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Correo del Maestro Núm. 101, octubre 2004

Entre civilización y barbarie*

Ana Martínez Villalba

Desde el pasado 1º de agosto entró en vigor en la ciudad de México la Ley de Cultura Cívica. Esta ley tiene el objetivo de promover la convivencia armónica entre capitalinos a través del establecimiento de reglas mínimas de comportamiento, y no respetarlas nos convierte en 'infractores cívicos', es decir, en personas que con actos u omisiones lesionan la dignidad, la tranquilidad, la salud, la seguridad, el libre tránsito, el medio ambiente, los servicios o el entorno urbano. Y ¿quiénes pueden ser considerados infractores? Pues todos aquellos mayores de 11 años que cometan actos u omisiones considerados como violatorios de esa ley. Así que hoy, nuestros niños y jóvenes pueden ser infractores sujetos a una amonestación, una multa o un arresto administrativo. Pero (dejando un poco de lado lo oportuna o excesiva que pueda ser esta ley), ¿por qué tanto interés en mejorar esto de la 'convivencia cívica'? Tal vez por la urgencia actual (un poco derivada de la incompetencia del pasado) de tener ciudadanos que, una vez que sean capaces de convivir en el mismo espacio, puedan participar efectivamente en las decisiones públicas de mayor envergadura. Todo ello en favor del desarrollo pleno del que hoy parece ser el 'diseño político' más efectivo: la democracia.

Lo anterior es sólo un ejemplo, pero en general, en nuestros días parece tomar singular valor todo aquello que tiene que ver con la civilidad, es decir, con la intención de desarrollar 'buenos' ciudadanos para no regresar a la condición de salvajismo de la cual nos extirpó el surgimiento del Estado. Y es en la escuela -en los cursos de civismo- donde se supone que aprendemos sobre el paso de lo salvaje a lo civilizado y cómo se las arregla nuestra nación (a veces con muchos problemas) para permanecer en esta última fase.

Sin embargo, la importancia que hoy se le da al tema muestra claro ante nuestros ojos el fracaso de las asignaturas que intentan desarrollar la formación cívica entre los jóvenes de secundaria y preparatoria. Para José Antonio Crespo, investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas (cide), y autor del libro La democracia real explicada a niños y jóvenes (fce, México, 2004), tal fracaso se debe a que el formato de estos cursos peca de abstracto y general. Esto es, centra sus contenidos en descripciones maratónicas y casi incomprensibles sobre la estructura del Estado, los tipos de regímenes políticos y los artículos más representativos de la Constitución Política nacional, entre otros somníferos. De tal manera que nada de ello parece tener relación con la vida cotidiana del estudiante, con su vida en comunidad, es decir, en la societas civilis.

Por lo anterior, José A. Crespo propone en su texto partir de la experiencia personal y directa de los estudiantes para después conectarla con la explicación del funcionamiento de las instituciones formales y los procesos políticos nacionales más complejos, con el fin de impulsar una verdadera 'socialización democrática' de niños y jóvenes.

Y no podía ser hoy más acertada y oportuna la preocupación del doctor Crespo. Hoy que alrededor del mundo se exige la entrada en escena de lo que el politólogo inglés John Rawls ha llamado 'ejercicio de la razón pública', propuesta que ha encontrado incondicional apoyo del Premio Nobel de Economía 1998, Amartya Sen. Pero, ¿a qué se refieren con eso? Pues bien, se trata de la oportunidad que tienen los ciudadanos de incidir en las decisiones públicas. Oportunidad que se vuelve invaluable ante la injusta distribución de la riqueza que ha provocado la práctica económico-política neoliberal de la mayoría de los países centrales y la incapacidad de equilibrar la libertad individual con la justicia social. Desgraciadamente, esta situación ha ocurrido durante el ejercicio del tan codiciado modelo político democrático, frente a lo cual podríamos preguntarnos: ¿sigue siendo la democracia una solución a los problemas sociales que se sufren en gran parte del planeta? Cerebros como los de Rawls o Sen intentan, ante tan desolador panorama, probar que este modelo puede permanecer de pie. La condición es propiciar el debate público, dar ocasión para hablar y escuchar sin ningún temor. El ejercicio de la democracia no se reduce a las campañas políticas en tiempos de elección, ni al voto libre. El trabajo es mucho más complejo. Tendríamos que construir los medios que nos ayuden a vigilar las acciones públicas. La repetidamente mencionada 'transparencia' es un ejemplo; es la invitación que se hace a los ciudadanos a saber qué pasa en el gobierno -lo que debería ser hoy más una obligación que un derecho-. Es también deber nuestro velar por la existencia real de la oposición política, reclamar a las autoridades la oportuna rendición de cuentas y la respuesta expedita a las necesidades sociales más apremiantes.

Pero, ¿cómo se construyen esos medios de regulación democrática?, pues sólo a través del ejercicio cotidiano, ya que, créase o no, nuestra vida está llena de decisiones políticas, y demostrarlo debe ser el objetivo principal de las asignaturas de formación cívica y ética incluidas en los planes educativos de nuestro país. Y es precisamente ésta la invitación que José Antonio Crespo hace a maestros, padres y jóvenes en su libro La democracia real explicada a niños y jóvenes. En él, el autor nos ofrece una estrategia clara y sencilla para explicar qué es la política y cómo participamos todos de ella; además, por la forma en que ha sido organizado, puede convertirse en material de apoyo para la planeación de lecciones escolares.

La dinámica general que sigue el texto es ir de abajo (experiencia directa de los niños y jóvenes) hacia arriba (explicación sobre el funcionamiento de las instituciones formales y los procesos políticos). Por ejemplo, después de dar explicaciones breves y de fácil comprensión acerca del uso del poder, nos muestra cómo éste se ejerce en nuestras familias de padres a hijos, o aun entre hermanos; en la escuela o en el equipo de futbol del que formamos parte, hasta llegar a la descripción del juego poder-obediencia que sirve de base para el funcionamiento de los partidos políticos y del gobierno nacional en general. De esa forma, cuando pasamos a temas como abuso de autoridad, legitimidad, impunidad, rendición de cuentas, entre otros, nos queda claro cómo es que estas acciones se reproducen tanto en nuestra vida privada como en el espacio público.

Otro gran acierto es proporcionar, al término de cada capítulo, un pequeño glosario que recuerda y refuerza las categorías clave que se han estudiado (toma de decisiones, conflicto de interés, anarquía, autoritarismo y democracia, sólo por mencionar algunos), que pueden aparecer nuevamente en un apartado posterior, pero corregidas y aumentadas después de la discusión de elementos cada vez más complejos que se van agregando.

Así, para José Antonio Crespo no es imposible explicar, desde el lenguaje y la experiencia de niños y adolescentes, qué significa ciudadanía, qué es un consenso, cuál es la diferencia entre representación y representatividad y cuál el origen y naturaleza de los partidos políticos. Y es que ésta -según sus propias palabras- es la única manera de lograr que los estudiantes comprendan el funcionamiento real de la democracia, adecuen su comportamiento a ella y sean capaces de exigir lo que ésta les puede ofrecer. Solamente así, la educación cívica dejaría de ser la 'prédica' de valores humanitarios y comunitarios, para convertirse en una fuente de información sobre cómo funciona la democracia en la vida real.

Foto:  Archivo.


*Reseña del libro La democracia real explicada a niños y jóvenes, de José Antonio Crespo, FCE, México, 2004, 191 pp.

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