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Correo del Maestro Núm. 94,marzo 2004

Baltasar Gracián (I) Cronista de la conducta humana: preciso, breve y satírico

Adolfo Hernández Muñoz

De suerte, mi cultísimo Vincencio, que la vida de cada uno no es otra que
una representación trágica y cómica, que si comienza el año por el Aries
también acaba en el Piscis, viniéndose a igualar las dichas con las desdichas,
lo cómico con lo trágico. Ha de hacer uno solo todos los personajes a sus
tiempos y ocasiones: ya el de risa, ya el de llanto, ya el del cuerdo y tal vez el del
necio: con que se viene a acabar con alivio y con aplauso la apariencia…
El discreto
, BALTASAR GRACIÁN



De Marcial a Gracián

Situada en fértil llano regado por ríos de aguas claras y rápidas, como el Jalón y el Jiloca, Calatayud (primitivamente Castillo de Ayub, por su fundador) se ostenta heredera de la Antigua Augusta Bilbilis, cuyas ruinas, a pocos kilómetros sobre los estriberones de la Sierra de Vicor, nos recuerdan el nacimiento del padre del epigrama, Marcial. Preciso, breve, satírico, sacudió a Roma. A pocos andares de Calatayud, en su distrito judicial, hay un pueblecillo llamado Belmonte, a orillas de un afluente del Jalón: el Miedes. Estamos en tierras de Baltasar Gracián, remoldeador, junto con el genial Quevedo, del conceptismo. Preciso en su decir, sacudió esta vez a España y Europa.

Curioso paralelismo, el de los ingenios mencionados, ambos hijos de la cuenca del Jalón. Marcial y Gracián. Ambos universales; ambos muy españoles. Los dos de brevedad sustantiva. El primero, celtíbero, lo proclama con orgullo: “Es Iberis et Celtis genitus.”

Sus epigramas, escalofrío de noble inspiración y de desvergüenza, la grande humana comedia de la Roma de Domiciano, andaban en las ávidas manos de todos, hasta en los de la ruborosa Lucrecia cuando no la veía Bruto. El hecho es que estos hispanos imponían a Roma nuevas maneras de pensamiento y de arte. Marcial desarrolla un género nuevo, el epigrama, bien diverso de la sátira itálica totalmente, quedándose tan apartado de Horacio como de Juvenal. Suma de singularidades…

 

En cuanto al hombre nacido en Belmonte, Gracián, estrella del barroco español, proclama su aragonesismo en función de español universal. Su prosa de conceptos breves, apretados, acerados, a veces angustiados, tiene la médula del razonamiento. El dios de Gracián es exigente: “Todo lo has de ocupar con el conocimiento tuyo.” El escenario del hombre es el mundo; pero este mundo no es fácil de asimilar. No sólo hay que verlo; hay que entenderlo. Nuestro escritor será quien lo precise hondamente: “Va grande diferencia del ver al mirar, que quien no entiende no atiende; poco importa ver mucho con los ojos si con el entendimiento nada, ni vale el ver sin el notar.” Conocimiento, diremos nosotros, vale por razonamiento.

Así, las mismas lomas pardas, los mismos ríos claros y rápidos, acunaron a los dos latinos y ambos juzgaron sus escenarios históricos y destilaron razones válidas para la eternidad humana. Marcial y Gracián: dos patrias y un mismo horizonte. Al establecer la ligazón, el acucioso Adolphe Coster nos dice que Calatayud, respondiendo a los votos sentidos del poeta latino, ha dado el nombre de Marcial a una de sus calles y añade: “Acaso un día dispondrá el mismo honor al ‘Marcial cristiano’: Baltasar Gracián.”

Con diferencia de dieciséis siglos, dos agudos cronistas de la conducta humana encuentran su camino bajo el mismo paisaje. Su común preocupación, la criatura que piensa, dará fuerza a sus plumas.

Las glorias del cielo y de la tierra

Baltasar Gracián (1601-1658).
Foto: Antonio Alatorre, Los 1001 años de la lengua española, Bancomer, México, 1979.

