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Correo del Maestro Núm. 120,mayo 2006

Ibsen, a cien años de su muerte

Yolanda de la Torre

Henrik Ibsen (1828-1906).
www.ibsen.net

A cien años de la muerte del dramaturgo noruego Henrik Ibsen, nadie ha conseguido desplazarlo, en el mundo de las letras, como el creador del teatro moderno. Su obra influyó en autores como los españoles Benito Pérez Galdós y Jacinto Benavente, y fue defendida, entre otros, por el británico George Bernard Shaw –quien lo llamó “el mayor dramaturgo vivo”, en un texto intitulado La quintaesencia del ibsenismo– para convertirse, finalmente, en uno de los pilares fundamentales de la dramaturgia universal que marcó el fin del melodrama romántico, tan popular en el siglo XIX.

Su trascendencia ha sido tal que, después de Shakespeare, es el autor teatral más representado alrededor del mundo. En este sentido, se dice que Ibsen en Noruega, y posteriormente Stanislavsky en Rusia, cambiaron en arte dramático para siempre.

“Con gusto hubiera torpedeado el Arca”, solía decir Ibsen,  a quien la vida, tras una infancia con relativa comodidad, le deparó, muy joven, la salida de su tierra natal, Skien –una pequeña aldea maderera del sur noruego– a causa de una estrepitosa desgracia: la bancarrota de su padre. Así, llegó los 16 años a Oslo, entonces Cristianía, donde trabajó como ayudante de boticario, soñó con estudiar medicina y escribió su primera pieza teatral, Caitilin, con base en los estudios de latín que realizó para entrar a la Universidad.

Pero no fue la Universidad, al final, lo que marcó su vida, sino el hecho de que a los 23 años se convirtió en director de escena y escritor para el Teatro Nacional de Bergen, donde su obligación era escribir una pieza al año. Ahí comenzó en forma su incipiente carrera como dramaturgo.

 

A finales del siglo antepasado

Henrik Klausen como Peer, en la primera representación de Peer Gynt en el Christiania Theater, en 1867.
www.ibsen.net

Corría el siglo XIX y los países escandinavos eran ya independientes. En la sociedad europea se extendían nuevas formas de pensar que con el tiempo transformarían los antiguos sistemas políticos y económicos alrededor del mundo, así como las expresiones artísticas, abriendo paso para el venidero siglo XX, que todavía se nos antoja cercano en estos inicios del XXI.

Fue a esta época a la que Ibsen fue fiel; como señala el crítico venezolano Ángel García Pintado, la revolución estética de Ibsen consistió “no en haberse anticipado al realismo de su tiempo, sino en haber sabido ser lealmente contemporáneo, fiel a su época y, por lo tanto, moderno”. Asimismo, indica que Ibsen acaparó, por esta razón, “tres títulos justos: fundador del teatro de ideas, del teatro contemporáneo y del teatro simbólico”.

Así, Ibsen mostró la otra cara de la sociedad burguesa de su tiempo. A la vez, aportó al drama burgués europeo seriedad ética y profundidad psicológica, rasgos también atribuidos a Shakespeare, de tal forma que el público se identificaba con sus personajes y los reconocía como auténticos y cercanos.

Ibsen permaneció en el Teatro Nacional de Bergen de 1851 a 1857; ese mismo año se convirtió en director del teatro de Cristianía hasta 1862, periodo en que escribió sus primeras obras. Durante este periodo, y en adelante, desarrolló la línea de dos autores: el francés Eugene Scribe (1791-1861) y el alemán Friedrich Hebbel (1813-1863); de esta manera, estuvo vinculado al trabajo práctico del diario durante once años, lo que lo obligó a estar al tanto de lo que se hacía en el resto de Europa.

De Scribe aprendió cómo construir la intriga interna del drama en secuencias escenográficas motivadas por la lógica. Hebbel le dio una idea de cómo construir el drama en la dialéctica actual de la vida misma, trasladando los conflictos de su tiempo al teatro.

Los seis años en Bergen y otros cinco en el teatro de Cristianía fueron una escuela dura, pero le proporcionaron una gran visión acerca de los medios y las posibilidades del teatro. A lo que escribió durante este periodo de aprendizaje Ibsen se refería como “un aborto provocado diariamente”. La presión por producir le trajo algunas victorias, pero muchas más derrotas, y muy pocos creyeron que tuviera condiciones para ser algo más que un autor con cierto talento.

