De suerte, mi cultísimo
Vincencio, que la vida de cada uno no es otra que
una representación trágica
y cómica, que si comienza el año por el Aries
también acaba en el Piscis, viniéndose a igualar las dichas
con las desdichas,
lo cómico con lo trágico. Ha de hacer uno solo todos los
personajes a sus
tiempos y ocasiones: ya el de risa, ya el de llanto, ya
el del cuerdo y tal vez el del
necio: con que se viene a acabar con alivio y con aplauso
la apariencia…
El discreto, BALTASAR GRACIÁN
De Marcial a Gracián
Situada en fértil llano regado por ríos de aguas claras
y rápidas, como el Jalón y el Jiloca, Calatayud (primitivamente Castillo de
Ayub, por su fundador) se ostenta heredera de la Antigua Augusta Bilbilis,
cuyas ruinas, a pocos kilómetros sobre los estriberones de la Sierra de Vicor,
nos recuerdan el nacimiento del padre del epigrama, Marcial. Preciso, breve,
satírico, sacudió a Roma. A pocos andares de Calatayud, en su distrito judicial,
hay un pueblecillo llamado Belmonte, a orillas de un afluente del Jalón: el
Miedes. Estamos en tierras de Baltasar Gracián, remoldeador, junto con el
genial Quevedo, del conceptismo. Preciso en su decir, sacudió esta vez a España
y Europa.
Curioso paralelismo, el de los ingenios mencionados, ambos
hijos de la cuenca del Jalón. Marcial y Gracián. Ambos universales; ambos
muy españoles. Los dos de brevedad sustantiva. El primero, celtíbero, lo proclama
con orgullo: “Es Iberis et Celtis genitus.”
| Sus epigramas, escalofrío de noble
inspiración y de desvergüenza, la grande humana comedia
de la Roma de Domiciano, andaban en las ávidas manos
de todos, hasta en los de la ruborosa Lucrecia cuando
no la veía Bruto. El hecho es que estos hispanos imponían
a Roma nuevas maneras de pensamiento y de arte. Marcial
desarrolla un género nuevo, el epigrama, bien diverso
de la sátira itálica totalmente, quedándose tan apartado
de Horacio como de Juvenal. Suma de singularidades… |
En cuanto al hombre nacido en Belmonte, Gracián, estrella
del barroco español, proclama su aragonesismo en función de español universal.
Su prosa de conceptos breves, apretados, acerados, a veces angustiados, tiene
la médula del razonamiento. El dios de Gracián es exigente: “Todo lo has de
ocupar con el conocimiento tuyo.” El escenario del hombre es el mundo; pero
este mundo no es fácil de asimilar. No sólo hay que verlo; hay que entenderlo.
Nuestro escritor será quien lo precise hondamente: “Va grande diferencia del
ver al mirar, que quien no entiende no atiende; poco importa ver mucho con
los ojos si con el entendimiento nada, ni vale el ver sin el notar.” Conocimiento,
diremos nosotros, vale por razonamiento.
Así, las mismas lomas pardas, los mismos ríos claros y
rápidos, acunaron a los dos latinos y ambos juzgaron sus escenarios históricos
y destilaron razones válidas para la eternidad humana. Marcial y Gracián:
dos patrias y un mismo horizonte. Al establecer la ligazón, el acucioso Adolphe
Coster nos dice que Calatayud, respondiendo a los votos sentidos del poeta
latino, ha dado el nombre de Marcial a una de sus calles y añade: “Acaso un
día dispondrá el mismo honor al ‘Marcial cristiano’: Baltasar Gracián.”
Con diferencia de dieciséis siglos, dos agudos cronistas
de la conducta humana encuentran su camino bajo el mismo paisaje. Su común
preocupación, la criatura que piensa, dará fuerza a sus plumas.
Las glorias del cielo y de la tierra
|
Baltasar Gracián
(1601-1658).
Foto: Antonio Alatorre, Los 1001 años de la lengua
española, Bancomer, México, 1979.
|
El 8 de enero de 1601 nace Baltasar
Gracián en Belmonte. Familia numerosa paridora de clérigos,
donde el ingenio no parece ausente. Sus padres: Francisco
Gracián, de Sariñena –no sabemos si era médico o
licenciado–; su madre, Ángela Morales, de Calatayud.
