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Correo del Maestro Núm. 123, agosto 2006

El bordado: más que una labor manual

Socorro N. Luna Marín

 

Foto: Archivo.

 

El bordado es una actividad manual que por mucho tiempo ha acompañado las actividades escolares, sin embargo, en nuestra realidad docente, con una educación más enfocada a cubrir las demandas de un mundo globalizado –y en la que materias como inglés o computación han ocupado un papel primario–, ésta, como muchas otras actividades manuales, ha sido relegada.

En la comunidad donde trabajo, San Antonio de Córdoba, municipio de Tatatila, Veracruz, el bordado cobró una importancia inusual, pues logró convertirse en una aventura de conocimiento para mis alumnos de quinto y sexto grado, para sus padres y para mí. Comenzaré este artículo con una reseña histórica del bordado, para después narrar mi experiencia, y finalizaré con mi opinión al respecto.

Reseña histórica

El diccionario define el acto de bordado como una “labor de relieve ejecutada en tela o piel con aguja” y esta actividad ha acompañado al hombre desde la aparición de las primeras civilizaciones. La historia del bordado inicia en la antigua China, durante la Dinastía Shang, en el año 2255 a.C. En su texto Los dechados de una tradición extinta,1 María Hernández Ramírez dice que los egipcios, griegos y romanos lo emplearon para adornar sus túnicas. Durante el imperio bizantino tuvo gran auge gracias al contacto con Oriente, cuya influencia llegó a España y al resto de Europa.

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En un reportaje sobre el tema, Rosario Jáuregui Nieto2 menciona que en México “fue la diosa azteca Xochiquetzal a quien se atribuyó la invención del huso y el telar”, y que entre los mayas, la diosa Ixchel, que representaba la Luna y era compañera del dios solar, era venerada por la misma razón. También apunta que el bordado como tal no existió en la época prehispánica: “Lo que se hacía era el brocado en telar de cintura; a base de incluir hilos de distinto color y entrelazarlos a mano, se hacían diseños de decoración exquisita, sin fin, sin límite”.3 El bordado comenzó como tal hasta que llegaron las agujas, puntadas, técnicas y materiales europeos traídos por los españoles.

Sin embargo, Hernández afirma lo siguiente:

En el México precortesiano, el bordado fue empleado para la ornamentación de las telas. Con agujas de cobre y espinas de cactus, sus pobladores desarrollaron una rica gama de puntadas y efectos […]. Su indumentaria era bordada con hilos, plumas, oro, pelo de conejo, piedras preciosas y conchas marinas.4

En lo que todos concuerdan es en que el bordado con características novohispanas fue el resultado de la enseñanza que frailes y monjas dieron a los indígenas, quienes se apropiaron de técnicas como la utilización del hilo de oro, la lentejuela y las piedras de colores.

María Hernández señala también que “durante todo el periodo virreinal, el bordado fue materia de estudio en todos los centros de educación femenina: conventos de monjas, colegios de niñas, recogimientos de mujeres, escuelas públicas”, y que por sus bordados magníficamente realizados, destacaron el Convento-Colegio de Enseñanza Antigua y el Real Colegio de San Ignacio.

Respecto a las virtudes pedagógicas de esta actividad señala:

La práctica del bordado en los centros educativos de primeras letras fue un recurso de gran ayuda en el proceso de enseñanza-aprendizaje, tanto del bordado mismo como de la lectura y la escritura (en sus dos tipos: redondillo y bastardillo), ya que al bordar letras, palabras, frases y enunciados se estimulaba a la alumna en el conocimiento de lo representado y, por otra parte, también ayudaba en la adquisición de la destreza necesaria para la escritura.5

En la época colonial el bordado no fue labor que el sexo femenino desempeñara con exclusividad, sino que también los varones la practicaron en talleres artesanales del gremio de bordadores, y durante la Independencia siguió siendo parte de las actividades escolares, de hecho en el siglo pasado todavía era parte de las mismas.

Bordar en el aula

Mi historia comenzó al darme cuenta del mayor problema que tenía en el grupo: la falta de atención y concentración de mis alumnos. Buscando soluciones, pensé en poner en práctica una labor que les enseñara a mantenerse enfocados en una sola tarea. Fue así como surgió la idea del bordado.