 

Su obra, a vuelo de pájaro

Entre las primeras obras de Henrik Ibsen destacan dos dramas en verso: Brand, de 1866, estrenada en 1885, y Peer Gynt, de 1867. La primera expone, a grandes rasgos, las consecuencias de una devoción ciega en un falso deber, y la segunda narra, en términos alegóricos, las aventuras de un oportunista encantador.

En su oportunidad, el investigador británico Ronald Gaskell señaló sobre esta última obra que “Peer Gynt inaugura el drama de la mente moderna (…). Si se puede decir que el surrealismo y el expresionismo en el teatro tuvieran una sola fuente, esta fuente sería indudablemente Peer Gynt”. No obstante el mayor peso de esta última, en el fondo, ambos textos, a pesar de sus notables diferencias, enfocan todo el tiempo el problema de la personalidad, visto primero como un problema de identidad nacional que en estos escritos el autor transformó en una cuestión de la integridad del individuo.

 A Peer Gynt le siguió Los pilares de la sociedad: una crítica a la hipocresía burguesa y un elogio al individualismo, desarrollados a través de la historia de un hombre de negocios sin escrúpulos. Con esta obra, Ibsen daría comienzo a toda una serie de dramas teatrales que le reportarían fama mundial.

Casa de muñecas, de 1879; Los espectros, de 1881, y Hedda Gabler, de 1890, han sido quizá las más representadas. En Casa de muñecas, que marcó todo un hito en la dramaturgia mundial, la protagonista, Nora Helmer, enfrentando las convenciones sociales de su tiempo, decide abandonar a su marido y a su familia para ser ella misma; Los espectros aborda la locura hereditaria y los conflictos generacionales, y en Hedda Gabler ofrece el retrato de una mujer voluntariosa que renuncia al deseo de vivir.

Para 1879, cuando Ibsen lanzó a Nora Helmer al mundo con la exigencia de que se desarrollara como persona adulta, independiente y responsable –no más como una muñeca– el dramaturgo tenía ya cincuenta años y justo entonces lo alcanzó la fama internacional. Con Espectros, un par de años después, terminó por colocarse a la vanguardia europea en la década de 1880.

En el resto de sus obras, entre las que se cuentan Un enemigo del pueblo (1882), El pato silvestre (1884), La casa Rosner (1886), La dama del mar (1888), El maestro contratista (1892) y Al despertar de nuestra muerte (1900), la acción dramática gira en torno a un personaje en conflicto con la sociedad de su tiempo; y es que, como señalaba el propio Ibsen, “lo esencial para mí ha sido describir a seres humanos basados en ciertas condiciones y posturas sociales”.

Sobre este particular, no hay mejor crítico que el propio dramaturgo, quien también señalaba que el trasfondo de su obra no era “la lucha consciente de ideas que pasan por nuestra mente, como tampoco sucede en la realidad; lo que vemos son los conflictos humanos, y entremezcladas en el trasfondo de ellos están las ideas, luchando, siniestras o victoriosas”.

Profundidad psicológica, agudeza social

Con base en esta concepción dramática, Ibsen se convirtió en el Freud del teatro, con o sin justificación: los conflictos de los personajes –la distancia entre lo que desean y lo que les es posible lograr– tuvieron como resultado, como ya se ha dicho, que en sus obras convergieran el realismo, el simbolismo y la profundidad psicológica; de hecho, consta que Freud, y algunos otros psicólogos de la época, usaron las descripciones de los personajes de Ibsen, cada vez más complejas a partir de El pato silvestre, para ilustrar sus teorías y realizar análisis de carácter.

Es particularmente conocido el estudio que hizo Freud de Rebekka West, personaje central de La casa Rosmer: un caso semejante a otros tipos de carácter que, según el psicoanalista vienés, “se hunden debido a la prosperidad”. Lo cierto es que para el autor noruego estos sesudos análisis hubieran podido resumirse en “la contradicción entre la capacidad y la ambición, entre la voluntad y la posibilidad”.

Esto, en lo que se refiere a lo psicológico; en cuanto a lo social, puede decirse que desde Los pilares de la sociedad hasta Cuando los muertos nos despertemos, obra que data de 1899, Ibsen nos introduce constantemente dentro de un tipo similar de entorno; los personajes pertenecen a una burguesía  sólida y bien establecida, pero cuyo mundo está amenazado y es, al mismo tiempo, amenazador, por tratarse de un mundo en movimiento en el que los valores establecidos, al igual que las ideologías, se encuentran en plena transformación. El movimiento y la dinámica que impulsa trastornan las vidas individuales y amenazan el orden establecido. En el ambiente flota, tensa, la necesidad de un cambio.