Sin destacar por nobleza o fortuna, todos gente honrada.
Del padre de Baltasar decían sus hijos que era hombre
de profundo buen sentido y mucha experiencia; de su madre
no sabemos nada y parece que la perdió a temprana edad.
Sus hermanos: Magdalena, fue priora de las carmelitas
descalzas en Calatayud; Felipe, clérigo menor, muy alabado
por el escritor quien lo califica de “gloria y corona
mía más que hermano”; al parecer, teólogo y predicador
de importancia, asistente de España en Roma. Aún hay más:
un Pedro, trinitario, y un Raimundo, carmelita descalzo.
Otro Raimundo, primo, a su vez religioso dominico. Tal
parece que la familia de don Francisco nació para alcanzar
las glorias del cielo y de la tierra, puesto que en España
vivir sirviendo a la religión era lo más acertado para
no pasar penurias y lograr cierta impunidad. Baltasar
debió seguir el cristiano camino de la familia y fue enviado
a criarse con su tío, capellán en Toledo, de la capilla
de San Pedro de los Reyes. Así, Gracián llega a un espléndido
escenario: Toledo, una ciudad imperial que parece aspirar
“a taladrar las estrellas”. Nuestro hombre
cursa sus primeros estudios –‘taller de discreción,
escuela del bien hablar’– en la señorial población,
ceñida por el Tajo, admira “el tan celebrado artificio
de Juanelo”, que subía el agua del río hasta el
Alcázar. Por lo demás, asilo de las artes, de las letras.
Un pintor cretense, Doménico Theocópuli, llamado el
Greco, electrizaba a los españoles con sus cuadros,
mientras el jesuita Pedro Sanz y el trinitario fray Hortensio
Félix Paravicino y Arteaga ponían en el joven Gracián
la primera simiente del conceptismo. Extraña el silencio
de Gracián acerca del pintor mediterráneo, mientras para
Paravicino el elogio nunca es escatimado. Conocemos la
figura del singular fraile por un cuadro que el célebre
pintor cretense le hizo en 1609, en el que destacan la
prestancia, viveza y espiritualidad del trinitario. Así
las cosas, nuestro joven escritor cosecha hallazgos en
Toledo. Es una ciudad mágica, de mágica gravedad poblada
de ilustres fantasmas que acechan en las esquinas: Tirso
de Molina, Góngora, Cervantes. Sortilegio, leyenda, luz
piramidal. Carlos V edifica el Alcázar. Andan cerca los
Reyes Católicos, la judería, San Juan de los Reyes; sinagogas
como el Tránsito, Santa María la Blanca. Ciudad de concilios
y batallas. Santos, poetas y comuneros duermen su sueño
eterno. Su catedral “urna cineraria de las grandezas
españolas”, mezcla de gótico primitivo, plateresco,
churrigueresco, árabe. Se juntan las espadas de los Alfonsos,
de los Padilla, de los Mendoza. Y rodeando la ciudad,
los álamos “nobles, serios y negros de Castilla”
y en dulce estado de independencia: lilas, azucenas y
lirios. Ésta es la Toledo de ayer, de hoy, de siempre,
la Toledo que aspiró e impregnó a Gracián. Nunca la olvidaría.
El mundo de Lastanosa
Para 1619 estaba de vuelta en Aragón. Turbios sucesos
políticos alteraban los ánimos españoles. Felipe III, heredero de un Imperio
(Carlos V y Felipe II) gobernaba. Pero, de hecho, lo hacía Francisco de Sandoval
y Rojas, marqués de Denia y después duque de Lerma, quien estaba a punto de
perder el favor real. Era una Europa celosa, apenas contenida por matrimonios
de conveniencia.
Gracián termina sus estudios en 1635. Su noviciado en
Tarragona y Calatayud transcurre entre pugnas jesuíticas. Los jesuitas de
Valencia y Barcelona resentían que una misma provincia, Zaragoza, tuviera
tres colegios de teología. Estos resabios regionales traían de cabeza a Roma
y eran incubados por envidias y política mezquinas. Gracián aprendió esto
pronto. A partir de entonces nuestro escritor viviría dos existencias: una
oficial, otra semianónima.