La naturaleza misma de esa manualidad requiere de atención, concentración, precisión, destreza manual, paciencia y práctica; es ideal para niños de quinto y sexto grados, de comunidades donde se aprecia la práctica del bordado.

Al principio no fue fácil porque los niños, especialmente los varones, pusieron resistencia, alegando que es una actividad exclusiva para mujeres. Para convencerlos, les conté que durante la época colonial había maestros bordadores que adoptaban a niños más o menos de su edad para enseñarles todo lo que sabían. También les hice ver que un médico cirujano necesita mucha precisión para operar, que un arquitecto necesita imaginación para crear y dibujar al igual que un ingeniero, un maestro o un artista plástico, además de que en su vida cotidiana necesitaban aprender a coser para reparar su ropa.

Finalmente, todos aceptaron y comenzamos a bordar nuestras servilletas. Los niños se dieron cuenta de que si se distraían de su labor se picaban con la aguja; que necesitaban prestar especial atención a los bordes del dibujo para no salirse de ellos –y además dejar espacio para hacerle un contorno negro que realzara la figura–; que tenían que cuidar de cortar bien la tela para que no saliera desigual el cuadro, además, la combinación de colores tenía que estar acorde con lo que ellos tenían en mente como producto final.

La creación de diferentes puntadas fue todo un reto para los alumnos porque al realizar el punto atrás les era difícil mantenerlo corto y junto, igual que el punto de cadena, ojal y el punto de cruz. Sin embargo, gracias al empeño que pusieron en su trabajo, los alumnos fueron perfeccionando su técnica para bordar, al grado de verme superada por su talento. También empezaron a prestar más atención en clase, su caligrafía progresó considerablemente, las operaciones matemáticas mentales avanzaron mucho, y lo que me conmovió sobremanera fue que varios de ellos sacrificaban con agrado parte de su recreo para avanzar en su labor, y eso reflejaba que daban un pequeño paso a la madurez.

La meta fue realizar dos servilletas por cada alumno, que deberían terminar antes del fin de curso, pero cuál no sería mi sorpresa cuando los niños me pidieron enseñarles a tejer las orillas “para que quedaran bien terminadas”.

Exposición de trabajos

Cuando todos los trabajos estuvieron terminados, organizamos una exposición para los padres de familia. Después de darles la bienvenida, compartí con los padres los motivos por los cuales había considerado realizar servilletas bordadas con los niños. Algunos alumnos voluntarios hablaron de sus experiencias y vivencias, y luego expliqué de forma muy breve y sencilla algunos aspectos teóricos, por ejemplo: el desarrollo de la motricidad fina, la coordinación visual-motriz, la visoespacialidad, la atención, la percepción, la práctica, además de los beneficios de la paciencia. Después, se invitó a los padres a que compartieran su sentir con respecto al trabajo de sus niños. La mayor parte de ellos coincidieron en que al principio dudaban de las ventajas de la actividad, sobre todo las madres que tienen varones, pero ahora estaban sorprendidos por el trabajo de sus niños y, además, habían notado que ponían más empeño en la escuela. Debo admitir que me sentí complacida al ver su aprobación.

Para finalizar, debo decir que, si bien es cierto que la educación “tradicional” tiene mucho de criticable en su forma de operar, también es verdad que nos ha dejado grandes legados de trabajo, dedicación y labores manuales. Los docentes podemos retomar estas herramientas y aplicarlas a la par de las corrientes educativas actuales que buscan que el niño sea educado de forma integral. Las actividades manuales ayudan a los estudiantes a desarrollar las destrezas mentales que requieren para desenvolverse mejor en clases, además de sensibilizarlos y motivar el aprendizaje de un oficio. Con ello se cumple la encomienda del aprendizaje significativo: todo lo que se aprende debe servir para favorecer la vida cotidiana.

1 María Hernández Ramírez, “Los dechados de una tradición extinta”, México en el Tiempo, núm. 15, octubre-noviembre de 1996.
2 Rosario Jáuregui Nieto, “Con hilo entreverado, las mujeres tejen toda una historia de identidad” La Jornada Virtual, (Cultura-Reportaje), 19 de junio de 2002. www.jornada.unam.mx/2002/06/19/cultura.html
3 Idem.
4 M. Hernández Ramírez, op. cit, p. 2.
5 Idem.

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