 

El 8 de enero de 1601 nace Baltasar Gracián en Belmonte. Familia numerosa paridora de clérigos, donde el ingenio no parece ausente. Sus padres: Francisco Gracián, de Sariñena –no sabemos si era médico o licenciado–; su madre, Ángela Morales, de Calatayud. Sin destacar por nobleza o fortuna, todos gente honrada. Del padre de Baltasar decían sus hijos que era hombre de profundo buen sentido y mucha experiencia; de su madre no sabemos nada y parece que la perdió a temprana edad. Sus hermanos: Magdalena, fue priora de las carmelitas descalzas en Calatayud; Felipe, clérigo menor, muy alabado por el escritor quien lo califica de “gloria y corona mía más que hermano”; al parecer, teólogo y predicador de importancia, asistente de España en Roma. Aún hay más: un Pedro, trinitario, y un Raimundo, carmelita descalzo. Otro Raimundo, primo, a su vez religioso dominico. Tal parece que la familia de don Francisco nació para alcanzar las glorias del cielo y de la tierra, puesto que en España vivir sirviendo a la religión era lo más acertado para no pasar penurias y lograr cierta impunidad. Baltasar debió seguir el cristiano camino de la familia y fue enviado a criarse con su tío, capellán en Toledo, de la capilla de San Pedro de los Reyes. Así, Gracián llega a un espléndido escenario: Toledo, una ciudad imperial que parece aspirar “a taladrar las estrellas”. Nuestro hombre cursa sus primeros estudios –‘taller de discreción, escuela del bien hablar’– en la señorial población, ceñida por el Tajo, admira “el tan celebrado artificio de Juanelo”, que subía el agua del río hasta el Alcázar. Por lo demás, asilo de las artes, de las letras. Un pintor cretense, Doménico Theocópuli, llamado el Greco, electrizaba a los españoles con sus cuadros, mientras el jesuita Pedro Sanz y el trinitario fray Hortensio Félix Paravicino y Arteaga ponían en el joven Gracián la primera simiente del conceptismo. Extraña el silencio de Gracián acerca del pintor mediterráneo, mientras para Paravicino el elogio nunca es escatimado. Conocemos la figura del singular fraile por un cuadro que el célebre pintor cretense le hizo en 1609, en el que destacan la prestancia, viveza y espiritualidad del trinitario. Así las cosas, nuestro joven escritor cosecha hallazgos en Toledo. Es una ciudad mágica, de mágica gravedad poblada de ilustres fantasmas que acechan en las esquinas: Tirso de Molina, Góngora, Cervantes. Sortilegio, leyenda, luz piramidal. Carlos V edifica el Alcázar. Andan cerca los Reyes Católicos, la judería, San Juan de los Reyes; sinagogas como el Tránsito, Santa María la Blanca. Ciudad de concilios y batallas. Santos, poetas y comuneros duermen su sueño eterno. Su catedral “urna cineraria de las grandezas españolas”, mezcla de gótico primitivo, plateresco, churrigueresco, árabe. Se juntan las espadas de los Alfonsos, de los Padilla, de los Mendoza. Y rodeando la ciudad, los álamos “nobles, serios y negros de Castilla” y en dulce estado de independencia: lilas, azucenas y lirios. Ésta es la Toledo de ayer, de hoy, de siempre, la Toledo que aspiró e impregnó a Gracián. Nunca la olvidaría.

El mundo de Lastanosa

Para 1619 estaba de vuelta en Aragón. Turbios sucesos políticos alteraban los ánimos españoles. Felipe III, heredero de un Imperio (Carlos V y Felipe II) gobernaba. Pero, de hecho, lo hacía Francisco de Sandoval y Rojas, marqués de Denia y después duque de Lerma, quien estaba a punto de perder el favor real. Era una Europa celosa, apenas contenida por matrimonios de conveniencia.

Gracián termina sus estudios en 1635. Su noviciado en Tarragona y Calatayud transcurre entre pugnas jesuíticas. Los jesuitas de Valencia y Barcelona resentían que una misma provincia, Zaragoza, tuviera tres colegios de teología. Estos resabios regionales traían de cabeza a Roma y eran incubados por envidias y política mezquinas. Gracián aprendió esto pronto. A partir de entonces nuestro escritor viviría dos existencias: una oficial, otra semianónima.

