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Correo del Maestro Núm. 113, octubre 2005

Los hombres de maíz
Apuntes en torno a los mayas quichés de Guatemala

Francisco Emilio de la Guerra

 

 
"Seréis invocados", dijeron a sus padres, cuyos corazones se sintieron reconfortados. "Seréis los primeros en ser enaltecidos, los primeros en ser adorados por los hijos esclarecidos, los engendrados en la luz. Vuestro nombre no se perderá. Así sea."
POPOL VUH

Fiesta de una comunidad quiché en Chichicastenango, Guatemala.
Foto: Francisco Emilio de la Guerra.

 

 

 

El Popol Vuh es conocido como el libro sagrado de los mayas, aunque en realidad es un libro que aborda los mitos y la genealogía de un pueblo mayence en particular: los quichés, que dominaron en las Tierras Altas de Guatemala entre el siglo XIII hasta la Conquista española, en 1524; sin embargo, de su lectura se desprende la cosmovisión de esa cultura que surgió entre el tercer o segundo milenio a.C. en esa misma zona, donde tuvo su origen el maíz, base alimenticia de la antigua América (Morley, 1947).

Los quichés constituyeron uno de los numerosos reinos mayas que florecieron en el periodo llamado Postclásico, después de la rápida decadencia de las civilizaciones del Clásico (entre los años 800 y 830 de la presente era) en las Tierras Bajas del sur.

Los periodos

Ante la ausencia de documentos escritos o legibles por los historiadores, y a falta de una cronología precisa para hacer la historia de las civilizaciones mesoamericanas, a mediados del siglo XX se adoptó la periodización arqueológica, que parte de criterios materiales y evolutivos para valorar el desarrollo de esas culturas.

Templo 1 de Tikal, en Petén, Guatemala. También conocido como El Gran Jaguar, es el símbolo de la arquitectura del Clásico maya.
Louis-Jean Calvet, Historia de la escritura, Paidós, Barcelona, España, 2001.

En general, existen tres periodos, al que se agrega uno histórico a partir de la Conquista:

.Preclásico (entre 2500 y 200 a.C.), que abarca desde la aparición de los primeros asentamientos agrícolas hasta la formación de las primeras ciudades y la adquisición de sus principales rasgos culturales.

.Clásico (entre los años 200 a.C. y 909 d.C.), en el que se alcanza el apogeo cultural de los mayas, con rasgos definidos de su arquitectura y cerámica, la organización de complejos reinos teocráticos y sus máximos logros culturales: calendarios, astronomía y el desarrollo de una escritura jeroglífica fonético-silábica. Concluye con la desaparición de estos reinos y el abandono de la construcción de estelas y monumentos con fechas del calendario de cuenta larga en 909 d.C.

.Postclásico (entre el 909 y la Conquista), sigue al declive de las culturas clásicas con una pérdida relativa de los logros alcanzados en ese periodo -entre ellos, el calendario de cuenta larga- y la conformación de pequeños estados, que luchan entre sí por la hegemonía hasta que son destruidos por la Conquista. Estos tres periodos se subdividen a su vez en Temprano, Medio y Tardío.

.El cuarto periodo es el actual, donde esos pueblos coexisten con la cultura occidental, que León-Portilla denomina "prepotente".

El colapso del Clásico

Las civilizaciones del Clásico o de la cultura Tzacol florecieron en las Tierras Bajas del sur (la periferia del Petén y el río Usumacinta) y se colapsaron misteriosamente entre los años 800-830 (Martin y Grube, 2002) y 900-1100 (Nalda, 1998) de la presente era. Se dice "misteriosamente" porque hasta 1970 se especulaba demasiado acerca del origen y decadencia de estas ciudades-estado; sin embargo, los últimos descubrimientos arqueológicos y epigráficos, que han avanzado en el desciframiento de la escritura y la historia mayas, permiten penetrar en el enigma de su decadencia.

Entre aquellas especulaciones, se decía que las ruinas mayas eran vestigios de una civilización pacifista fundada por los sobrevivientes del hundimiento de la Atlántida, o por navegantes fenicios o israelitas que habían alcanzado estas tierras, incluso que eran obra de extraterrestres (descabellada tesis sostenida sobre una fantástica interpretación de la Lápida de Palenque, referida a la muerte del rey Pakal, a la que se hacía pasar por una nave espacial), lo que, además, implicaba negar toda relación con los actuales pueblos mayences (Ayala, 1993; Martin y Grube, 2002).

