Los del sureste (tabasqueños y mayenses: campechanos,
yucatecos y quintanarroenses) tienen fama de ser maestros
en eso de lo que ellos llaman cultivo (de la vanidad
personal) y que no es otra cosa sino el dar coba
al engreído con el propósito de que él mismo contribuya,
para mayor vergüenza, a la exhibición, o puesta en evidencia,
de su exagerada autovaloración.
Aquí, por el Anáhuac, tampoco andamos mal en ese mismo
arte, al que llamamos tanteo: baste recordar las balmoriadas
que llegaron a provocar el suicidio de algunas de las víctimas de tan sañudas
bromas.
La lógica reacción a ese tipo de chanzas ya la
consagró Zorrilla en el Tenorio, al poner en boca del capitán: “Si es broma
puede pasar, / pero a tal punto llevada / ni significa ya nada / ni os la
he de tolerar.” Escena que, con la intención de hacer un chiste, se invierte
cuando el que ha oído de su airado interlocutor una andanada de insultos,
le pregunta: –¿Todo esto me lo dice en serio? –¡Sí!, le confirma el otro,
ya exasperado. Y el vapuleado cachazudo le contesta: –Menos mal, porque, si
fuera en broma, resultaría demasiado pesada.
Ese tono de sorna con que se expresa tal burla
fina y disimulada es el irónico, adjetivo que, vía el latín, heredamos
del griego eirooneikós, de eirooneía, ‘ironía’, figura retórica,
también llamada antífrasis, que consiste en “dar a entender lo contrario
de lo que se dice”, según la Academia.
De burla, el drae pone que viene “del latín *burrula,
de burrae, -arum, necedades, bagatelas”, y define: “Acción,
ademán o palabras con que se procura poner en ridículo a alguien o algo.”
Luego lo hace sinónimo de chanza.
En esta voz el propio drae explica que hablar de chanza
es hacerlo “aparentando sinceridad cuando realmente no se habla de veras”.
El latín tiene un verbo, irridere, del que el español
ha heredado la acción y efecto, irrisorio, -onis, de donde irrisión,
término que el drae define como “burla con que se provoca a risa a costa de
alguien o de algo”, y de ahí los adjetivos irrisorio, -a, “que
mueve a risa”, o “insignificante por pequeño”.
En este mismo campo semántico recuerdo mofa y en
el drae hallo: “Burla y escarnio que se hace de alguien o de algo con palabras,
acciones o señales exteriores”, y el verbo mofarse.
A propósito de señales exteriores, hay un gesto de asco
o disgusto que se manifiesta por una elevación de las comisuras de los labios
superiores –en virtud de unos pequeños músculos, los risorios de Santorini–
y que también expresa desdén o desprecio en apoyo de un sentimiento
de burla.
Tal gesto se repite cuando se habla de befa, dicción,
ésta, a la que el drae asigna un origen “emocional”, y a la que define como
“Expresión de desprecio grosera e insultante”, sin referirse a la intención
de burla, aunque, poco más adelante, en la entrada befar, sí
hace este verbo sinónimo de “Burlar, mofar, escarnecer”. Por cierto, omite
el dato de que suele usarse como pronominal.
En dos de las citas que de suso he hecho, la Academia
emplea el verbo escarnecer, acerca del cual la propia docta (?) institución
explica: “de escarnio, y éste quizá del gótico *skairnjan; compárese
con el alto antiguo alemán skërnonon, burlarse”. Tres entradas más
adelante define escarnio como “Burla tenaz que se hace con el propósito
de afrentar”.
Lo cual me trae a las mientes la idea de sarcasmo.
Con lo que se llega al grado superlativo: bástenos al respecto copiar: “(Del
latín sarcasmus, y éste del griego sarkasmós.) Burla sangrienta,
ironía mordaz y cruel con que se ofende o maltrata a alguien o algo.”
Andaba quedándoseme en la punta del lápiz el sustantivo
ludibrio, voz de origen también latino, y que viene a significar ese
‘infame juego con que se toma a risa el dolor ajeno’. Ésta sí es definición
mía.
Para mejor ocasión guardo los matices, asimismo asociados
a la ridiculización, de sardónico y satírico.