinrich Schütz fue la primera ópera alemana–, aunque pasarían dos siglos antes de que la hegemonía e influencia italianas perdieran peso. Así, España,5 los países escandinavos, Francia, Inglaterra, e incluso las lejanas Rusia y Polonia, sucumbieron ante la ópera y la hicieron suya. En Rusia, la zarina Yekatiérina II hizo traer compositores italianos a la corte, para que más tarde, a principios del siglo XIX, Mijaíl Ivánovich Glinka iniciara la magnífica, prolífica y genial tradición operística rusa. Sin embargo, fue en Venecia, gracias a sus aires republicanos, donde se construyó el primer teatro de ópera6 y donde se concibió la idea del “taquillaje”, así la ópera se convirtió en un mero entretenimiento popular y lucrativo, concepto que perduraría en toda Europa hasta la invención del cinematógrafo.

Postal de 1895 que muestra una escena de la ópera Ernani,  la quinta de Giuseppe Verdi, estrenada en 1843.
www.peopleplayuk.org.uk

Comicidad, drama y “arte total”

Increíblemente, durante sus dos primeros siglos de existencia la ópera sufrió muy poca o casi ninguna censura, a pesar de que en varios países –especialmente en los protestantes– la hallaban muy sospechosa: era extranjera, y peor aún, de Italia, la cuna del catolicismo. Además, rebajaba todos los tabúes y amoralidades sociales, culturales y sexuales de la época; tentaba los sentidos y las emociones. Se decía, por ejemplo, que promovía abiertamente la homosexualidad, y quizá sea cierto: baste decir que el fenómeno principal de la ópera barroca y clásica era los andróginos cantantes castratti; que el travestismo era común entre las mujeres al igual que las voces afeminadas entre los varones que habían desarrollado el arte del falsete –que se conocen como contratenores o sopranistas–, y que abundaba la sensualidad descarada en duetos de amor entre voces agudas…

Más tarde, en el siglo XVIII, proliferaron los grandes teatros, de Lisboa a Viena y de Nápoles a San Petersburgo, y la centuria fue dominada por la ópera dramática, aunque también vio nacer el género de ópera buffa –la ópera cómica–, iniciado por La serva padrona (1733) de Giobanni Battista Pergolesi y sublimado por Don Giovanni (1787) de Wolfgang Amadeus Mozart y Lorenzo Da Ponte. La ópera evolucionó y se perfeccionó, pasó de los excesos italianos del siglo anterior al barroco elegante y poderoso de sir George Frederick Haendel y al clasicismo puro de Christoph Willibald von Gluck, hasta la perfección musical mozartiana.

En el siglo XIX, por otra parte, dominó la ópera buffa de Gioacchino Rossini, de tramas simplonas para consumo comercial masivo, y surgió en Francia el concepto de grand opéra, un espectáculo grandioso y completo, lo bastante ruidoso y largo, con ballet y todo, para que las clases altas socializaran a gusto –como Faust (1859) de Charles Gounod o Yévguieni Onieguin (1879) de Piótr Ílich Chaikovski–. Es en esta época cuando brillan dos astros del género: Giuseppe Verdi (1813-1901) y Richard Wagner (1813-1883), quienes, además, acabarían con los malos hábitos de la época: el primero se peleó con los productores para que dejaran de lado las tramas simplonas pero taquilleras, con los cantantes y directores para que respetaran las partituras originales y con los libretistas para que no cayeran en lugares comunes; y el segundo rompió con las reglas y costumbres del público: fue el primero en hacer apagar las luces para que la gente dejase de socializar y se concentrase en el escenario.

Verdi llevó el bel canto italiano a alturas inusitadas: junto a hábiles libretistas y con los dramas de Shakespeare, Von Schiller, Dumas o Hugo,7 creó al fin un concepto dramático poderoso por sí mismo que, aunado a su genialidad musical, conformó la ópera universal: bella, popular e inmortal. Wagner, en cambio, destruyó la ópera y la reinventó él mismo, creando un mundo romántico único, la consumación del “arte total”, especialmente con su tetralogía El anillo de los nibelungos (1854-1874), formada por las óperas: El oro del Rin, La valquiria, Sigfrido y El ocaso de los dioses.

De la ópera al cine

Enrico Caruso como Raoul de Nangis en la ópera Les huguenots, 1905.
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El siglo XX y sus tecnologías –el cine y las grabaciones de audio– cambiaron de forma radical a la ya de por sí siempre cambiante ópera: en sus primeros años convivieron el romanticismo postwagneriano de la Salomé (1905), de Richard Strauss –basada en la versión alemana de la obra homónima de Oscar Wilde–, o El ruiseñor (1912), de Ígor Fiódorovich Stravinski; el realismo musical o verismo de la Turandot (1925), de Giaccomo Puccini, y la dodecafonía de Wozzek (1922), de Alban Berg; hasta llegar al clímax de Muerte en Venecia (1973), de lord Benjamin Britten –basada en el célebre libro de Thomas Mann y adaptado por el poeta británico W. H. Auden–, Einstein en la playa (1976), de Philip Glass, y Nixon en China (1978), de John Adams.También el público disfrutó de óperas grabadas en video u óperas hechas cine –como La Traviata (1982) u Otello (1986), del director Franco Zefirelli–, y lo más importante: el genio vocal de Enrico Caruso, María Callas, Renata Tebaldi o Luciano Pavarotti, que, a diferencia de sus colegas de otros siglos, no duraría apenas lo que sus respectivas carreras ni quedaría plasmado sólo en libros de historia, sino que, mediante los discos y películas, permanecerá vivo por siempre.

A veces arte total, a veces entretenimiento popular, a veces epítome de belleza artística universal… el mundo imaginario de la ópera está vivo hoy en día, con la experiencia y tradición de 400 años y el vigor de un género inmortal. Ella espera plácidamente una oportunidad para apoderarse de nuevas almas, al tanto que extasía a las millones ya cautivas.

1 Término wagneriano que significa “obra de arte conjunto”.

2 Gérard Fontaine, “La ópera, un sueño despierto”, en Biblioteca de México 80-81, marzo-junio 2004. p. 30.

3 Tim Carter, “El siglo XVII”, en Roger Parker, Historia ilustrada de la ópera, Barcelona, Paidós, 1998. p. 9.

4 “Yo soy la música, que con dulces sonidos / puedo allanar todos los corazones perturbados / ora con noble ira ora con amor / puedo inflamar el corazón más gélido.”

5 La historia de la ópera en España y su evolución hasta convertirse en un género único y de gran influencia –sobre todo en los países latinoamericanos–, la zarzuela, son tema de un artículo aparte.

6 El Teatro San Cassiano de 1637.

7 El mismo Victor Hugo se expresó muy bien de la muy exitosa ópera de Verdi, Rigoletto (1850), que se había basado en su propia obra teatral, Le roi s'amuse –un rotundo fracaso en su estreno–, al decir: “Mi obra hubiese tenido éxito de haber podido yo hacer que doce personas hablaran al mismo tiempo…”.

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