En un artículo anterior (Correo
del Maestro, Núm. 88) analizamos algunas de las
características de la sociedad del conocimiento
y la influencia que las distintas innovaciones tecnológicas
han tenido prácticamente en todas las dimensiones
de la actividad humana. Para ello, diferenciamos
el acceso físico al conocimiento –tener a
disposición un teclado, un mouse, un control remoto,
etcétera–, del acceso lógico, o sea, la posibilidad
de encontrar lo que se busca cuando se necesita
y de comprender lo que ofrecen los nuevos dispositivos;
o, en otros términos, la oportunidad de enfrentarse
de manera competente con las nuevas lecturas y escrituras.En
ese punto, revalorizamos a la escuela como el lugar
en el que TODOS deben desarrollar las competencias
que les permitan acceder plena y críticamente a
estas nuevas posibilidades a las que TODOS tenemos
derecho.Finalmente, en aquel primer escrito enfatizamos
la centralidad de la confianza –en el futuro,
en el saber, en el docente y en el alumno–
como condición necesaria para educar y para aprender.En
esta oportunidad, y aunque parezca paradójico entre
tanto circuito integrado, reivindicaremos otros
valores y acciones esencialmente humanas –el
diálogo, la curiosidad, la capacidad de preguntar,
etcétera–, imprescindibles a la hora de brindar
mejores herramientas intelectuales y oportunidades
formativas a las nuevas generaciones para que construyan
una sociedad superadora, más justa que la nuestra.
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La escuela como espacio de diálogo
Enseñar es brindar a cada alumno las oportunidades que
necesita para que se apropie de los interrogantes de las generaciones pasadas,
construya sus respuestas y formule nuevas preguntas que orienten la búsqueda
de nuevas respuestas.
Sólo si hay preguntas, inquietudes, necesidades, curiosidad,
puede haber aprendizaje. Ahora bien, sólo si hay confianza y diálogo puede
haber preguntas. Y para que haya un diálogo verdadero es necesaria la confianza
en la escucha mutua. Despleguemos un poco estas ideas.
Acerca de las preguntas
Como decíamos, se conoce preguntando. La pregunta es
condición necesaria para aprender significativamente.
Pero, ¿cuánto preguntamos hoy en día? ¿Tenemos los tiempos
y espacios -o sea, la libertad- necesarios para dar lugar
a la curiosidad? ¿Qué respuestas recibimos? ¿Qué respuestas
damos a las preguntas de nuestros niños?
Es más, podríamos preguntarnos ¿Cuidamos las preguntas
de nuestros chicos? Pensémoslo como adultos: ¿cuánto conservamos de nuestra
propia curiosidad? ¿Perdimos –aunque sea en parte– la habilidad de preguntar?
¿Qué lugar tienen en este proceso los medios de comunicación? ¿Y la escuela?
A propósito, Philipe Meirieu plantea que muchas veces
en la escuela se intenta transmitir las respuestas que dieron los hombres
que vivieron antes de nosotros, pero sin recuperar las preguntas que
les dieron origen, las de aquel tiempo, cuando estos mismos conocimientos
estaban vivos a partir de preguntas como ¿de dónde vengo y de qué soy heredero?
¿De qué estoy hecho? ¿Hasta qué cifra se puede contar? ¿Existe de veras el
infinito? ¿Dónde acaba el mundo?
Muchas de aquellas preguntas son las que les surgen a
los niños de cada generación.
De los diálogos
En la calle, en la vida cotidiana, fuera de la escuela,
se aprenden muchas cosas. De hecho, la escuela ha pecado durante años
de discriminar estos saberes, considerándolos casi inútiles y dejándolos del
otro lado de la puerta de calle. De esta manera, más de una vez hemos enseñado
temas que, al menos para un grupo de alumnos, aparecieron desconectados de
su propio contexto y, entonces, quedaron mucho más cerca de lo irrelevante
que de lo valioso.
Hay saberes que se aprenden sólo en la escuela.
Hay un conjunto de saberes que es imposible construir sin la guía de un maestro
que aliente y acompañe a sus alumnos en la búsqueda de respuestas propias
a las preguntas fundamentales del hombre, esas que han dado origen y robustecido
las diferentes disciplinas. Hay muchísimas producciones y problemáticas de
Literatura, Matemática, Historia o Geografía que no están disponibles y no
aparecen necesariamente en lo ‘cotidiano’, y es la escuela el lugar en donde
se pueden estudiar, cuestionar y compartir.