Consecuencia de esa visión errada, también se especuló demasiado sobre la existencia de un "imperio Antiguo", correspondiente al periodo Clásico, y otro "imperio Nuevo", correspondiente al Postclásico (por ejemplo en Castedo, 1988), pero esa visión es equivocada pues, pese a los rasgos culturales que comparten: "Los mayas nunca estuvieron unificados políticamente y durante el periodo Clásico (250-909 d.C.) se dividieron en más de 60 reinos." (Martin y Grube, 2002)

Desde sus orígenes en el Preclásico (2000 a.C.-250 d.C.) los mayas mostraron una fuerte influencia de la cultura olmeca. Hacia el año 500 a.C., los asentamientos de Miraflores e Izapa muestran ya las características de la cultura y mitología mayas, entre ellas el culto al maíz. Más tarde, entre el 37 y 162 d.C., los pueblos mayences adoptaron los calendarios mesoamericanos de 260 y 365 días (el Tzolkin y el Haab), la combinación de ambos en la llamada Rueda Calendárica de los ciclos de 52 años, y crearon con su sistema numérico vigesimal la llamada cuenta larga (León-Portilla, 1994).

TIEMPO SAGRADO
El carácter sagrado del tiempo es uno de los rasgos de identidad de los pueblos mayas. Miguel León Portilla ha señalado que la palabra que designa tiempo, kinh, es la misma que designa al día y al dios Sol; de tal manera, el tiempo es una derivación del movimiento divino y tiene un carácter sagrado. Por tal razón, su sistema numérico tiene ese mismo carácter, pues fue elaborado para el cálculo del tiempo divino, al que se percibía y se percibe como infinito y cíclico. El calendario sagrado de los mayas o Tzolkin (en la imagen) se componía de trece ciclos de veinte días (cada uno de ellos vinculado a uno o dos jeroglíficos distintos) que sumaban un total de 260 días.

Fuente: Louis-Jean Calvet, Historia de la escritura, Paidós, Barcelona, 2001.

En el Clásico, sobre todo en el siglo IV, en Kaminaljuyu, los mayas recibieron el influjo cultural, político y económico de Teotihuacán (que habría de colapsarse hacia el año 750, dando lugar a nuevos desarrollos urbanos, entre otros, Tula, Cacaxtla, Xochicalco y el Tajín, donde, en contrapartida, también es visible la influencia maya).

En el siglo VI, los mayas alcanzaron su apogeo y sus máximos logros culturales (entre ellos sus asombrosos conocimientos astronómicos y su escritura jeroglífica fonético-silábica), sin embargo hacia el siglo IX inició lo que se conoce como su colapso, que coincide con el abandono del uso del calendario de cuenta larga, cuyo último registro data de 909 d.C. (Martin y Grube, 2002).

ÁREA GEOGRÁFICA
La civilización maya se desarrolló en una área de aproximadamente 325000 kilómetros entre México y Centroamérica, que se divide en tres zonas geográficas o naturales: las Tierras Altas del sur, entre el Océano Pacífico y la cordillera del istmo centroamericano; las Tierras Bajas del sur, o zona central, en la cuenca interior del altiplano del Petén, en la actual Guatemala, y sur de la península de Yucatán, Tabasco y Chiapas, y las Tierras Bajas del norte, en el extremo septentrional de la citada península.
Simon Martin y Nicolai Grube, Crónica de los reyes y reinas mayas, Planeta, México, 2002.

Otros indicios arqueológicos de esta decadencia son las numerosas inscripciones referidas a las guerras, la disminución en la construcción de estelas y monumentos, la baja productividad de cerámica de calidad y, por último, el rápido abandono de las ciudades.

Otras hipótesis sobre el colapso postulan además desastres naturales como los huracanes o pestes, la degradación ambiental por la explotación desmesurada de los recursos naturales y de la tierra, con el método de tala y roza (o quema del campo). Asimismo, se habla de la invasión de grupos provenientes del norte (toltecas) y de las tensiones y divisiones sociales entre las elites de las mismas ciudades-estado, que, sumadas a las guerras, debilitan al poder central.

