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El Calendario Azteca en la Catedral
José Luis Juárez López
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Este año que el Museo Nacional de Antropología está de fiesta celebrando su aniversario número cuarenta es oportuno hablar de su pieza más representativa, el Calendario Azteca. En 1964, este singular ejemplo del amplio conocimiento científico de las culturas prehispánicas encontró un nuevo albergue después de que estuvo 79 años en el antiguo Museo Nacional, y de que antes permaneció empotrado en una de las torres de la catedral durante 95 años. Enseguida analizaremos este último lapso que consideramos importante en la génesis de este símbolo del México antiguo y moderno.
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Detalle de la Piedra del Sol.
Foto: José Luis Rojas Martínez. MNA-CNCA-INAH |
El llamado Calendario Azteca es una pieza representativa del México prehispánico que siempre ha causado los más diversos comentarios y reacciones. Fue desenterrado el 17 de diciembre de 1790 en la Plaza Mayor de México. Su descubrimiento, junto con el de otras piezas de la cultura mexica, entre ellas la Coatlicue y la llamada Piedra de Tizoc, constituye el punto de partida del interés por las consideradas antigüedades del país,1 que inició justo en el momento en que era evidente un indigenismo criollo que pretendió validar los aspectos de la historia indígena. Autores como Francisco Javier Clavijero y Mariano Veytia fueron algunos de los difusores de este movimiento.
Tanto la Coatlicue como la Piedra de Tizoc fueron instaladas en el patio de la Universidad, pero el Calendario Azteca se trasladó al entonces cementerio de la Catedral y finalmente se empotró al pie de una de sus torres en 1791.2 La Piedra del Sol formó parte de la decoración de la Catedral, y en ese año se puso también la cruz de la primera torre. La pieza le dio un nuevo rostro a la Plaza Mayor, ya que en esa época se retiraron los puestos de mercado de este gran espacio para instalarlos en la Plaza del Volador. La Piedra del Sol, por lo tanto, fue parte de la transformación de la ciudad de México en el siglo XVIII.
A partir de su instalación en la Catedral, esta piedra azteca se fue convirtiendo en un referente de la ciudad. De esta manera se inició un periodo extraordinario para el monolito, que duraría 95 años.
La larga permanencia del Calendario Azteca en un lugar público, donde prácticamente todos lo podían ver, propició que propios y extraños repararan en él y emitieran juicios al respecto. Echar un vistazo a la piedra, poco a poco se fue haciendo parte obligatoria de lo que se consideraba conocer la 'muy noble y leal ciudad de México'. Hacia 1803, Alejandro de Humboldt, por ejemplo, se asombró al ver las dimensiones de la pieza y aseguró: "Pocas naciones han movido masas mayores que los mexicanos".3 Años más tarde, Frances Calderón de la Barca narró en una de sus célebres cartas que al salir de la Catedral después de oír misa vio el Calendario Azteca. Lo describió como una piedra redonda cubierta de jeroglíficos que se encontraba empotrada en uno de los lados exteriores de la Catedral.4 Otros visitantes se refirieron a él como el 'Reloj de Moctezuma' y decían que había generado una considerable especulación entre los anticuarios.5 El viajero Mathieu de Fossey aseguró que el Calendario Azteca era el monumento prehispánico más célebre y que antes de la llegada de los españoles decoraba el Gran Teocalli. Reconocía en él un receptáculo de conocimientos, pues:
| .cuando se tienen las claves de todos los signos representados en círculos concéntricos en aquella piedra, se asombra uno al ver la precisión de las observaciones y la exactitud de los cálculos astronómicos de unos pueblos que, bajo muchos aspectos, estaban aún en pañales en cuanto a civilización.6 |
Prácticamente la mayoría de los viajeros que entonces visitaron México le pusieron atención a este monolito, ya por interés propio o porque se encontraba en la construcción más importante de la ciudad, que era la Catedral. Esta construcción, aun en momentos como el de la invasión estadounidense, causó estupor y se le vio como una construcción magnífica e imponente.7 La Piedra del Sol la complementaba.
Una visita a la Catedral terminaba con una observación al Calendario. Así lo dejó registrado una de las damas de compañía de la emperatriz Carlota durante el Segundo Imperio. Apuntó que en la parte occidental del muro externo de la Catedral había una piedra que era el calendario de los aztecas. El trabajo, dijo, era maravilloso y probaba claramente a los astrónomos cómo eran científicamente eruditos los aztecas y cuán poca necesidad tenían de aprender de los europeos.8
En su camino hacia convertirse en referente de la ciudad de México, el Calendario Azteca quedó plasmado en varios cuadros, ya de la Catedral o de la Plaza Mayor. Aparece en obras como la de George Ackerman titulada Mexico View of the Great Square and Catedral, de 1823, y en La entrada del general Scott a México, de Karl Nebel, de 1851. En esta última se le ve como testigo de los acontecimientos de la invasión estadounidense.
