En El fin del hombre, Francis Fukuyama vuelve sobre la tesis que esbozó hace casi quince años para vindicar un nuevo argumento: la historia no habrá de llegar a su fin sino con el fin de la ciencia, el cual se avizora cada vez más distante, atendiendo al contexto de los monumentales avances científicos y tecnológicos, particularmente en el campo de las ciencias naturales y la informática.
En 1949, George Orwell advirtió en su novela 1984 -con su Gran Hermano a expensas del dominio y escrutinio público- el despliegue de una tecnología informática de punta como instrumento de control en el seno de un orden totalitario. Hoy en día, cuando la computadora doméstica y la internet se hallan al alcance de las masas, puede decirse que tal pronóstico se ha cumplido, mas sólo a medias, por cuanto dichas herramientas han redundado en la democratización del acceso a la información; tanto así que incluso los propios gobiernos se ven en la necesidad de divulgar por este medio información relativa a sus actividades. Las sombrías observaciones de Orwell se han visto revertidas por el arrastre de la tecnología, pero, por encima de todo, de la calidad histórica inherente a las sociedades democráticas y los principios liberales que propugnan. La pregunta en el aire es si podemos confiar en que suceda otro tanto con la biotecnología, que sus secuelas resulten a la postre tan benignas como exagerada la preocupación. En efecto, con la finalización del Proyecto Genoma Humano en el año 2000 -que todavía hacia fines de la década de 1990 se tenía previsto para el 2020- ha quedado abonado el terreno para el desarrollo de la biotecnología.
Si, finalmente, la especie humana es producto de un vastísimo proceso evolutivo y ha sido moldeada por todo tipo de agentes externos, ¿por qué no hacerse cargo de encauzar dicho proceso en lo sucesivo y en la medida de lo posible? Uno de los postulados más trascendentes del darwinismo consiste precisamente en poner de realce que no hay designio alguno detrás de la evolución -toda vez que ésta se da en función de una mera adaptación al medio. Así, pues, ¿por qué el atenerse a un cúmulo de valores y respuestas aprendidos a través de un proceso evolutivo e histórico ha de ser la cifra del ser humano? ¿Por qué aferrarse a esa idea?
Ante la disyuntiva, el autor pondera una noción de naturaleza humana; explica que -dado que el hombre no ha tenido reparos en utilizar sus conocimientos para modificar su entorno natural, no cabe esperar que los tendrá a la hora de ensayar cambios en su ser- el peligro radica en la posibilidad de que la biotecnología la altere y, por consiguiente, "nos conduzca a un estadio 'posthumano' de la historia". ¿Y qué ha de entenderse luego por naturaleza humana? "La naturaleza humana es la suma del comportamiento y las características que son típicas de la especie humana, y que se deben a factores genéticos más que a factores ambientales". Dicho concepto es importante, siempre según Fukuyama, porque, amén de patente y válido, ha garantizado la continuidad y estabilidad de la especie. La naturaleza humana determina y limita los posibles modelos de regímenes políticos, de manera que una tecnología capaz de transformar lo que es en sí el ser humano posiblemente tendría consecuencias nocivas para la democracia liberal y para la naturaleza de la propia política.
Muchos planteamientos esbozados por Aldous Huxley en Un mundo feliz (1932) se hallan presentes de algún modo ya en la actualidad, como la fecundación in vitro y los fármacos psicotrópicos, aunque la ingeniería genética lo está de manera latente. La procreación de niños en probeta no parece comportar hasta ahora una metamorfosis significativa en sus características como individuo ni como espécimen. Mas en lo referente a los avances neurofarmacológicos, la medicina ha encontrado que el comportamiento es más malea-ble de lo que solía creerse. Ya el Prozac, por poner un caso, ha sido saludado por alrededor de 28 millones de estadounidenses como la droga de la 'autoestima', cuando no de la felicidad instantánea, y eso que todavía se trata de un antidepresivo de primera generación.
Sin embargo, con relación a la ingeniería genética aún estamos muy lejos de poder modificar el adn humano, por más que esto ya se haya practicado en vegetales. Lo que es más, algunas voces dentro del ámbito científico han apuntado que jamás estaremos en condiciones de hacerlo, que alterar la naturaleza humana no es posible ni figura entre los cometidos de la biotecnología. Aun cuando la noticia de la secuenciación de la totalidad del genoma humano recibió amplia difusión e hizo pensar que los científicos habían dado con la base genética de la vida, semejante logro equivale apenas a la transcripción de un libro cuyo idioma sólo se entiende parcialmente. En consecuencia, la creación de bebés de diseño o la clonación humana se antojan bastante remotas por ahora, especialmente porque se hallan supeditadas a la experimentación y manipulación de células madre. La investigación con células madre conlleva la destrucción de embriones, mientras que la clonación, además, presupone su creación expresa para fines de investigación. En cuanto a las legislaciones, a la fecha hay casi veinte naciones que se han avocado a regular esta manipulación genética.
Conviene señalar, por último, que la práctica directa en el hombre de las técnicas derivadas de esta disciplina, al margen de su grado de adelanto, no prevé necesariamente aplicaciones con fines perfectivos, que son, en cualquier caso, las que atentarían contra la naturaleza humana y las que se asocian más comúnmente a este campo de investigación, sino, asimismo, con fines terapéuticos, para erradicar enfermedades y malformaciones congénitas incluso antes de la concepción. Así pues, la anatemizada eugenesia, justificada en parte, no debe ser descartada sin más, en la medida que pueda garantizar la calidad de vida a millones de personas en el mundo, quienes, acaso, de otra manera, habrían de ver disminuidas sus capacidades, con el lastre físico y emocional, y a menudo también con el rechazo que ello supone en nuestras sociedades, desgraciadamente.
| * Reseña del libro El fin del hombre, de Francis Fukuyama, Ediciones B, Barcelona, 2002, 410 pp. |