El abandono de las ciudades

La teoría de Nalda, la más novedosa en torno al abandono de las ciudades, sostiene que el crecimiento de la elite y la necesidad de obtener más productos no por vía de aumentar la productividad (cosa técnicamente posible pero socialmente inaplicable), para sostener una creciente burocracia, llevó a aumentar las presiones sobre las poblaciones de campesinos tributarios, quienes tuvieron como recurso de resistencia la emigración:

Los movimientos poblacionales hacia afuera del dominio controlado por la elite de los grandes centros tendrían que verse como un recurso del común de la gente por aliviar una carga que ponía en riesgo su propia existencia... [que] habrían llevado a ese campesinado a adoptar la forma más efectiva y que puso en práctica, una y otra vez, antes y después de la llegada de los españoles, para resistir la adversidad: la evasión, la reubicación y la recreación de las condiciones perdidas (Nalda, 1998).

 

Columnatas o mercado. Chichén Itzá, Yucatán. Época Postclásica (900-1300 d.C.).
Antiguas civilizaciones. Mesoamérica, uteha, México, 1981.

Ya antes se sostenía que la separación y la estratificación social entre la teocracia y las comunidades no era tan rígida, como en el centro de México, y que los campesinos, a los que se suponía habitando fuera de las ciudades, participaban "en forma apreciable de la ideología y cultura urbana de la época".

Esta ideología implicaría un alto grado de autonomía y participación política; y en el rito religioso de las comunidades, "hay la tendencia a demostrar una menor rigidez en la estratificación social, disminuir la separación física y social entre el pequeño grupo dominante teocrático y el pueblo sojuzgado que lo sustentaba" (Piña Chan, 1976).

De tal manera que las presiones tributarias de sus dirigentes habrían llevado al debilitamiento de lo religioso como mecanismo ideológico de control social sobre el pueblo. Nalda menciona un proceso de secularización ritual, con un debilitamiento del papel de la elite sacerdotal y de la nobleza, como líderes del ritual, el cual se hace menos oficial, se extiende a todo el pueblo y se concentra cada vez más en la comunidad campesina.

Este debilitamiento del control ideológico sobre las comunidades campesinas explica el paso del Clásico Tardío al Postclásico Temprano y el abandono de las ciudades, con dos consecuencias significativas: "El fin de la dinastía gobernante y la aparición de nuevos dirigentes. Lo anterior significa la desaparición de un arte oficial para dar paso a otra expresión, también oficial, pero menos rigurosa, menos exacta, con nuevos temas y formatos" (Benavides, 96).

Templo en honor de Tohil, dios que envió el fuego a los quichés. Guatemala.
Foto: Francisco Emilio de la Guerra.

El Postclásico

Entre las hipótesis de lo que ocurrió después de esta decadencia, se cree que algunos grupos de la población de estos "reinos perdidos" se desplazaron hacia el norte, a lo que actualmente son Belice, Quintana Roo y Yucatán, mientras otros grupos lo hicieron hacia el sur, a las tierras altas de Guatemala. Sin embargo, investigadores como Nalda aseguran que no existen indicios para afirmar que hayan ocurrido tales desplazamientos masivos en la zona.

Juego de pelota de Utatlán, Guatemala.
Foto: Francisco Emilio de la Guerra.

De acuerdo con la primera teoría, los grupos migrantes se fundieron con otros pueblos mayences y rehabilitaron viejas ciudades, como en Yucatán, o fundaron nuevas. Pero la mayoría de estas nuevas urbes estaban ya alejadas de las características que distinguían a las civilizaciones del Clásico y tenían una fuerte influencia de grupos de ascendencia tolteca.

En el Postclásico Tardío ocurre una recomposición de las formas de dominio centralizado y militarizado, primero en Chichen Itzá y más tarde en Mayapán, que a su desintegración queda fragmentado en los cuchcabal, especie de provincias autónomas que comparten el poder político, económico y religioso.

Antonio Benavides llama "liderazgo disperso" o "descentralización" a este modelo, y sostiene que una "integración política exitosa y adecuada debió basarse en un control distribuido en varias manos y no sólo concentrado todo en una sola elite rectora". Este tipo de organización, extendido a casi todo el Postclásico, es el que permite sobrevivir y resistir con éxito a los pueblos de la región del lago Petén Itzá, hasta la entrada de los españoles a Tayasal en 1697.

