Aplicamos la probabilidad a casi todas las decisiones conscientes que tomamos. La ropa que nos ponemos depende de nuestra apreciación del tiempo atmosférico; cuando atravesamos una calle, nos aseguramos de que la probabilidad de chocar con un vehículo sea aceptablemente pequeña; se compran bombillas "por si acaso"; en el sector de los seguros en su conjunto, ya sean seguros de vida, de determinadas posesiones u otros, todo se basa en valoraciones de los riesgos. Si los seres humanos no hubiesen sido capaces de manejar intuitivamente y de forma natural muchas ideas en las que interviene la probabilidad, nuestra civilización nunca hubiese podido evolucionar.
Sin embargo, a pesar de poseer una buena intuición, por regla general, muchas personas se equivocan con frecuencia en dos cuestiones. La primera tiene que ver con apreciar las diferencias reales de magnitud asociadas a acontecimientos raros. Si expresamos la probabilidad en la forma "uno entre mil" o "uno entre un millón", lo único que se capta es que la posibilidad es remota y, sin embargo, uno de los números es [apenas] mil veces mayor que el otro. Otra cuestión es el empleo de información parcial: cuando se nos muestra una fotografía y se nos pregunta si la belleza que aparece en ella es una modelo o una oficinista, existe cierta tendencia a creer que se trata de la primera, cuando son mucho más numerosas las oficinistas que las modelos.*
John Haig ** |