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Correo del Maestro Núm. 93, febrero 2004

Museos mexicanos, usos y desusos

Luisa Fernanda Rico Mansard

Desde la formación de la primera colección museográfica, hace casi 220 años (17831785, Real Academia de San Carlos; 1790, Museo de Historia Natural y 1825, Museo Nacional), hasta las cerca de 880 instituciones museísticas1 que hemos llegado a consolidar hoy en día, en México se ha trabajado ininterrumpidamente en todo aquello que conforma la vida de un museo. Aspectos que van desde la reunión e investigación de objetos y su exhibición, hasta su ‘puesta en línea’ a través de las supercarreteras de internet. Aunque la oferta museística actual podría impresionar a cualquiera, realmente no es para tanto ya que sólo representa una mínima parte de todo el trabajo que conllevan la formación, la existencia y la supervivencia, así como la proyección social de cualquier institución de este tipo.

Nuestros museos, siguiendo el modelo de la sociedad occidental, se gestaron y fueron tomando cuerpo y forma mientras se consolidaba el país como nación independiente. Así, de la función eminentemente política (destinada a justificar la nueva administración del país con base en la grandeza del pasado) que desempeñaron a lo largo de casi todo el siglo XIX, se pasó a una función marcadamente didáctica (dirigida a mostrar piezas con base en un discurso museográfico sencillo), misma que predominó en buena parte del siglo XX y continúa hoy en día como principal bandera para su creación o remodelación.

A estas funciones tan ancestralmente arraigadas vino a sumarse en las últimas décadas el valor comunicativo del museo. La revolución de las nuevas tecnologías y los medios de comunicación no sólo han estado penetrando en todos los aspectos de nuestra vida cotidiana, sino también en las instituciones museísticas. Precisamente, han sido las nuevas tecnologías las que han aumentado exponencialmente la oferta museística al transferirla de lo real y tangible a lo virtual e intangible, y han permitido su visita a distancia por medio de un ordenador y sin moverse de casa, o más simple y llanamente, han propiciado ‘poder comprar un museo’ en forma electrónica (vía disco compacto) para que cualquiera pueda llevarlo en el bolsillo y visitarlo en todo momento.

En consecuencia, en los últimos años se ha necesitado la apreciación del museo con una renovada visión educativa, entendida como una actividad integral e incluyente de las diferentes intencionalidades que entran en juego en el proceso de enseñanzaaprendizaje, así como en las de recreación.

Por otra parte, en los últimos años también se ha apreciado el museo desde un punto de vista turístico, debido a la importancia que esta actividad ha ganado en todo el mundo y a las expectativas que el gobierno mexicano está poniendo en el desarrollo de este sector como un eslabón fundamental para el avance económico del país.2

Museo de Historia Natural, Villahermosa, Tabasco.
Foto: Luisa Fernanda Rico Mansard.

Así, las funciones tradicionalmente atribuidas al museo (reunir, investigar, ordenar, conservar y mostrar o ‘enseñar’) más las que está adquiriendo en los últimos años (comunicar, aprender y recrear), vienen a demostrar que el museo no guarda ‘cosas viejas’ y que tampoco es una institución anticuada y pasada de moda, sino un espacio cultural que ha tenido la capacidad de renovarse y adaptarse a las cambiantes necesidades de toda sociedad.

Esta gran capacidad de renovación y adaptación no sólo nos invita a echar las campanas al vuelo, sino que nos obliga a hacer un análisis serio de qué, cuánto y cómo se aprovecha de los museos y colecciones en exhibición, a fin de utilizarlos mejor y proponer alternativas acordes a las necesidades del siglo XXI. 

Realidades

Los cerca de 900 museos que tenemos en todo el país están tipificados por su organización administrativa como nacionales, regionales, locales, de sitio, estatales, municipales, comunitarios, universitarios, dependientes de una o varias instancias particulares, de diferentes grupos religiosos o sociales, etc. Se clasifican por sus contenidos y la intencionalidad de su discurso museográfico: de arqueología, antropología, historia, artes, historia natural, ciencias, técnicas, culturas populares, etc., y tratan siempre de representar todas las facetas de la vida natural y la actividad humana. Finalmente, la denominada expotecnia ha venido a enriquecer con mucho el marco conceptual, los enfoques y las modalidades de las exposiciones catalogándolas en estéticas, evocadoras, interactivas, recreativas, dinámicas, sistemáticas, temáticas, participativas, entre otras. De todo este entramado museístico que se nos ofrece hoy en día, podemos notar que faltan muchos elementos que permitan unir y enlazar cada una de las partes y las actividades museísticas a fin de lograr consolidar una verdadero sistema de museos mexicanos.

El INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia), como custodio oficial del patrimonio histórico y de la reconstrucción del pasado a través del discurso museográfico, tiene bajo su control apenas 110 museos en todo el país. El INBA (Instituto Nacional de Bellas Artes), que hace lo propio en cuanto al arte, tiene a su cargo 32 museos y entabla relación directa con otro tanto a nivel nacional. Esto representa cerca de un 15% de la oferta actual de museos.

Además, se registran entre 160 y 220 pequeños establecimientos bajo el Programa de Museos Comunitarios, también promovidos por el Estado3 que, respetando las características propias de cada comunidad, requieren ser impulsados de diversas maneras para que funcionen más eficientemente y alcancen mayor proyección social.

Estos números indican que, en el mejor de los casos, alrededor de un 35% depende directamente de programas federales. Al hacer cuentas notamos que una buena parte de nuestros museos sale de este esquema y que la sociedad civil está teniendo mayor injerencia en estos asuntos. A pesar de que múltiples voces se levantan en contra de ello, la realidad del país nos muestra claramente que necesitamos unir todos los esfuerzos, aumentar y diversificar todas las actividades museísticas y de acción cultural, e implementar programas de autogestión para garantizar la vida de estas instituciones. Para esto es urgente definir una política básica en materia museística válida para todo el país con el objeto de evitar las enormes diferencias prevalecientes en el funcionamiento y la oferta cultural entre un museo y otro y, no menos importante, con el objeto de integrarla a otros programas de gobierno.

La experiencia nos confirma que los museos que dependen de las grandes ramas museísticass (el INAH, el INBA, tal o cual universidad) no sólo viven y sobreviven según las posibilidades de la dependencia a la que están adscritos, sino que en la práctica funcionan según sus propias posibilidades. Muchas veces son tan limitadas que apenas permiten la existencia del museo. En varias ocasiones encontramos que sus servicios y colecciones quedan muy encerrados o ‘encajonados’, no sólo por la falta de presupuestos, sino también por la falta de apertura y contactos con otras instituciones y programas culturales que los estimulen y den vida.

Siguiendo otro orden de ideas, la irregular demanda para visitarlos demuestra que no sólo existen grandes diferencias entre lo que se exhibe, la intencionalidad de su exhibición y la forma de hacerlo, sino que tampoco hay una política mínima en los servicios que se ofrecen (visitas guiadas, folletos, hojas impresas, actividades paralelas o complementarias, etcétera). Hay algunos que tienen mucho y otros que carecen hasta de lo más indispensable. En consecuencia, no sólo se desaprovecha gran parte del trabajo que se realiza en los museos, sino también que en muchas ocasiones se crea una animadversión o rechazo total de buena parte del público hacia ellos y, ni qué decir del propio personal del museo, que se desmotiva al ver que después de mucho trabajar el fruto de sus esfuerzos ha quedado muy mermado.

¿Qué podemos hacer, entonces, para revitalizar nuestros museos? Repensarlos, reconceptualizarlos bajo una óptica distinta y más amplia; que más que custodios del pasado, instrumentos políticos o herramientas didácticas, se afiancen como medios comunicativos, recursos educativos y elementos turísticos, no sólo para hacerlos más atractivos al público local y externo, sino para convertirlos en parte de nuestra vida cotidiana, como una alternativa constante de esparcimiento y conocimiento.