Enseña teología moral (1628) y da cátedra de filosofía
en Gandía. Hay cambios en su ánimo: de frío y reservado se vuelve destemplado
y melancólico. Hay cizaña entre catalanes, valencianos y aragoneses; el general
de la Compañía Vitelleschi alarmado comunica sus preocupaciones al provincial,
padre Continente: “Poca caridad me dicen hay entre los nuestros en este colegio
(Gandía) por este vicio de las naciones: una gran cosa haría V.R. si desterrase
esta peste.” Por fortuna para nuestro pensador, en 1636 es trasladado al Colegio
de la Compañía de Jesús en Huesca, cuyo rector, el padre Franco, lo acoge
con amistad que le permite desplegar sus dotes y sus inclinaciones con cierta
independencia y, por si fuera poco, Gracián encuentra amistad y abrigo en
el seno de una ilustre familia oscense: los Lastanosa.
Vincencio Juan de Lastanosa y Baráiz de Vera es un magnífico
señor. De familia de diplomáticos, él preferirá las ocupaciones sendentarias
en su solar nativo, y de esas ocuparán lugar preferente las que se refieren
a las bellas artes, aunque, a veces, también las cívicas, con tintes de abnegación;
así, en mayo de 1640 corrió en socorro de la plaza de Monzón con tropas equipadas
en Huesca y defendió con éxito contra los franceses los pasos del río Cinca;
en 1652, como administrador del hospital oscense, combatió la peste con mucha
dedicación. Pero el Lastanosa que ha dejado huella en las crónicas aragonesas
es el mecenas del ingenio y de lo bello. Su palacio, situado frente al colegio
de la Compañía en la calle del Coso fue una de las maravillas de Europa, no
sólo desde el punto de vista arquitectónico, sino por las colecciones que
albergaba y que el dueño gene-rosamente exhibía y dejaba para estudio. Monedas,
camafeos, medallones griegos y latinos alternaban con cuadros de Rubens, Caravaggio,
Tiziano, Ribera, Durero y otros muchos celebrados pintores flamencos y españoles.
Instrumentos científicos, mapas y libros, todos los clásicos en hermosas y
raras ediciones. De Platón a Virgilio, pasando por Vecellio, Ortelio, Juvenal,
Marcial. Pero junto a todo ello, lo más importante: sus tertulias literarias
eran gran cosa por reunir asiduamente a los mayores ingenios de la provincia,
y del reino en ocasiones. Allí, Gracián gustó de la conversación placentera
e ilustrada. En su biografía, Coster menciona:
| Agrada imaginarse a los académicos
reunidos en una de las cinco salas de la biblioteca,
en el segundo piso de la casa de Lastanosa, teniendo
a mano los elementos (libros, medallas, estampas)
de la discusión que seguía siempre a la lectura de
los trabajos… |
Es más, puede sospecharse que muchos de sus aciertos los
ideó en presencia de los distinguidos compañeros, recogiendo al vuelo las
respuestas que se escapaban en estas reuniones íntimas, como lo acusan sus
escritos. Así se explica la prodigiosa cantidad de juegos de vocablos, de
chanzas de trazos acerados, algunos poco eclesiásticos, de que llenó su Criticón,
y que, ciertamente, sobrepasan la fecundidad de un solo cerebro. Quizás esa
sea la clave del inmenso universo gracianesco, que podría aplicarse a Shakespeare,
Cervantes y otras cumbres de ingenio.
El ‘circulo lastanosino’ propició,
prohijó sus primeras obras: El héroe, El político, El discreto,
el Oráculo y la Agudeza, producto de un atesoramiento silencioso,
continuado, fecundo. Cabe pensar que algunas de estas obras estaban muy adelantadas
cuando su autor llegó a Huesca, mejor dicho: estaban en sazón. El empujón
lo dio el paso frecuente de su autor “del rígido religiosismo de la Compañía
a la mundanidad barroca de la morada lastanosina”. Pero las leyes jesuitas
eran estrictas: en 1638 estalló la bomba en forma de carta. La envía el general
Vitelleschi al provincial de Aragón, Luis de Ribas. “Convenía mudar al padre
Baltasar Gracián porque es cruz de sus superiores y ocasión de disgustos y
menos paz en dicho colegio.” ¿Cuál era esa cruz?
