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Correo del Maestro Núm. 113,octubre 2005

La selva que se tragó a un imperio
Noticias sobre el reino maya, la Lacandonia y otras veredas

Adolfo Hernández Muñoz

In memoriam. A todos los exploradores que murieron en el laberinto verde de Chiapas, Guatemala y Honduras. A Carlos Frey y a Franco Lázaro Gómez, que vieron apagarse el sol y la luna en el traicionero Lacanjá, rumbo a Bonampak.

 

 

 

Arco de Labná, cerca de Kabah, en Yucatán. Dibujo de Frederick Catherwood (c. 1842).
A. Benavides Castillo, et al., Los últimos reinos mayas, cnca, México, 1998.

Así era el mundo en gestación: todo en calma. Extraídas del Popol Vuh, las antiguas historias del quiché nos dicen: "Todo estaba en suspenso, en silencio; todo inmóvil, callado y vacía la extensión del cielo." Después, pasaron los siglos y sus crónicas nos cuentan los acaeceres de los mayas de Yucatán y de los quichés y cakchiqueles de Guatemala. Sus historias están entrelazadas con los grandes ríos que recorren sus selvas: el Usumacinta, el Grijalva y otros menores como el Lacanjá, rumbo a la Lacandonia. Es una historia acompañada de flautas y marimbas, pero también implica sangre, costumbres extrañas y mezclas raciales. Los toltecas se funden en las crónicas que nos cuentan, con fascinación, una aventura tropical de este mundo maya. Una historia que surge del agua, porque en el principio todo era agua. Nos lo dicen los sabios poetas del Popol Vuh: "Así fue la creación de la Tierra, cuando fue formada por el Corazón del Cielo, que así son llamados los que primero la fecundaron, cuando el cielo estaba en suspenso y la tierra se hallaba sumergida dentro del agua."

 

Desiré Charnay, explorador y pionero de la investigación sobre la cultura maya.
A. Benavides Castillo, et al., Los últimos reinos mayas, cnca, México, 1998.

El escenario: una región que tiene aproximadamente 325 000 km2 y que abarca lo que actualmente son los estados de Yucatán, Campeche, Tabasco, parte de Chiapas y Quintana Roo, en México; así como Belice, Guatemala, el oeste de Honduras y El Salvador.

A finales del siglo XVII se descubrieron los escritos en lengua maya conocidos bajo el título de Chilam Balam (Libro del adivino de las cosas ocultas) que nos dan idea de ese mundo misterioso con su cosmogonía, mitología y religión. Se habla de los itzaes, en Yucatán, muestra indómita del pueblo maya.

En cuanto a las costumbres y al idioma maya, debemos recurrir a escritos del controvertido padre Diego de Landa. Quien fuera obispo de Yucatán en la segunda mitad del siglo XVI se debatía entre la admiración por la cultura y el horror cristiano ante los ritos religiosos mayas, pero logró registrar con notable minucia el mundo maya en su libro Relación de las cosas de Yucatán, que nos proporciona una lista completa de caracteres que define equivocadamente como alfabéticos y que corresponden a la lengua española. Respecto al misterio de los elementos ideográficos y fonéticos de la escritura maya, en octubre de 1952, el etnógrafo Yuri Knorozov declaró que había logrado descifrar el sistema de jeroglíficos maya; ello dio aliento a otros investigadores a estudiar las numerosas inscripciones que darían posteriormente una idea más detallada de la cosmovisión e historia mayas.

A este escrito hay que añadir relatos debidos a la pluma de fray Antonio de Ciudad Real y algunos apuntes de Diego López de Cogolludo, que describen aspectos del territorio yucateco.

La historia del pueblo maya tiene dos periodos: el Viejo Imperio, del 317 al 987, y el Nuevo Imperio, del 987 al 1697 (que finaliza cuando los españoles ya ocupaban la zona).

Conviene revisar las investigaciones de los exploradores Stephens y Catherwood (1842) y los espectaculares buceos de Edward Herbert Thompson, quien exploró el cenote sagrado de Chichén Itzá y recuperó objetos preciosos de sus profundas y cenagosas aguas, junto con restos de víctimas humanas, inmoladas al culto de sus dioses.

Edward Herbert Thompson exploró el cenote sagrado de Chichén Itzá (derecha), recuperando objetos preciosos, junto con restos de víctimas humanas.
 Antiguas civilizaciones. Mesoamérica, vol.12,
uteha, México, 1981.

