Nunca habría yo sospechado, allá, a principios de los años cuarentas, cuando comenzaba a hacer mis pinitos en etimologías, la relación que con el verbo mirar tuvieran palabras tales como milagro, mirurgia y maravilla, y unas cuantas más, por ejemplo, el nombre de la nota musical mi.
Del verbo mirar nos dice Corominas, en su Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, que está documentado en nuestro idioma desde sus orígenes, esto es, el siglo décimo, “en castellano antiguo, con los mismos significados que tenía en latín” (por cierto, no nos los da).
El Nuevo diccionario latino-español etimológico, monumental actualización del clásico de Raimundo de Miguel, en su entrada mirar, correspondiente al infinitivo mirari, pone que significaba maravillarse, admirar, extrañarse, preguntarse (en caso de duda).
Corominas agrega que, más tarde, en el Cid, por ejemplo, ya se le agrega el sentido de contemplar, y, por último, mirar como lo entendemos hoy, o sea, ver con atención.
El lexicón de la Real Academia (drae, 2001) dedica al tema mirar casi toda una columna, encabezada por el sólito paréntesis etimológico: “del latín mirare, admirarse”; enseguida las definiciones de las diversas acepciones: “Dirigir la vista a un objeto; 2) observar las acciones de alguien; 3) revisar, registrar; 4) tener en cuenta, atender; 5) pensar, juzgar; 6) inquirir, buscar algo, informarse; 7) dicho de una cosa, especialmente de un edificio, estar situado, puesto o colocado enfrente de otro; 8) concernir, pertenecer, tocar; 9) cuidar, atender, proteger, amparar o defender a alguien o algo; 10) tener un objetivo o un fin al ejecutar algo; 11) tener algo en gran estima, complacerse en ello; 12) tener mucho amor a alguien y complacerse en sus gracias o en sus acciones; 13) considerar un asunto y meditar antes de tomar alguna decisión”.
No me explico por qué el Diccionario etimológico indoeuropeo de la lengua española (deile) no registra ni el verbo mirar, ni el sustantivo milagro, ni el adjetivo maravilloso, sa, con sus derivados correspondientes. Con tales omisiones da a sospechar que las citadas voces no tienen antecedente indeuropeo.
Pero la realidad es que todas ellas son nietas de esa misma abuela, como nos lo explica Guido Gómez de Silva en su Breve diccionario etimológico de la lengua española, en cuya entrada mirar pone: “del indoeuropeo smei-ro- que hace ‘sonreír', de smei- ‘reír'”, y agrega: “de la misma familia: admirar, maravilla, mi (nombre de la nota musical), milagro, mirada, mirador”.
Por su parte, Eric Partridge, en Origins, al tratar de los términos afines a la dicción miracle, reza: “quizá de la raíz indeuropea *mei-, compárese el griego meidao, ‘yo sonrío', como en antiguo alto alemán smielen, de donde el actual inglés (to) smile, ‘sonreír'.
Claro que ese sonreír se refiere al gusto que da descubrir algo que da motivo de sorpresa o admiración.
Siguen –en Corominas– las explicaciones de las expresiones en que se emplea el verbo mirar, con distintas intenciones y en diferentes circunstancias.
Por lo que concierne al sustantivo milagro, con todos sus derivados y compuestos, el propio Corominas lo trata en el mismo tema del verbo mirar, y nos ilustra: “Miraclo, en el Cid; así o miráculo comúnmente en Berceo; miraglo en gran variedad de textos, de los siglos XI a XV, y todavía admitido por Nebrija, pero por él mismo preferido milagro en escritos posteriores”.
Del vocablo maravilla, Corominas afirma que es “descendiente semiculto del latín mirabilia, del adjetivo mirabilis, ‘extraño', ‘notable'”.
Vamos ahora a ver lo que sobre tales palabras declara la Real Academia Española, en la más reciente edición (2001) de su Diccionario.
Bajo el tema maravilla: “(del latín mirabilia, plural neutro de mirabilis, admirable) Suceso o cosa extraordinarios que causa admiración; acción y efecto de maravillar o maravillarse”. Y abunda en expresiones en que interviene este sustantivo femenino: “Maravilla del mundo: cada una de las siete obras de arquitectura o estatuaria que en la Antigüedad se reputaron más admirables; a las mil maravillas: de modo exquisito y primoroso, perfecto; maravillosamente; decir o hacer maravillas: exponer algún concepto o ejecutar alguna acción con extraordinario primor; de maravilla: muy bien, de manera exquisita; por maravilla: rara vez, por casualidad; ser la octava maravilla: ser muy extraordinario y admirable; ser una maravilla: ser singular y excelente”.
En la entrada del adjetivo maravilloso, sa, sólo ofrece como matices sinónimos: “extraordinario, excelente y admirable”.
De miraglo, la Academia pone: “del latín miraculum: desusado, milagro”, y, en
esta voz: “hecho no explicado por las leyes naturales y que se atribuye a intervención de origen divino; suceso o cosa rara, extraordinaria y maravillosa”. De la expresión ‘colgar a alguien el milagro’: “frase irónica, atribuirle o imputarle un hecho reprensible o vituperable”.
Por supuesto que en ningún diccionario aparece la marca Mirurgia, que lo es de una línea de afeites. Pero viene al caso mencionarla porque está pergeñada sobre el modelo de metalurgia o cirugía (*quirurgia, del griego kheir, ‘mano’, como en quirófano o enquiridión, ‘manual’), y sugiere ‘que obtiene y ofrece resultados milagrosos’.
Por último, en cuanto mira (concierne) al nombre de la nota musical mi, tercera de la escala diatónica normal, recuérdese que está tomada de la sílaba inicial del tercer hemistiquio de la primera estrofa del himno de San Juan Bautista, del que Guido de Arezzo sacó los nombres de los siete grados: Ut (que luego se cambió por Do, sílaba inicial de Dominus, nombre del Señor) queant laxis / resonare fibris / mira gestorum / famuli tuorum / solve polluti / labii reatum, y las letras iniciales de Sancte Johannes: Si.
La traducción, que copio aquí de Guido Gómez de Silva, es: “Para que tus servidores puedan con liberadas voces hacer resonar las maravillas de tus hazañas, aparta de sus impuros labios la culpa”.
¡Asombroso, digo, maravilloso, ¿no?!