Puntos de partida

Hay que tomar en cuenta que así como las personas no nos definimos a través de una sola biografía o historia, sino que necesitamos de varias historias para explicar lo que somos, los objetos y los museos también tienen sus propias historias. Es fundamental reconocer y respetar todas esas historias, pues son las que les imprimen su sello distintivo y su razón de ser. Este reconocimiento del pasado, más que utilizarlo como pretexto o freno, hay que usarlo como experiencia y herramienta para establecer algunos parámetros a fin de definir y homogeneizar acciones y estrategias comunes. En pocas palabras, que nos permita establecer una política básica en materia museística válida para todo el país y para todos los sectores de la sociedad. Para ello hay que partir de dos consideraciones básicas:

I. ¿Para quién es el museo?

A un visitante común, por lo general no le es relevante conocer a qué dependencia está adscrito un museo o si sus trabajadores forman parte de un grupo o sindicato, ya que él va a ver, a aprender y a pasarla bien en el museo. Aunque para los que estamos inmersos en ese mundo sabemos que esto representa una de las partes medulares de toda institución museística –pues determina su organización, su funcionamiento y su proyección social–, para la mayor parte del público este aspecto pasa inadvertido.

Por ello es fundamental hacer un esfuerzo para que todos los museos y sus trabajadores, independientemente de su adscripción administrativa o laboral, garanticen al público, por lo menos, ciertos servicios básicos para que sienta que valió la pena visitar el museo, que no se vaya con las manos vacías o con una sensación de desagrado o aburrimiento y que desee regresar al mismo museo en diferentes ocasiones.

II. El qué, como requisito del cómo

Las colecciones siguen siendo todavía la parte esencial de todo museo. Independientemente del tipo de piezas que tenga su cargo, el museo, al igual que cualquier centro encargado de custodiar el patrimonio cultural y prestar servicios en torno a éste –como archivos y bibliotecas–, debe trabajar ininterrumpidamente en el registro y cuidado de sus colecciones, ya que son su esencia y su razón de ser. Sin ellas, la institución perdería su valor y su función sustantiva.

Aquí hay que tomar en cuenta que las colecciones bien catalogadas y cuidadas tampoco deben utilizarse para separar o dividir a la gente por causas de origen, función social o lugar de adscripción, ya que el patrimonio nacional se ha concebido como tal para su preservación y para unir a las personas y a las instituciones, no para separarlas. Por consiguiente, hay que insistir en esta añeja propuesta, pues un registro básico, completo y veraz, a nivel nacional, revisado y actualizado permanentemente, podría, en la práctica, unificar muchas posturas actualmente divididas por ignorancia o por cuestiones institucionales.4 Si el registro es bueno, se convierte en instrumento útil para el cuidado efectivo de nuestro patrimonio cultural, y queda por encima de los peligrosos cambios de las autoridades y los políticos, de las diferencias institucionales y de los intereses particulares.

Además de los requisitos necesarios para la restauración y conservación de las colecciones, es importante llevar a cabo el registro siguiendo dos ideas fundamentales:

1. Conocer y controlar cada uno de los movimientos de las piezas no sólo fuera, sino también dentro de los museos.

2. Que la información se integre a la recientemente propuesta Cartografía de Recursos Culturales de México.5

Si bien combinar ambos aspectos puede resultar complicado, no se contraponen y pueden concebirse como complementarios. Es muy probable que este juego entre lo micro e interno y lo macro y externo que requerimos en la actualidad nos permita encontrar equilibrios que aceleren con acierto el avance de este ansiado Registro Nacional.

La imagen política del museo

Todo museo es político, tanto como institución, como por su contenido. Pero más que referirme a él como evocador de la historia triunfalista o como bandera cultural del gobernante en turno, quiero señalar la imagen política que proyecta y cómo incide dentro de la vida misma del museo.

Maximiliano de Habsburgo fue el primer gobernante en otorgarle al museo una función pública oficial y en considerarlo como parte sustantiva de la política de gobierno. No sólo lo dotó de un espacio fijo, definitivo e independiente, sino que también asistió junto con su esposa, la emperatriz Carlota, a su inauguración formal –el 6 de julio de 1866, ni más ni menos que el día del cumpleaños del emperador–, lo que sentó un precedente en la sociedad mexicana de incluir a estos centros como elemento clave de la política cultural.6

En la época colonial, entre 1731 y 1734, se construyó la Real Casa de Moneda por el arquitecto español Juan Peinado. Hoy es el Museo Nacional de las Culturas.
Manuel Rivera Cambas, México pintoresco, artístico y monumental, México 1974.