De esta manera, ante los ojos de los espectadores aparecieron las vidas monótonas, llenas de engaño y falsa independencia, sus vidas puestas al desnudo, y se inició, en el mundo, el melodrama moderno del siglo XX.

Un autor de ideas

Como cultivador de un realismo crítico, Ibsen fue también un autor de ideas: sus personajes son personas que se liberan intelectualmente del pensamiento tradicional y que, al interior de la sociedad, cuestionan los valores burgueses que constituyen el entorno de su vida cotidiana.

Un claro ejemplo es la ya mencionada Nora Helmer, protagonista de Casa de muñecas. Desde la publicación de la obra, Nora ha sido modelo para las mujeres que luchan por la igualdad de derechos en una sociedad predominantemente masculina y, en este sentido, es el más internacional de todos los personajes de Ibsen. Curiosamente, a pesar de su rebeldía, o quizá debido a ella, el público burgués acogió con entusiasmo a esta mujer que abandonó a su marido e hijos, rompiendo con la institución básica de la sociedad burguesa: el matrimonio.

Tal vez a esto se debió el éxito internacional de Ibsen: sacó a la vista las divergencias profundas y los problemas de las familias burguesas que aparentaban éxito social en la superficie y reflejaban, también en apariencia, una sociedad sana y estable. Ibsen se encargó, sin embargo, de dramatizar sus conflictos ocultos abriendo las puertas a las habitaciones secretas y privadas de los hogares de la época, mostrando la doble moral, la falta de libertad de esta sociedad, y la constancia de la traición y la estafa en medio de la aparente estabilidad decimonónica.

Como expresó alguna vez el crítico Alfredo de la Guardia, en un texto de 1959:

¿Quién es este autor desvergonzado, audaz, a quien a los 34 años todavía no le asentó el juicio y viene a proclamar la ruindad del matrimonio y el amor libre? ¿Quién es el que así, con tanto atrevimiento, desafía a la sociedad?

En este sentido, la obra de Ibsen fue un recordatorio de que la burguesía misma habría traicionado sus ideales de libertad, igualdad y fraternidad, y de que, después del año revolucionario de 1848, se había convertido en una defensora de lo tradicional. En aquella época existía, como contraparte, una oposición liberal dentro de la burguesía, y a ella se afilió el autor en sus primeros dramas contemporáneos modernos.  A este movimiento para la libertad y el progreso Ibsen se refería como la verdadera postura europea, hacia la que se orientó durante la década de 1870.

Betty Hennings como Nora Helmer, en la primera representación de Casa de muñecas en el Det Kongelige Theater, en 1879.
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En esta época, durante la cual vivió en el extranjero –Alemania e Italia, mediante una beca como dramaturgo– Ibsen continuó escribiendo obras que tenían como escenario su natal Noruega, pero volviendo la mirada hacia otros escenarios; así, en 1875 escribió al crítico danés George Brandes que era necesario volver a los ideales de la revolución francesa. “¿Por qué usted –le dijo– y los que tenemos una postura europea, estamos tan aislados en nuestros países?” Ibsen, aun lejos, seguía siendo esencialmente noruego y, al mismo tiempo, internacionalista.

Bien dijo alguna vez el investigador sueco Martin Lamm que “el drama de Ibsen es la Roma del drama moderno; todos los caminos conducen hasta y desde ahí”. Lo cierto es que justamente el antagonismo en el dramaturgo entre lo noruego y lo extranjero, que a sus ojos tenía una cultura más libre, lo marcó más que ninguna otra cosa como persona y como autor.

De vuelta a casa

A pesar de que Ibsen se distanció de Noruega a partir de 1870 y se convirtió en un autor “europeo”, siempre estuvo profundamente marcado por la patria que abandonó en 1864 y a la que volvió como un anciano famoso. Así, hacia el final de su vida le escribió a un amigo alemán:

El que me quiera entender del todo tendrá que conocer Noruega; la naturaleza grandiosa, pero severa, que rodea a las personas que viven allí en el norte (…). En nuestro país, una de cada dos personas es un filósofo.  Además, están los inviernos largos y oscuros con niebla densa que cubre las casas. ¡Ah, cuánto añoran el sol!

No obstante, no fue fácil volver a su tierra natal: los largos años en el extranjero y la larga lucha para ganar aceptación, pasada ya su juventud, habían dejado en él huellas indelebles. En el periodo en que culminó su obra literaria, expresó que realmente no sentía ninguna felicidad por el destino de aventura que habría forjado. Se sentía sin hogar aun en su patria.

