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Correo del Maestro Núm. 88,septiembre 2003

Educación de valores en la Sociedad del Conocimiento (I)

Alejandro Spiegel

Ésta es la primera de una serie de notas en las que intentaremos abordar los nuevos y viejos desafíos de la educación de valores en la Sociedad del Conocimiento. Intentaremos comprender su complejidad y acercar ideas para su abordaje en el aula. Quisiera compartir con ustedes una historia que escuché no hace mucho tiempo. La protagonista es una maestra y empieza a la hora de la puesta del sol:

Había sido la más hermosa tarde de las vacaciones de María, que ahora caminaba por la playa juntando caracoles. Estaba segura de que éstos provocarían la envidia de todos. Incluso los llevaría a su clase y los compartiría –aunque sólo por un rato– con sus alumnos.

María buscaba y seleccionaba los más coloridos, y ansiaba encontrar uno grande, uno muy grande, de esos que traen adentro el ruido del mar.

Esta vez estaba decidida a encontrar el suyo y se había alejado mucho más que de costumbre. De pronto, a lo lejos, le pareció reconocer algo grande; era dorado y tenía una forma extraña. Primero apuró el paso, pero después intentó tranquilizarse: podía ser cualquier cosa, una bolsa, una pelota... ¡si hasta parecía una de esas lámparas mágicas de Las mil y una noches!

Lo levantó y lo acercó a la oreja. Nada, no se escuchaba nada. ¿Y si verdaderamente era una lámpara?¿Y si la frotaba? Después de todo, era su último día de vacaciones... Se encogió de hombros, permitiéndose la travesura de creer en lámparas mágicas.

Entonces, abrazó el caracol, la lámpara, y empezó primero a sacarle la arena que tenía pegada, luego a acariciarla y, finalmente, a frotarla. La lámpara –ahora estaba segura de que eso era– comenzó a brillar y a vibrar entre sus brazos, y el aire se tiñó con el humo violeta que salía de uno de sus extremos.

De pronto hubo una especie de chispazo, de relámpago. Y apareció un genio.

—¡Genio! –gritó María– ¡Eres un genio!

—Sí, soy un genio... ¿y? Gran cosa no es...

—¡Pero harás realidad mis deseos! Bueno, al menos tres –dudó.

—No te pongas tan contenta.

—¿Por?

—Porque no te tocarán tres deseos. Eso pasa sólo en los libros y en las películas... A ti te tocará uno solito.

—¿Uno solo...? No me importa... ¡es genial!

—Claro, genial –dijo el genio, con cara de aburrido–, mejor apúrate, que no tienes demasiado tiempo para decidirte y, una vez que digas tu deseo, no se aceptan devoluciones.

—Uno solito. Mmm… –por un momento María frunció el ceño, pero rápidamente recuperó el buen semblante–. ¡Ya sé!

—¡Ajá! –dijo el genio mientras se acercaba, dispuesto a averiguar de qué se trataba su nuevo desafío– Adelante, te escucho.

—Bueno, ¿sabes?, siempre quise ir al África, caminar por la selva, participar en un safari: leones, elefantes, tigres, víboras peligrosísimas… ¿te imaginas?

—Sí, me lo imagino... pero, ¿para eso me necesitas? ¿Estás segura?

—Sí...

—Piénsalo, ese deseo es una tontería... no debiera decirlo, pero es que casi me ofende. ¡Bastaría con que te subieras a un avión y listo!

—Sí, claro. Lo que pasa es que a mí me da miedo volar; y, como si fuera poco, tengo sólo el sueldo de maestra.

—Bueno, también están los barcos... Hermosas travesías por el mar...

—Sí, pero igual es mucho dinero, además no me alcanzarán las vacaciones en la escuela para ir y volver.

—Mmm...

—Además, yo quiero ir con mi propio auto, un escarabajo desvencijado que desde hace años me lleva de aquí para allá –María ahora hablaba convencida–, y lo que quiero es que me hagas un puente para que pueda llegar al safari con mi autito.

—¿Un puente desde América y hasta África? ¡Pero no sabes lo que estás pidiendo! ¿Te imaginas la logística necesaria para poner los soportes en el fondo del océano? Y la cantidad de cemento, asfalto, pintura... y además, las luminarias, señales... ¡No, no, definitivamente no se puede!, piensa otro.

—¿Otro? –María no podía salir de su sorpresa y estaba desilusionada– A ver, dame un minuto.... mmm... bueno, si no se puede ir a África...

—Espero que ahora sí pidas algo posible...