Esta reflexión está lejos de ser un lamento melancólico
que añora recuperar aquella soberbia del ‘todo lo importante está dentro de
la escuela y es lo que sabe el maestro’; se basa en la convicción de que resulta
estratégico reconocer que en la actual configuración de la sociedad del conocimiento
hay actividades valiosas que se van perdiendo. Y que todos perdemos si éstas
se pierden.
Una de las actividades que se van deteriorando es la de
dialogar. Entre otras razones, por el empobrecimiento del lenguaje.
Si tenemos dudas, escuchemos a nuestros niños. Las nuevas
generaciones utilizan la misma palabra para nombrar a sensaciones o apreciaciones
muy diferentes. Por ejemplo, prestemos atención a cuántos sentidos y significados
que antes eran representados y comunicados con palabras diferentes, hoy son
dichos con una sola. Así, ‘bueno’, ‘buenísimo’, etc., pueden significar sabroso,
bondadoso, bien parecido, correcto, sano...
¿Otro ejemplo? A ver... ¿Utiliza usted correo electrónico?
Bien, compare las cartas que escribía, o que aún escribe, con los mensajes
electrónicos que hoy envía y recibe. ¿Qué diferencias encuentra? Varias, seguramente;
entre ellas, que cada vez escribe con menos palabras, que describe menos lo
que cuenta. Y bien, ¿cuál es el problema de que estas palabras se dejen de
escribir, de pronunciar, de enunciar? El problema es que sin ellas hay menos
simbolización, menos pensamiento; que, en definitiva, se piensa pobremente
y menos.
Y para acceder crítica, plena y lógicamente
al conocimiento disponible, hace falta cada vez más pensamiento. O sea, para
encontrar lo que se busca cuando se necesita; para comprender lo que ofrecen
los nuevos dispositivos; para desarrollar las competencias necesarias y enfrentar
críticamente las nuevas lecturas y escrituras, se necesita pensar cada vez
más y mejor. Por eso, eludimos el actual ‘canto de las sirenas’ enamoradas
de las innovaciones electrónicas, que puede traducirse en “relájate, con la
tecnología todo es más fácil”. Por el contrario, creemos que, más que nunca,
es imprescindible pensar. Y el diálogo es, a la vez, un instrumento y un escenario
para pensar, para comprender, para interpretar el cúmulo de informaciones,
de estímulos, de ofertas, que pueden abrirse a cada instante.
Ahora también hay nuevos códigos, en los que aparecen
iconos y un lenguaje que articula imágenes y textos, que abren oportunidades
que sería estúpido descartar y que, por el contrario, vale la pena explorar.
De hecho, los medios de comunicación, los electrodomésticos,
los juegos, las calles, etc., se van llenando de estas señales no textuales.
Sin embargo, para comprender esta nueva complejidad, para poder usarla crítica
e inteligentemente, también es necesario recuperar el tiempo y la actitud
de pensar. Y la escuela es el lugar para hacerlo. Es el espacio y el tiempo
para dialogar sobre los modelos que se ofrecen y se sostienen sobre los medios
de comunicación, sobre las nuevas y viejas modalidades de relación, etcétera.
Es más, podríamos decir que la escuela, a través de estrategias
dialógicas, debería facilitar la construcción de una comunidad de interpretación
de la vida cotidiana de los niños y/o jóvenes, integrada por docentes y alumnos.
Se trata, entonces, de concebir a la escuela como un espacio
de diálogo, como un laboratorio de análisis, de interpretación permanente
de lo que les pasa a nuestros alumnos. Si se me permite, se trata de transformarla
en un dialogatorio: un espacio al que los alumnos –confiados en la
escuela y en su docente– puedan traer sus dudas, su curiosidad, sus temas,
y en el que el docente pueda responder a esta confianza y, de paso, aprovechar
este escenario para vincular estos temas emergentes con los otros contenidos
que debe enseñar.
Pero, ¿qué relación puede establecerse entre lo dicho
y la educación de valores? Si abrimos un espacio de diálogo, de escucha, de
confianza, estamos también enseñando a respetar y a valorar la diversidad
de sujetos, miradas, realidades.
