Para el portugués Fernando Pessoa, el poeta es un creador que disfruta eternamente la infancia. De niño le fascinaba leer, escribir, aprender idiomas y crear otras vidas, actividades que continuó ejerciendo al convertirse en adulto, entonces concibió diversos poetas con un estilo personal a los que otorgó una biografía. Cada uno de estos individuos era caracterizado por un pensamiento y contingencias particulares; en esto consistieron los heterónimos, una sumatoria de disímiles personalidades, un universo de fragmentos heterogéneos. El pensamiento heteronímico nace en su infancia, según afirma Pessoa en una carta dirigida al también poeta y crítico Casais Monteiro:
| Recuerdo, sí, el que me parece haber sido mi primer heterónimo o, más bien, mi primer conocido inexistente –cierto Chevalier de Pas de mis seis años, a través del cual me escribía cartas a mí mismo. |
En ese mundo existen cinco personalidades definidas: Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos, Bernardo Soares y el ortónimo Fernando Pessoa son seres independientes, con un pensamiento acabado y para quienes la infancia es uno de los principios activos del mundo.
“Lo mejor de todo es ser niño. Lo segundo mejor de todo es escribir sobre ser niño”, escribió James Matthew Barrie en sus Cuadernos –según lo evoca Rodrigo Fresán en Jardines de Kensington–. J. M. Barrie, el creador de Peter Pan, creía en la idea de la infancia eterna como convicción y forma de arte, y una parte de la extensísima obra de Fernando Pessoa se inscribe en esa categoría. Tal fracción queda recogida cabalmente en Infancia sin fin, antología compuesta por poemas, fragmentos poéticos y fragmentos de textos en prosa de los heterónimos más trascendentales, así como del ortónimo. Los textos de esta compilación, editada por El Naranjo y profusamente ilustrada, expresan temáticas adecuadas a la niñez a través de un lenguaje accesible, de manera que funcionan como poesía para la infancia.
En Pessoa opera la creencia de Wordsworth acerca de que el niño es el padre del hombre, de esta guisa, Ricardo Reis escribe:
| No hay tristezas / ni alegrías / en nuestra vida. / Sepamos así, / sabios incautos, / no vivirla, // pero recorrerla, / tranquilos, plácidos, / teniendo a los niños / por maestros nuestros, / y con los ojos llenos / de Naturaleza... |
La sensibilidad creativa surge como en la niñez, feliz y resuelta: “Mi sensibilidad está tan a flor de mi imaginación / que casi llego a llorar y vuelvo a ser el niño feliz que nunca fui...” cifró Pessoa en Oh, campana de mi aldea. Algunos objetos de la infancia se mencionan en ciertos versos, como los chocolates de la niña en Tabaquería: “Mira que no hay más metafísica en el mundo / que los chocolates”; o un tren de cuerda tirado por un cordel, que “tiene más movimiento real / que mis versos...”, en otro poema de Álvaro de Campos.
La naturaleza es otro de los temas inherentes a la infancia. Para Alberto Caeiro la infancia se acerca a un estado natural, próximo a la divinidad: “Es el Eterno Niño, es el dios que faltaba. / Es lo humano natural, / es lo divino que sonríe y juega”. El jardín simboliza la relación de la naturaleza con el niño, de la que Pessoa escribió:
| Sé muy bien que en la infancia de toda la gente hubo/un jardín,/particular o público, o del vecino. /Sé muy bien que jugar a lo que nosotros jugáramos era el dueño del jardín./Y que la tristeza es de hoy. |
Así, el jardín se convierte en un espacio que propicia la creación, participa de la naturaleza y la confina metafóricamente. La infancia de Pessoa despierta constantemente de un letargo apacible y detona, a la vez, el gozo y la nostalgia; es un territorio que parece desprendido del sueño.
Por otra parte, la conciencia de la musicalidad infantil, simbólica y rítmica, se recrea en esta sección de poemas, poblada de tal ritmo que tiende a la canción, impulsada por cadenciosas rimas y recursos fonéticos.
El prólogo para esta edición consiste en una entrevista a Francisco Cervantes –aunque fragmentada– que esboza la biografía de Pessoa y expone algunas de las características y la trascendencia de su obra; sugiere que la poesía exalta sensaciones desde distintas perspectivas. La Infancia sin fin resulta, pues, adecuada para comenzar a leer y comprender la poesía, con las emociones que implica, tal como el poeta lo concibió. Francisco Cervantes relata una anécdota que recrea el espíritu inquieto de Pessoa: era habitual durante su noviazgo con Ofelia de Queiroz que Pessoa la acompañara en su recorrido por tranvía a orillas del Tajo y que hiciera gestos para divertirla. En cierta ocasión, fingiéndose el ave ibis, con los pantalones arremangados y apoyándose en una sola pierna, fue sorprendido por unos niños que, divertidos, parecían comprenderlo. Después escribió: “El ibis, el ave de Egipto,/descansa siempre sobre un pie, / lo que/es extraño./Es un ave calmada,/porque así no anda nada”.
Pessoa conservó en su vida y manifestó en su obra diversas cualidades de la infancia: la capacidad de conmoverse y sorprenderse con el mundo, el gozo del juego y del deseo, y la capacidad de crear e imaginar. Los poemas relativos a la infancia cobran radical importancia en el corpus general porque representan un asidero en medio de la extrañeza, tristeza y soledad que implicaron las múltiples pérdidas del poeta; cuando tenía cinco años su padre murió, después, su hermano y más tarde su mejor amigo, Mario de Sá-Carneiro. La obra de Pessoa oscila lúdicamente entre el escudriñamiento del ser y la remembranza del pasado, tareas análogas; es una aproximación al universo de la memoria que conduce a la infancia.
El poeta concluye el poema Autopsicografía arrojando luz al imprescindible vínculo entre razón, emoción e inteligencia; la afectividad de Pessoa se amplifica y recorre un camino donde la sensibilidad hace crecer el entendimiento: “Y así en los rieles/gira, dilatando la razón,/ese tren de cuerda/que se llama corazón”.
| *Reseña del libro Infancia sin fin. Fragmentos sobre la infancia, de Fernando Pessoa, prólogo de Francisco Cervantes, selección de textos de Rodolfo Fonseca, ilustraciones de Álvaro Santiago, Ediciones El Naranjo, México, 2006, 102 pp. |