Métodos, aparatos y máquinas para la enseñanza en México en el siglo XIX, de Josefina Granja, es un libro que, de entrada, resulta divertido, particularmente novedoso y sugerente frente a las temáticas consagradas en el campo de la historia de la educación, como lo han sido –cito– “legislaciones, memorias del ramo, tratados pedagógicos y otros”.
La autora pone a nuestra disposición un conjunto de “textos exhumados” –desenterrados, revividos, rememorados– que consisten en “contadores infalibles, silabarios mecánicos, cajas enciclopédicas para la enseñanza objetiva, máquinas intuitivas para la enseñanza, modelos de caligrafía, copiadoras populares, máquinas que se ofrecen para resolver cualquier problema aritmético, palitos con bolitas para contar, entre otros”. Son textos producidos entre 1857 y 1890; de ellos quedó constancia en el Archivo General de la Nación, serie Patentes, y en el Archivo Histórico de la Ciudad México, Ramo Instrucción Pública en general.
Creo que la actitud de curiosidad e indagación de la autora puede apreciarse a partir de la metáfora del “museo”, anteriormente conocido como “gabinete de maravillas”. Se trata de coleccionar, preservar y dar a conocer vestigios, huellas del pasado, pero esto requiere la operación de selección y estructuración en un corpus significativo para un grupo social dado, que les da sentido. Y cuando esto no ha sido posible aún, “los vestigios y huellas –nos dice la autora– se conservan en las salas cerradas al público donde se alojan objetos diversos en espera de alcanzar un lugar en los catálogos”.
Pues bien, Josefina traslada esta actitud museística al ámbito de lo disciplinar para interrogar a estos textos, para abundar en los sentidos que encierran en relación con la configuración del campo de la educación o, más precisamente, de los saberes escolares. La autora nos conduce en medio de los foucaultianos “saberes sometidos”. Es decir, qué es lo que podemos aprehender de las prácticas que celosamente custodian, qué aspiraciones y lealtades traducen, qué nos dicen de las tradiciones y legados de las épocas, de la misión de las generaciones.
El título del libro, Métodos, aparatos y máquinas para la enseñanza. México en el siglo XIX: imaginarios y saberes populares, cuidadosamente pensado, en sí mismo contiene las tensiones en que habrá de sumergir al lector: inventiva, maquinismo y saberes populares.
Los sentidos de la inventiva
Los textos y materiales que quedaron registrados en el Archivo General de la Nación en la serie “Patentes y marcas” nos sumergen de lleno en el mundo de aquellos que, asumiendo la originalidad, la novedad y la utilidad de su propuesta, se atreven a darle curso a un proceso de legalización de derechos reclamando para sí el privilegio de la invención o de la concesión de su introducción en el mercado y aun los dividendos que deriven del uso de sus inventos para la enseñanza.
Promotores de los frutos de sus propias iniciativas, los inventores hacen gala de sus posibilidades; a veces recuerdan a los merolicos que anuncian la bondad de sus remedios para todos los males del momento, en este caso, de la sociedad iletrada.
Pero, ¿quiénes son los que se asumen como inventores?, ¿por qué inventan?, ¿por qué quieren patentar sus trabajos?, ¿cuál es su relación con el mundo de la enseñanza?
Pudiéramos decir que los inventores de métodos, aparatos y máquinas de enseñanza ofrecen soluciones que median entre los teóricos de la pedagogía propiamente dichos y los maestros de banquillo como tales; de algún modo participan, desde distintas procedencias y ocupaciones, de la experiencia de enseñar acumulada directamente o a partir de la observación de lo que a otros les ha resultado; se ubican a mitad de camino entre el maestro que día con día confecciona por su propia mano algunos apoyos para enseñar a los niños el abc, y la industrialización a pequeña escala de esos subsidios didácticos que tienen de su parte la magia de la reproductibilidad; se encuentran en la encrucijada de usufructuar la ganancia en provecho propio y la preocupación por el beneficio colectivo como móvil de su acción.
Los inventores, no obstante que se colocan de parte de los saberes populares, son ilustrados. Poseen el don de la escritura, las expresiones y exigencias de esa cultura. Son algo más que conocedores de las 3R; saben desplazarse en el mundo de las normas y de la legislación escolar. Saber tocar puertas, argumentar a su favor, incidir en el lugar oportuno para lograr el registro del invento, esgrimir diplomas y reconocimientos, colaborar con las necesidades de la patria. Además, están al día de los modelos educativos en curso y de los modernos principios pedagógicos en boga.
