menuinterno Inicio | Números anteriores | Libros

Volver al índice

Correo del Maestro Núm. 120, mayo 2006

La elección de los recursos didácticos y la educación de valores

Alejandro Spiegel

Hannah Arendt dijo alguna vez que enseñar es hacer lugar en el mundo a las nuevas generaciones. Cada vez que planificamos una clase, de alguna manera creamos un camino para que nuestros alumnos conozcan, aprendan y puedan acceder a la cultura producida por las generaciones que les precedieron. En este sentido, la planificación de clases implica varios desafíos no menores; tanto, que este “hacerles este lugar en el mundo” depende en gran parte del éxito con que logremos elegir qué segmento de la cultura, del conocimiento acumulado se enseñará, y cómo comunicaremos estos saberes.

En el proceso de selección de los contenidos intervienen el conocimiento disciplinar que tenga el maestro y sus criterios –y los de la institución en la que enseña– para decidir qué se enseñará, desde qué perspectiva, con qué intensidad, etcétera.

En este artículo analizaremos diferentes aspectos y potencialidades que tiene la elección de nuestras herramientas de trabajo, los recursos didácticos, para comunicar los contenidos seleccionados.

Crear un escenario

Enseñar también implica diseñar –o componer– una estrategia comunicacional para transmitir los contenidos definidos para nuestra clase, y para que cada alumno comprenda nuestras acciones e intenciones al frente del curso, de manera que pueda involucrarse y participar activamente en su proceso de aprendizaje.

Así, al planificar nuestro trabajo, creamos un escenario –con ambientación, escenografía, sonidos y más– en el que ocurrirán acciones de las que participaremos con nuestros alumnos, y que serán desarrolladas utilizando los diferentes lenguajes –voces, textos o imágenes– que elijamos. Más allá de nuestras intenciones o resoluciones, este escenario siempre existe, y se conforma a partir de todas las pequeñas decisiones que tomamos respecto a qué hacer, qué usar, o qué no, para enseñar: quien sólo habla y habla frente al curso presenta un escenario determinado; quien dicta y dicta, otro; quien hace una y otra cosa, otro; quien cuenta historias y propone desafíos, otro... y así, sucesivamente, con todas las variantes y mixturas posibles.

Atender a la diversidad

Si bien desde hace algunos años resuena repetidamente en escuelas y ministerios la importancia de la “atención a la diversidad”, ésta es una práctica pedagógica que siempre existió para los buenos maestros, para los grandes. Sin embargo, apenas hace algunas décadas comenzó a tener ese nombre, a teorizarse sobre ella y a proponérsela como parte del “buen enseñar”. En este contexto, vale la pena aclarar que aún hay quienes sostienen que cuando se habla de diversidad se está refiriendo a algunas patologías y discapacidades evidentes que hay que contemplar en la planificación y en la conformación de grupos “heterogéneos”. De cualquier manera, la opinión mayoritaria sostiene que en cualquier grupo hay diversidad y, para considerarla en la planificación de clases, no se requiere de la presencia de estos “casos evidentes”. Desde este punto de vista, sería importante componer nuestra estrategia comunicacional combinando los distintos recursos que tenemos a nuestro alcance para facilitar que cada niño o joven aprenda desde su individualidad única y diversa.

Hay muchas personas que son parecidas; algunas, incluso, mucho. Sin embargo, y por suerte, todos somos diferentes y tenemos formas particulares y únicas de relacionarnos y conocer el mundo. Todos aprendemos con un estilo particular y según nuestros propios intereses; a cada uno, por ejemplo, le “vienen mejor” determinados lenguajes y formas de acercamiento a la información. No hay un solo recurso que reúna, integre o sintetice todas las posibilidades que ofrece una discusión en grupo, una dramatización, una búsqueda bibliográfica, manipular algunos objetos, utilizar el cuerpo, además de escribir, calcular, simular, jugar, etcétera.

Ni siquiera las computadoras más sofisticadas. Ni siquiera el internet. En la “era de la información”, de la imagen, de los multimedia, de la red, la sola mención de la necesidad de usar recursos didácticos genera en algunas personas la sensación de obviedad y, en otras, la de esnobismo. Sin embargo, no quedan dudas si surge de un docente preocupado por brindar oportunidades equivalentes y democráticas a decenas de personas diferentes –y que tiene un tiempo acotado, siempre insuficiente, para hacerlo– que aprenden de manera distinta, que no saben lo mismo y a los que les interesan temas diferentes. En ese contexto, la única manera de atender a esta diversidad que existe en cada grupo es “ayudarse” con sus herramientas de trabajo, con los recursos que le faciliten consignar tareas, que cada subgrupo o persona avance su propio ritmo, con lenguajes diferentes, con temas distintos, etcétera.