Acerca de El héroe y el caso del padre Tonda
En 1637 surge su primer libro de renombre: El héroe;
hay disparidad de criterios respecto a la dedicatoria de la primera edición
(impreso seis veces en diferentes reinos). Todo parece indicar que hubo una
dedicación al rey Felipe IV y otra a Lastanosa. En veinte ‘primores’ define
las prendas que deben adornar a los héroes: habla en general de ellas y destaca
al ingenio, al corazón y a la prudencia, sin demeritar a la voluntad, dando
al entendimiento el lugar de mayor prenda de un héroe, cuando dice de él:
| Gradúan en primer lugar los apasionados
al entendimiento por origen de toda grandeza; así
como no admiten varón grande sin excesos de entendimiento,
así no conocen varón excesivamente entendido sin grandeza... |
Y más adelante apuntará:
| Es el juicio trono de la prudencia,
es el ingenio esfera de la agudeza: cuya eminencia
y cuya medianía deba preferirse, es pleito ante el
tribunal del gusto. Aténgome a la que así imprecaba:
Hijo, Dios te dé entendimiento del bueno. La valentía,
la prontitud, la sutileza de ingenio, sol es de este
mundo en cifras; si no rayo, vislumbre de divinidad.
Todo héroe participó exceso de ingenio… |
Parece que el librito cayó bien hasta en las esferas reales.
Felipe IV se ‘dignó’ comentar: “Este brinquiño está lleno de gracia y encierra
grandes cosas.” Así pues, se puso en boga y las ediciones se sucedieron. El
fondo humano que alienta en la obra gracianesca se pone de manifiesto en el
Primor IV del libro cuando indica: “¿Qué importa que el entendimiento se adelante,
si el corazón se queda…?” No sólo sus libros sino sus acciones atestiguan
una bondad de corazón que desdice juicios apresurados o malévolos de algunos
ensayistas que lo acusan –gratuitamente– de deshumanizado intelectualismo.
El caso del padre Tonda pondría en evidencia lo que decimos y llamaría la
atención de su general en Roma. Como antecedente del asunto que nos ocupa
deberemos referirnos a la oposición de la Compañía de Jesús a los privilegios
que, en materia de confesión, concedía la Bula de la Cruzada a las comunidades
religiosas. Data del 25 de febrero de 1587 la ‘Instrucción para informar a
su Majestad y a los de su Consejo en lo de la Bula de Cruzada’, enviada por
el general Aquaviva, pidiendo que sus privilegios no fuesen válidos en la
Compañía. Su sucesor, Vitelleschi, opinó igual y así lo hizo saber al padre
Ribas, provincial de Aragón: “Que no permita opiniones relajadas en razón
del uso de la Bula de la Cruzada…” Al respecto, Gracián hizo uso, al parecer
indebido, de la mencionada bula y absolvió en nombre de esas facultades al
padre Tonda acerca de lo liviano de su conducta religiosa, pues se le conocían
“algunas flaquezas con mujeres”. El incidente llegó a oídos del general en
Roma, quien escribió al padre Ribas una carta donde dice:
| .Con mucha preñez me hablan del colegio
de Huesca y de lo que allí ha sucedido y que es necesario
examinarlo con mucho cuidado. Aprueban la dimisión
del padre Tonda (V.R. me informará de las causas que
le han movido a ejecutarlas sin esperar mi resolución);
que el dicho afirmó que, habiendo tenido antes de
que fuese despedido algunas flaquezas con mujeres,
le habían absuelto por la bula los padres Baltasar
Gracián y Bautista Gonzalo; mal caso sería si tuviese
fundamento esta relación y que esta doctrina tuviese
apoyo en alguno de los nuestros. |
Resultados: el padre Franco quedó separado de la rectoría
del colegio y fue sustituido por el padre Gabriel Domínguez, alarmado y aleccionado
no solamente de la actuación del padre Gracián en el caso Tonda, sino de los
éxitos de nuestro escritor en el círculo lastanosino y de la aparición, bajo
seudónimo, de un libro. Ese “Lorenzo Gracián, infanzón” no engañaba a nadie
y la imprenta de Nogues en Huesca podía, fácilmente, ser espiada. No obstante,
Gracián, en aras a la amistad, un año después de estos sucesos acudió en auxilio
de un hijo del jesuita descarriado. Alguien lo informó a Roma y la respuesta
no se hizo esperar:
| Convenía mudar al padre Baltasar Gracián,
porque es cruz de sus superiores y ocasión de disgustos
y menos paz en dicho colegio por haber, con poca prudencia,
tomado por su cuenta la crianza de una criatura que
se decía era de uno que había salido de la Compañía
buscando dinero para este fin… |
Añadido: “…y por haber estampado un libro suyo en nombre
de su hermano.” No obstante, el caso no prosperó debido a que el padre Pedro
Pons, que sustituyó al provincial Ribas, apreciaba a Gracián desde sus días
de noviciado en Tarragona. Empieza a madurar el proyecto de un segundo libro:
El político, una apología al rey Fernando, al tiempo que recibe un
nombramiento, en el que el sentido de la amistad debía brillar de modo imperecedero.
