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Vista de los montes Apalaches, en Estados Unidos, donde domina el bosque templado.
John Woodward, Bosques templados, Correo del Maestro / La Vasija, México, 2005. |
Dentro de un tiempo próximo, medido en millones de años, habrá un final ya estudiado para toda la vida en nuestro planeta, incluido el hombre. Nuestra amada Tierra, enrojecida e hinchada, iniciará una marcha, propiciada por el Sol, abrasadora de polo a polo. Los mares en ebullición, el súbito deshielo y la atmósfera evaporándose rumbo al espacio será el dantesco panorama de la hasta entonces idílica visión. Para nosotros todo habrá terminado. Puede que el ser humano, para esos acaeceres, ya no exista, porque el instinto suicida envuelto en soberbia prevalece. Quizá Huxley haya dado en la diana al decir en tono desangelado: "Desde el punto de vista intelectual estamos en una pequeña isla en medio de un océano ilimitable de inexplicabilidad". Es decir, apenas arañamos el misterio que nos rodea y con el tiempo vamos a desaparecer.
Ante esto ¿qué son Homero y toda una corte de rapsodas inmensos, de ingenio preclaros, que podrían describir el inmenso drama. Pero hay otros interrogantes: ¿existe fundamento para consideramos nuestros propios asesinos?
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La tala de árboles es una amenaza que enfrentan los bosques.
Tom Jackson, Bosques tropicales, Correo del Maestro, Ediciones La Vasija, México, 2005. |
Hablamos de un ser vivo que tiene permiso para existir, aunque nosotros, en ceguera inexplicable, estamos intentando acortar esa existencia. Ante ello debemos preguntamos: ¿qué somos, en el sonoro silencio del cosmos. A lo sumo una interpretación, no pedida, en la inmensidad de la nada. En suma: somos un acertijo en la bruma y rodeados de niebla buscamos, ansiosos, un asidero. ¿Cuál es el escenario del hombre actual? Sin duda la TIerra, pero asimismo debemos reconocer que somos inquilinos relativamente nuevos. Nos rodean muchas especies, sin pujos de soberbia, que ya vivían, dentro de sus complejos sistemas biológicos, desde hacía siglos; moluscos e incluso humildes algas que respiraban y daban color a ríos y mares. Los recién llegados se sirvieron de sus antecesores como alimento y diversión; somos dañinos incluso con nosotros mismos. Y, sin embargo, podemos influir en terminar con nuestros malos hábitos. En concreto, somos testigos inteligibles que trascienden.
Sagan, astrónomo y difusor de una ciencia humanista, nos habló del cosmos del caos al explicamos que los primitivos griegos habían creído que el primer ser fue el Caos, que corresponde a la expresión del Génesis, dentro del mismo contexto: "sin forma". Caos creó una diosa llamada Noche y luego se unió con ella y su descendencia produjo más tarde todos los dioses y los hombres. Un universo creado a partir del Caos concordaba perfectamente con la creencia griega en una naturaleza impredecible manejada por dioses caprichosos. Pero en el siglo VI a. de C., en Jonia, se desarrolló un nuevo concepto, una de las grandes ideas de la especie humana. El universo se puede conocer, afirmaban los antiguos jonios, porque presenta un orden interno: hay regularidades en la naturaleza que permiten revelar sus secretos. La naturaleza no es totalmente impredecible; da reglas a las cuales se ha de obedecer necesariamente. Este carácter ordenado y admirable del universo recibió el nombre de "Cosmos".
Recibimos el planeta con la mesa puesta, pero nuestro crecimiento poblacional y nuestras prácticas depredatorias nos están llevando a un dispendio incontrolable. En su Agamenón, Esquilo nos habla de una Casandra clarividente a quien nadie escucha; ella predijo catástrofes en el planeta por la forma en que actuamos.
Uno de los varios problemas es la destrucción de la capa de ozono y el grave e inquietante aumento de la intensidad de la radiación ultravioleta en la Tierra. A unos 25 km de altitud, átomos de oxígeno forman el protector ozono, escudo contra la luz ultravioleta del Sol que, con emisiones de variado talante, estamos degradando con éxito industrial.
