La destrucción de los conventos suprimidos por las Leyes
de Reforma hizo posible transformar la traza urbana de
la Ciudad de México durante el porfiriato.
Durante el Segundo Imperio, en el año 1846, se inició
la construcción de un nuevo paseo, que a la larga sería más importante que
el de Bucareli. El paseo debería unir el Palacio Imperial con el Alcázar de
Chapultepec. La traza se hizo en línea recta, sobre los terrenos conocidos
como Ejidos de la ciudad, desde el monumento de Carlos IV (que se hallaba
en la glorieta donde se iniciaba el Paseo de Bucareli desde 1852, la de Río
Rhin) hasta el Castillo de Chapultepec. El proyecto incluía la glorieta mencionada
y 55 metros de ancho. Hasta el año de 1867 la avenida se conoció con los nombres
de Paseo del Emperador o Paseo de la Emperatriz.
Durante la República Restaurada, el presidente Sebastián
Lerdo de Tejada ordenó el ensanchamiento del paseo, la construcción de banquetas
y su reforestación. A continuación, cambió el nombre por el de Paseo de la
Reforma, para celebrar el triunfo de los liberales. Así también, en el año
1877, el gobernante mandó colocar el monumento a Colón en el sitio donde hoy
se localiza. La escultura fue un regalo del industrial Antonio Escandón. Ese
mismo año se inauguró el Paseo de la Reforma.
A lo largo del Paseo de la Reforma se construyeron casas
de campo desde el año 1880. Sin embargo, una década más
tarde ya se estaba perdiendo el entorno campirano. Se
ordenó entonces la exención del impuesto predial por cinco
años a los vecinos que tuvieran un jardín de por lo menos
ocho metros enfrente de sus mansiones.
El Paseo de la Reforma se modificó nuevamente en 1899.
Se dividió transversalmente entre glorietas, tomando como modelo el urbanismo
de los bulevares franceses. El proyecto fue de los arquitectos Juan y Ramón
Agea.
Las esculturas del Paseo de la Reforma
Las estatuas del Paseo de la Reforma proceden del interés
del Estado por proclamar el triunfo del Partido Liberal. El gobierno, durante
la República Restaurada y el porfiriato, promovió concursos entre escultores
para propiciar la factura de estatuas y monumentos; señalaba las pautas iconográficas
y formales, y daba todo su apoyo a las escenas que recrearan temas del pasado
prehispánico y de los héroes que recientemente habían vencido con sus ideales
a los integrantes del Partido Conservador.
Por otro lado, era indispensable hacer de la capital de
la República una ciudad bella que atrajera a los inversionistas extranjeros
como lugar económicamente estable.
Las esculturas del Paseo de la Reforma tuvieron, por tanto,
dos funciones: embellecer la avenida y hacer propaganda al liberalismo a través
de sus hombres más destacados. La iniciativa de poner esculturas de los próceres
del liberalismo en los flancos del Paseo de la Reforma, desde la glorieta
donde estaba el bronce de Carlos IV hasta el sitio en el que hoy está el monumento
a la Independencia, fue de Francisco Sosa. Este periodista hizo saber su proyecto
en el diario El partido liberal de junio de 1887. De esta manera dieciocho
estados patrocinaron las esculturas de dos de sus hombres más excelsos. Las
36 estatuas fueron colocadas entre 1889 y 1902.
Los escultores que participaron en la tarea fueron Federico
Homdeden, Gabriel Guerra, Ernesto Scheleske, Enrique Alciati, Juan Islas,
Epitacio Calvo, Primitivo Miranda y Jesús Contreras, en cuyo taller se fundieron
veinte estatuas. Todas se hallan flanqueando la avenida sobre altos pedestales
y son de tamaño natural.
Monumento a Colón
El monumento a Colón que, como ya
se dijo, se colocó en el Paseo de la Reforma en 1877,
estuvo antecedido por el proyecto de Manuel Vilar que
estaba sin fundir en la Academia y que Maximiliano pretendía
que se situara en la segunda glorieta (en la primera estaba
la de Carlos IV). La escultura de Vilar, sin embargo,
se colocó en la Plaza de Buenavista el 12 de octubre de
1892.
La escultura de Colón que hoy vemos y que patrocinó Antonio
Escandón es del escultor francés Carlos Cordier y le fue encargada en 1873.
Llegó a Veracruz en cajas en 1875 y dos años después se puso donde está. El
arquitecto Rodríguez Arrangoiti criticó mucho la pieza, toda vez que él había
hecho tratos con Escandón para realizarla antes de que el patrono se la encargara
a Cordier.
La pieza es una escultura neoclásica. Se encuentra sobre
un basamento cuadrado, en cuyos ángulos se observan lo relieves de los frailes
Juan Pérez de Marchena, Diego de Deza, Toribio de Benavente y Bartolomé de
las Casas. En los recuadros están, también en relieve, La llegada de Cristóbal
Colón a tierras americanas y La construcción de la Iglesia en el Nuevo
Mundo.
Monumento a Cuauhtémoc
A la glorieta del monumento a Colón le sigue la dedicada
a Cuauhtémoc (es la tercera), en el cruce de la avenida Insurgentes.