En 1640 es llamado a Zaragoza, con la aprobación de Roma, para fungir como
confesor del virrey de Aragón, Francisco Carafa, duque de Nochera, que fue
figura grande y trágica en los sucesos que se relacionan con la rebelión dels
segadors.
El duque de Nochera, la rebelión catalana y
El discreto
Dejando su amado círculo lastanosino, iba Gracián a su
nuevo desempeño con experiencias atesoradas, al encuentro del más extraordinario
personaje que hubiera conocido y que conocería en su vida; de él diría años
más tarde “grande amigo de sus amigos”. En efecto, Francisco María Carafa
(Carrafa) Castrioto y Gonzaga, duque de Nochera (Nocera) Virrrey de Aragón
y Navarra, era napolitano. Benedetto Croce ha dicho de él que construyó su
vida según el ideal europeísta de defensa de la fe católica y fiel al juramento
que otorgó al rey de España. Era hombre de gran personalidad con sus toques
de poeta y cuya estirpe indicaba lazos con los reyes de Aragón en el medievo.
Su carta militar es notable y variada en defensa del Imperio: en Túnez, con
el Duque de Osuna (1611), donde recibió heridas; en 1625, en el famoso sitio
de Breda y al mando de la caballería napolitana en Lombardía, donde cinco
años más tarde sería nombrado maestre de campo de la región (el Piamonte y
Monferrato). En 1633 su aportación en la batalla de Nordlingen contra los
suecos es decisiva para la victoria de las armas españolas. Hay sombras y
luces en la crónica: en Flandes, con el cardenal-infante don Fernando y después,
llamado por Felipe IV como capitán general de Guipúzcoa como parte de un plan
para penetrar en Francia, acción que fracasó y que, además, le valió un proceso
del que salió limpio de culpa en 1638 para, finalmente, ser nombrado en 1639
virrey de Aragón y Grande de España; en 1640 virrey de Navarra, y al estallar
el conflicto con Cataluña vuelta a Aragón. Gracián está con él y se vuelve
su confidente. Ambos ven el problema catalán con ojos realistas, equidistantes
de la euforia nacionalista que priva en Madrid, donde nuestro escritor acompañó
al virrey para una serie de consultas vinculadas con la grave situación que
privaba en el norte de España. Allí traba relación con ‘personajes y personajillos’
de los que se duele, al decir: “Todo es embeleco, mentiras, gente soberbia
y vana.” Frente a ellos Gracián habrá de exclamar: “Yo soy poco humilde y
zalamero.” Pero no todo son abrojos, hay instantes gratos: la amistad con
el celebrado comediógrafo Antonio Hurtado de Mendoza, autor, entre otras,
de Querer por sólo querer, y quien a su fama poética unía brillante
carrera palaciega que lo había llevado a ser secretario y ayuda de cámara
del rey. Hay cosas gratas en el viaje: encuentra un libro –suyo– en la biblioteca
de palacio, como un avance de su fama entre los notables del reino (se trataba
de El héroe).
Son días de mayo y pronto ocurrirán sucesos sombríos.
El conde duque de Olivares imponiendo nuevas gabelas a Cataluña estaba ‘cargando
la mano’ y dando pie al drama.
El 7 de junio de 1640, fiesta de Corpus estalla la rebelión
dels segadors y es asesinado el conde de Santa Coloma, don Dalmau de
Queralt, virrey de Cataluña. Prontamente, unos cuatro mil franceses apoyan
la rebelión con anuencia de Luis XIII, feliz de crear una cuña en España.
