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Correo del Maestro Núm. 89, octubre 2003

Taller de revista: espacio didáctico, imaginativo y social

Arturo Gutiérrez

 

Sucede frecuentemente que al planear estrategias para la difusión de la lectura entre niños y jóvenes no se toma en cuenta que para la mayoría de ellos el simple objeto del libro resulta algo prácticamente desconocido, cuando en la escuela debería estarse propiciando un acercamiento crítico a la lectura que permitiera al alumno discernir más allá del “me gusta o no me gusta lo que leí”. Los maestros en cambio tienen que enfrentarse con la cruda respuesta que generalmente reciben de los grupos: “No me gusta leer.” A menos que los padres se hayan preocupado por rodear la primera infancia con materiales modestos pero que estimularan una incipiente curiosidad por la lectura, los niños vienen a la escuela a encontrarse con los libros, unas cosas extrañas representantes de un deber desagradable, el cual hay que cumplir a pesar de la propia voluntad y como dando palos de ciego. Este rechazo inicial genera una sensación de impotencia difícilmente reversible en los años posteriores, ya que se da por sentado en el joven lo que el niño nunca comprendió, situación que se evitaría si desde un principio alguien se toma la molestia de familiarizarlo con los mecanismos que el texto literario pone en juego.

Comparemos si no la supuesta habilidad que los niños de hoy tienen para la computación. ¿De qué hablamos cuando decimos cosas semejantes? ¿Dónde se origina la misteriosa habilidad?, ¿de una modificación genética? No. Si los niños ahora demuestran mayores aptitudes que generaciones anteriores para el manejo de computadoras, se debe a que han crecido rodeados por innumerables estímulos audiovisuales que de alguna manera los han preparado para el manejo de un sistema que básicamente funciona de modo similar; mientras para algunos de nosotros los multimedia son apenas una difusa abstracción, para ellos son una manera de actuar en el mundo. Al final tenemos que la expresión ‘niños de hoy’ sólo es un vago eufemismo para eludir la responsabilidad de brindar educación integral a millones de niños encomendados a la nodriza televisiva.

Aun cuando falta mejorar el rendimiento de los programas de alfabetización corrientes, en la actualidad el bajo índice de lectura entre los jóvenes estudiantes no implica tanto un problema de logística como de afinidad. Una vez que se les ha enseñado a leer, una vez que se han hecho llamativas ediciones, sigue faltando el convencimiento de que la lectura tiene un valor por sí misma e incluso puede ser entretenida. Es decir, se puede enseñar a leer, tener coloridas campañas para promover el libro, pero mientras el niño no esté convencido del valor que la lectura tiene por sí misma, todo será inútil.

Una actividad que permite a cualquier niño familiarizarse con el texto impreso y conocer procesos similares a los que concentra el libro alrededor suyo, es la organización de un taller de revista al interior de la escuela o la clase. Una revista no solamente requiere de personas que sepan escribir; también de otras que sepan leer (correctores, redactores), además de las encargadas de las diversas áreas necesarias para publicarla (producción, apariencia gráfica, distribución, etc.). Independientemente de auxiliar en el fortalecimiento de hábitos de lectura y comprensión, propone una dinámica formativa de compromiso comunitario, al poner en juego distintas capacidades individuales en favor de un proyecto compartido. Si no conseguimos lectores avezados, por lo menos estaremos ampliando la cultura de respeto al libro, ganancia que no es menor, si recordamos muchas de las atrocidades que en la historia humana han comenzado con la quema de un libro.

Elección de un perfil y otros preparativos

Lo primero para echar a andar una revista es saber cuál será su temática fundamental, qué tópicos abordará. ¿Será una revista de expresión, abierta a la libre creación de los participantes? ¿O será más bien de corte informativo, limitada a hechos locales o con materias de índole general? Existen tantas posibilidades como la imaginación desee, revistas deportivas, de humor, de crítica, revistas en las que el contenido es completamente inventado, combinaciones varias. Pero eso sí, una vez elegido el rumbo, debe mantenerse con apego y darse las garantías suficientes para su continuidad. La institución educativa está obligada a evaluar los pros y contras del tipo de publicación y, habiendo decidido, a garantizar su respaldo. Por ejemplo, una revista deportiva en tono cómico, puede generar el disgusto del equipo triunfador de la escuela, pero no debe ser causa suficiente para clausurarla. Parte fundamental del taller radica en la promoción de actitudes responsables dentro del espacio público. El cierre de un foro para el alumnado ante la primera divergencia resultaría contraproducente.