Para el centenario de la Independencia, Porfirio Díaz también echó mano del museo recorriendo con ‘gran pompa y circunstancia’ y junto con los miembros de su gabinete, las principales salas del museo. A partir de entonces se acostumbra testimoniar estos eventos políticos, cargados de lo más representativo de nuestra cultura, a través de la tradicional ‘foto del recuerdo’ (actualmente videos y grabaciones digitales), convertida en la huella imborrable de la aceptación del museo como espacio idóneo para desarrollar diferentes actividades de Estado.

La estrecha relación entre grey política y museo se siguió acentuando a lo largo del siglo XX y de manera más contundente a partir de la creación de los museos de la generación del 64, impulsados por el entonces presidente Adolfo López Mateos.7

En las últimas décadas, muchos gobernantes han repetido la práctica de inaugurar durante su mandato algún museo importante o por lo menos una magna exposición, y han convertido este acto en uno de los símbolos de su política cultural. Es más, el Museo Nacional de Antropología, como heredero de buena parte de la carga simbólica del antiguo Museo Nacional, recientemente se ha convertido, además, en una de las sedes predilectas para realizar actos políticos presididos por el jefe del Ejecutivo. La majestuosidad del edificio, la grandeza del pasado, el valor patrimonial de los objetos, la laicidad de los contenidos son los garantes esenciales que confirman a este museo, una y otra vez, como el espacio idóneo capaz de dar cabida a actividades y compromisos de diversa índole sin generar conflictos que fácilmente se presentarían en otros espacios.

Si bien es cierto que el valor político ha impulsado la creación de muchos museos, no es menos veraz que en muchas ocasiones ha trastocado su organización interna, sobre todo en cuanto al nombramiento de sus dirigentes. Nuevamente la creencia prevaleciente de que en el museo ‘sólo hay cosas viejas’ y que no se necesitan actividades específicas ni personas especializadas para dirigirlo, se resiente en nuestro ámbito cultural, haciendo que el compadrazgo y los compromisos políticos y sociales todavía tengan mucho peso en el mundo de nuestros museos.

Para cambiar esta situación, los mismos trabajadores de museos debemos hacernos escuchar. De tiempo atrás se han organizado e impartido gran cantidad y variedad de cursos de capacitación al personal de museos para hacerlo más conocedor y más apto en las actividades que desempeña. Por otra parte, hay que reconocer que últimamente se ha dado una acelerada profesionalización de las actividades museísticas, que también debe conducir al nombramiento en los puestos claves de personas especializadas y con experiencia en cuestiones museográficas y culturales.

Nuestros museos tienen forma de manejarse seria y profesionalmente y, más que ‘designar a los cuates' o 'cumplir con los compromisos' para su dirección, corresponde a las jóvenes generaciones con estudios y títulos que avalan su preparación, al igual que al personal con experiencia y capacitación, asumir los cargos de mayor responsabilidad.

El museo como medio de comunicación

El museo, como todas las demás instituciones contemporáneas, se ha revalorado últimamente como un medio de comunicación. En consecuencia, la perspectiva del emisor, el mensaje, el receptor y el feedback o la realimentación ha cambiado la visión rígida y estática de la museografía hasta llevarla al extremo de la interactividad, la virtualidad y al nomuseo. Ahora, el museo es un lugar de encuentro donde no sólo se va a ver, sino a dialogar con lo exhibido y donde el público da sentido al objeto, interpreta su significado y decodifica la información para aplicarla a su propia situación cultural.

Ante esta nueva apreciación cabe preguntarse: ¿está preparado el público para comprender el mensaje que el museo intenta transmitirle a través de los objetos que exhibe?

Este nuevo reto ha exigido mayor cuidado en el quehacer museológico y museográfico. Por eso es certero retomar la tesis de que actualmente, “en museografía no puede darse un espacio no pensado”, lo que obliga a cambiar la exhibición de corte positivista y a explotar con más firmeza los aspectos lúdicos, escénicos y rituales que entran en juego en cualquier área de exhibición.8

Pero el asunto no termina aquí. Las nuevas tecnologías han puesto en jaque hasta la existencia misma del custodio del pasado: “Si lo puedo visitar virtualmente, ¿para qué ir en persona?”

