menuinterno Inicio | Números anteriores | Libros

Volver al índice

Correo del Maestro Núm. 121, junio 2006

Navegación poética*

Gabriela Turner Saad

 

Foto: Archivo.

Después de una noche de búsqueda, y otras tantas más en esas horas que se indaga sobre la piel que cubre al árbol, sobre la carne que poseen los helechos, sobre el silencio que impera en la respiración de la golondrina, después de esas noches, donde la vida emerge para ser escudriñada, después de tanto invadirse, allá, donde comienza la luz, aparece el navegante.

El navegante utiliza su propia embarcación construida de recuerdos y de impresiones; una nave hecha cuerpo, con la cual realiza el viaje más sutil e incomprendido. Y en el periplo, alza la mirada, suelta los amarres y leva el ancla para que el cuerpo se abandone al aire, junto con la percepción convertida en tierra y fuego. El navegante observa, huele, escucha el retorno de los vientos, se alimenta de voces remotas confiado de la acidez y del dulzor que envuelve a las distancias. Avanza desde el ayer durante su presente para abandonarse en el mañana que será. Y será él mismo hiel y recuerdo, flor y esperanza.

El navegante no observa a las formas vivientes como lo hace el ser ordinario, no, él inicia la travesía en el interior de cada forma que se erige a sí como otro ser habitable. Él halla polvo en la savia, encuentra luz capturada en la profundidad de la piedra, descubre que el agua sufre y arroja a la superficie sus lamentos. El navegante no mide montañas, sabe que inhalan. Él, vagabundo de las formas materiales, investiga el alma del instante, volátil, de esos seres que juegan a que duermen o que no hablan.

El navegante huye de la persecución de lo concreto, de lo superfluo, de aquello palpable que aparentemente demuestra la esencia de lo material. Él persigue un estado ajeno, encuentra los aspectos paralelos e intrínsecos o permanentes e impalpables que conciben a las pieles de agua o de tierra o de fuego o de aire. Detecta la emoción que irradia la sombra cuando acaricia el esqueleto de la ventana. Conforma de nuevo aquello invisible que para muchos no lo es. Entonces, lanza su voz desde el timón cuando surge frente a él: la posibilidad y el encuentro. Vibran frente a él los destellos del espíritu inmerso que anima a cada forma.

El navegante reconoce el reino interior de la poesía, distingue que un árbol no es sólo un árbol; la poesía viaja de territorio en territorio como testigo de las formas que se revelan. Por eso, cuando el navegante japonés halla el instante propicio, dice:

Ciruelo de mi puerta,
si no volviese yo,
la primavera siempre
volverá
.
Tú, florece.
.1

El navegante japonés recorre el sitio más sencillo. Quizás aquel que le pertenece, o bien, detiene ese momento de fugacidad, entonces quizás, el ciruelo simbolice la esperanza o un buen augurio. Encuentra que ese árbol no sólo es árbol, además de ser parte de un ciclo, sino reflejará que el humano transitará por otro sendero del cual no regrese. El poeta hunde sus sentidos en un ciruelo, y desentraña en él una visión más totalizadora. En su propia bitácora apunta hacia nuevos horizontes.

Cada navegante indaga en soledad, avienta su navío hacia diferentes direcciones pese al viento, pese a la resistencia, pese al derrumbe que ocasionan las formas materiales.

Lejos de la isla del Pacífico, el navegante español señala otra puerta, otra entrada hacia un camino donde lo palpable obtiene distinta dimensión, quizá más íntima y personal. El objeto que lo anima no es en el fondo su significado literal sino que manifiesta cómo cada objeto se despoja de la materia para ofrendarse hacia el interior del poeta.

Tu puerta no tiene casa
ni calle: tiene un camino
por donde la tarde pasa
como un agua sin destino.

.
Tu puerta tiene una llave
que para todos rechina.
.
En la tarde hermosa y grave
ni una sola golondrina.

.
Hierbas en tu puerta crecen
de ser tan poco pisadas,
todas
las cosas padecen
sobre la tarde abrasada.

.La piel de tu puerta encierra
un lecho que compartir.
.
La tarde no encuentra tierra
donde ponerse a morir.

Lleno de un siglo de ocasos
de una tarde azul de abierta,
hundo
en tu puerta mis paso
s
y no sales a tu puerta.

.
En tu puerta no hay ventana
por donde poderte hablar.
Tarde, hermosura lejana
que nunca podré lograr.

Y la tarde azul corona
tu puerta gris, de vacía.
.
Y la noche se amontona
sin esperanza de día. . 2














La marcha del navegante es el hilo que une cabos y geografías, abandona casas de cal y cemento para desembocar en una “tarde azul” donde despunta la piel de la amada. El poeta libera la percepción que poseen los sucesos, porque la esencia de las formas construye al navegante para desterrarlo hacia las pasiones naturales y humanas. Permite que derrame lo inasible para remedir lo externo y sublimar lo interno.