—Si no se puede ir a África, quisiera que mis alumnos quieran y puedan construir una sociedad mejor que la que tenemos, que puedan insertarse y ser exitosos en la Sociedad del Conocimiento. Y, además, claro, me gustaría que la directora me felicitara más seguido, que la supervisora ni se fijara en mí y, obviamente, que me aumenten el sueldo.

—Eh… espera –la interrumpió el genio–, ¿el puente puede ser también de una sola vía de circulación?

¿Les gustó? Ahora retomemos el pedido de María. En lo que está a nuestro alcance, claro, sin genios ni lámparas mágicas.

Uno de los desafíos de cada generación es crear las condiciones necesarias para que los niños y jóvenes quieran y puedan construir una sociedad mejor. Y la escuela es un escenario y un tiempo único para lograrlo.

¿Con qué herramientas y cómo podemos hacerlo? En las sucesivas notas compartiremos alternativas didácticas vinculadas, por ejemplo, con los héroes y otros recursos de la vida cotidiana. Pero vayamos de a poco.

Comencemos analizando este tiempo que nos toca vivir: la Sociedad del Conocimiento ofrece acceso cada vez más rápido y económico a una cantidad  y variedad de información sin precedentes en la historia de la humanidad.

Hace no más de algunas décadas, el diario era periódico y la radio era el medio para informarse de lo que pasaba; el teléfono era un lujo escaso y difícil de conseguir, y escribir una carta implicaba días y días, y recibirla, muchos más.

Entonces teníamos algunas certezas menores, aunque no despreciables: estaba la “hora de las novelas”, la “de los dibujos animados”, la “del noticiero”, la “de las películas”, etcétera.

Hoy, al comando de un control remoto, a toda hora encontramos novelas, noticieros, películas y mucho más. De lo bueno y de lo malo. Y en mucha cantidad.

Hace no tanto tiempo, escribir cualquier texto requería de buena caligrafía o, mejor, saber escribir en una buena Olivetti; en esa época, escribir una obra presentable implicaba un cesto lleno de hojas abolladas, que hoy permanecen blancas y lisas gracias al “corrector de ortografía” o al “cortar y pegar”.

Todos estos cambios, lejos de ser meramente tecnológicos, afectan prácticamente todas las dimensiones de la actividad humana. Incluso, obviamente, la ética. Si nos quedan dudas, tomemos una de las palabras de moda: acceso. ¿Qué significa acceder a toda esta información? ¿Quién accede y en qué condiciones? ¿Alcanza, acaso, con tener a mano un control remoto o un teclado de computadora para tener ‘acceso’? En este sentido, puede diferenciarse el acceso físico –o la posibilidad de usar el dispositivo tecnológico en cuestión– del acceso lógico, que implica poder comprender críticamente la suma de informaciones ofrecidas –las valiosas de las incorrectas, parciales, injuriosas, etcétera–. Así, poder acceder lógicamente significa, más allá de buscar, poder encontrar lo que se necesita, es poder enfrentarse de manera competente con las nuevas lecturas y escrituras.

Por cuestiones culturales y económicas, es probable que en los próximos años aumente la posibilidad de acceso físico. ¿Dónde si no en la escuela nuestros alumnos van a desarrollar las competencias para acceder plena y críticamente a todas estas posibilidades a las que, dicho sea de paso, también tienen derecho?

En esta misma sociedad hay más instrumentos que nunca para conectarse con otras personas, pero que sólo una mínima parte de la población mundial puede disfrutar.

En este punto, la escuela aparece como el último bastión de lo público para que todos puedan prepararse para estos desafíos, para que puedan aprovechar críticamente todas las potencialidades y progresar.

En esta misma sociedad conviven variados rasgos individualistas y exclusores con un número creciente de acciones altruistas.

Volvamos ahora al pedido de la maestra. Podríamos decirlo de esta manera: que los alumnos se comprometan y decidan multiplicar estos actos altruistas, abordando las muchísimas necesidades esenciales –que muchas veces rozan lo visceral– con las que conviven. Y que aprovechen estos nuevos dispositivos tecnológicos con un sentido ético, para ellos, y para potenciar y para dar mayor impacto a sus acciones.

¿Por dónde empezar?

En este tiempo tan complejo, comencemos recuperando la centralidad de la confianza como condición necesaria para educar y para aprender.

Profundicemos y abramos esta idea, relacionándola con el futuro, con el saber, con el docente y con el alumno.

• Confianza en el futuro

Desde siempre, educar y aprender estuvieron relacionados con el futuro. Si no hay futuro, si no se concibe esta idea, si no se cree en la existencia de un escenario prospectivo, no tiene sentido aprender.

