Querámoslo o no, nuestra condición de seres gregarios nos obliga a ser también seres sociales. El autor de Robinson Crusoe tuvo que darle a su protagonista un interlocutor para apuntalar, mediante posibles situa-
ciones comunicativas, el edificio de su integridad moral, puesta en riesgo por la soledad en que se encontró el célebre náufrago.
Donde y cuando quiera que dos seres humanos estén, no podrán resistir el impulso de comunicarse. Las experiencias culturales de cada uno de ellos son las que condicionarán que el coloquio sea cómodo, interesante o desigual y, en consecuencia, desesperante para alguno de ellos.
De las cartas intercambiadas entre Jorge Luis Borges y su amigo de siempre Maurice Abramowicz, en una, fechada en Palma de Mallorca el 12 de junio de 1919, nuestro genial argentino relata un diálogo que hubo de sostener con cierto sujeto con el que se encontró mientras ambos hacían antesala en espera de ser atendidos.
Si el cortés lector o mi gentil lectora hace caso omiso de los agregados que entre paréntesis pone Borges, se percatará inmediatamente de lo insulso que fue el dicho diálogo por culpa de la terca curiosidad, hija de su ignorancia que acerca de Suiza revelaba su joven interlocutor
He aquí el diálogo, tal como Jorge Luis lo trascribe:
Yo: Hace calor.
El joven: Mucho calor.
Un silencio
El joven: ¿Hace mucho que está usted por aquí?
Yo: ¿En España? Alrededor de un mes; pero vengo de Suiza.
El joven: ¡Ah! Por allá hace más frío.
Yo: En efecto.
Silencio.
El joven: Debe haber muchas montañas.
Yo: ¡Oh, sí!
El joven: Suiza es el país más accidentado de Europa.
Yo: Sí
Silencio.
El joven: ¿Usted viene de.?
Yo: de Ginebra.
El joven: ¿Es bonita?
Yo (ditirámbico): ¡Espléndida!, ¡Qué vida, qué animación, qué alegría! ¡Ahí hay de todo! Además, la ciudad es tan hermosa con el lago y el Ródano y.
El joven (sagaz): Hay muchas relojerías en Ginebra, ¿no?
Yo (estupefacto): Sí. más bien.
El joven (queriendo aprender cosas útiles): Los relojes son lo único que exporta Suiza, ¿no?
Yo: También está el chocolate.
El joven (voraz): ¡Ah, el chocolate!
Yo: .y las máquinas, y la leche.
El joven (cortante): Es más bien Holanda la que exporta leche.
Yo: .
El joven: Pero usted, usted no es suizo, usted es. ¿americano?, ¿argentino?
Yo: Argentino, de la muy noble ciudad de Buenos Aires.
El joven: (en tono astuto y perspicaz): Lo había adivinado por su acento. (Volviendo a la carga.) En Suiza se hace mucho alpinismo, ¿no?
Te ahorro el resto. Nuestro diálogo siguió así durante un cuarto de hora largo sin que perdiera ese carácter fundamental de imbecilidad.
En nuestra realidad cotidiana no escasean las ocasiones en que, para romper un ominoso silencio -por demás incómodo para los casuales interlocutores-, comenzamos a hablar sobre un tema cualquiera -por lo regular el estado del tiempo, como en el caso de Borges-, aunque no tengamos nada de qué informar a nuestro ocasional compañero de situación.
A esta función, la de mantener abierto el canal comunicante de la lengua, llaman los lingüistas función fática, o sea, 'del habla'.
En el adjetivo fático, a, reconocemos el morfema fa-, latino, de fari, 'hablar', y automáticamente podemos remontarlo a la raíz indeuropea bha-, con el mismo significado.
Parece que fue el lingüista Malinovski, del conocido Círculo de Praga, quien propuso la introducción de la función fática en los estudios de la lengua (H. Beristáin).