Enseña teología moral (1628) y da cátedra de filosofía en Gandía. Hay cambios en su ánimo: de frío y reservado se vuelve destemplado y melancólico. Hay cizaña entre catalanes, valencianos y aragoneses; el general de la Compañía Vitelleschi alarmado comunica sus preocupaciones al provincial, padre Continente: “Poca caridad me dicen hay entre los nuestros en este colegio (Gandía) por este vicio de las naciones: una gran cosa haría V.R. si desterrase esta peste.” Por fortuna para nuestro pensador, en 1636 es trasladado al Colegio de la Compañía de Jesús en Huesca, cuyo rector, el padre Franco, lo acoge con amistad que le permite desplegar sus dotes y sus inclinaciones con cierta independencia y, por si fuera poco, Gracián encuentra amistad y abrigo en el seno de una ilustre familia oscense: los Lastanosa.

Vincencio Juan de Lastanosa y Baráiz de Vera es un magnífico señor. De familia de diplomáticos, él preferirá las ocupaciones sendentarias en su solar nativo, y de esas ocuparán lugar preferente las que se refieren a las bellas artes, aunque, a veces, también las cívicas, con tintes de abnegación; así, en mayo de 1640 corrió en socorro de la plaza de Monzón con tropas equipadas en Huesca y defendió con éxito contra los franceses los pasos del río Cinca; en 1652, como administrador del hospital oscense, combatió la peste con mucha dedicación. Pero el Lastanosa que ha dejado huella en las crónicas aragonesas es el mecenas del ingenio y de lo bello. Su palacio, situado frente al colegio de la Compañía en la calle del Coso fue una de las maravillas de Europa, no sólo desde el punto de vista arquitectónico, sino por las colecciones que albergaba y que el dueño gene-rosamente exhibía y dejaba para estudio. Monedas, camafeos, medallones griegos y latinos alternaban con cuadros de Rubens, Caravaggio, Tiziano, Ribera, Durero y otros muchos celebrados pintores flamencos y españoles. Instrumentos científicos, mapas y libros, todos los clásicos en hermosas y raras ediciones. De Platón a Virgilio, pasando por Vecellio, Ortelio, Juvenal, Marcial. Pero junto a todo ello, lo más importante: sus tertulias literarias eran gran cosa por reunir asiduamente a los mayores ingenios de la provincia, y del reino en ocasiones. Allí, Gracián gustó de la conversación placentera e ilustrada. En su biografía, Coster menciona:

Agrada imaginarse a los académicos reunidos en una de las cinco salas de la biblioteca, en el segundo piso de la casa de Lastanosa, teniendo a mano los elementos (libros, medallas, estampas) de la discusión que seguía siempre a la lectura de los trabajos…

 

Es más, puede sospecharse que muchos de sus aciertos los ideó en presencia de los distinguidos compañeros, recogiendo al vuelo las respuestas que se escapaban en estas reuniones íntimas, como lo acusan sus escritos. Así se explica la prodigiosa cantidad de juegos de vocablos, de chanzas de trazos acerados, algunos poco eclesiásticos, de que llenó su Criticón, y que, ciertamente, sobrepasan la fecundidad de un solo cerebro. Quizás esa sea la clave del inmenso universo gracianesco, que podría aplicarse a Shakespeare, Cervantes y otras cumbres de ingenio.

El ‘circulo lastanosino’ propició, prohijó sus primeras obras: El héroe, El político, El discreto, el Oráculo y la Agudeza, producto de un atesoramiento silencioso, continuado, fecundo. Cabe pensar que algunas de estas obras estaban muy adelantadas cuando su autor llegó a Huesca, mejor dicho: estaban en sazón. El empujón lo dio el paso frecuente de su autor “del rígido religiosismo de la Compañía a la mundanidad barroca de la morada lastanosina”. Pero las leyes jesuitas eran estrictas: en 1638 estalló la bomba en forma de carta. La envía el general Vitelleschi al provincial de Aragón, Luis de Ribas. “Convenía mudar al padre Baltasar Gracián porque es cruz de sus superiores y ocasión de disgustos y menos paz en dicho colegio.” ¿Cuál era esa cruz?

