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Correo del Maestro Núm. 123, agosto 2006

¿Qué se entiende por nacionalismo?

Arrigo Coen Anitúa

Para entender qué es nacionalismo se debe tener antes una idea de nación, y para saber qué es nación es necesario el conocimiento previo de lo que se conceptúa como pueblo.

Hay que comenzar, pues, por tratar de definir el concepto de pueblo (cuyo nombre heredamos directamente del latín populus, con la misma denotación en nuestra lengua).

Propongo como género próximo de esa definición ‘comunidad humana’, y como diferencia específica, ‘cuyos miembros tienen la voluntad de convivir bajo el mismo orden jurídico’.

Comunidad, en cuanto que entre sus miembros hay un nexo orgánico intrínseco, simultaneidad especial y acción recíproca; humana, porque cuando se habla de población referida a otra especie es sólo en sentido figurado, por analogía con la del hombre.

Salvo el de ‘voluntad de convivencia’, no es posible hallar otro rasgo indispensable como elemento constitutivo de esa ‘comunidad humana’ que se trata de especificar: ni la raza –concepto cuyo uso resulta temerario y comienza a preferirse el vocablo etnia–, ni el territorio, ni la historia, ni la religión, ni las costumbres son ideas que convengan a la caracterización deseada.  Tampoco la constitución en Estado equivale a una concertación popular.  El factor lengua es el que más se acerca como nota distintiva sine qua non para la integración de un pueblo.

Queda, por último, el orden jurídico para especificar a su vez la razón de esa voluntad de convivencia, bajo un ‘conjunto de normas vigentes, interreferidas, jerarquizadas, que puedan regir cualquier momento de la vida colectiva’.

Definido así el concepto de pueblo, conviene diferenciar lo popular (del latín popularis, ‘lo que se acomoda y es afecto al genio del pueblo’) de lo populista (de populismo, ‘la hipócrita exaltación de los valores y aspiraciones del pueblo, con fines demagógicos’).

Y ahora sí, establecida, por oposición a la de populista, la idea de popular, consideremos la descripción que del concepto de nación hace Erick Kahler, acentuando el valor de las tradiciones para caracterizarlo:

Es una comunidad secular, basada en un carácter popular especial, en una forma de vida homogénea, en las costumbres, instituciones y formas de cultura que surgen de la interacción de estirpes populares específicas y la naturaleza de un país.  La suma de las costumbres y logros profanos de tal comunidad crean gradualmente un acervo de recuerdos instintivos al que llamamos tradición. Ésta conecta intrínsecamente a cada individuo de la comunidad con el tesoro vital de su pasado étnico.  El complejo todo de costumbres, hábitos y logros se convierte en un foco de vida para los individuos de la comunidad, un foco que es una analogía profana del papel que desempeñaba la divinidad entre las tribus antiguas, y así la tradición es la religión profana de una nación.

A Marco Tulio Cicerón no le bastaba, para satisfacer la idea de pueblo, que un conglomerado de individuos estuviese reunido de cualquier modo o por una causa cualquiera, en cualquier lugar, con cualesquiera intereses; él exigía el consentimiento de un mismo derecho, es decir, lo que hoy entendemos por la citada voluntad colectiva de aceptar un mismo orden jurídico y someterse a él.

Ya en el siglo XVIII, Carlos de Secondat, barón de Montesquieu (quizás el precursor del parlamentarismo moderno), discurriendo acerca del concepto de nación, aduce las causas naturales o geográficas, y las tradicionales, como los usos, costumbres y creencias (religión) que confluyen a la integración de un ‘espíritu general’ o ‘espíritu nacional’ de un pueblo.

El orden jurídico  –voluntariamente acatado por cada individuo– con la fuerza de la colectividad garantiza la igualdad de todos (concepto lato de democracia): como lo personal es ‘lo inherente a la persona’, así lo nacional es ‘lo pertinente a la nación’, y de igual modo la personalidad es la ‘calidad de persona’ como la nacionalidad es la ‘calidad de nacional’.                                            

En un marco, pues, de suma de consensos individuales, pese a la diversidad de razas, de religiones, de límites geográficos y aun de lenguas, si se logra sincretizar el pasado, solidarizarse en el presente y proyectarse al futuro con objetivos comunes, se asume una personalidad nacional propia, esto es, se constituye la nación, porque, en virtud de las semejanzas de experiencias históricas y de particularidades y modalidades, se puede integrar un todo: un organismo social viviente.

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