Los quichés

Los quichés, con capital en Gumarcaaj o Cumarcaaj, que los mexicanos llamaron Utatlán, se contaban entre los pueblos más importantes de las Tierras Altas desde el establecimiento de su linaje en 1225 con el rey Balam Quitzé, uno de los cuatro primeros hombres de maíz creados por los dioses, según el Popol Vuh, y mantuvieron su influjo mediante guerras o alianzas matrimoniales, por el comercio o peregrinaciones religiosas, sobre los otros pueblos.

Los cakchiqueles, quienes fueron sus vasallos hasta 1470 y les disputaban la hegemonía de la zona, les seguían en importancia y regían desde su capital Iximché, llamada Quauhtemallan por los mexicanos; los habitantes de Mixco Viejo y Chinautla Viejo dominaban la zona pokomam; los tzutuhiles controlaban la zona del lago Ati-tlán, y Zaculeu era la capital de los mames (Benavides, 1998).

Sobre su origen, de acuerdo con las teorías de la década de los sesenta, los quichés son descendientes de una tribu tolteca que emigró desde Tula (actualmente en el estado de Hidalgo, México) a Guatemala, después del colapso de esa ciudad, entre 960 d.C. y 1220 d.C., lo cual explicaría la afinidad artística de Utatlán, la última capital quiché, con Teotihuacán y los mexicas (Girard, 1962).

Coe apoya la tesis de la peregrinación desde la Tula mexicana, con base en lo que los mismos quichés y cakchiqueles cuentan en sus historias del origen, donde, interpreta el investigador, "afirmaban haber llegado de occidente, desde México" (Coe, 1990).

ESPACIO SAGRADO
Como en todo pueblo antiguo, el mundo es una creación divina y, por tanto, en la naturaleza se expresan las diversas divinidades, pero entre los mayas se divide en cuatro rumbos (los puntos cardinales de Occidente) y un centro, que guardan relación con los movimientos solares. Asimismo, los tres niveles del mundo: cielo, tierra e inframundo, se relacionan con los dioses de esos ámbitos, cuyos representantes son los animales y plantas que los pueblan. (Abajo, representación de dioses en el Códice Dresde. Maria Sten, 1978).
A. Benavides Castillo et al., Los últimos reinos mayas, cnca, México, 1998.

Pero, según Benavides, el Tollan que se menciona en el Popol Vuh y en Los anales de los xahil o cakchiqueles es mítico y en realidad se refiere a Chichen Itzá; asimismo, la Serpiente Emplumada de quien se habla es el rey Nacxit-Xuchit, que se daba a sí mismo ese título, Kukulkán, en maya yucateco; Gucumatz, en quiché (Benavides, 1998).

Por otra parte, Mercedes de la Garza ha señalado que el culto a la Serpiente Emplumada es más antiguo que la influencia de los grupos toltecas en el Postclásico y que incluso se remonta al periodo Preclásico, en Izapa (De la Garza, 1984).

Sean inmigrantes provenientes de México o del Chichen Itzá mexicanizado, diferentes estudios reconocen que las influencias de los extranjeros o yaquis no eliminaron la continuidad de la cultura maya sino, por lo contrario, se incorporan a ella de manera natural. Así, esta toltequización de lo maya implica sobre todo una absorción de la lengua y de la cultura locales por los inmigrantes de origen o influjo mexicano (Rojas, 1992).

Zona arqueológica de Palenque, Chiapas.
Foto: Francisco Emilio de la Guerra.

Conquista del Quiché

En la conquista del pueblo quiché, los españoles, al mando de Pedro de Alvarado, repitieron el modelo de guerra practicado contra México-Tenochtitlán. Aprovecharon las disputas entre quichés y cakchiqueles para obtener el apoyo de los segundos, pese a las advertencias que recibieron en 1520 de parte de embajadas procedentes del imperio mexicano (Drew, 2002).

Asimismo, como ocurrió en Cholula y en el Templo Mayor, Pedro de Alvarado hizo la guerra con extrema crueldad destruyendo y quemando Cumarcaaj o Utatlán, la capital quiché. Posteriormente, traicionó a sus aliados cakchiqueles, quienes se rebelaron y abandonaron su capital, pero fueron aplastados de igual manera en 1530 (Coe, 1990; Rojas, 1992; Drew, 2002).