Antes de morir, el año de 1906, en Cristianía –hoy Oslo, la capital noruega–, Henrik Ibsen escribió su última obra, que data de 1900: Al despertar de nuestra muerte. Se trata de un texto intensamente reflexivo que muestra a un autor maduro, bordeando a su vez la muerte, que vuelve el rostro hacia el pasado, hacia la suma de su obra, hacia los paisajes noruegos largamente abandonados, con la esperanza de encontrar una conclusión digna a una vida dedicada a la dramaturgia.

Una vez más, aun en el final de su vida, su punto de partida fueron las nociones de sus mismos personajes acerca de lo que hace que la vida valga la pena ser vivida; sus valores y su comprensión de la vida misma: la que acontece fuera de ellos pero, al mismo tiempo, y de manera aún más relevante, la que acontece dentro. Un brillante corolario para una obra maestra que dejó a su patria, su amada Noruega, el orgullo de haber sido su cuna: la del hombre que revolucionaría el teatro.

Henrik Ibsen, hoy

Este año, el próximo 23 de mayo, se conmemorará, pues, el centenario de la muerte de Ibsen: un festejo internacional para el que Noruega instituyó un Comité Nacional constituido por destacados intelectuales y altos funcionarios de la cultura del país nórdico, el cual, desde 1998, trabaja en diversos proyectos para la difusión de la obra del dramaturgo en cine, radio, televisión y museos, empleando también, para tal fin, las nuevas tecnologías con funciones que, además, tienen una misión didáctica dirigida a niños y jóvenes, y otra más de investigación histórico-crítica del conjunto de la obra del dramaturgo.

Entre los objetivos del Comité destaca analizar la actividad noruega en torno a Ibsen y evaluar si existen áreas que requieran especial atención; coordinar las actividades para conmemorar de modo amplio, nacional e internacional, el centenario de la muerte del autor, e iniciar la promoción internacional de Noruega a través de la difusión de la obra de Ibsen, con el fin de hacer de esta nación el eje internacional de las actividades relacionadas con él.

El Comité previó, asimismo, la difusión de la vida y la obra del dramaturgo mediante montajes teatrales, carteles, productos elaborados en medios electrónicos, proyectos educativos y publicaciones de libros. Asimismo, programó, en el área multimedia, proyectos pioneros que repercutan en otros ámbitos de la vida cultural con actividades dirigidas a estudiantes, docentes, divulgadores, investigadores y personas ligadas a los medios teatral, literario y editorial.

En este marco, está en proceso la publicación de una nueva edición histórico-crítica y comentada de sus obras, la cual constituye, hasta el momento, el proyecto más ambicioso e importante de edición en Noruega, financiado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de Noruega en colaboración con las universidades de Oslo y Bergen, la Universidad Tecnológica y de Ciencias Naturales de Trondheim, la Escuela Superior de Sor-Trondelag y la biblioteca Nacional de Oslo.

Las labores, con sede en el Centro de Estudios sobre Ibsen en el Observatorio de Oslo, comenzaron en 1998 y tendrán una duración de diez años. De acuerdo con información de este organismo, la edición tendrá una versión impresa y otra electrónica, y constará de un total de 15 tomos de la obra de Ibsen más 15 tomos de comentarios, además de un extenso volumen bibliográfico.

Los festejos ya llegaron a México: el pasado 17 de febrero se presentó en la residencia del embajador de Noruega el libro Poesía completa de Henrik Ibsen, publicado por primera vez en español por la editorial Losada. Asimismo, a lo largo y ancho del territorio nacional han comenzado ya las puestas en escena, llevadas a cabo por numerosas compañías nacionales e independientes, de las obras del dramaturgo que transformó el teatro que hoy llamamos contemporáneo.*

Sea éste, entonces, nuestro breve homenaje a tan destacado autor desde esta lejana tierra, donde los inviernos son cortos y los paisajes distintos, pero donde su obra ha marcado también los derroteros de una juventud rebelde que cuestiona su mundo, su entorno, su cultura y, de manera especial, la vida misma vista con el ojo crítico de quien, mediante Ibsen, ha visto renovada su visión del mundo.

* Para mayores informes sobre las actividades que se realizan en homenaje a Ibsen, comunicarse a los teléfonos: 56221884 • 56839045 o ingresar a la página www.noruega.org.mx/ibsen/. Sugerimos también consultar la cartelera del conaculta.

Bibliografía

ibsen, Henrik, Casa de muñecas, Austral, Buenos Aires, 1972.
____________,  El pato salvaje, Aguilar, México, 1979.
____________,  Los espectros, Biblioteca Edaf, Madrid, 2000.
____________ ,  Peer Gynt / Brand, Losada, Buenos Aires, 1963.

 

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