Acerca de El héroe y el caso del padre Tonda

En 1637 surge su primer libro de renombre: El héroe; hay disparidad de criterios respecto a la dedicatoria de la primera edición (impreso seis veces en diferentes reinos). Todo parece indicar que hubo una dedicación al rey Felipe IV y otra a Lastanosa. En veinte ‘primores’ define las prendas que deben adornar a los héroes: habla en general de ellas y destaca al ingenio, al corazón y a la prudencia, sin demeritar a la voluntad, dando al entendimiento el lugar de mayor prenda de un héroe, cuando dice de él:

Gradúan en primer lugar los apasionados al entendimiento por origen de toda grandeza; así como no admiten varón grande sin excesos de entendimiento, así no conocen varón excesivamente entendido sin grandeza...

 

Y más adelante apuntará:

Es el juicio trono de la prudencia, es el ingenio esfera de la agudeza: cuya eminencia y cuya medianía deba preferirse, es pleito ante el tribunal del gusto. Aténgome a la que así imprecaba: Hijo, Dios te dé entendimiento del bueno. La valentía, la prontitud, la sutileza de ingenio, sol es de este mundo en cifras; si no rayo, vislumbre de divinidad. Todo héroe participó exceso de ingenio…

 

Parece que el librito cayó bien hasta en las esferas reales. Felipe IV se ‘dignó’ comentar: “Este brinquiño está lleno de gracia y encierra grandes cosas.” Así pues, se puso en boga y las ediciones se sucedieron. El fondo humano que alienta en la obra gracianesca se pone de manifiesto en el Primor IV del libro cuando indica: “¿Qué importa que el entendimiento se adelante, si el corazón se queda…?” No sólo sus libros sino sus acciones atestiguan una bondad de corazón que desdice juicios apresurados o malévolos de algunos ensayistas que lo acusan –gratuitamente– de deshumanizado intelectualismo. El caso del padre Tonda pondría en evidencia lo que decimos y llamaría la atención de su general en Roma. Como antecedente del asunto que nos ocupa deberemos referirnos a la oposición de la Compañía de Jesús a los privilegios que, en materia de confesión, concedía la Bula de la Cruzada a las comunidades religiosas. Data del 25 de febrero de 1587 la ‘Instrucción para informar a su Majestad y a los de su Consejo en lo de la Bula de Cruzada’, enviada por el general Aquaviva, pidiendo que sus privilegios no fuesen válidos en la Compañía. Su sucesor, Vitelleschi, opinó igual y así lo hizo saber al padre Ribas, provincial de Aragón: “Que no permita opiniones relajadas en razón del uso de la Bula de la Cruzada…” Al respecto, Gracián hizo uso, al parecer indebido, de la mencionada bula y absolvió en nombre de esas facultades al padre Tonda acerca de lo liviano de su conducta religiosa, pues se le conocían “algunas flaquezas con mujeres”. El incidente llegó a oídos del general en Roma, quien escribió al padre Ribas una carta donde dice:

.Con mucha preñez me hablan del colegio de Huesca y de lo que allí ha sucedido y que es necesario examinarlo con mucho cuidado. Aprueban la dimisión del padre Tonda (V.R. me informará de las causas que le han movido a ejecutarlas sin esperar mi resolución); que el dicho afirmó que, habiendo tenido antes de que fuese despedido algunas flaquezas con mujeres, le habían absuelto por la bula los padres Baltasar Gracián y Bautista Gonzalo; mal caso sería si tuviese fundamento esta relación y que esta doctrina tuviese apoyo en alguno de los nuestros.