¿Qué relación tiene la elección de los recursos didácticos con la educación de valores?

Uno de los grandes desafíos de la educación de valores es pasar de la enunciación, de la proclama, del consejo, de la moraleja, del dicho… al hecho. Y, para ello, son necesarios los buenos ejemplos de acción, los modelos de comportamiento a imitar. En este sentido, en una sociedad que discrimina, que no siempre ofrece oportunidades equivalentes a todos para alimentarse, crecer, trasladarse, estudiar o trabajar, estos modelos de comportamiento, justamente, no abundan. Al menos, los que nos interesan: aquellos que representan, orientan o promueven los valores que queremos enseñar.

Por ello, si tomamos en cuenta la diversidad de nuestros alumnos y planificamos o componemos clases que expresamente la respeten y la estimulen, nuestra propia práctica docente, nuestras acciones, pueden constituirse en uno de los modelos inspiradores para las futuras decisiones de nuestros niños y jóvenes, que ayuden a educarlos en los valores que sostenemos; un modelo que cada niño o joven vivirá intensamente y de primera mano, en carne propia, con todo el peso que esto implica.

En este momento de nuestras reflexiones, quizá no esté de más decir que la mayoría de nosotros es consciente de sus imperfecciones, de sus prejuicios y miserias. Es más: seguramente, muchos de los lectores estarán frunciendo el ceño, mirándose en un espejo imaginario y pensando, por ejemplo, “yo no soy modelo para nadie”. Y probablemente sea así, al menos si nos pensamos como un “modelo de vida”, en alguien perfecto, que siempre actúa bien. Sin embargo, no estamos proponiendo que cada uno se presente “personalmente” como el modelo de persona a imitar.

La idea es más acotada, circunstancial y vinculada con nuestras prácticas como docentes: pensemos en nuestras acciones al frente del curso de manera de que, además de enseñar mejor el contenido específico, nos sirvan para enseñar “en acción” algunos de los valores que queremos enseñar. Si lo hacemos, si nuestras clases son planificadas con los recursos necesarios para atender a la diversidad de modos de aprender que existe en cada grupo, podrá ser retomada expresamente a la hora de reflexionar sobre estos mismos valores en la sociedad como un ejemplo, uno del que todos en el grupo podrán hablar y analizar; en el que, en lugar de “emitir” un contenido, cumpliendo con la mera obligación de “ponerlo a disposición” de quien pueda aprenderlo, nos preocupamos por traducirlo, por diseñar una estrategia comunicacional y presentarlo de manera que cada uno tenga su oportunidad de aprenderlo.

De esta manera, una forma de ayudar a promover el deseo de participar en una sociedad más justa, una sociedad en que se valoren y respeten las diferencias, es ayudar a que los niños y jóvenes reconozcan y sumen sentidos a su experiencia como alumnos, que analicen el caso compartido: una clase, nuestra clase, cuya planificación se llevó a cabo de acuerdo a esos mismos valores, y que reflexionen acerca de los criterios con los que trabajamos y seleccionamos diferentes recursos didácticos, e imaginar y proponer cuáles serían –o debieran ser– casos análogos en otros escenarios sociales. En estos términos, nuestra práctica docente puede ser también un caso, un ejemplo de una estrategia inclusiva, de una actitud sensible respecto a otros y de compromiso en relación a la tarea.

Así, mientras enseñamos los diferentes contenidos de cualquier disciplina (historia, matemática, etc.), silenciosamente generaremos experiencias que luego, cuando decidamos abordar la enseñanza de valores, podemos retomar y hacer evidentes para los alumnos. Si bien muchos podrán reconocer que el maestro trajo, hizo o dijo algo especialmente para ellos, habrá otros que no lo harán o no se darán cuenta. O que no tomarán conciencia del trabajo que esto implica y de las otras opciones –menos sensibles y respetuosas de la diversidad– que se dejaron de lado. Así, como decíamos anteriormente, las clases de las diferentes disciplinas serán mejores y, a su vez, serán casos cercanos y significativos para el grupo: constituirán recursos didácticos para la enseñanza de valores como la solidaridad o la tolerancia.

