Conviene, de cuando en cuando, hacer un repaso de las aventuras que han corrido las palabras con que tratamos de expresar los conceptos que actualmente les atribuimos, y que, frecuentemente, suponemos que también los demás les atribuyen. Algo de esto sucede con los términos que, por su constante empleo, adquieren paulatinos matices de variación en sus significados. Piénsese, por ejemplo, en la maraña que se ha hecho con los diversos intentos de definición de la voz democracia.
Recientemente se ha revuelto la olla en que navegan dos de esas dicciones: constitución y política; no está de más, pues, hurgar en sus orígenes.
Tenía que ser en los escritos altamente normativos, teóricos, sistemáticos y descriptivos de Aristóteles donde naciera la idea general de la constitución y del constitucionalismo. Así en su Política como en la Ética a Nicómaco, en la Constitución de los atenienses y en otras de sus obras, la palabra griega politeía, que es el equivalente de ‘constitución’, Aristóteles la usa con varios diferentes matices de sentido, el más simple de los cuales, el más neutral, es “el arreglo de los despachos del Estado”. Y si así se entiende, cualquier Estado tiene una constitución, independientemente de si está bien o mal gobernado. (Recuérdese que ya en el siglo IX anterior a la era vulgar el mundo griego estaba dividido en muchas póleis o ciudades-estados, aunque unidas todas por comunes vínculos de religión, de lengua y de cultura.)
La voz que, en español, deriva directamente de la griega politeía es policía; claro que no con el significado, que ahora está más extendido, de “cuerpo encargado de velar por el mantenimiento del orden público y la seguridad de los ciudadanos”, sino el de “organización política, forma de gobierno”, sentido que después se extendió al de ‘civilización’, ‘urbanidad’ (del latín urbs, ‘urbe’, ‘gran ciudad’), ‘buena conducta’, ‘buena crianza’ y luego al de ‘aseo’, ‘limpieza’.
Abstracción hecha de su contenido político, el término latino constitutio, del que proviene constitución en nuestra lengua, es la acción y efecto de constituere, ‘poner una cosa junto a otra’ (literalmente, ‘constituir’, ‘colocar al lado’, ‘establecer’, ‘instalar’; luego, ‘imaginar’, ‘fijar’, ‘decidir’, y por ende, ‘erigir’, ‘fundar’, ‘organizar’).
Pero a su vez, constituo deriva de cum, ‘con’, y statuo, cuyo infinitivo, statuere, es ‘estatuir’, ‘levantar’, ‘poner derecho’ (considérese aquí el significado de estatua), ‘asentar’, ‘establecer’, ‘fijar’, ‘asignar’. Statuo es forma paralela de sisto, primera persona del presente de indicativo de sistere, que vale ‘colocar’, ‘permanecer’. Por último, sisto se origina en la voz sto, ‘estoy’, de stare, ‘estar’, ‘ser’ (existir, de ex y sistere), cuya raíz st encontramos en todas las lenguas indoeuropeas, con el sentido de ‘presencia’, ‘firmeza’, ‘creación’.
Pues bien, el supino de stare es precisamente status, ‘estado’, palabra que, a partir del siglo XVI (o quizá desde el XV, ya que Niccoló Machiavelli fue de los que la usaron), designa la “entidad sociopolítica y jurídica cuyo sello distintivo es la coexistencia de tres elementos: un pueblo, un territorio, y una constitución, en el sentido aristotélico de politeía, un ‘ordenamiento superior’ como ‘forma de gobierno’”.
Este concepto de estado acusa una relación específica con el procedimiento de formación del estado moderno; pero se emplea para referirse también a cualquier organización política superior. Por ello comenzamos hablando de la ‘ciudad-estado’, o sea, la polis. Es válido el término también para designar la civitas (‘ciudad’) de los romanos, así como la ‘cosa pública’ su res publica, la ‘república’.
Queda así establecida la relación entre lo que está, el estado, y lo que está con, lo que con-sta, la constitución, por lo que con-siste lo que ex-siste.
Politeía es, pues, ‘policía’, ‘administración’, ‘gobierno del estado’, ‘constitución’, ‘conducta’ (pública y privada), ‘condición de ciudadano’. Pero no hay que confundirla con politiké, la ‘política’, la ‘ciencia de los negocios del estado’, ni con ‘lo político’, politikós (adjetivo), ‘relativo a los ciudadanos, o al estado mismo’, ‘lo popular’.
Pitágoras y Gorgias ya hablan de política como de ‘técnica para alcanzar el poder’, en Sócrates se advierte como ‘arte o filosofía moral’, y, volviendo a Platón y Aristóteles, no solamente como actividad autotélica (“que lleva en sí sus propios fines”) y bajo la consideración científica, histórica y descriptiva (con referencia al estado de las constituciones de las diversas polis), sino también como ‘metafísica histórica’.