Educar es “hacer lugar” a las nuevas generaciones para que ellas puedan tomar la posta de la cultura construida por sus antepasados. Y este pasaje tiene sentido sólo si hay horizonte, si hay una perspectiva más allá de la supervivencia.

Por otro lado, aprender es apropiarse de información del entorno en función de un proyecto personal. O sea, aprender sólo es concebible si hay proyecto, si existe la energía propia de desear y confiar en ese proyecto.

Por ello, promover la confianza en un futuro mejor no es otra cosa que hacer concebible el esfuerzo que siempre implica aprender.

Tomar en cuenta e incluir esta visión es, como se dijo, imprescindible, aunque adquiere especial relevancia con los niños y jóvenes pertenecientes a los grupos más empobrecidos, a quienes, en muchos casos, la misma sociedad les obstaculiza y hasta mina su derecho a desear.

• Confianza en el valor de saber

¿Cómo construir el futuro deseado? ¿Cuáles son los medios para llegar a ese escenario? ¿Cuál es el valor de saber en esta empresa? Inevitablemente, aquí nos topamos con otra palabra muy usada: éxito. En particular, ¿cuáles son los caminos para llegar al éxito? ¿Cuáles son los modelos de éxito y de las trayectorias posibles y aceptables para lograrlo? Esta elección implica una decisión que muchas veces no es consciente y que, en cualquier caso, influye a la hora de aprender.

Uno de los caminos incluye la inmediatez, el azar o casos excepcionales de belleza, memoria, destrezas y habilidades específicas, etc., tan promocionadas por los medios de comunicación como propias de pocas personas. Otro recorrido es el de la construcción, el esfuerzo, la preparación, el apren-dizaje y la experticidad, actividades o situaciones menos fulgurantes pero abiertas para todos.

Desde hace ya varios años,  muchas personas, organizaciones y países, a través de sus políticas de estado, han elegido su futuro y su herramienta para construirlo: el conocimiento.

En estos términos, para poder educar es necesario promover y facilitar que los alumnos también reconozcan el valor de saber, que confíen y aprecien su potencial.

• Confianza en el docente

Tomemos unos instantes y recordemos a nuestros mejores maestros, esas personas que guardamos en un rincón luminoso, aquellos a quienes nos quisimos o quisiéramos parecer. ¿Qué los hace únicos? ¿Qué características hicieron que los recordáramos sobre el resto?

Vengo haciendo esta pregunta desde hace ya varios años y a muchísimos colegas: en general, se rescata la pasión, el respeto, el compromiso con la tarea: “Que sabía y sabía enseñar”.

Como vemos, tener o no tener confianza en nuestros maestros no es un dato menor: la diferencia entre no confiar y confiar en lo que sabe, en que va a enseñar saberes valiosos, en que quiere y en que está preocupado en que yo aprenda define una buena parte del interés y de la predisposición de sus alumnos.

• Confianza en el alumno

El clima de la clase está, al menos parcialmente, determinado por la imagen, por la confianza que el maestro tenga en cada uno de sus alumnos, en sus deseos y posibilidades de aprender. Según diversas y ya antiguas investigaciones, esa misma opinión interviene decisivamente en la propia imagen que cada niño construye de sí mismo. O sea, también influye en el potencial éxito o fracaso escolar de cada uno de sus alumnos.1

La confianza del docente en el potencial de cada alumno, y la confianza en sí mismo que cada alumno va construyendo en su tiempo de escuela, es también un punto de partida para que estas personas puedan ser lectoras críticas de la realidad que se les presenta, incluso la mediada por los nuevos dispositivos tecnológicos.

En el tiempo de la imagen, muchas veces se propone la falacia de que “la realidad es lo que se ve en los medios”, o que lo que aparece en los medios es una verdad única. La confianza en sí mismo y en lo que se sabe, la curiosidad y el cuestionamiento, como parte del proceso de construcción de saber, son necesarios justamente para desconfiar de las apariencias y para leer e interpelar críticamente las diversas realidades que van apareciendo.

En definitiva, para comenzar a dar respuestas, “sin lámparas ni genios”, a los deseos de María, para construir alternativas en las que los alumnos quieran y puedan construir una sociedad mejor y puedan insertarse en la Sociedad del Conocimiento, apelamos a un valor tan antiguo como esencial: la confianza.

Construirla y sostenerla, a su vez, implica nuevos y viejos desafíos que abordaremos en las próximas notas.2

 

1 Este fenómeno es conocido como el Efecto Pigmalión.
2En las próximas entregas abordaremos a la escuela como espacio y tiempo de diálogos, preguntas y aprendizajes, a la vida cotidiana como fuente de diversos recursos didácticos, y alternativas didácticas para transferir estas ideas al aula.

 

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