Entendemos por infancia ese 'lapso de la vida humana que transcurre entre el nacimiento y el aflorar de la pubertad'. Su nombre proviene del de la infantia latina, de cuyas acepciones hemos adoptado las de 'primera edad' o 'niñez' pero hemos olvidado la etimológica, 'falta de expresión', 'condición de infans', 'que aún no habla', del prefijo in-, negativo, más el participio activo fans, del verbo fari, 'decir', 'dar a conocer', 'predecir', cuyo origen se rastrea hasta el indeuropeo bha-, 'hablar'.
La primera documentación que del infans latino registra nuestro idioma es tardía: según Corominas, aparece en el Cantar del Mio Cid, en 1198, con las formas ifant e ifante, masculinas; pero advierte: ". como femenino, ya en los siglos X y XI", aunque pone en duda que sean, en ese tiempo, "realmente romances".
Mi maestro (por elección de autodidacto) don Ramón Menéndez Pidal demostró, en buena copia de ejemplos, que infante designaba al principio al 'mozo noble, aunque ya fuese caballero y aun casado, hasta que heredaba a su padre'; esta acepción, usual hasta el siglo XII, y bien conocida, siguió viva en boca de juglares hasta los romances viejos; pero ya en el siglo XIII se reservaba esta denominación para los 'hijos de los reyes'. En este sentido fue vocablo común a los tres romances hispánicos, y desde España (probablemente por el catalán) se extendió a Italia. El sentido general de 'niño' se halla todavía en el Cid; después pasa a ser vocablo culto. En la acepción de 'soldado de infantería' se tomó del italiano fante, que, además de 'muchacho', 'mozo', significaba 'servidor', 'criado'.
El drae, a partir de la entrada infancia, registra diecinueve voces de la familia morfológica de infante, ésta incluida, más derivados y compuestos.
Fantoche adviene al español, mediante el francés (con esa misma grafía), del italiano fantoccio, 'muñeco en figura humana', acepción ésta que pasa a ser la cuarta en nuestro idioma, donde está precedida por las de "persona grotesca y desdeñable", "sujeto neciamente presumido" y "persona vestida o maquillada de forma estrafalaria" (Academia). La "acción propia de un fantoche es una fantochada" (Academia).
Asimismo reconocen la raíz latina fa-, que lo es de 'lo que se enuncia, se profiere', nuestro nefando 'de lo que se debe no hablar', por repulsivo u horroroso; y prefacio (y el neologismo posfacio, 'epílogo'), tomado del latín praefatio, 'fórmula recitada antes de una ceremonia', 'presentación', 'exordio', 'preámbulo' o bien 'prólogo', tal como seguimos empleándolo.
Y ahora, dispóngase a recibir una sorpresa.
Pese a la Academia, que quiere traer el adjetivo chulo, la, primero "del mozárabe súlo", y luego "éste del latín sciolus, enteradillo" (drae), lo cierto es que son términos que ahondan su origen en el latín fan-, del indeuropeo bha-, 'hablar', y florecen y fructifican en la chulada, en el coloquial cubano chulampín, en chulángeno, na, chulapo, pa, el verbo chulear, el venezolano chuleo, chulería y chulesco (pero no chulé, el 'duro o moneda de cinco pesetas', porque es voz de cepa caló).
El propio drae ofrece nueve acepciones en la entrada chulo, la; la que, como veremos ayuso, corresponde a la denotación es la quinta: "Individuo de las clases populares de Madrid, que se distingue por cierta afectación y guapeza en el traje y en el modo de conducirse."
Corominas, de quien la Academia copia, casi textualmente, la definición arriba transcrita, la hace anteceder de otra: "que se comporta graciosa pero desvergonzadamente", y más adelante explica: "es antigua voz jergal, que en la germanía del siglo de oro significaba 'muchacho (en general)', procedente del italiano ciullo 'niño', aféresis de fanciullo (.) que a su vez es diminutivo de fante."
¡Qué tal! Sorprendente, ¿no?