Sobre este asunto es necesario poner las cosas en la balanza para encontrar un equilibrio: ni tanta comunicación y electrónica que sustituyan al museo y al objeto real, ni tanta tradición museográfica que cierre sus puertas a los medios de comunicación y a las nuevas tecnologías. Si bien, de lo primero se esperaría por lo menos una difusión masiva de nuestra riqueza cultural, también podría llevar a la minusvaloración de nuestro patrimonio tangible e intangible, material e inmaterial y, en consecuencia, a la pérdida de nuestra memoria colectiva y nuestra identidad nacional. Lo segundo representaría la desaparición de la institución museística.

Hay que aprovechar al museo en su esencia para proyectarlo en el mundo actual. Concebir y utilizar colecciones y museos como piezas claves de la nueva sociedad del conocimiento para no sólo acumular y transmitir informaciones y datos, sino también para transformarlos y cambiarlos según las necesidades latentes de toda sociedad. O sea, darles mayor utilidad y versatilidad en tiempo y espacio.

Afortunadamente, tenemos buen trecho andado al respecto. Las dimensiones histórica y multicultural que siempre han caracterizado a los museos mexicanos son garantía suficiente para abrir, con respeto, responsabilidad y equidad, las puertas a lo étnico y a lo regional, a fin de incrementar un contacto intercultural y reafirmar la identidad nacional. Actualizar estos programas inyectándoles más fuerza y ponerlos también ‘en la red’ seguramente dará a nuestros museos las proyecciones nacional y ciberespacial tan necesarias en este siglo XXI que ahora empieza.

El museo como recurso educativo

Quiero insistir aquí no sólo en la mera exhibición sencilla y clara de piezas y colecciones, sino como una integración de las diferentes intencionalidades educativorecreativas que entran en juego en el museo. Anteriormente, la preocupación se centraba en que el visitante pudiera caminar a través de un discurso museográfico poco complicado, ordenado linealmente. En el mejor de los casos se ofrecía la oportunidad de complementar la experiencia museográfica por medio de un guía, un folleto o un catálogo. Bajo esta concepción –la museografía, destinada para verse; el guía, para escucharse, y el folleto, para leerse con más detenimiento–, una visita ideal comprendería la suma de diferentes actividades museísticas, situación difícil de llevar a cabo debido a las limitaciones de tiempo, espacio, recursos físicos y humanos.

La rigidez de esta oferta cultural se ha resentido en buena parte de nuestros museos y su manifestación más sensible se refleja en el público escolar de todos los niveles. Obligar a los alumnos a ir al museo para obtener información se ha traducido, desgraciadamente, en ir a copiar cédulas. Es más, en muchísimos casos ‘los castigados’ son los padres, pues ellos terminan haciendo las tareas, mientras que los jóvenes se limitan a ‘comprobar’ su asistencia al museo por medio del boleto de entrada, un sello del museo en el cuaderno, la compra de un folleto o las páginas que contienen la información copiada de las cédulas.

El resultado de esto es que la visita al museo significa un tormento para los estudiantes y una frustración para el personal del museo. Un paliativo muy socorrido para contrarrestar el problema es, desde la perspectiva museográfica, no poner textos en las salas;  por el lado de los custodios, prohibir que el visitante entre con lápiz y papel al museo. En ciertos casos, hasta los vigilantes se encargan expresamente de que los jóvenes no estén frente a una vitrina copiando los textos.

Ya no se copia; ahora bien, ¿qué hacen estos jóvenes en el museo? ¿Saben apreciar la columna vertebral del museo, o sea, los objetos? ¿Saben por qué están allí y por qué se exhiben de esa manera?

Es muy aventurado responder al respecto sin contar con estudios de público que avalen los resultados. Lo cierto es que, en un sistema educativo como el nuestro, en que predomina la instrucción verbalista y libresca, la apreciación de los objetos y el aprendizaje a través de ellos han quedado muy relegados. Es fundamental educar o reeducar la mirada para que se pueda aprender, disfrutar y dialogar con objetos e imágenes.

Por parte del museo, también es básica la planeación de las diferentes intencionalidades educativas para que la visita se convierta en una experiencia constructiva. Concebir integralmente los contenidos de una exhibición, sus diferentes maneras de apreciación, al igual que las actividades complementarias y ofrecerlas al público en forma de red (como apoyos, andamiajes cognitivos, etc.) no sólo evitaría la parcelación de experiencias y conocimientos, sino que convertiría al museo en un verdadero espacio de aprendizaje agradable.