La Conquista no escapó a la visión mítica maya, y mientras Alvarado exageró los peligros y "perversidades" de los quichés para justificar sus iniquidades y la quema de la ciudad, a la que calificó de "casa de ladrones más que de pobladores", los quichés recuerdan la batalla del Pinar, en la que fueron derrotados, por el valor de Tecún Umán, uno de sus jefes, que combatía bajo la protección de sus naguales águila y quetzal, y sobre quien, al morir atravesado por la lanza de Alvarado, se eleva un quetzal, que se convierte en el símbolo de la libertad y la resistencia indígena.

La literatura maya y el Popol Vuh

En principio recordemos con Demetrio Sodi M. que a diferencia de la literatura náhuatl, la maya no tiene una homogeneidad que la defina como patrimonio de un solo grupo y una cultura. Asimismo, lo que ha sobrevivido como literatura son textos en lenguas mayences escritos en caracteres latinos después de la Conquista, en ningún caso una traducción, aunque se sospecha que algunas partes fueron copiadas de libros antiguos. Significativamente, el Popol Vuh tiene marcas temporales y espaciales referidas al periodo colonial.

Carlos Lenkersdorf recuerda los motivos religiosos que llevaron a las autoridades coloniales a destruir y prohibir la circulación de los textos indígenas, ante la persistencia de éstos en tratar de preservarlos: "El afán de erradicar la idolatría motivó a las autoridades eclesiásticas a quemar los libros en la región maya y en otras áreas de los pueblos autóctonos. Además, se decretó la prohibición de 'canciones' y otras prácticas por el III Concilio Provincial Mexicano de 1585" (Lenkersdorf, 1999).

De los libros mayas coloniales, dice Mercedes de la Garza, "fueron escritos por los mismos mayas del ocaso de ese periodo [Postclásico], con la finalidad manifiesta de preservar las antiguas costumbres y tradiciones religiosas [provenientes del Clásico], es decir, la identidad del pueblo maya frente a la invasión de la cultura occidental" (De la Garza, 1998).

Por su parte, David Drew, con base en estudios de inscripciones en monumentos y cerámica por parte de Coe y Karl Taube, refuerza esta opinión y señala que "ahora hay evidencias incontrovertibles de que los temas más importantes del Popol Vuh eran familiares y circulaban libremente por las tierras bajas en los tiempos clásicos" (Drew, 2002). Pero entre los detractores del Popol Vuh se cuenta René Acuña, quien creía que el libro era un artificio del padre Francisco Ximénez para evangelizar a los pueblos de la región quiché. Apoya su idea, entre otros argumentos, en la comparación con una Theologia indorum, del padre Domingo Vico, y en la inexistencia de un "original" del texto (Acuña, 1979).

LENGUAS MAYENCES
Entre 28 y 35 grupos etnolingüísticos conforman la familia maya, con un desarrollo cultural relativamente autónomo. Dos son las principales familias protolingüísticas: la familia proto Guatemala-Yucatán y la familia proto Chiapas (desarrollada en Chiapas, Tabasco, Petén y Honduras). No se toma en cuenta la familia proto huasteca, asentada al norte de Veracruz, que se considera una separación previa, ocurrida alrededor del año 500 a.C., antes de las conquistas culturales que caracterizan a los mayas del sureste. (Ayala, 1993; García Payón, 1976; Morley, 1947). En la imagen se muestra el mapa de la península de Yucatán, con los principales emplazamientos y grupos lingüísticos.
Louis-Jean Calvet, Historia de la escritura, Paidós, Barcelona, España, 2001.

El origen del Popol Vuh es incierto, en cuanto que no se sabe quiénes son sus autores indígenas; según Adrián Recinos, se supone que pertenecieron a los últimos descendientes de la nobleza quiché y realizaron la transcripción de memoria o por transmisión oral de un códice ya inexistente, lo hicieron en su lengua original pero en caracteres latinos por el año de 1544, evidentemente después de la Conquista.

Lago Atitlán, Guatemala.
Foto: Francisco Emilio de la Guerra.

También Francisco Monterde habla de un tal Diego Reynoso, autor de un vocabulario, pero no se dan mayores detalles de tal personaje, si era español o criollo o un quiché rebautizado. En todo caso, enfrentados a la lectura del Popol Vuh, resulta irrelevante la identidad del autor, pues el libro se revela a sí mismo como un texto colectivo, desde luego de los quichés, pero no sólo de ellos, sino incluso de la humanidad.

