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Correo del Maestro Núm. 121, junio 2006

En torno al concepto de crear

Adolfo Hernández Muñoz

Homero.
Busto del periodo romano.
faculty.maxwell.syr.edu

Era un tiempo de rapsodas y pensadores en hexámetros, al estilo de Homero, Parménides (con él la historia de la filosofía cobra coherencia), con Jenófanes y sus sátiras... inmediatamente después hay profundidad. El problema del conocimiento comienza a cobrar fuerza cuando se antepone al metafísico. Pasan los años y finalmente llegamos a la duda de la existencia de una fuerza superior que llamaremos Dios (la verdad que sea verdad), con Descartes. De ahí su recurso del método para que la telaraña que cubre nuestros ojos se convierta en una suerte de nitidez. Nadamos en enigmas, a pesar de los elogios de Plotino. Pero avanzamos y creamos. Crear es avanzar dentro del misterio, penetrar nieblas.

Dejando aparte las habituales manipulaciones genéticas, subsisten misterios por descubrir. El de la creación es uno de ellos. Así se expresa un grupo de artistas destacados, entre ellos, el escultor canario Martín Chirino, quien hizo interesantes declaraciones que pueden servir como clave para desvelarnos algunas ideas. De esta guisa declara:

Yo trabajo con el carbón, con el fuego, con la tierra, con el hierro (…), todos son materiales ancestrales, pertenecen al nacimiento del mundo (…). Día a día me asombra la complicidad que tengo con ellos, y el respeto que les profeso (…). Una fragua bien hecha, el fuego que brota con la brillantez que yo necesito, y el carbón no puede ser cualquiera, ha de ser el que yo necesito (…). Es impresionante la fragua, el misterio del hierro (…). Es ese proceso el que ha generado la serie de esculturas.1

Es decir, el creador es un observador insaciable de la naturaleza y en sus aristas surge el material innovador, el hombre, quien desde que tenía una lanza en su diestra se la pasaba observando e intentaba analizar; el propio Chirino nos lo explica:

Mi escultura dice que vengo de un mundo muy confuso, nunca he tenido claro el lugar en el que me encuentro… Y a medida que va pasando el tiempo, las cosas se van explicando a sí mismas, yo me voy explicando, y mis esculturas me explican quién soy.2
El escultor Martín Chirino con una de sus obras.
www.canarias7.es

La historia del hombre es la paciencia, la infinita paciencia para el entorno y los detalles, y eso, a la larga, nos hace trascender, no es la acción sino la continuación de ella la que nos lleva a nuevas metas. Por esos caminos iba Santo Tomás, pero es Descartes quien agudamente proclama la momentaneidad esencial de cada instante del tiempo. Así, el hombre ha estado observando las cambiantes llamas del fuego y sacando conclusiones, con infinita paciencia. La paciencia ha sido la clave de la evolución humana. Los grandes observadores han sido los grandes innovadores. El filósofo Ferrater Mora explica, racionalmente, la situación, en cuatro sentidos:

Producción humana de algo a partir de alguna realidad preexistente, pero de tal forma que lo producido no se halle necesariamente en tal realidad (…). Producción natural de algo a partir de algo preexistente, pero sin que el efecto esté excluido en la causa o sin que haya estricta necesidad de tal efecto (…). Producción divina de algo a partir de la nada. Todo a partir del sentido.3

El propio Ferrater Mora precisa:

Baste consignar que el pensamiento griego, particularmente en su última época, realizó muchos esfuerzos para explicar la producción metafísicamente, pero sin llegar nunca a la idea hebreo-cristiana de creación desde la nada.4

Todo es espontáneo, sugiere lo no acontecido, lo que emerge como lava volcánica. Lo nuevo. También el concepto de la nada y de que la creación surge de un horizonte donde no aparece nada. ¿Nada? Imposible. Debe de haber algo. Desde el principio de los tiempos. Algún indicio. Un tubo negro en cuyo fondo parpadee una lucecita trémula. Trastabillamos. Del propio Ferrater tomamos su conclusión:

Considerando ahora de nuevo la noción de creación tal como ha sido tratada por filósofos y teólogos, y refiriéndonos especialmente a la cuestión de la relación entre una creación divina y una humana, entre creación y producción, estimamos que estas dos nociones mantienen una relación que podría llamarse dialéctica. Tan pronto como intentamos comprender una, caemos fácilmente en la otra. De algún modo la creación humana sólo puede comprenderse cuando hay en ella algo de lo que puede considerarse como creación divina, esto es, cuando estimamos que algo realmente se crea en vez de plasmarse o transformarse. La creación artística proporciona el mejor ejemplo de esta relación. Al mismo tiempo la creación divina de la nada no parece entenderse bien si no la consideramos a la vez desde el punto de vista de una plasmación o producción. En consecuencia, parece legítimo ir de la noción de producción a la creación y viceversa para entender cualquiera de ellas.5

En esta serie de especulaciones y deducciones debemos mencionar a Friedrich Nietzsche y su concepción de lo dionisiaco y lo apolíneo, es decir, lo que corresponde a dos dioses griegos Apolo y Dionisios. El primero es el símbolo de la serenidad, de la claridad, de la medida, del racionalismo: es la imagen clásica de Grecia.

Nietzsche depende en cierta medida del positivismo de la época; niega la posibilidad de la metafísica, además, parte de la pérdida de la fe en Dios y en la inmortalidad del alma. Todo un cuadro agnóstico. Nada que propicie un avance creador.

Tendremos que remitirnos a Hegel; el momento del absoluto. Estamos en el umbral de la creación –citamos a Zubiri y a Marías:

El último estadio del espíritu absoluto es la filosofía. En ella la idea no es ya intuida o representada, sino concebida, elevada a concepto. La filosofía es el saberse a sí mismo del absoluto; no es el pensar sobre lo absoluto, sino que es la forma explícita del absoluto mismo. De aquí que a la filosofía le pertenece por esencia su historia.6

Hegel mismo da cima a sus esfuerzos en la Introducción a la historia de la filosofía, con estas palabras:

Hasta aquí ha llegado el espíritu universal. La última filosofía es el resultado de todas las anteriores; nada se ha perdido, todos los principios se han conservado. Esta idea concreta es el resultado de los esfuerzos del espíritu a lo largo de cerca de dos mil quinientos años.7

De esta suerte volvemos al concepto del crear. Se parte de cero pero el armazón ideológico está dado. La escalera hacia el cielo sigue su lenta pero segura construcción. Avanzamos hacia lo alto, la sed de saber del género humano es inextinguible. Su anhelo de trascender lo impele a nuevas alturas. El Homo sapiens sigue elucubrando, tiene conciencia de sus ‘vivencias’, va poco a poco y trasciende separándose de sus congéneres, invadiendo nuevos estadios.

Escuchemos también a Ortega y Gasset y su razón vital:

La verdad es que yo vivo actos y éstos son intencionales: yo veo algo, pienso algo, quiero algo, en suma me encuentro con algo. Y con ese algo me encuentro de un modo real y efectivo, sin abstención alguna: en la vida (…), en la realidad radical que es la vida.8

Indagar es nuestra meta. Nuestra vida es un observar continuo. Un permanente crear. Nuevos horizontes, nuevos caminos, nuevas metas. En resumen, la meta es ascender y trascender. Todo ello se logra con el razonamiento. Y con él estamos a un paso del crear. Pero todo se ha desarrollado lentamente. El espíritu del mundo ha necesitado siglos en su lenta ascensión. Habrá un tiempo adicional. Siempre habrá una duda y nadaremos en ella por los siglos de los siglos.

1 “Crear es puro misterio”, entrevista al escultor Martín Chirino, en El País, 1º de noviembre, 2005.
2 Idem.
3 José Ferrater Mora, Diccionario de filosofía, Hermes, Buenos Aires, 1983.
4 Idem.
5 Idem.
6 Julián Marías, Historia de la filosofía, Revista de Occidente, Madrid, 1941.
7 Georg Hegel, Introducción a la historia de la filosofía, Aguilar, Buenos Aires, 1971.
8 José Ortega y Gasset, Obras completas, Revista de Occidente, Madrid, 1943.

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