Se le pide al rey, entre ellos el duque de Nochera, que obre con prudencia
para evitar que los catalanes se entreguen a Francia; todo inútil. En la corte
se decide el castigo de los levantiscos catalanes. El propio Nochera, a las
órdenes del marqués de los Vélez, ataca el 7 de diciembre desde Fraga. Instante
fatal para Felipe IV. Melo, en su Guerra de Cataluña, apuntilla:
| Día que, por notable en el tiempo,
debe ser nombrado en todos los siglos. Fatal el año,
fatal el mes y la semana. El sábado 1 de diciembre
perdió la Corona de España el reinado de Portugal;
el 7 del mismo mes, el principado de Cataluña. La
guerra duró 12 años y no es nuestro propósito extendernos
en estos sucesos, pero sí remarcar la amistad, hasta
después de su muerte, con el duque de Nochera, al
que define Gracián como “una prodigiosa contextura
de prendas y de hazañas que bien pudo cortarla el
hilo de la suerte, pero no mancharla con el fatal
licor de aquellos tiempos”. |
Por esos años, Gracián da a luz El político, basado
en la figura de Fernando el Católico y dedicado precisamente a Nochera. Finalmente,
aparece El discreto, donde surgen críticas y alabanzas por la clemente
actitud de España en el problema catalán. Siempre bajo el amparo de su notable
amigo Lastanosa, pero enfrentado a la Compañía de Jesús (en especial al padre
Goswin Nickel, quien comentaba que las alusiones a la guerra catalana “podían
poner en entredicho las relaciones entre la Corona y la Compañía de Jesús”).
Así, Nochera y Gracián quedaban unidos en la historia de los tiempos, ambos
por una amistad a toda prueba.
Sigue la guerra en Cataluña y Gracián acumula valentía
y devoción. También compasión que le valen, tras tres terribles luchas, el
sobrenombre de Padre de la Victoria, junto con el esforzado Pablo de
Parada. Además, cronista exitoso de la lucha.
Agudeza y arte de ingenio y el Oráculo
En diciembre, libre ya de los afanes épicos del mes anterior,
Gracián trabaja, alentado y protegido por Lastanosa, en un proyecto ambicioso.
En la misma casa del prócer oscense revisa libros, espiga citas y extrae conclusiones
para refundir su viejo Arte e ingenio en una nueva obra: Agudeza
y arte de ingenio.
En ésta, y cabe pensar en una petición de Lastanosa, van
incluidos algunos de los epigramas de Marcial, traducidos por el canónigo
doctor Manuel de Salinas y Lizana, pariente de don Vincenzo. Un año tardó
en aparecer, siendo a principios de 1648 cuando se inicia su distribución
y en 1649 ya salía una segunda edición. ¿Tomó la idea del tratado de un original
del italiano Peregrini (Matteo) titulado: Fuente de ingenio? Varias
razones se barajan en torno a ello. No obstante, en definitiva, difieren notablemente.
En efecto, mientras Pellegrini (o Peregrini) censura el uso excesivo de la
agudeza, Gracián la defiende como legítimo recurso literario. Pero lo medular
es si hay una frontera ancha o estrecha entre la agudeza y el pensamiento.
Depende de cómo se emplee; así, Séneca y Plinio (el joven) son felices representantes
de una agudeza: la de penetración (perspicacia) y la del artificio. Una, verdades
difíciles; la otra, belleza sutil; aquélla es más útil; ésta, más agradable.
En síntesis: la única diferencia entre las dos obras en aparente pugna sería
la inclusión de muchos ejemplos de los escritores aragoneses de aquellos tiempos
y la traducción de los epigramas de Marcial por Salinas.
Considerada como tratado clásico del estilo, para terminar
como máximo ejemplar de conceptismo. Curtius es benigno juzgándola al decir:
| Gracián nos dio una suma de agudeza.
Fue ésta una proeza nacional; la tradición española,
desde Marcial a Góngora, quedó así integrada a una
perspectiva universal. |
Para nosotros, demasiado adornar conceptos contribuye
a hacerlos borrosos. El idioma debe ser claro; cualquier exceso retórico lo
aparta del uso corriente. De esto al mal gusto no hay más que un paso. Gracián
se salva por su genio. Cervantes será la receta.