Por otro lado, alrededor de las patentes de “invención”, que en México se empiezan a regular en 1832, relacionadas con la enseñanza, se tejen diversos oficios: el de legislador, el de dictaminador, el de dibujante, el de litógrafo, el de impresor, el de editor, el de carpintero, que también coexisten con el de maestro que se las ingenia para elaborar sus propios artefactos.
Aunado al reclamo por el reconocimiento de la inventiva de los mexicanos, y no sólo de los extranjeros que pululan en los diversos campos, el móvil de las patentes para la enseñanza nos remite a una de las piezas clave de la Nación imaginada durante el siglo XIX: popularizar los saberes, popularizar los inventos, popularizar sus aplicaciones; hacer extensivos a ‘todos’ los bienes de la instrucción, en este caso.
El sentido de lo popular en los saberes
Una de las interrogantes que surgen desde el mismo título del libro se refiere al carácter popular de los saberes y su relación con el imaginario colectivo.
¿Cómo es que tales personas se atreven a inventar, a pregonar y defender sus méritos y originalidad? ¿De qué manera la ciencia ilustrada pudo haber influido en estos inventores de artefactos para la enseñanza?, ¿cuáles fueron algunas de las representaciones sociales que circulaban en torno al conocimiento?, ¿cuál era el nuevo modo de ver la vida, de explicarse el mundo, de afrontar los problemas, de dar sentido a la vida personal y social?
El mundo de los métodos, aparatos y máquinas para la enseñanza de algún modo se apropia de una de las consignas más caras a la ciencia ilustrada: la confianza en la razón, en la producción de conocimiento que de ella derive, aunado a una aspiración –no sé si realidad generalizada– de democratización de instituciones y saberes; de ampliar, por lo menos, los márgenes de la población que pudiera acceder a ellos: poner el conocimiento al alcance de amplios sectores de la población implicaba, a la vez, la posibilidad de lograr su felicidad. Ello hace que detrás de cada método, de cada aparato, de cada máquina para la enseñanza la pregunta de rigor sea referida a su utilidad, a la naturaleza de sus aportaciones, de sus aplicaciones.
Sabemos que el valor que paulatinamente se le atribuye al conocimiento conforme avanza el siglo XVIII, es, ni más ni menos, que su aplicación a los distintos ámbitos de la vida humana para contribuir a mejorar la vida de todos; detrás de ello estaba el anhelado progreso, con mayúsculas, como siempre se escribió. Y si bien el desarrollo de la ciencia en un principio se circunscribió a los círculos privilegiados, necesariamente, a la luz de estas consignas y del programa modernizador en curso, de algún modo se filtraría a los sectores llamados populares. La prensa de divulgación científica del siglo XVIII, tiene mucho que decirnos al respecto;1 las atmósferas que se generaron remitían al sentido de utilidad, de aplicación de la ciencia, que, huyendo de la condición especulativa del conocimiento, atendiera a la solución de problemas concretos, a lo que se percibía como necesidades sociales de diverso tipo en cuya jerarquía la instrucción contaba entre las primeras. Éste sería también el sentido de las innovaciones tecnológicas, de los aparatos y de las máquinas.2
De modo que la actitud frente al conocimiento ilustrado puede explicarnos cómo se generaría otro acercamiento a los saberes, a su producción, a sus aplicaciones, a su lugar en la vida colectiva de una nación que se quería moderna. El compromiso que asumiera la prensa científica de divulgar diversas temáticas y de someter algunas de ellas a una cierta dosificación de experimentación, aun cuando no fuera de manera sistemática ni con fines de instrucción propiamente dicha sino de divulgación, necesariamente favorecería la popularización de la figura del inventor en el terreno de la instrucción.