En 1952 causó sensación en México el descubrimiento del sarcófago maya en la ciudad de Palenque, por el investigador Alberto Ruz, quien exclamó alborozado ante los reporteros capitalinos: "Estas cosas, que son el sueño de los arqueólogos, sólo suceden a los afortunados". Se comparó el hallazgo al famoso de Carnavon y Carter (la tumba faraónica de Tutankhamen). El interior de la pirámide que soporta el Templo de las Inscripciones es asiento de un soberbio sarcófago de piedra esculpida que representa al monstruo de la tierra sobre el que se alza una figura humana y, como remate, simula una planta de maíz, el alimento de toda América Central. En la tumba se hallaron los restos de un sacerdote o rey (Halach Uinic, 'hombre verdadero') cubierto de joyas. Discípulo del eminente doctor Morley, Ruz es considerado uno de los mejores mayistas del mundo; dedicó sus estudios a las inscripciones de éste y otros monumentos de la zona.

Por otra parte, el arquitecto y arqueólogo mexicano Ignacio Marquina (1888-1981) alguna vez manifestó que en 169 años de investigaciones nada era comparable al descubrimiento de Bonampak ("la de los muros pintados") y la cámara subterránea del Templo de las Inscripciones, donde apareció la tumba, cuyo valor es incalculable.

 Asimismo, se destaca la labor de restauración en Bonampak de motivos pictóricos de hermoso diseño y colorido. Los asombrosos logros se deben en gran parte al notable pintor Agustín Villagrán, un erudito de la pintura maya prehispánica y fuente viva para aclarar la historia de este pueblo escondido en la selva.

Se considera, no sin fundamento, que los mayas son la más alta civilización prehispánica de América. Sus lazos con los egipcios, con una posible Atlántida sumergida en el océano y con los incas (al sur del continente) no han podido probarse. Su mundo estaba colmado de vegetación diversa, lagunas de agua perlina en el territorio de Quintana Roo, cuyas costas miran al incitante Caribe, y en Yucatán, donde se produce el henequén, fibra vegetal de gran valía industrial. En esa región confluyeron los pueblos mayas en su huida de Centroamérica y fundaron admirables ciudades: Chichén Itzá, Kabah, Uxmal, Labná.

Mediante una intensa labor de investigación, a la fecha se ha logrado interpretar la numeración, los nombres de los meses y las épocas, lo que ha permitido establecer la cronología de su historia. Cabe añadir que los mayas idearon la noción del número cero, lo que facilitó crear un calendario exacto.

Hay todo un mundo de maravillas. El templo de las Mil Columnas, en Chichén Itzá, rivaliza con cualquier construcción de los pueblos antiguos, pero lo que llama más la atención es El Caracol, edificio que funcionó como observatorio. En él, quien escribe tuvo una experiencia única cuando su estadía coincidió con la de un bello y frágil 'pájaro azul', ya que los amigos me señalaron que esta coincidencia augura suerte; los hados estarán conmigo. El Caracol está orientado con tal precisión que es posible observar la marcha del Sol para fijar temporalmente los equinoccios y los solsticios.

Aunque en proporción menor a los aztecas del altiplano, los mayas practicaron los sacrificios humanos. Se habla de doncellas lanzadas a los cenotes sagrados (pozas o reservas de agua que existen en Yucatán); estas inmolaciones eran dedicadas especialmente al dios Chaac, de la lluvia. Su religión, sencilla y compleja a la vez, refleja las influencias de dos épocas: la del Viejo y la del Nuevo Imperio; la de los viejos cultivadores, que se tragó la selva, y la de las más civilizadas expresiones en Yucatán, donde culminó su historia.

La mitología maya abarca diversos dioses: Itzamná, el principal; Chaac, el de la lluvia; Yum Yax, del maíz; Ah Puch, de la muerte; Kukulkán, del viento, así como el de la guerra, el de los sacrificios humanos, el de la Estrella Polar, el de los nacimientos, incluso hay una diosa del suicidio. De suerte que, cualquier estado humano, bien sea físico o espiritual, está representado en las deidades mayas, posteriormente influidas por la cultura azteca.

Diremos también que los mayas empleaban un sistema de entablillado para moldear la cabeza de los recién nacidos, con el fin de establecer diferenciación simbólica; de ahí esa deformación que se aprecia en sus pinturas, grabados y esculturas. Empero, esta práctica, similar al sistema empleado en los pies de las doncellas chinas, cayó en desuso.

