¿Quién no conoce las celebérrimas Golondrinas
de Gustavo Adolfo Bécquer? De las obras completas de este
autor (poesías y leyendas) ésa es, sin duda, la fracción
más difundida en todo el ámbito literario internacional,
gracias a las traducciones.
¿Qué singular hechizo, cuál particular encanto sugieren
y ejercen estos versos que, desde su primera lectura o audición dejan una
plenitud de algo logrado, de cosa perfecta?
Estoy seguro de que no soy el primero entre quienes
hayan tratado de investigar el origen, aparentemente mágico, de ese embrujo.
Tampoco dudo de que a todos quienes hayamos hecho el intento se nos ha aparecido
obvio el isomorfismo de las tres estrofas que componen el poema.
Por ello se me ocurrió educir una distribución gráfica
sinóptica en la que se hiciera evidente esa estructura regular a la que atribuyo
buena parte de la fascinación –hecha la salvedad del sentimiento poético,
que es la verdadera sustancia del mensaje– que experimenta, al final, el lector
o el oyente.
Me avoqué (nótese que no pongo aboqué), pues, a ello
y, tras no pocos en-sayos, he obtenido la distribución de los contenidos textuales
de las tres estrofas en la forma que en seguida ofrezco a la consideración
de mis lectores.
Volverán las oscuras golondrinas
“ “ tupidas madreselvas
“ “ ardientes palabras
de tu balcón sus nidos a colgar
“ “ jardín las tapias “ escalar
a tus oídos del amor “ sonar
y otra vez con el ala a tus cristales
“ “ “ a la tarde aun más
hermosas
“ tal “ de su profundo sueño
jugando llamarán
sus flores se abrirán
tu corazón despertará
pero aquellas que el vuelo refrenaban
“ “ cuajadas de rocío
“ mudo y absorto y de rodillas
tu hermosura y mi dicha a contemplar
cuyas gotas mirábamos temblar
como se adora a Dios ante su altar
aquellas que aprendieron nuestros nombres
y caer como lágrimas del día
como yo te he querido, desengáñate
ésas no volverán
“ “ “
así “ te querrán
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Espero que esta distribución de los elementos formales
del poema haga evidente la regularidad que les imprimió el poeta.
Desde luego que también contribuye al efecto eufónico
de la declamación –sea interna, para el lector, o bien externa para el oyente–
la regularidad del ritmo. Cada estrofa está compuesta de la siguiente guisa:
a) un primer grupo de tres versos endecasílabos, agudo el segundo, libres
los otros dos; b) un verso heptasílabo, agudo, consonantado, con el segundo
endecasílabo; c) otro grupo de tres endecasílabos, libres el primero y el
tercero, pero el segundo, agudo, con el mismo consonante del segundo del primer
grupo, y d) un verso heptasílabo agudo, consonantado con el segundo del grupo
c).
Si bien se observa, sólo hay una anomalía rítmica:
la del tercer verso del grupo c) de la tercera estrofa, que carga los acentos
en la cuarta y en la octava sílabas; pero nótese que ese cambio de ritmo expresa
un matiz angustioso que ayuda a preparar el carácter catastrófico del final
del poema, en que un así, sustituye, con una deíxis de modo, las dos
deíxis pronominales, ésas, que con toda claridad se refieren a las
tres aquellas que son sus lógicas antecedentes.
Ni por un momento sospecho que Gustavo Adolfo haya urdido,
como recurso retórico, esa asombrosa trama. Creo firmemente
que surgió espontánea de su estro poético, de su maestría
versificadora. ¡Y con cuál feliz resultado!