Pero la gran pieza arqueológica que hablaba del pasado prehispánico del pueblo de México fue objeto también de una serie de comentarios muy ambiguos que dejan ver varios aspectos. El primero, que no se le entendiera y se le considerara una cosa oscura del pasado de México que hacía referencia a la idolatría, los sacrificios y la ignorancia. Otro, que se le aplicaron nombres como El Reloj de Moctezuma, Almanaque de los Indios, Calendario de los Indios y Rueda del Sol, esto a pesar de que Antonio de León y Gama ya había establecido que esa piedra más bien era un documento que señalaba que en el México anterior a la Conquista hubo un profundo conocimiento del tiempo y de su división.9 Y uno más que repetía lo establecido por C.C. Becher y R. Burford: que la gran piedra de pórfido basáltico representaba únicamente el calendario de los mexicanos o que sus jeroglíficos no habían sido descifrados por los europeos y, por lo tanto, no se entendía en el mundo occidental.10
Pero el registro de ese amplio lapso en que el Calendario Azteca estuvo a la intemperie muestra igualmente un desinterés. Pasó casi un siglo expuesto a las inclemencias del tiempo y sus figuras se deterioraron a consecuencia del maltrato de los visitantes, quienes en ocasiones le lanzaban piedras u otros instrumentos, como lo expresó en tono de queja el mismo Antonio de León y Gama.
El Calendario Azteca ciertamente despertó el interés por los conocimientos de un pueblo que se consideraba remoto y olvidado. Su papel decorativo y su peso de 25 toneladas causó asombro en propios y extraños. En 1885 se tomó la determinación de trasladarlo al Museo Nacional de la calle de Moneda. El Monitor Republicano hizo toda una crónica acerca de su traslado. Dicha crónica se realizó a petición de los lectores que continuamente preguntaban qué iba ser del Calendario.11
La decisión de resguardar el Calendario Azteca parecería el resultado del interés de los intelectuales porfiristas que desde el último cuarto del siglo XIX retomaron los temas indígenas,12 pero también pudo haber sido una medida tomada en silencio, ya que la ciudad se estaba europeizando y el Calendario Azteca desentonaba. Era un indio en una tierra que aspiraba a un modelo europeo. ¿Se le puso en el museo para protegerlo y para que formara parte de una colección prehispánica y así presentar a México como un pueblo protector del indigenismo exótico? No olvidemos, incluso, que justo después de meter el Calendario Azteca al Museo Nacional, la ciudad de México se engalanó con monumentos y paseos. Y entre ellos surgió otro símbolo indígena, el Monumento a Cuauhtémoc,13 en pleno Paseo de la Reforma. Éste se convirtió de inmediato en pieza favorita de los porfiristas y, además, su interpretación era más fácil que la del antiguo calendario.
Estudiar el Calendario Azteca como un fenómeno cultural, social e incluso artístico, complementaría los estudios que ya se han hecho en torno a su contenido y descripción; pero creemos que también es preciso apuntar que su estancia en el Museo Nacional de Antropología es apenas de 40 años y que el periodo que pasó al lado de la Catedral fue el más largo y, por lo tanto, debe ser analizado como parte sustancial de la historia de la ciudad de México e incluso del país en el siglo XIX.
Notas
1Jaime Castañeda Iturbide, Gobernantes de la Nueva España, vol. 2., México, DDF / Socicultur, 1986, pp. 116-117.
2José Gómez, Diario curioso y cuaderno de las cosas memorables en México durante el gobierno de Revillagigedo (1789-1794), México, UNAM, 1986, p. 40.
3Alejandro de Humboldt, Ensayo político sobre el Reino de la Nueva España. México, Porrúa, 1984, p. 225.
4Madame Calderón de la Barca, La vida en México. México, Porrúa, 1997, pp. 200-201.
5Albert M. Gilliam, Viajes por México durante los años 1843 y 1844. México, CONACULTA, 1996, p. 119.
6Mathieu de Fossey, Viaje a México. México, CONACULTA, 1994, p. 121.
7George Baker, México ante los ojos del ejército invasor de 1847, México, UNAM, 1978, p. 105.
8Paula Kolonitz, Un viaje a México en 1864, México, FCE , 1984, p. 98.
9Antonio de León y Gama, Descripción histórica y cronológica de las dos piedras, México, SEP/IPN, 1978, pp. 3-4.
10C. C. Becher, Cartas sobre México, México, UNAM, 1959, p. 81; R. Buford. México en 1923 según el panorama de Burford, México, Librería de Manuel Porrúa, 1959, p. 31.
11Eduardo Matos Moctezuma, Las piedras negadas. De la Coatlicue al Templo Mayor, México, CONACULTA, 1998, p. 52.
12Mauricio Tenorio Trillo, Artilugio de la nación moderna. México en las exposiciones universales 1880-1930, México, FCE, 1998, p.p. 122 -125.
13Antonio García Cubas, Geografía e historia del Distrito Federal, pp. 75- 81; Mauricio Tenorio Trillo, De cómo ignorar, p. 31. |
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