Toda práctica humana, toda actividad del hombre tiene
un carácter, un estilo, un fin. No existe una acción neutra, todo lo que hacemos
tiene influencia –directa o no– en el contexto en que estamos. Si coincidimos,
aunque sea preliminarmente, con esta afirmación, también podemos acordar que
el estilo, los fines –conscientes o no– de una actividad como la docente,
en la que un adulto tiene autoridad considerable sobre un grupo durante muchas
horas a la semana, enseña valores a esos mismos niños.
Cada vez que hablamos, pensamos, actuamos –y enseñamos–
hay valores en juego. Se enseñan valores a cada instante, en cada hora
de clase.
Veamos otro ejemplo: un maestro enseña historia. Estos
contenidos son aprendidos por cada alumno de diferente manera (según lo relevante
que sea el tema para cada uno, según cómo fue enseñado, etcétera). En el mismo
momento, también hay otras enseñanzas dadas por cuánta atención le presta
ese docente a los intereses de cada uno, a su opinión, a cómo aprende cada
uno de sus alumnos, cómo actúa frente a la indisciplina, etc., que configuran
la enseñanza de esos contenidos de historia y, a la vez, constituyen una enseñanza
de los valores que practica ese docente en su clase.
Como decíamos, en la escuela siempre se enseñan valores.
Es más, puede pensarse que siempre hay valores como telón de fondo de cada
acción. En cada momento, con lo que se hace y con lo que no se hace.
Volviendo a la vida cotidiana de los alumnos y a la escuela
como comunidad de interpretación, la familia, la escuela, los medios, etc.,
ofrecen relatos de la realidad que conviven en cada persona. Estos relatos,
más que frecuentemente están lejos de ser congruentes y compiten entre sí.
¿Cuál contextúa y cuál es contextuado? O, en otros términos, ¿cuál es el frente
y cuál el fondo?
La escuela puede o no constituirse en el espacio de explicitación,
despliegue e interpretación de las congruencias y conflictos que se dan entre
los modelos que representan estos relatos diversos. De hacerlo, además, aporta
a la construcción del acceso lógico de la persona al conocimiento social y
tecnológicamente disponible.
Aun podemos dar un paso más: si no es la escuela el espacio
de diálogo, este despliegue, esta interpretación no se explicita y la competencia
entre los diferentes relatos, con sus modelos éticos a cuestas, se da sólo
al interior de cada persona que, en esta sociedad del conocimiento, tendrá
un camino más arduo, cuando no azaroso, en la construcción y apreciación de
sus modelos y criterios valorativos.
Como decíamos en la nota anterior, para que este dialogatorio
sea posible, la clase debe constituirse en un espacio de seguridad, una seguridad
construida a partir de la confianza mutua.
Por otra parte, aprender es apropiarse de información
del entorno en función del proyecto personal. ¿Cuál es el proyecto personal
de nuestros alumnos? ¿Cuánto influimos –o podemos influir– como docentes en
la construcción de ese proyecto personal? Ambas preguntas tienen que ver,
obviamente, con la educación de valores. En este sentido, la confianza es
el único clima apto para que el aula pueda ser percibida por los alumnos
como un escenario posible para la construcción de su proyecto personal. Además,
y no casualmente, ese será el contexto propicio para desarrollar las habilidades
lingüísticas y de pensamiento de cada sujeto, dialogando con otros y consigo
mismo, instrospectivamente, como estrategias para construir su autonomía,
o sea, para decidir libre y responsablemente su lugar en este contexto y en
los futuros que le toque vivir.
Es decir, si pretendemos que las nuevas generaciones lean
con autonomía incluso los diversos mensajes que les llegan a través de la
televisión o de internet, que los puedan discernir, clasificar y seleccionar
críticamente; si esperamos que estén atentos a las influencias a que están
expuestos y tengan oportunidades para decodificarlas; si queremos que sean
ciudadanos activos y éticos, tenemos que brindarles en la escuela las posibilidades
y las herramientas necesarias para lograrlo.
Y hacerlo tiene relevancia particular en el caso de poblaciones
con escaso o nulo poder adquisitivo, cuyas urgencias hacen que la escuela
sea prácticamente el único lugar en el que pueden desarrollar estas habilidades
y tomar contacto con muchas de las diferentes producciones culturales.
En la siguiente entrega abordaremos algunas estrategias
didácticas específicas para facilitar la transferencia de estas ideas al aula.