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Correo del Maestro Núm. 126, noviembre 2006

De la bitácora de vida

Amílcar Saavedra Rosas

 

A dos décadas de los Libros del Rincón.

Para los rinconeros, los de ayer, los de hoy, todas y todos.

Para Marta, Malú, Luzma, Remy y Aureliano.

 

Rincón de lectura en Veracruz.
www.secver.gob.mx

 

El tonito

Más allá de la Macroplaza, donde el Cerro de la Silla ya no puede ser testigo, muy cerca del tiradero de basura, se encuentra una escuela primaria.

Ahí, una maestra de tez blanca me invita a trabajar con un grupo de tercer grado. Todos, niñas y niños, escuchan con atención la lectura que hago de uno de los Libros del Rincón, sin embargo, una mirada escrutadora proveniente de un chiquillo menudo, de ojos negros cada vez más grandes y fijos, el cual se encuentra sentado exactamente a mitad del salón, me produce escozor.

El niño de los ojos grandes, de repente, salta del pupitre, al mismo tiempo que exclama con fuerza: “¡Aaaah!, chilango, ¿verdad?”, y un gran silencio inunda el aula.

Sólo atino a preguntar: “¿Cómo lo supiste”

Desde una esquina la maestra exclama: “¡Niñoo!” El niño se acurruca en su banca y con un susurro responde: “Por el tonito”. Los chiquillos que alcanzan a escuchar ríen. Con un movimiento de cabeza y una mueca confirmo su respuesta.

Continúo con el mismo tonito hasta terminar con la lectura de la fábula La abeja haragana, luego se hacen algunos comentarios hasta que somos sorprendidos por el sonido de la chicharra, señal del inicio del refrigerio; una gran algarabía de niñas y niños escurre por toda la escuela, un “disculpe” de la maestra, desde la mitad del salón, sirve como preámbulo para un “¡apúrense a salir, niños!”.

A mitad del patio, el mismo chico de los ojos negros me alcanza y exclama:

– ¿Tú vienes de México? –dicho con un tono muy del norte.

– Sí –contesto.

– ¿Conoces el Castillo de Chapultepec?

– Sí –afirmo con un movimiento de cabeza. A mis espaldas se vuelve a escuchar: –¡Niñoo! –mismo que ahora se echa a correr, perdiéndose entre un mar de uniformes azules.

Amarillo es mi color

Es el segundo día que visito la escuela, hoy me toca trabajar con una maestra de unos 49 años, cabellera negra entrecana, manos anchas y regordetas (no sé por qué, pero siempre me fijo en las manos de los docentes). La recuerdo bien: en la reunión de exposición de motivos no le satisficieron los comentarios que pude hacer respecto al propósito de la visita, e incluso ante una primera negativa a trabajar en su salón, exclamó: “Pues no les veo ningún chiste a esos libritos”, para recapacitar inmediatamente y proponer: “Que se rifen los salones a visitar, para que sea más democrático”.

Lectura de Libros del Rincón.
basica.sep.gob.mx

Aceptamos la rifa propuesta, y al sacar un papel donde aparecía escrito en color carmín “4º C”, las expresiones de júbilo y broma dirigidas a la mujer de cabellera negra entrecana me hicieron saber que la suerte había decidido.

Al salir de la reunión, se acercó la maestra y con voz cortante dijo: “Mi salón es el último de la planta alta –señalando hacia el norte, donde cinco aulas están en fila–. ¡Mañana lo espero, después del descanso!”, y se fue sin dar oportunidad a ningún comentario.

Al día siguiente, llego cinco minutos antes de lo acordado, me paro frente a la puerta con el rótulo “4º  C”, eso me permite ver a niños y niñas que ante el frenesí del recreo y la ausencia de la maestra entran atropelladamente al aula; uno de los chicos toma un gis amarillo y con él garabatea en el pizarrón verde, no puedo ver qué escribe. Una voz alerta al grupo “¡La maestra!, ¡la maestra!, ¡la maestra!”, el chico no tiene tiempo de dejar la tiza.

La sep reparte la colección Libros del Rincón en todas las escuelas públicas de preescolar, primaria y secundaria de México.

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La maestra entra al salón rápidamente, al mismo tiempo que me invita a pasar, el silencio es total, ella voltea al pizarrón y sin mediar palabra toma el borrador y con destreza elimina cada una de las letras amarillas “p i n c h e”, escritas arriba de las letras con gis blanco: “e s c u e l a” (por los trazos, puedo adivinar que esta última palabra la había escrito un adulto). El gesto de la maestra es el mismo que puso cuando en la rifa salió el papel con letras color carmín, sólo que ahora el rostro se matiza en rojo.

“¡Son unos majaderos estos chamacos!”, exclama la maestra, dirigiéndose a mí. Un preámbulo sirve para presentarme ante el grupo y señalarles de forma sentenciosa:

– ¡Quiero-que-pongan-mucha-atención!