Nuestros despropósitos son variados y mortales. Acudamos a las estadísticas. En el programa de la onu, uno de sus especialistas para el medio ambiente, Klaus Toepfern, manifestó alarmado hace unos meses que estamos enfrentando en la Tierra un panorama sin precedentes desde la extinción de los dinosaurios. Y a continuación exhibió un balance: la biodiversidad del planeta atraviesa una de las crisis de millones de años. El 45% de los bosques se ha perdido, así como un tercio de los anfibios, una cuarta parte de los mamíferos y una de cada ocho especies de aves están bajo amenaza de extinción. Por su parte, el experto en ecosistemas polares Warwick Vincent declaró que los pobladores polares están percibiendo cambios en sus áreas de caza y pesca, se está modificando el pemafrost, el tiempo en general, el suministro de agua dulce y varias plantas y animales. Costas antes sólidas y estables están empezando a erosionarse. Una de las mayores preocupaciones es el futuro de los mamíferos marinos, como las focas y los osos polares, que dependen directamente del mar helado.
No todo es a manos del hombre, pero estamos cerca. La civilización asoma sus orejas: informes de la Comisión del Congreso de Estados Unidos sobre Mamíferos Marinos indican que muchos de ellos son arrastrados a las playas canarias y sufren, en cuerpo y comportamiento, las secuelas del coctel de sustancias químicas sintéticas usadas en procesos industriales y fumigaciones agrícolas y ganaderas. Algunos de estos compuestos, como los organoclorados, adquieren la facultad de penetrar en los tejidos de los animales, acumularse en ellos, pasar a las crías y alterar su sistema endocrino. Disruptores endocrinos es el nombre con el que los científicos han bautizado estas sustancias, que, según creen algunos, pueden estar interfiriendo ya en los humanos.
El ensayista Javier Rico publicó en el diario español El País (6 de febrero, 2005) un estudio en el que sitúa al hombre, con su contaminación y alteración del medio, como responsable. Entresacamos algunos datos:
| Cuando el 31 de mayo de 1989, Pierre Béland, fundador del Instituto Nacional de Ecotoxicología de San Lorenzo, Canadá, registró la muerte de una beluga en la orilla del río que baña Quebec, lo anotó como un caso más en el preocupante descenso de la población de este cetáceo de tez blanca y aspecto enternecedor: de los 5000 ejemplares de comienzos del siglo XX a los 500 en la última década. Béland decidió investigar y se encontró con las siglas de los organoclorados más malignos impresas en los tejidos de las belugas: el ddt (diclorodifeniltricloetano), un insecticida ya proscrito, y los PCB (bifenilos policlorados) también desterrados como aislantes de sistemas eléctricos, en adhesivos o en pigmentos de pintura. Ambos forman parte de la docena sucia de contaminantes orgánicos persistentes (COP) que el Convenio de Estocolmo incluyó en 2001 para su reducción y eliminación. |
Entre los depredadores químicos de efecto devastador debe anotarse el tributilo de estaño. Su toxicidad es manifiesta así como sus efectos sobre el crecimiento, la anatomía y la reproducción de infinidad de invertebrados marinos. Más de 150 especies de moluscos en todo el mundo están afectadas por este fenómeno llamado imposex que altera su composición hormonal. Finalmente, en el apartado de la depredación, especies que se sitúan en la parte baja y media de la cadena trófica -como insectos acuáticos, camarones, ranas, peces y ánades- relajan sus defensas ante los depredadores (hay una extensa información en el libro Nuestro futuro robado, de Theo Colborn, J. P. Mayers y Diane Dumanoski).
En resumen, el hombre abarca una extensa rama de depredaciones que lo están volviendo el más refinado ser en producir efectos malignos en todas las especies que pueblan la Tierra. Por si fuera poco, el tratado de Kyoto, que intenta reprimir la exhalación de gases industriales a la atmósfera, tiene una crónica de medidas no cumplidas, en especial por las grandes potencias. Apenas Japón está rectificando, pero ¿los demás, encabezados por Estados Unidos? Dicen que lo harán en unos cuantos años.
El aumento de males cardiovasculares, de enfermedades generadas por la llama de civilización, inciden -estadísticas acuciosas dan cuenta de ello- en los humanos y en la biodiversidad del planeta. ¿Hasta cuándo?