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Correo del Maestro Núm. 93, febrero 2004

Léxico circense

Arrigo Coen Anitúa

Si de voces del circo hemos de tratar, comencemos con su propio nombre, circo, que ha dejado de designar el 'lugar en que, en tiempos de los romanos, se presentaban los espectáculos públicos'; hoy es un 'recinto generalmente delimitado por una gran carpa, con gradería para los espectadores, y que tiene una o más pistas circulares en las que actúan los genéricamente llamados cirqueros'

Ese nombre proviene del latín circus, cuyas primeras acepciones fueron 'círculo' (forma diminutiva), 'órbita' y 'aro'. El radical circ- latino es afín al griego kirk-, radical de kirkos, 'anillo'; ambos derivados de la raíz indeuropea *kirk- o *kerk-, de *ker- o *kir-, respectivamente. (Fuente: Origins, de Eric Partridge.)

Los más espectaculares de los actuales cirqueros son los acróbatas -etimológicamente, los que 'se pasean por las alturas', del griego ákros, 'extremo', y batés, agente del verbo bainein, 'pasear'-, los funámbulos y los trapecistas.

Funámbulo -por sus elementos compositivos latinos, 'que camina por una cuerda'- es el 'acróbata que realiza ejercicios sobre la cuerda floja o sobre el alambre'; la Academia (rae) agrega: "Persona que sabe actuar con habilidad, especialmente en la vida social o política" (un maromero, pues, de maroma, sinónimo de 'cuerda'). Se lo llama también volatín y volatinero.

Asimismo de origen griego es la voz trapecio, que nos llega al español vía el latín tardío trapezium. Es un 'palo horizontal suspendido, por sus extremos, de dos cuerdas'. Los trapecistas se valen de dos o más de estos implementos gimnásticos para hacer gala de su fuerza, su agilidad y su cordinación en las demostraciones de su arte.

Algo semejante, pero a pie firme en la pista, hacen los saltimbanquis, que se impulsan en tierra por la fuerza de sus piernas, ayudados a veces por improvisados trampolines.

Los pulsadores son 'gimnastas que actúan generalmente por parejas -a veces tres o más- y efectúan figuras de equilibrio y de resistencia con alto sentido estético'.

Los contorsionistas son por lo regular mujeres, logran asombrosa flexibilidad de sus cuerpos y la exhiben en la ejecución de dificilísimos ejercicios.

Los equilibristas ofrecen espectacularmente diversos resultados de su 'habilidad de mantener en equilibrio y en movimiento, gran variedad de objetos sobre puntos precarios'.

Los malabaristas -así llamados por tener su origen en Malabar, India- son 'diestros en lanzar a lo alto -o entre sí cuando son dos o más- diversos objetos que recobran ordenadamente al final de la demostración'.

Con frecuencia se combinan las facultades de uno y otros y obtienen cuadros de espectacular plasticidad como pirámides humanas en cuyas cúspides alguien está ostentando sus gracias.

Imprescindibles en cualquier circo son los payasos (término que nos llega, vía el francés, del italiano pagliaccio, 'muñeco de paja'); son los 'bufones', los encargados de la parte cómica de la función. Sus recursos para mover a risa presentan una gama muy extensa, desde el más burdo ridículo hasta el más agudo ingenio.

A veces se presentan ilusionistas -magia blanca- con espectaculares trucos escénicos; telépatas, dizque 'adivinadores del pensamiento', y prestidigitadores 'de ágiles dedos'.

La equitación está en el circo representada por expertos caballistas que dominan, desde la 'alta escuela' con que lucen la obediencia de los corceles pasando por las suertes de los jinetes cosacos, hasta la gracia de habilísimas bailarinas que, en atuendos de breves tutúes, danzan a lomo de equinos encarrerados.

Los penúltimos números corren a cargo de los amaestradores de animales: perros, focas, elefantes.

Con gran armazón de jaulas se anuncian los domadores de fieras, que se encierran con tigres y leones, y, armados únicamente de restallante látigo y defendidos, a guisa de escudo, sólo por una simple silla, conminan a sus no tan dóciles alumnos para que alteren el orden de sus lugares, salten a través de aros o se yergan rampantes sobre sus patas traseras.

Hay circos que cuentan con hombres bala y, en efecto, ofrecen el acto de lanzar, mediante un cañón a un ser humano, que prácticamente vuela de uno a otro lado de la carpa, al impulso del disparo.

En el número del Gran final, al son de la banda del circo, se reúnen todos los cirqueros en una triunfal marcha cuyo ritmo suele ser marcado por los aplausos de los conmovidos espectadores.

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