 

Resultados: el padre Franco quedó separado de la rectoría del colegio y fue sustituido por el padre Gabriel Domínguez, alarmado y aleccionado no solamente de la actuación del padre Gracián en el caso Tonda, sino de los éxitos de nuestro escritor en el círculo lastanosino y de la aparición, bajo seudónimo, de un libro. Ese “Lorenzo Gracián, infanzón” no engañaba a nadie y la imprenta de Nogues en Huesca podía, fácilmente, ser espiada. No obstante, Gracián, en aras a la amistad, un año después de estos sucesos acudió en auxilio de un hijo del jesuita descarriado. Alguien lo informó a Roma y la respuesta no se hizo esperar:

Convenía mudar al padre Baltasar Gracián, porque es cruz de sus superiores y ocasión de disgustos y menos paz en dicho colegio por haber, con poca prudencia, tomado por su cuenta la crianza de una criatura que se decía era de uno que había salido de la Compañía buscando dinero para este fin…

 

Añadido: “…y por haber estampado un libro suyo en nombre de su hermano.” No obstante, el caso no prosperó debido a que el padre Pedro Pons, que sustituyó al provincial Ribas, apreciaba a Gracián desde sus días de noviciado en Tarragona. Empieza a madurar el proyecto de un segundo libro: El político, una apología al rey Fernando, al tiempo que recibe un nombramiento, en el que el sentido de la amistad debía brillar de modo imperecedero. En 1640 es llamado a Zaragoza, con la aprobación de Roma, para fungir como confesor del virrey de Aragón, Francisco Carafa, duque de Nochera, que fue figura grande y trágica en los sucesos que se relacionan con la rebelión dels segadors.

El duque de Nochera, la rebelión catalana y

El discreto

Dejando su amado círculo lastanosino, iba Gracián a su nuevo desempeño con experiencias atesoradas, al encuentro del más extraordinario personaje que hubiera conocido y que conocería en su vida; de él diría años más tarde “grande amigo de sus amigos”. En efecto, Francisco María Carafa (Carrafa) Castrioto y Gonzaga, duque de Nochera (Nocera) Virrrey de Aragón y Navarra, era napolitano. Benedetto Croce ha dicho de él que construyó su vida según el ideal europeísta de defensa de la fe católica y fiel al juramento que otorgó al rey de España. Era hombre de gran personalidad con sus toques de poeta y cuya estirpe indicaba lazos con los reyes de Aragón en el medievo. Su carta militar es notable y variada en defensa del Imperio: en Túnez, con el Duque de Osuna (1611), donde recibió heridas; en 1625, en el famoso sitio de Breda y al mando de la caballería napolitana en Lombardía, donde cinco años más tarde sería nombrado maestre de campo de la región (el Piamonte y Monferrato). En 1633 su aportación en la batalla de Nordlingen contra los suecos es decisiva para la victoria de las armas españolas. Hay sombras y luces en la crónica: en Flandes, con el cardenal-infante don Fernando y después, llamado por Felipe IV como capitán general de Guipúzcoa como parte de un plan para penetrar en Francia, acción que fracasó y que, además, le valió un proceso del que salió limpio de culpa en 1638 para, finalmente, ser nombrado en 1639 virrey de Aragón y Grande de España; en 1640 virrey de Navarra, y al estallar el conflicto con Cataluña vuelta a Aragón. Gracián está con él y se vuelve su confidente. Ambos ven el problema catalán con ojos realistas, equidistantes de la euforia nacionalista que priva en Madrid, donde nuestro escritor acompañó al virrey para una serie de consultas vinculadas con la grave situación que privaba en el norte de España. Allí traba relación con ‘personajes y personajillos’ de los que se duele, al decir: “Todo es embeleco, mentiras, gente soberbia y vana.” Frente a ellos Gracián habrá de exclamar: “Yo soy poco humilde y zalamero.” Pero no todo son abrojos, hay instantes gratos: la amistad con el celebrado comediógrafo Antonio Hurtado de Mendoza, autor, entre otras, de Querer por sólo querer, y quien a su fama poética unía brillante carrera palaciega que lo había llevado a ser secretario y ayuda de cámara del rey. Hay cosas gratas en el viaje: encuentra un libro –suyo– en la biblioteca de palacio, como un avance de su fama entre los notables del reino (se trataba de El héroe).

Son días de mayo y pronto ocurrirán sucesos sombríos. El conde duque de Olivares imponiendo nuevas gabelas a Cataluña estaba ‘cargando la mano’ y dando pie al drama.