El Popol Vuh, también llamado Manuscrito de Chichicastenango, fue entregado cerca de 1700 al padre Francisco Ximénez, quien había logrado la confianza de la población, y durante tres años trabajó en su traducción, que tituló Empiezan las historias del origen de los indios de esta provincia de Guatemala, traduzido de la lengua quiché en la castellana para más comodidad de los Ministros del Sto. Evangelio por el R. P. F. Francisco Ximénez, cura doctrinero por el real Patronato del Pueblo de Sto. Tomás Chuíla.

Iglesia de Santo Tomás Chuíla, Chichicastenango, donde fue hallado el manuscrito con la traducción castellana del Popol Vuh.
Foto: Francisco Emilio de la Guerra.

Más tarde, trabajó en una traducción mejorada del texto que incluyó en su Historia General de la Provincia de Chiapa y Guatemala, que terminó en 1721, al lado de su transcripción, de la que se supone parten todas las versiones actuales.

Ximénez no da noticias sobre lo ocurrido con el manuscrito recibido, por lo cual sólo se conocen las versiones que él hizo en su parroquia de Santo Tomás Chuíla, hoy llamado Chichicastenango, pero su transcripción incluye pocas pinturas y ocasionalmente un jeroglífico, dice Dennis Tedlock, quien ha consultado el manuscrito de Ximénez que se conserva en la Biblioteca Newberry de la "Plaza de las Cebollas Salvajes", es decir, Chicago.

Sin embargo, al comentar el texto, Tedlock señala que existe una dialéctica entre la escritura y las imágenes en los antiguos códices mayas que se traslada a este libro sagrado. En momentos, los escritores del Popol Vuh parecen describir pinturas como si estuvieran frente a las imágenes de un códice, mediante el reiterado uso de la expresión: "Éste es", "This is..." (Tedlock, 1996)

El Popol Vuh, por su temática, se ha dividido en dos partes: una mítica, que habla de la creación por los dioses del mundo y de los hombres; y otra histórica, referida a la genealogía de la dinastía quiché.

En la primera, se encuentran muchos de los valores sobre los dioses, el tiempo y el espacio que identifican a los mayas en general. La segunda es una interpretación mítica de la historia, al estilo de la que puede observarse en los textos homéricos, que explica la preeminencia de los quichés sobre otros pueblos.

Aunque su escritura, de acuerdo con el manuscrito de Ximénez, adopta las formas occidentales de la prosa medieval, por su lenguaje poético parece tratarse de un largo poema épico, más vinculado con las formas tradicionales de la poesía oral que con la narración histórica.

Así, es posible ubicar en el Popol Vuh recursos de la poesía prehispánica que fueron trasladados a la escritura alfabética después de la conquista. Entre ellos, los más característicos son los paralelismos ("Aquí comenzaremos..., aquí escribiremos...") y difrasismos (los Constructores, los Formadores).

 Sin embargo, anotemos, con Elisa Craveri, que estos recursos de estilo no sólo fueron característicos de los pueblos prehispánicos como el quiché, sino parte de una poética o "tentativa de conocer la realidad y de interpretar el papel del hombre en el contexto natural" compartida por muchas culturas de raíz oral.

Conclusión

El Popol Vuh es uno de los grandes libros que nos hablan, desde el pasado, sobre los orígenes de la civilización humana, acerca del tiempo primigenio cuando los hombres aún buscaban la unidad y la armonía con la naturaleza y lo sagrado, cuando trataban de entender con humildad las potencias que mueven al Universo y determinan el sentido de la existencia. Desde esa perspectiva, se trata de una obra con preocupaciones universales.

Pero al mismo tiempo es una obra que nos habla de la cultura de unos hombres en particular, de un tiempo y un espacio específicos, de sus logros materiales y espirituales, de sus derrotas, y de cómo, con espíritu épico, fundaron dinastías y formas de ver el mundo y concebir la historia, incluso cuando la historia parecía haber terminado para ellos.

En fin, que el llamado libro sagrado de los mayas sigue hablando desde una perspectiva poética de todo eso que constituye una raíz viva, una tradición cultural vigente más allá de las destrucciones del tiempo y las soberbias del poder.

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