El navegante, parta de donde parta, recurre al tacto, al gusto, a la vista que se posa en detalles que parecen ajenos. El  poeta sumerge sus pasiones y se hunde en ellas para advertirse, a veces, que tan sólo es un hombre que anda y demanda, que transita y parte; para contemplarse como un emancipado de lo corpóreo. Aunque a veces, el poeta, como Nazim, intenta acercarse a lo gigante.

 Un gigante de ojos azules
amaba
a una mujer pequeña
cuyo sueño era una casita
pequeña
, como para ella,
,
que tuviera al frente un jardín
con temblorosas madreselvas.

.
El gigante amaba en gigante,
su mano, a grandes obras hecha,
mal podía construir los muros
ni usar el timbre de la puerta
de una casita con jardín
de temblorosas madreselvas.

El gigante de ojos azules
amaba
a esa mujer pequeña
que pronto se cansó, mimosa,
de tan desmesurada empresa
que no concluía en un jardín
con temblorosas madreselva.

Adiós, ojos azules, dijo.
Y, con graciosa voltereta,
del brazo de un enano rico
penetró
en la casa pequeña
que tenía al frente un jardín
con temblorosas madreselvas.

.
El gigante comprende ahora
que amores de tanta grandeza
no caben ni siquiera muertos
en esas casas de muñeca
que al frente tienen un jardín
con temblorosas madreselvas.
3
















Los navegantes hablan de ojos y bocas, de amores y desamores, de carne  y espíritu; atestiguan que la vida inicia y permanece en el instante; se sublevan para ser portadores del movimiento de la sustancia e identidad. ¿Cuántos navegantes surcan las palabras?, ¿por qué no podemos mirarlos a los ojos?, ¿cuándo encontraremos el remanso que estos viajeros alcanzan después de ser tocados por lo inherente? También tienen sed y padecen de hambre; anhelan una llama que les brinde calor; desean recostarse sobre la calma y cobijarse de lluvia sedante y tranquilizadora. Viven entre lo palpable e inasible de la naturaleza de los objetos y del ser que se libera paulatinamente. También, sufren por ser perseguidos. Sufren por el destierro después de una guerra prolongada. Sufren porque observan otras delicias que con pocos pueden compartir. Caminan con el alma, ya que sus pies están fundiéndose en la tierra, después de tanta búsqueda, después de tantas huellas. Alzan la mirada hacia el horizonte inalcanzable, y alcanzan, alcanzan el rostro del iluminado. Por un segundo conquistan la creación de lo pasajero y pertenecen a lo eterno entre palabras. Cada frontera queda borrada. Sólo existe un constante exilio de las formas y de la estancia del humano. Cada navegante representa a otro, el primero como poeta; el segundo, al igual, como el ser viajero en el tiempo. Cada navegante abre su propia posibilidad para encontrarse en el deseo de los aspectos sutiles, pese a la aridez que, a veces, se extiende en los momentos.

Entre ausencias y pérdidas. Entre el escombro que dejan las aves y el zumo del viento. Entre vaguedades y certezas. Después del desierto y del mar, el navegante zarpa cada día y empuja su embarcación sin detenerse, no importa si proviene de los siglos, no importa si su origen es el presente, él sabe el curso de la vida y la muerte, y señala el rumbo que indica: anunciación. ¡Cuántas noches y días quedan por decir!

Desde otra latitud, el navegante árabe Abu-Nuwás expresa otro horizonte y manifiesta:

Mis pensamientos desmienten a mis ojos
cuando yo digo lo que me sucede:
Que cautivo me tiene componer
una palabra, de vario sentido.
Y de pie en la quimera, anhelante,
ansioso, ciego, la belleza persigo
de un algo que tengo delante,
que está ante mí, pero que no está nítido
.4

Después de una vida de búsqueda, después de tantas horas de viaje interior y exterior, después de la exploración de la belleza, donde la esencia emerge, pese a la ceguera, allá, donde comienza la luz, aparece el poeta.

*Este ensayo fue leído como introducción al taller de poesía “Navegación poética”, impartido por Gabriela Turner durante los trabajos de la XXVII Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería 2006, en la ciudad de México. Las viñetas que ilustran este texto son de la autoría de Rosa E. González.

 

1 Anónimo japonés.
2 Miguel Hernández, “Tu puerta no tiene casa”. Poeta español.
3 Nazim Hikmet, “El gigante de ojos azules”. Poeta turco.
4 Véase Adonis, Poesía y poética árabes, Oriente y Mediterráneo, Madrid, 1997.

Volver al índice