El 7 de junio de 1640, fiesta de Corpus estalla la rebelión dels segadors y es asesinado el conde de Santa Coloma, don Dalmau de Queralt, virrey de Cataluña. Prontamente, unos cuatro mil franceses apoyan la rebelión con anuencia de Luis XIII, feliz de crear una cuña en España. Se le pide al rey, entre ellos el duque de Nochera, que obre con prudencia para evitar que los catalanes se entreguen a Francia; todo inútil. En la corte se decide el castigo de los levantiscos catalanes. El propio Nochera, a las órdenes del marqués de los Vélez, ataca el 7 de diciembre desde Fraga. Instante fatal para Felipe IV. Melo, en su Guerra de Cataluña, apuntilla:

Día que, por notable en el tiempo, debe ser nombrado en todos los siglos. Fatal el año, fatal el mes y la semana. El sábado 1 de diciembre perdió la Corona de España el reinado de Portugal; el 7 del mismo mes, el principado de Cataluña. La guerra duró 12 años y no es nuestro propósito extendernos en estos sucesos, pero sí remarcar la amistad, hasta después de su muerte, con el duque de Nochera, al que define Gracián como “una prodigiosa contextura de prendas y de hazañas que bien pudo cortarla el hilo de la suerte, pero no mancharla con el fatal licor de aquellos tiempos”.

 

Por esos años, Gracián da a luz El político, basado en la figura de Fernando el Católico y dedicado precisamente a Nochera. Finalmente, aparece El discreto, donde surgen críticas y alabanzas por la clemente actitud de España en el problema catalán. Siempre bajo el amparo de su notable amigo Lastanosa, pero enfrentado a la Compañía de Jesús (en especial al padre Goswin Nickel, quien comentaba que las alusiones a la guerra catalana “podían poner en entredicho las relaciones entre la Corona y la Compañía de Jesús”). Así, Nochera y Gracián quedaban unidos en la historia de los tiempos, ambos por una amistad a toda prueba.

Sigue la guerra en Cataluña y Gracián acumula valentía y devoción. También compasión que le valen, tras tres terribles luchas, el sobrenombre de Padre de la Victoria, junto con el esforzado Pablo de Parada. Además, cronista exitoso de la lucha.

Agudeza y arte de ingenio y el Oráculo

En diciembre, libre ya de los afanes épicos del mes anterior, Gracián trabaja, alentado y protegido por Lastanosa, en un proyecto ambicioso. En la misma casa del prócer oscense revisa libros, espiga citas y extrae conclusiones para refundir su viejo Arte e ingenio en una nueva obra: Agudeza y arte de ingenio.

En ésta, y cabe pensar en una petición de Lastanosa, van incluidos algunos de los epigramas de Marcial, traducidos por el canónigo doctor Manuel de Salinas y Lizana, pariente de don Vincenzo. Un año tardó en aparecer, siendo a principios de 1648 cuando se inicia su distribución y en 1649 ya salía una segunda edición. ¿Tomó la idea del tratado de un original del italiano Peregrini (Matteo) titulado: Fuente de ingenio? Varias razones se barajan en torno a ello. No obstante, en definitiva, difieren notablemente. En efecto, mientras Pellegrini (o Peregrini) censura el uso excesivo de la agudeza, Gracián la defiende como legítimo recurso literario. Pero lo medular es si hay una frontera ancha o estrecha entre la agudeza y el pensamiento. Depende de cómo se emplee; así, Séneca y Plinio (el joven) son felices representantes de una agudeza: la de penetración (perspicacia) y la del artificio. Una, verdades difíciles; la otra, belleza sutil; aquélla es más útil; ésta, más agradable. En síntesis: la única diferencia entre las dos obras en aparente pugna sería la inclusión de muchos ejemplos de los escritores aragoneses de aquellos tiempos y la traducción de los epigramas de Marcial por Salinas.

Considerada como tratado clásico del estilo, para terminar como máximo ejemplar de conceptismo. Curtius es benigno juzgándola al decir:

Gracián nos dio una suma de agudeza. Fue ésta una proeza nacional; la tradición española, desde Marcial a Góngora, quedó así integrada a una perspectiva universal.

 

Para nosotros, demasiado adornar conceptos contribuye a hacerlos borrosos. El idioma debe ser claro; cualquier exceso retórico lo aparta del uso corriente. De esto al mal gusto no hay más que un paso. Gracián se salva por su genio. Cervantes será la receta.