El ingeniero Francisco M. Jiménez
y el escultor Miguel Noreña ganaron el concurso para realizar
el monumento en el año 1877. Éste posee dos inscripciones.
Una dice: “A la memoria de Cuauhtémoc y de los guerreros
que combatieron heroicamente en defensa de su patria.
Año de 1521”. La otra explica: “Ordenaron
la erección de este monumento Porfirio Díaz, presidente
de la República, y Vicente Riva Palacio, secretario de
Fomento. Año de 1878”.
Francisco Sosa comentaba del monumento: “El cuerpo medio
que se levanta sobre este gran basamento se compone de un zócalo en forma
ligeramente piramidal con un tablero en cada cara, llevando en cada uno de
ellos inscrito uno de los nombres de los reyes aliados que tan esforzadamente
combatieron contra la conquista: Cuitláhuac, Coanacoch, Cacama y Tetepanquetzal…
El cornisamiento… está compuesto según los modelos… de los palacios de Uxmal
y el de Palenque… y su friso con los escudos, trajes de guerra y armas de
combate, que usaron los guerreros del Anáhuac… El tablero del frente lleva
en el bajorrelieve el jeroglífico de Cuauhtémoc tal como representaban los
aztecas al ‘águila que descendió’.
Los tableros del norte y del sur del pedestal representan
La aprehensión de Cuauhtémoc, de Noreña, y El tormento de Cuauhtémoc,
de Gabriel Guerra. Los relieves y la estatua exenta del guerrero indígena
revelan la bien llevada aplicación de los cánones clasicistas. Jesús F. Contreras
realizó la fundición.
El monumento a Cuauhtémoc es una muestra del neoindigenismo
o del indigenismo académico altamente promovido por el gobierno de Porfirio
Díaz.
Monumento a la Independencia
Lorenzo de la Hidalga (1810-1872)
fue el primer arquitecto que proyectó un monumento a la
Independencia en la Ciudad de México. Éste se empezó a
erigir en el centro de la Plaza Mayor por el año 1843,
pero sólo se edificó el zócalo.
La idea de levantar el monumento siguió
en la mente de los gobernantes durante la segunda mitad
del siglo XIX. Sólo Porfirio Díaz tuvo los recursos para
emprender la obra que celebraría el inicio del movimiento
independentista. El arquitecto Antonio Rivas Mercado realizó
el diseño, mientras los ingenieros Guillermo Beltrán y
Gonzalo Garita, y el arquitecto Manuel Gorozpe la construyeron.
El escultor italiano Enrique Alciati talló las esculturas
de mármol en México; las de bronce se fundieron en Italia.
La fábrica dio inicio el 2 de enero de 1902 y concluyó
con la inauguración el 16 de septiembre de 1910.
La columna de la Independencia se levanta sobre un doble
pedestal, que a su vez descansa en una plataforma coronada por cuatro pináculos.
El pedestal inferior presenta el almohadillado rústico distintivo de la arquitectura
porfiriana. En cada ángulo hay enormes esculturas femeninas de bronce que
personifican la Ley, la Justicia, la Guerra y la Paz. Una sostiene un libro;
otra porta la espada; la siguiente viste coraza, morrión y empuña una espada,
y la última lleva la palma y la corona de laurel.
En la fachada norte, entre la Ley y la Paz, un genio conduce
a un león, que simboliza la fuerza. Debajo de éste hay un vano adintelado
por el que se ingresa al recinto. En contraposición, en la fachada sur está
la lámpara votiva para homenajear los restos de los mártires de la Independencia.
Sobre el segundo pedestal, en la fachada norte, se hallan
las esculturas de mármol de Hidalgo, Morelos y Guerrero. A los pies de aquél
y entre estos últimos figuran dos mujeres. Una, la que ofrece laureles, es
la Patria; otra, la que escribe en un libro, es la Historia. Mina y Bravo
se localizan en las esquinas de la fachada sur.
La columna mide 2.80 metros de diámetro y 20 metros de
altura. El fuste está rodeado de palmas entrelazadas con anillos, donde se
leen los nombres de varios insurgentes. El capitel corintio está adornado
con águilas conmemorativas del triunfo. Sobre aquél descansa otro pedestal
que sirve de peana a la enorme victoria alada, símbolo de la Independencia,
comúnmente de-
nominada ‘el Ángel’.
El monumento a la Independencia se considera el santuario
de la patria, toda vez que en su interior se localizan las urnas con los restos
de Andrés Quintana Roo, Francisco Javier Mina, Guadalupe Victoria, Leona Vicario,
Vicente Guerrero, José María Morelos, Nicolás Bravo y Mariano Matamoros, así
como los cráneos de Mariano Jiménez, Aldama, Allende e Hidalgo.
Un fuerte sismo derrumbó la figura de la victoria alada
el 29 de julio de 1957. La cabeza destrozada se localiza en la casa de Heras
y Soto, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. El escultor José Fernández
Urbina restauró la pieza que fue colocada un año después. La última restauración
data del año 1986.
Fuente de la Diana Cazadora
La Diana Cazadora se localiza en la quinta glorieta, como
si diera la bienvenida a los que penetran en los bosques, que son su territorio.
Fue en 1942 cuando el presidente Manuel Ávila Camacho solicitó al artista
plástico Juan Olaguíbel su realización.