Recursos multimedia

Pero hay más: existe otra forma de aprovechar nuestro trabajo de planificación. Más allá de que planificar siempre es una tarea ardua, llevarla a cabo atendiendo a la diversidad es un trabajo mayor: elegir y combinar recursos diversos, definir consignas de trabajo diferenciadas y organizar todo...

Como decíamos, la buena noticia es que esta combinación de recursos didácticos y su análisis posterior con el grupo de alumnos tiene otras ventajas y abre nuevas oportunidades: también es una forma de preparar a nuestros alumnos para las nuevas lecturas que les proponen la televisión, el internet o los multimedia, con las que se encontrarán cada vez más en esta sociedad de la información. Así, preparar una rica estrategia comunicacional para nuestra clase, enseñar con múltiples recursos –o sea, con multimedios– elegidos especialmente para favorecer la diversidad, sumar lenguajes y códigos diferentes a la clase, y reflexionar con nuestros alumnos sobre estos aspectos, es también una manera de ayudarlos a desarrollar las nuevas competencias lectoras que les exigen estos tiempos.

Para estos fines, la reflexión compartida sobre la clase es tan o más importante que la clase misma: para desarrollar estas competencias lectoras es relevante analizar la misma combinación de recursos, las formas distintas de representar la información, dialogar con los niños y jóvenes acerca de cómo lo hacemos, qué aporta cada recurso, por qué lo combinamos de esa y no de otra manera, etc., tratando de mostrar y compartir la razonabilidad de nuestras decisiones; que el alumno comprenda “el juego” propuesto y que se generen instancias de diálogo, de preguntas y respuestas.

En este marco, pueden transferirse estas reflexiones respecto a la composición comunicacional de la clase a los medios de comunicación y a internet, para que los alumnos aprendan a leerlos críticamente. Allí también, en cada uno de esos casos, de esas pantallas, hay composiciones comunicacionales; también en esos casos alguien combinó recursos para decirnos algo que muchas veces no es exactamente igual a lo que parece ser. Por ello es importante que así como nosotros tomamos a nuestra clase, desmontamos cada recurso y lo analizamos con el grupo, cada alumno vaya diferenciando y desmontando los distintos componentes (textos, imágenes, animaciones, etc.) o recursos comunicacionales de los mensajes mediáticos, y vaya aprendiendo a analizar los diferentes sentidos que allí se presentan.

Estas reflexiones nos llevan nuevamente a la educación de valores, en este caso de la ciudadanía. En un proceso que probablemente se irá acentuando con los años, se van creando a través de internet nuevos espacios de interacción y oportunidades para ejercer los diferentes derechos y obligaciones. Si no se aprende a leer y a escribir con estos nuevos códigos, las nuevas generaciones tendrán serias dificultades para ejercer sus derechos ciudadanos. La escuela es la institución creada también para prepararlos para este ejercicio, y no necesariamente esta parte de la educación debe desarrollarse frente a una pantalla. Todo lo contrario; deben generarse oportunidades de reflexión y análisis más allá de las posibilidades concretas de usar una PC. Una de estas oportunidades es justamente el análisis crítico de la composición comunicacional de una clase que utilice multimedios, tal como lo hemos descrito a lo largo de estas líneas.

En tanto tomemos nuestras mismas clases como objeto de estudio, estaremos preparando a nuestros alumnos para los nuevos desafíos, para que puedan ejercer su derecho a la información y puedan ejercitar plenamente una ciudadanía cuyas características y escenarios de concreción, según todos los análisis, seguirán cambiando.

Durante estas conversaciones, el mismo alumno puede convertirse en un informante activo de sus propias necesidades y preferencias, y comenzar a reflexionar sobre cómo accede al conocimiento, qué recursos le son más afines, más útiles, y cómo puede mejorar su propio proceso de aprendizaje. Además de la importancia que tiene que el alumno “aprenda a aprender”, todos estos análisis que haga seguramente resultarán relevantes para nuestra propia tarea.

En definitiva, el mayor trabajo que implica componer o planificar una clase atendiendo a la diversidad, puede rendir más frutos de lo que a priori podría esperarse. Es importante por los diferentes contenidos que enseñaremos mejor, y por todos los aportes que puede brindar a la educación de valores. Vale la pena.

Volver al índice