Son los mejores años del escritor. Surge el Oráculo manual, cuya primera edición parece que fue publicada en Huesca (1647); empero, la más conocida surgió en Madrid, en 1653, bajo la generosa protección de Lastanosa, al cual se debería también alguna indicación prudente para reformar partes del texto. Como apunta Coster, las máximas que contiene el volumen, aunque originales en la forma, no presentan nada en la sustancia. Pero era un tratado necesario en tiempos en que la moral y la bajeza se cobijaban, confundiéndose, bajo falsos palios cristianos. Páginas de sabiduría mundana que no parecen trazadas por mano religiosa, como igual ocurriría en otras de sus obras, hacen pensar en un Gracián más llevado a las realidades del cotidiano acontecer con sus eternas miserias humanas, que por éxtasis divinos. Su propia vida fue una lucha constante con restricciones en la orden, con envidias y politiquerías de baja estofa. Un constante combate por afirmar su personalidad en un medio que tiende a anularla. Su diario vivir fue una terrible contradicción y ello apresuró su fin. Es el Oráculo manual ramillete de máximas expresadas en idioma rico y conciso que harán meditar en más de una ocasión y que constituyen cabecera de prudentes y dique contra necios y necedades. Por usar uno de sus aforismos, su lectura nos haría conducirnos con galantería de condición. Hay consejo para todo, menos para la bajeza. De ahí su condición clásica.

Empero, nuevamente llevó la contraria a la Compañía con la aparición del Oráculo manual porque intentó ‘engañarla’ indicando en la primera página: “Sacada de los aforismos que se discurren en las obras de Lorenzo Gracián.” Según él no había menester permiso porque era una especie de ‘refundición’ elaborada por Lastanosa. Pero los jesuitas no opinaron igual y sus malquerientes anotaron la hazaña en el libro negro, de forma que pronto se cobrarían la deuda entintada en envidia.

Mientras tanto, el Oráculo corrió con suerte y la fama de Gracián se extendió. Con el tiempo esta obra sería traducida y reeditada en varios idiomas europeos y tenida por maestra.

Su amistad con Uztarroz, cronista del reino en Zaragoza, con el obispo Esmir, en Huesca (a quien dedicó una recopilación de sermones del padre Continente, en encendida alabanza), y con el provincial de la orden Franco palió los ataques de los enemigos y le valió una inesperada victoria: Profesor de Escritura en el Colegio de Zaragoza. Pronto aparecerían nubes.

Había muerto el padre de la Orden, el general Piccolomini y hubo Congregación Provincial en Zaragoza para nombramiento de delegados para la elección del sucesor, que fueron Paulo de Rojas y Domingo Langa. Finalmente, se eligió a Goswin Nickel como nuevo general que, a la postre, sería nuevo crítico del aragonés. Faltaban pocos años para el fin: siete.

Notas

Éste es un compendio de mi obra Gracián (publicada en serial en Comunidad Ibérica), y citas de Menéndez Pidal; Adolphe Coster (biógrafo); Arturo del Hoyo Batllori; Marañón; Romera Navarro; ensayos aparecidos en la revista Ínsula de Madrid; Ernst Robert Curtis. (Revista de Occidente); Archivum Historicum Societatis (Roma); cartas de Goswin Nickel; Heliodoro Carpintero Capell; Schopenhauer (El mundo como voluntad y representación), y José Antonio Maravall.

 

*Este texto forma parte de la serie El castellano: acerca de sus venturas y desventuras, de la cual ya se han publicado los artículos: “Cervantes” (revista número 59), “La lengua madre del imperio” (60), “Nacimiento del idioma español en la roca cántabra” (62), “Canasta de ingenios” (63), “Del Marqués de Santillana a Garcilaso de la Vega” (71), “Tirso de Molina” (73), “Lope de Vega y Carpio” (75), “Tres rivales y un misterio” (78), “Juan Ruiz de Alarcón” (80), “Quevedo” (85), “Calderón de la Barca” (87), “El sereno y angélico Fray Luis de León” (89), “Incursión al misticismo. Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz” (91) y “Las dos vertientes del barroco español” (92). En números posteriores se continuará con la publicación de esta serie.

 

 

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