El escritor uruguayo Mario Benedetti (Paso de los Toros, 1920) nos entrega en cada libro fragmentos de su ser profundo y secreto, guiños que afloran como poemas y cuentos para acompañar los sueños de la vigilia cotidiana. Su último texto, El porvenir de mi pasado, es un nuevo inventario del estado de su alma tras el cambio de milenio y el afianzamiento de esa ya no tan nueva crisis de paradigmas, conocida como postmodernidad.
En consecuencia, El porvenir de mi pasado es un volumen vertiginoso en un doble sentido: primero, por la brevedad de sus textos (cuentos y poemas), que dejan sin aliento espiritual, y segundo, por la conciencia de los escasos asideros a los que se agarran sus personajes y lectores para no caer en este vértigo de la época actual.
Mario Benedetti ha sido un autor con una preocupación constante por el tiempo y sus estragos en las pequeñas alegrías cotidianas, un escritor descontento con los tonos grises de la vida en Montevideo o en cualquier parte. Sin embargo, también es un optimista irredento y angustiado, que confía en el triunfo de la belleza o de la poesía incluso después de las peores pesadillas.
El porvenir de mi pasado está dividido en cuatro partes o cuatro tiempos, que corren del porvenir al pasado y viceversa, porque en el autor uruguayo todo es viceversa, como la felicidad o la tristeza, el amor o el desamor, el exilio y los viajes.
El pórtico del libro, que lleva el mismo título, es un prosema que explica el espíritu que anima el volumen, como una botella al mar, pero vacía. 'Eso fui', dice el poeta, pero la imagen de ese porvenir, de ese pasado, de esa 'botella sin mensaje', es precisamente el mensaje, un vacío contemporáneo que hay que llenar con las primaveras a destiempo, los niños con amaneceres de torres de sol, las esperanzas trepadoras de la adolescencia, los trabajos para mulas, los colores y los insomnios, deseos e inclemencias; un por venir por corregir, un pasado por vivir, sufrir y gozar después de olvidados y descifrados. "Y pensar que todo estaba allí, lo que vendría, lo que se negaba a concurrir."
En el apartado 'El gran quizás', las historias se deslizan en una muerte con demasiadas aristas, desde aquellas que son como fantasías liberadoras para viudas y viudos, los pobres consuelos de gente simple y buena, hasta las exploraciones en busca de prodigios, nada más por dejar de aburrirnos, como en 'El hallazgo', con una lluvia de hojas secas en pleno verano.
Pero también en la muerte hay buenos amigos, como los compañeros de Medardo, quienes aburridos del soporífero más allá van a relatarles desde su triste porvenir su aún más triste pasado de liquidaciones, como la de un pianista y su piano desplazado por las desafinadas invenciones musicales del presente.
O también la muerte como turista de una de nuestras ciudades (Montevideo o la Ciudad de México), aburrida como nosotros, aunque por suerte para ella algunos, por un azar desgraciado, le den bastante y agotador trabajo y conviertan países y urbes en cementerios y viceversa, para que la Parca sea cada vez más escéptica: "Menos mal que no hay Dios, masculló la muerte con su voz cavernosa. Si hubiera Dios y viniera a disputarme el azar, no tendría más remedio que morirme".
Pero no todo estuvo perdido en este porvenir sin esperanzas, y el poeta lo dice: "Sin querer me metí en una utopía y no pude salir", pero "cuando al fin/no sé cómo/salí de aquel ensueño/la utopía hechicera ya no estaba/y el mundo me ofrecía/mal humor y abandono."
Sí, y parece que la utopía se ha vuelto instantánea y desechable, como cambiar las cartas por faxes o correos electrónicos, o la obsolescencia de los suicidios, de los espacios de juventud, de la nostalgia a cambio de la precisión de las computadoras, que sin embargo no pueden reparar este pretérito imperfecto.
En fin, que Benedetti no es ajeno a los infortunios de la utopía, que también tiene su pasado en un futuro incierto en el que hasta las mujeres pierden el ombligo y en vez de transformarse en ángeles son encarnaciones de una pequeña tragedia en el paraíso terrenal. "Contempló a la mujer desnuda y la mirada fue sobre todo de piedad."
'Brindis' es otra puerta en esta casa de ladrillos de Benedetti, una exaltación de una ebriedad gozosa, liberadora, llena de alegría y "remotas infancias de los viejos y las futuras vejeces de los niños", un brindis "por los jóvenes poetas que cuentan las monedas y las sílabas". También es la reconciliación de las historias, de los jardines que se bifurcaron en tiempos de cólera, en 'Amores de anteayer' que encuentran su sentido en el recuerdo y el futuro, en las pausas de los vinos bebidos hasta alcanzar la última gota y el 'Amor en vilo' o en vuelo.
Y por último (o por principio) 'La tristeza', esa parcela que aramos cotidianamente para que de ella nazca tenue la alegría, pues "no hay tristeza amputada de esperanza/ni alegría sin ásperos presagios/la pobre vida es una encrucijada/de regocijos y fracasos".
'La tristeza' como una enfermedad que sólo se cura con la muerte, cuya alegría se desvanece en la esperanza de continuar con una vida triste. La tristeza, como síntoma de las 'Realidades que se acaban', dentro o fuera de nosotros, y que se deben reinventar para escapar de los calabozos y los malos sueños.
El porvenir de mi pasado, ese 'Túnel en duermevela' que cruzamos un día en busca de aventuras y nos regresó a un pasado decrépito sin la esperanza de ser nosotros, atrapados en la piel y los miedos de nuestros antepasados. Y todo estaba ahí, en el pasado, en esa esperanza por la que los personajes de Benedetti viven y mueren.
| * Reseña del libro El porvenir de mi pasado, de Mario Benedetti, Alfaguara, México, 2003. |