Son los mejores años del escritor. Surge el Oráculo
manual, cuya primera edición parece que fue publicada en Huesca (1647);
empero, la más conocida surgió en Madrid, en 1653, bajo la generosa protección
de Lastanosa, al cual se debería también alguna indicación prudente para reformar
partes del texto. Como apunta Coster, las máximas que contiene el volumen,
aunque originales en la forma, no presentan nada en la sustancia. Pero era
un tratado necesario en tiempos en que la moral y la bajeza se cobijaban,
confundiéndose, bajo falsos palios cristianos. Páginas de sabiduría mundana
que no parecen trazadas por mano religiosa, como igual ocurriría en otras
de sus obras, hacen pensar en un Gracián más llevado a las realidades del
cotidiano acontecer con sus eternas miserias humanas, que por éxtasis divinos.
Su propia vida fue una lucha constante con restricciones en la orden, con
envidias y politiquerías de baja estofa. Un constante combate por afirmar
su personalidad en un medio que tiende a anularla. Su diario vivir fue una
terrible contradicción y ello apresuró su fin. Es el Oráculo manual
ramillete de máximas expresadas en idioma rico y conciso que harán meditar
en más de una ocasión y que constituyen cabecera de prudentes y dique contra
necios y necedades. Por usar uno de sus aforismos, su lectura nos haría conducirnos
con galantería de condición. Hay consejo para todo, menos para la bajeza.
De ahí su condición clásica.
Empero, nuevamente llevó
la contraria a la Compañía con la aparición del Oráculo manual porque
intentó ‘engañarla’ indicando en la primera página: “Sacada de los aforismos
que se discurren en las obras de Lorenzo Gracián.” Según él no había menester
permiso porque era una especie de ‘refundición’ elaborada por Lastanosa. Pero
los jesuitas no opinaron igual y sus malquerientes anotaron la hazaña en el
libro negro, de forma que pronto se cobrarían la deuda entintada en envidia.
Mientras tanto, el Oráculo
corrió con suerte y la fama de Gracián se extendió. Con el tiempo esta obra
sería traducida y reeditada en varios idiomas europeos y tenida por maestra.
Su amistad con Uztarroz,
cronista del reino en Zaragoza, con el obispo Esmir, en Huesca (a quien dedicó
una recopilación de sermones del padre Continente, en encendida alabanza),
y con el provincial de la orden Franco palió los ataques de los enemigos y
le valió una inesperada victoria: Profesor de Escritura en el Colegio de Zaragoza.
Pronto aparecerían nubes.
Había muerto el padre de
la Orden, el general Piccolomini y hubo Congregación Provincial en Zaragoza
para nombramiento de delegados para la elección del sucesor, que fueron Paulo
de Rojas y Domingo Langa. Finalmente, se eligió a Goswin Nickel como nuevo
general que, a la postre, sería nuevo crítico del aragonés. Faltaban pocos
años para el fin: siete.
Notas
| Éste es un compendio de mi obra Gracián
(publicada en serial en Comunidad Ibérica), y citas
de Menéndez Pidal; Adolphe Coster (biógrafo); Arturo
del Hoyo Batllori; Marañón; Romera Navarro; ensayos
aparecidos en la revista Ínsula de Madrid; Ernst Robert
Curtis. (Revista de Occidente); Archivum Historicum
Societatis (Roma); cartas de Goswin Nickel; Heliodoro
Carpintero Capell; Schopenhauer (El mundo como voluntad
y representación), y José Antonio Maravall. |
| *Este texto forma parte de la serie
El castellano: acerca de sus venturas y desventuras,
de la cual ya se han publicado los artículos: “Cervantes”
(revista número 59), “La lengua madre del imperio”
(60), “Nacimiento del idioma español en la roca
cántabra” (62), “Canasta de ingenios”
(63), “Del Marqués de Santillana a Garcilaso
de la Vega” (71), “Tirso de Molina”
(73), “Lope de Vega y Carpio” (75), “Tres
rivales y un misterio” (78), “Juan Ruiz
de Alarcón” (80), “Quevedo” (85),
“Calderón de la Barca” (87), “El
sereno y angélico Fray Luis de León” (89), “Incursión
al misticismo. Santa Teresa de Ávila y San Juan de
la Cruz” (91) y “Las dos vertientes del
barroco español” (92). En números posteriores
se continuará con la publicación de esta serie. |