El museo como recurso turístico

El turismo se está convirtiendo en piedra angular de todas las economías nacionales lo que obliga al diseño e impulso de verdaderas políticas de Estado en la materia.

A esto hay que agregar que la fuerte globalización económica y cultural de nuestros días también provoca el rescate, la preservación y la difusión de los distintos patrimonios como algo propio, original, único, útil para reforzar los lazos de identidad y para ‘presumirlo’ a los otros.

En este aspecto, los museos son un eslabón más, y de gran importancia, de la cadena de atractivos por conocer y que hay que usar con mayor provecho. Para ello, se requiere integrarlos de manera formal dentro de los programas turísticos nacionales. No sólo agregar su visita a los programas establecidos, como son: Centros de Playa, Corazón de México, Mar de CortésBarrancas del Cobre, Ruta de los Dioses, Tesoros Coloniales del Centro de México, Mundo Maya y Programa de las Fronteras9, sino darles un lugar por sí mismos y de manera independiente, además de incluirlos dentro de proyectos de turismo cultural.10

Si bien en los últimos años se ha realizado un loable esfuerzo por incluir la información museística en los programas turísticos mencionados, también es importante aprovechar la gran variedad de museos existentes para crear verdaderas rutas turísticas especializadas, tanto para el turismo doméstico como el internacional. Por ejemplo: Ruta de la Independencia, Ruta de los Héroes, Museos Comunitarios, etc. Combinar las diferentes categorías museísticas con los distintos tipos de turismo11, más que crear problemas, podría enriquecer la vida de nuestros museos.

Nuevos derroteros

Nuestros museos, además de motivo de orgullo, también son motivo de gran preocupación. No sólo los problemas propios de la conservación, investigación y exhibición son difíciles de manejar, sino también los laborales y sindicales que, aunados a los elevados costos de mantenimiento y la necesidad constante de modernizar las instalaciones para hacerlas más atractivas, dificultan con mucho su actualización.

El hecho es que no se trata de cambiar todo lo que hay, sino de aprovechar todo lo que tenemos; o, como dijera don Guillermo Bonfil Batalla, “más que cambiar de realidad, hay que cambiar la realidad.”

Día con día nos encontramos con el cuidador, el guía, el museógrafo, el curador que se enfrentan a problemas de trabajo reales que hay que superar. Por una parte, hay que respetar lo hecho hasta ahora según las áreas de especialidad y las instituciones existentes, pero también es necesario hacer cambios que garanticen a futuro la función social de los museos. Más que hacer cambios drásticos sugiero, como lo mencioné arriba, empezar por homogeneizar ciertos programas como el registro nacional de piezas, los servicios educativos, los museos comunitarios y los programas turísticos. Esto, por un lado, daría mucha luz sobre lo que realmente tenemos, cómo lo tenemos y cómo lo utilizamos para, seguidamente, definir estrategias y políticas a corto o mediano plazos que lleven a cambios estructurales o a convenios con otros sectores de la administración pública.

El patrimonio museístico es de todos y a todos corresponde cuidarlo. Encomendar estas tareas a una sola dependencia, como el INAH o el INBA es muy difícil, debido a los intereses creados y a que son organismos temáticamente muy especializados. Por otro lado, la función primordial de ICOMMéxico (Comité Nacional Mexicano del Consejo Internacional de Museos dependiente de la UNESCO) es apoyar a las instituciones museísticas del país, función que ha desarrollado satisfactoriamente, pero su papel no es el de asumir posturas, ni medidas propias del Estado mexicano o sus instituciones.

Se necesita la colaboración de todas las partes y de un grupo interdisciplinario que trabaje exclusivamente en ello de manera independiente, pero que incida en todos los museos del país. Estoy segura de que nos llevaremos sorpresas muy agradables al descubrir y rescatar la creatividad que muchos mexicanos han aterrizado en nuestros museos.