Este pueblo se nos sigue revelando: la prensa internacional ha dado cuenta del hallazgo, en la selva guatemalteca, de dos ciudades de enorme importancia. John Noble Wilford relata en The New York Times la aparición de ciertas ruinas entre la densa vegetación del norte de Guatemala. Ian Graham, de la Universidad de Harvard, dijo que la comprensión de la transición de la civilización maya preclásica a la clásica estaba cambiando, y remachaba: "Aún tenemos mucho que aprender".

El reino maya nos sorprende con los recientes descubrimientos de las ciudades de Waka, Cancuén y Cival. Hay cambios en la cronología de este pueblo, según apunta el diario español El País:

Promete ofrecer nuevas percepciones de los últimos años de gloria del periodo maya Clásico, que terminó alrededor del año 900 d.C. y debe restablecer la fecha de sus inicios mucho antes de la fecha usual del año 250 d.C.

Niveles de grandeza siglos antes de lo pensado

En la ciudad de Waka fue hallada la tumba de una reina que gobernó hace 1200 años. El esqueleto descansaba sobre una plataforma de piedra, rodeado de ornamentos de riqueza y poder como perlas, obsidiana, jade grabado y los restos de lo que parecía ser el casco de guerra de la reina.

En Cancuén, la ciudad del siglo VIII, los arqueólogos descubrieron un panel de piedra decorado con bellas imágenes e inscripciones grabadas en alto relieve. En la ciudad maya de Cival (en el Petén, junto a la frontera con Belice) se hallaron las grandes máscaras en una de esas situaciones arquetípicas de la arqueología, dignas de los románticos tiempos de Stephens y Catherwood, los pioneros de la excavación de ciudades mayas a mediados del siglo XIX. Sucedió en un oscuro túnel abierto por saqueadores en la pirámide principal de Cival. Estrada-Belli descubrió a tientas una fisura en la pared y al introducir la mano palpó una pieza de estuco labrado. Al excavar por el lado opuesto surgió el rostro de un dios, un antepasado y protector mítico de los gobernantes mayas, con facciones antropomorfas, aunque con colmillos de serpiente. "La conservación es asombrosa, parece recién acabada", dijo. "Es muy tridimensional y está pintada en negro y rojo". La otra máscara, al parecer de la misma divinidad, "una divinidad muy antigua, difícil de identificar", apareció junto a una escalera y tiene los ojos adornados con mazorcas de maíz. Estrada-Belli cree que los dos pares de estas máscaras gigantes flanqueaban la escalera de la pirámide que conducía al santuario y formaban parte del escenario donde se desarrollaban los rituales en los que el rey encarnaba a los dioses de la creación.

Mapa de la Península de Yucatán contenida en la Relación de la Cosas de Yucatán, de fray Diego de Landa. Tomado de Los últimos reinos mayas, de A. Benavides Castillo et al., cnca, México, 1998.

 Cival era dos veces mayor de lo que pensábamos, ocupa un kilómetro cuadrado. Llegó a albergar a diez mil personas y era más grande que la Roma de su tiempo, señala Estrada-Belli:

La pirámide estaba integrada en un vasto complejo en torno a una plaza y el trazado urbano desempeñaba una función astronómica con el eje central orientado hacia la salida del sol en el equinoccio.

Finalmente, los reportes se refieren al convulso fin de Cival:

Hay señales de violencia. Se construyó un muro defensivo, y la ciudad fue abandonada, seguramente tras el ataque de otra potencia. Nunca se volvió a construir sobre plazas y edificios, lo que significa una gran ventaja para nosotros.

Estamos hablando del periodo Preclásico, 2000 a.C. a 250 d.C., y la selva cubrió las edificaciones por siglos.

Alberto Ruz (1906-1979) descubrió la tumba del rey Pakal, en Palenque.
www.laneta.apc.org/elquetzal/50atpal/fotobiografia.html

Se han rastreado terribles conflictos guerreros; las tribus de la Meseta Central en continuas batallas los fueron obligando a replegarse hacia el norte, en Yucatán, y posteriormente hacia el sur, territorio de Quintana Roo. En 1697, cerca de dos siglos después de la invasión española, el último baluarte maya, al borde del lago Petén Itzá, cayó en poder de las fuerzas virreinales al mando de Martín de Ursúa. En la actualidad, todavía se puede ver por los pueblos yucatecos a los sufridos descendientes mayas llevando una existencia precaria. En sus rasgos duros se aprecia una altivez indomeñable. En el siglo pasado todavía se sublevaron contra la dictadura de Porfirio Díaz y tuvieron lugar encuentros sangrientos.