El sentido de la maquinización
Aproximarnos a los decimonónicos métodos, artefactos y máquinas de enseñanza, ubicados en una perspectiva de largo aliento, también nos enfrenta a uno de los legados del siglo XVII que más impactaría a la modernidad:3 la interpretación mecánica del universo, es decir, concebirlo como una máquina que funciona con toda exactitud y precisión, cuyas regularidades había que explicitar e interpretar. A horcajadas de los siglos XVIII y XIX, no estamos lejos de las metáforas del reloj y de la imprenta para explicar el funcionamiento del mundo, ni nos hemos alejado del todo de cierto lenguaje que remite a los autómatas, a los artífices, a los ingenios:
| [...] ¿quién duda que se hace de cierto modo más admirable (supuesta nuestra limitación) que el hombre con su industria haga ‘Autómatas’ movibles [...] de manera que, con justa razón, se admiran estas máquinas como prodigios del arte y de la industria, comunicada por Dios al hombre.4 |
La importancia de las máquinas en la vida social sería exacerbada por la expansión del industrialismo: industrialización y maquinización serían facetas complementarias de la sociedad que se moderniza, que se quiere percibir como moderna. Las máquinas y los aparatos, fruto del artificio, reportarían un sentido de utilidad en la vida de todos, favorecerían, se creía, su mejoramiento; ésta es otra de las contribuciones a la retórica de la utilidad nacional que prevalecería en los ambientes decimonónicos. El ámbito de la enseñanza no podría escapar a estos influjos: el aceleramiento de los ritmos, el acortamiento de los tiempos, la facilitación de la enseñanza, las nuevas condiciones de reproductibilidad de los subsidios, necesariamente respondían a la urgencia de generalizar la instrucción de los ciudadanos, del progreso de la vida social. Las obsesiones de los programas de instrucción para ‘la niñez y los indígenas’ (sic), planteados en los mismos títulos de los inventos, dan cuenta de ello: el orden, la sistematicidad, la disposición, la economía de esfuerzo, la infalibilidad de los resultados, aunado a una cierta dosis de acercamiento a la condición infantil y juvenil, a la actividad lúdica –que recuerda los juegos de salón, como las barajas, los dados y la ruleta, y algunas de las diversiones de las fiestas populares, como la lotería. El “abaratamiento” y facilitar la instrucción era la consigna.
Podría decirse mucho más sobre los mundos inscritos en este original libro; cerremos señalando la que considero una de las principales aportaciones: la capacidad de azoro. Creo que en ello radica una de las actitudes más fértiles en el terreno de la producción de conocimiento.
Para ver hay que distanciarse, elegir observatorios y, aun estos mismos relativizarlos como uno de los observatorios posibles. El problema es que la rutina, la automatización, el encasillamiento, si bien nos da más seguridad, no permite ver, dificulta la percepción. Es el recurso al extrañamiento el que media en este caso. Se requiere mirada de niño, azoro, para vaciarnos de significados consagrados, estereotipados, convenidos por la fuerza de congelarlos. Hay que deslegitimar lo legitimado, disolver lo consolidado y volver a armarlo. Y esto es lo que nos ofrece el libro; hemos de agradecérselo a la autora. <
1 Es inevitable mencionar a José Ignacio Bartolache (1739-1790), editor del Mercurio Volante (1772) orientada hacia temas médicos; a José Antonio Alzate (1737-1799), autor del Diario literario de México y las Gacetas de literatura; a Juan Wenceslao Barquera (1779-1840), editor de la revista Semanario Económico (1808), que continúa la labor de Alzate.
2 Véase: Elías Trabulse (1985), Historia de la ciencia en México. Estudios y textos Siglo XVIII. Tercera parte, “La ciencia mexicana en el Siglo de las Luces”, conacyt/fce, México.
3 Véase: Herbert Butterfield, Los orígenes de la ciencia moderna, trad. de Luis Castro, Taurus, Col. Ensayistas núm. 77, Madrid, 1982, p. 120 y ss. Thomas L. hankins, Ciencia e Ilustración, s/t, Siglo XXI, Col. Ciencia y técnica, Madrid, 1988, p. 15 y ss.
4 Diego de Guadalajara, Advertencias y reflexiones sobre el buen uso de los relojes y otros instrumentos matemáticos, físicos y mecánicos (1777), en Trabulse, 1985, p. 20. |
*Reseña del libro Métodos, aparatos y máquinas para la enseñanza en México en el siglo XIX. Imaginarios y saberes populares, de Josefina Granja, cesu-unam / Ediciones Pomares (Educación y Sociedades, Horizontes Educativos Mexicanos, núm. 2), Barcelona-México, 2004.