Finalmente, para que desaparezca del imaginario colectivo la idea del museotemplo, el museobodega, el museomausoleo, es necesario que las museografías se adapten a las interpretaciones actuales de lo histórico, científico, artístico y social. Que sean temáticamente incluyentes, pero con miras a ser visitados por diferentes observadores. Ya no más triunfalismo sustentado en piezas sueltas y descontextualizadas; tampoco exclusivas reconstrucciones del pasado con objetos e imágenes para apoyar a los programas de enseñanza, sino espacios que vayan más allá: que tengan fundamentos pedagógicos; que muestren conceptos, procesos e ideas de la creatividad humana; que presenten a los héroes, pero que incluyan a los opositores y a la gente común; que presenten las grandes obras de arte al igual que las denominadas artesanías y el folclor, así como creaciones de jóvenes que buscan espacios para mostrar su obra; que presenten los avances científicos trascendentales, pero también aquellos esfuerzos de los hombres de ciencia que no vieron la luz con tanto esplendor. Que se atrevan a combinar lo estático con lo dinámico, lo real con lo virtual; en fin, que se atrevan a entrar al siglo XXI.

Notas

1Basado en un Directorio de Museos (2000) elaborado internamente en icomMéxico por Yuridia Rangel y Luisa Rico.
2“Los ingresos por visitantes internacionales en el año 2000 alcanzaron la cifra de 8295 millones de dólares, 14.8% más que en 1999 y equivalentes a la mitad del déficit de la Cuenta Corriente de la Balanza de Pagos (17690 millones de dólares), colocándose como la tercera actividad económica del país en captación de divisas, sólo después del petróleo y las manufacturas.” (Programa Nacional de Turismo 20012006. El turismo: la fuerza que nos une, p. 37.)
3 En la actualidad, los museos comunitarios y ecomuseos funcionan bajo el programa pacmyc, Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias. Programa Nacional de Cultura, 20012006. La cultura en tus manos, Cap. IV. Manuel Rivera Cambas, México pintoresco, artístico y monumental, México, 1974.
4 En cuanto a los inmuebles históricos, en los últimos 5 años fue catalogado casi el 50% del total acumulado, alcanzando 66737 de un universo estimado de más de 100000. En materia arqueológica han sido registrados 30587 sitios y 1101695 piezas en posesión de particulares, 664823 piezas en museos y bodegas del INAH. En cuanto a acervos documentales se alcanzó la cifra de 814031 fotografías y 264440 materiales fotográficos. El INBA registró 6940 inmuebles en el Distrito Federal y 3800 en diversas entidades de la República, así como 52000 obras artísticas pertenecientes al INBA. Cabe mencionar que es muy encomiable la labor iniciada por la Comisión de Arte Sacro, así como los Atlas Arqueológicos Subacuático y de Aguas Interiores. Programa Nacional de Turismo 20012006. El turismo: la fuerza que nos une, pp. 5572.5 Programa Nacional de Turismo 20012006, pp. 838
5.En la época colonial, entre 1731 y 1734, se construyó la Real Casa de Moneda por el arquitecto español Juan Peinado. Hoy es el Museo Nacional de las Culturas.
6 Nos referimos a la sede ubicada en Moneda #13 (actualmente Museo Nacional de las Culturas), donde permanecieron muchas de sus colecciones durante casi 100 años.
7 En ese año se inauguraron, además del Museo Nacional de Antropología, el Museo Nacional de Historia Natural, el Museo de Arte Moderno, el Museo Nacional del Virreinato y el Museo de la Ciudad de México.
8 Francisca Hernández Hernández, El museo como espacio de comunicación, pp. 2432.
9 Al respecto se sugiere consultar los más recientes números de México desconocido.
10Ver Programa Nacional de Turismo 20012006, p. 160.
11Las primeras se mencionaron al principio de este trabajo; los segundos están tipificados como doméstico, receptivo, visitantes del día, de elite, de masas y segmentado. Ver Programa Nacional de Turismo 20012006, p. 31 y 36.

 

Bibliografía

HERNÁNDEZ Hernández, Francisca, El museo como espacio de comunicación, Ediciones Trea, España, 1998.
Programa Nacional de Turismo 20012006. El turismo: la fuerza que nos une, sectur, México, 2001.
Programa Nacional de Cultura, 20012006. La cultura en tus manos, CNCA, México, 2001.
RICO Mansard, Luisa Fernanda y José Luis Sánchez Mora, icomMéxico. Semblanza retrospectiva, cncafoncaicom, México, 2000.
RICO Mansard, Luisa Fernanda, Exhibir para educar... Objetos, colecciones y museos de la ciudad de México (17901910), en prensa.

 

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