Quizá uno de los factores de la huida maya hacia el norte fue la falta de agua que siempre los acosó. Los cenotes hallados posteriormente fueron un paliativo, no una solución.


Lacandonia. Crónica de muertes y hallazgos

Y aconteció que el pueblo maya tuvo que abandonar su territorio ante el avance de las hordas del norte: los aztecas. Crónicas que se diluyen en el polvo de los tiempos hablan de la huida. Y en esa diáspora, las ciudades quedaron abandonadas y la madre tierra inició el implacable asalto a lo dejado por el hombre. Lanzó en pos de las casas a las atrevidas trepadoras e hizo rugir el viento de las tempestades para que dispersara el germen de los árboles, que en progresiva cadencia ayudó a ocultar las ciudades, la tierra que un día habitaran los pueblos mayas. Pero hubo excepciones. Así aparecieron los lacandones, un eslabón de los poetas y agricultores que poblaron Yucatán, la tierra del faisán y del venado.

En el estado de Chiapas, en la frontera con Guatemala, ocupando una enorme extensión de selva en su mayor parte inexplorada, está el último y fascinante vínculo de Palenque, la de los bajos relieves: nos asomamos a Bonampak, la de los muros pintados.

Chiapas, tierra de maderas preciosas. El instrumento musical de esta región del sureste mexicano es la marimba. Popularizada en el mundo entero, se basa en las propiedades de sonido de maderas, colocadas en progresión de tonalidades. De esta suerte dice la canción: "Maderas que cantan con voz de mujer."

Y es Chiapas el rincón de México donde las cartas geográficas tienen mucho que hacer. Sus 74415 kilómetros cuadrados esconden secretos cuyo encanto exige la vida en muchas ocasiones.

Partiendo del río Usumacinta, frontera natural con Guatemala, hacia el noroeste se extiende Palenque, la región donde, según Franz Bloom, se registró una de las fechas más antiguas de la historia maya, en la primera mitad del siglo XV (Historia Gráfica de México, tomo 1, p. 86) y, lamentablemente, también el sitio en el que don Alberto Ruz halló la muerte.

La ciudad sagrada está compuesta de siete edificios principales, entre ellos El Palacio, el de la Cruz y el Templo de las Inscripciones.

 Adentrándose en la selva se encuentra la Lacandonia y, en su corazón, Bonampak, cuyos actuales moradores se constituyen en guardianes milenarios del templo semiderruido. Así apareció a los ojos de Carlos Frey, hombre larguirucho, con rostro triste pero decidido, que descubrió Bonampak y sus pinturas, motivo de admiración mundial.

Un notable cortometraje captura un mundo de cadencias polifacéticas que emanan de los húmedos muros en este templo perdido en la selva. La selva de los árboles y de los siglos.

Dos hombres y una mujer han contribuido principalmente a la apasionante investigación de este mundo: Franz Bloom, Gertrudy Duby y Carlos Frey, quien murió en una expedición junto con un artista joven y genial: Franco Lázaro Gómez, grabador chiapaneco, cuyos trabajos producen la impresión de una música nueva e inspirada. Su recuerdo motiva estas líneas, que reproduzco de los reportajes que en aquella ocasión publiqué en la prensa capitalina:

La expedición mexicana a las selvas lacandonas de Chiapas, para exhumar, reproduciendo y fotografiando, las obras pictóricas mayas de Bonampak, resultó trágica, al morir el conocido explorador Carlos Frey, codescubridor de esa zona arqueológica, y Franco Lázaro Gómez, el más joven y genial de los grabadores mexicanos. La muerte los sorprendió en el río Lacanjá, al volcarse la lancha en un rápido de la corriente. (Lacanjá en maya significa 'culebra de agua'). Luis Morales, camarógrafo del noticiero mexicano Ema que iba con ellos, se salvó de casualidad y pasó una noche entera en la selva, hasta que encontró a una de las brigadas destacadas desde el campamento expedicionario.
Frey, el americano que amó la selva recóndita de los lacandones, descubrió el silencio letal. Quizás, como Livingstone en África, hubiera querido dejar sólo su corazón, pero Lacandonia, exigente, pidió su cuerpo también. Fue un eterno viajero en busca de lo ignoto. Un explorador esforzado y valiente.