En la sesión con los chicos, platicamos sobre aquellas anécdotas que todos tenemos guardadas, las escuchamos, las escribimos, elaboramos historias colectivas. Para terminar, leímos el cuento de Gianni Rodari Pinocho el astuto, e inventamos muchos finales... Durante todo este tiempo una mano amarillenta fue alzada una y otra vez, para participar, hasta regalarnos un final fantástico, el cual sirvió para que los niños se sintieran cómplices y festejaran con júbilo la astucia de Pinocho.

Al terminar, la maestra se mostró entusiasmada y confesó: “¡Qué imaginación tienen estos niños! ¡Hasta Juan, que nunca participa!”, dijo señalando a un niño delgado y amarillento, con las manos aun más amarillas.

Primera llamada

Por la mañana visitamos una escuela para conocer una Palapa de lectura, construida con la participación de la comunidad; en verdad que estaba de plácemes.

En el festival escuchamos un cuento leído por una niña en su lengua materna, la maya; apenas terminado y sin más preámbulo, el maestro que estaba al micrófono me pidió realizar una actividad.

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– ¿Qué? –expreso mi sorpresa y, sin otra alternativa, tomo un libro y leo el título:  El Manchas, entonces le pido a un niño que describa la portada:

– Es un perro blanco que tiene manchas negras, es muy listo, con las orejas paradas, muy bonito.

Les propongo a los niños y niñas que continúen una historia con ese personaje, en cada ocasión participa un chico y así nace una historia:

El Manchas es un perro vagabundo que viaja por Carrillo Puerto en busca de una novia que lo abandonó.

– En Carrillo Puerto le dijeron que su novia había pasado rumbo a Tulum, que si quería alcanzarla tenía que caminar muy rápido.

– El Manchas caminó por la carretera, pero como hacía mucho calor no llegó muy lejos, por lo que tuvo que pedir un “ray”...

Esta historia siguió, con grandes peripecias para El Manchas, pasando por Playa del Carmen hasta llegar a su luna de miel en Cancún. El acuerdo con los chicos es escribir muchas historias, hasta elaborar un libro, para ser integrado a la Palapa de la lectura...

Última llamada

Ese mismo día, por la tarde, estoy trabajando con maestras y maestros. Ante el éxito obtenido con la actividad del libro El Manchas, me propongo iniciar con la misma estrategia.

– ¿Qué observan aquí? –pregunto, al mismo tiempo que muestro la portada del libro.

–Un perro.

– ¿Qué más ven? –insisto.

– Un perro pinto

– ¿Qué más observan? –reitero.

– Un perro pinto.

– Imaginen una historia que podamos hacer con este perro pinto.

Inicia un maestro:

– Éste es un perro que tiene dueño y que nunca lo deja salir.

– Continuemos la historia –los animo.

Un maestro retoma la historia:

– Pero un día el perro se escapó y...

– ¿Quién más participa...? –invito.

Una maestra al final de la tercera fila retoma la palabra.

– Lo atropellaron y se murió.

Hoy no circulan... los libros

Asfalto surcado por una intermitente e infinita línea blanca, cual zipper de esta ciudad; verde, ámbar y rojo destellan de manera programada; en las esquinas, escaleras blancas imaginarias...

– ¡Oríllese, esa camioneta roja! ¡Oríllese! –se escucha de un altavoz, al mismo tiempo que una luz roja y azul se ve reflejada en el retrovisor y las paredes cercanas.

– ¿Cuál es el motivo por el que nos detiene?

– Su licencia y su tarjeta de circular –ordena el oficial de lustrosas botas e impecable uniforme café.

– ¿Pero, por qué nos está parando? –le vuelvo a preguntar.

– La camioneta está sobrecargada –contesta el oficial retirando sus gafas Ray-Ban de cristal verde oscuro.

– Lo que llevamos son libros y unas mamparas –parece no escuchar o no entender–. Nos dirigimos a una escuela para promover la lectura y la escritura con niños, maestros y papás... requerimos llegar, nos están esperando.

– Su licencia y su tarjeta de circular –reitera o responde, no lo sé. Estiro la mano para entregar los documentos solicitados, su vista recorre apenas unas líneas.

– Sigan su camino, pero... cooperen para “el refresco” –dicho en tono desdeñoso.

Otro compañero, que se había mantenido como observador, acude a la camioneta y trae consigo unos diez libros, los cuales son puestos en las manos del oficial; las gafas que había mantenido en las manos ocupan nuevamente su lugar, con desenfado hojea los libros, apenas se asoman el Topito birolo, El rey mocho, Macaquiño, Rafa el niño invisible, Margarita, Los cinco horribles... Moviendo la cabeza, frunciendo el ceño y con desdén, exclama: “Toma tus cuentitos, dame diez pesos...”

Desde el Valle del Popocatépetl  
Ayotla, mayo de 2006.

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