A Lázaro Gómez, la prensa de la nación le dedicó cálidos elogios, pero las notas que más emoción me produjeron fueron de la pluma de Juan Almagre, crítico de El Nacional; de esta elegía inspirada entresaco algunos párrafos:

Él no pudo escuchar mi voz. Algo más potente y lejano lo llamaba hacia el corazón de la selva, donde el espíritu del Popol Vuh sigue pronunciando el discurso que tal vez se pudiera entender [...].

Y en Bonampak, un poco más lejos de las aguas enardecidas del Lacanjá, encontró la muerte que debe de haber sido serena y muy triste, como sus grabados, en donde las mujeres desnudas esperan en la noche, que no acabará nunca, el regreso imposible del esposo ahorcado.

Tzotzil de San Juan Chamula; tojolabal de las Margaritas; tzeltal de Puná; lacado de Petjá, del San Quintín y del Cedro; parachicos y chuntaes, de su amada Chiapa de Corzo, llorad, llorad con nosotros la muerte del hermano infortunado que se nos fue con las caobas del monte, a aprender el secreto de su melodía inviolable.

Museo Franco Lázaro Gómez, Chiapa de Corzo, Chiapas.

www.conecultachiapas.gob.mx/exconvento/museofrancolazarogomez.html

Con dramatismo de tintes lorquianos, Juan Almagre desgranó las flores de un recuerdo emocionado; del hermano que se nos fue al oír el llamado de la selva, donde el chicozapote, la caoba, el chicle, el ébano y cientos de árboles que desafían la erudición de los más avezados botánicos, componen, hermanados unos con otros por los verdes cordajes de las lianas, la sinfonía dramática de la selva.

Así fue como la tumba verde de la Lacandonia cobró su venganza. Ella había sido violada. Su secreto escrutado por los ojos humanos y la cámara de cine. Sus lacandones primitivos convertidos en portadas de revistas. Pero su encanto y su misterio no han podido ser desterrados definitivamente. Todavía Bonampak se muestra muy celoso de su soledad y a ello contribuyen, seguramente, Kukulkán y Chaac bajo la solemne protección de Itzamná, dios de todos los dioses.

Es la selva la dueña del territorio. Los aviones que raudos aciertan a pasar sobre el lugar, sólo ven una continuada extensión de árboles y algún río que, como el Lacanjá, oculta la muerte en sus mullidas y traicioneras orillas. es la selva que se tragó a un imperio.

Nota adicional

Nuevas noticias de Quintana Roo nos ponen al tanto de dos ciudades mayas que estuvieron escondidas en la selva durante siglos, que ahora están siendo restauradas y serán abiertas al público este año. Se trata de Chakán Bacab y El Caracol, ubicadas a unos 60 km al oeste de la ciudad de Chetumal, en la frontera con Guatemala y Belice, que compiten en magnificencia con Chichén Itzá y Uxmal. Dada su localización, se establecerá un corredor eco-arqueológico con las áreas de Kohunlich y Dzibanchén (en Campeche).

Chakán Bacab ('árbol del hule', en lengua maya), uno de los últimos descubrimientos arqueológicos en el centro de la península de Yucatán, es del periodo Preclásico Tardío y sus construcciones datan del año 400 al 700 de nuestra era. A pesar de que esta ciudad maya estuvo perdida en las selvas altas por espacio de 500 años, sus adoratorios, plazas y juegos de pelota mantienen su grandeza. Su  importancia se equipara a Kohunlich, y su belleza compite con Chichén Itzá. En El Caracol, de 600 años de antigüedad, además de muchas construcciones en buen estado, destaca una laguna artificial, construida para retener agua: una más de la evidencias del esplendor maya.

Bibliografía

hernández Muñoz, Adolfo y Juan Almagre, El Nacional, abril de 1949.

Historia gráfica de México, 10 vols., Patria-inah, México, 1988.

mediz Bolio, Antonio (versión de 1930), Chilam Balam de Chumayel, edición y notas de Mercedes de la Garza, sep, México, 1985.

national Geographic Magazine, Washington, [s. a.].

noble Wilford, John, The New York Times, 22 de mayo 2004.

recinos, Adrián (estudio y notas), Popol Vuh. Las antiguas historias del Quiché, fce, México, 1952.

ruz, Alberto, "Los mayas. Culturas de Mesoamérica" en La gran aventura de la arqueología, Roma-San Sebastián, 1980.

"Waka, Cancuen y Cival", en El País, Madrid, [s. a.].

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