El adecuado funcionamiento del taller dependerá de la confianza que genere entre los estudiantes. En tanto sea un medio en el que sus habilidades adquieren valor más allá de grados o calificaciones, el propio entusiasmo de los participantes estará garantizando el cuidado de la revista. Nada surgido de la imposición tiene probabilidades de éxito; el proyecto tiene que brindar a los niños libertad para experimentar con sus ideas de una manera similar a la del juego, por la cual aprecien que, como en todo juego, involucrarse con una publicación implica el respeto de una disciplina. Por el contrario, si empiezan a concebir el taller de revista como una exigencia adicional, una carga indiferenciada del resto de las materias en el currículo escolar, la desidia dará sus primeros brotes y muy pronto la revista se encaminará al naufragio antes de que siquiera el primer número vea la luz.

Para motivar la participación voluntaria, lo recomendable es que el taller sesione fuera del horario normal de clase, abrir una convocatoria general en la escuela –lo que además propicia la convivencia entre diferentes generaciones– y, de preferencia, pasar a explicar en los salones la gama de actividades que ofrece el taller. El maestro encargado precisa de un tacto cuidadoso, equilibrado entre la disposición para ceder el control a los alumnos y el rigor justo en caso de abusos o francas equivocaciones; antes que de autoridad, su figura es la de un coordinador general al interior del taller, con la posición especial de representar a la dirección del plantel.

Una modalidad menos ambiciosa sería la organización de un periódico mural dentro del aula, distribuyendo funciones, es decir, aunque toda la clase pueda aportar colaboraciones, tiene que haber un alumno o equipo encargado de la distribución, otro de la revisión ortográfica, otro del cambio regular de material, etc. Lo importante es implementar una mecánica en la que noten el amplio margen de acción disponible, siempre y cuando se convenga un orden determinado. Aunque en un principio se pensaría que es caro, una ventaja del taller de revista es su adaptabilidad a todo tipo de presupuestos: desde simples hojas diseñadas de manera artesanal y luego fotocopiadas, hasta la formalidad de un trabajo llevado a la imprenta.

El inicio

Conviene que en la primera sesión se presenten varias revistas que ilustren a los interesados acerca de los modelos existentes y las faenas abarcadas en la hechura de una publicación. Vale la pena detenerse en el directorio, usualmente colocado en la página inicial, para aclarar las ocupaciones de cada departamento y la manera coordinada en que trabajan para la revista.

De este primer encuentro se desprende la importancia de poner los intereses personales al servicio de una meta colectiva; en consecuencia los participantes deben presentarse entre sí y describir las expectativas depositadas en el taller, estableciendo así un punto de partida para la discusión del tipo de revista adecuada a la mayoría de las inquietudes expuestas. Para esto, el grupo puede dividirse en equipos que planeen una propuesta y posteriormente compararlas hasta que la revista sea delineada en sus partes a consideración de los integrantes.

No forcemos una conclusión al final de la primera junta. En realidad, el concepto inicial con sus formas y contenidos se irá definiendo en sesiones posteriores, cuando el desempeño cotidiano pruebe la realidad de las aptitudes. Por ahora basta con socializar, aligerar el ambiente para un intercambio de opiniones fluido y bosquejar una fórmula de operación.

Método de trabajo

En esencia, la revista comienza al momento que se tiene material publicable (artículos, dibujos, fotografías, etc.). Cualquiera de los integrantes puede colaborar en este rubro; pero en el mismo plano de igualdad, corresponde que el taller establezca un ajuste de las pretensiones particulares a los criterios colectivos, de modo que se tomen decisiones participativas y con los objetivos de la revista por delante. Toca al coordinador enseñar hábitos de revisión y fomentar la perseverancia, para impedir que los alumnos cuyas colaboraciones no hayan sido aceptadas caigan en el desánimo.

Independientemente de quiénes sean los escogidos para publicar, concierne al taller en su totalidad mantenerse informado de los sucesos de sus distintas secciones e involucrarse con los asuntos que vayan haciéndose prioritarios. Ya descubriremos que, de hecho, la selección de material será acaso la tarea menos compleja en la elaboración de nuestra revista, mientras que otras reclamarán una dedicación total.

Otro aspecto fundamental concierne a la periodicidad de la publicación. Ésta tiene que guardar congruencia con el nivel escolar y el medio físico empleado (evidentemente una revista en fotocopias presenta menos inconvenientes que otra hecha en imprenta). Si bien es cierto que la revista irá encontrando su paso con el transcurso de las jornadas, el trazo de una cierta calendarización desde el principio es algo imprescindible, no tanto para seguirla puntualmente, sino para que sirva de guía en los trastabillantes inicios y aminore el desconcierto cuando más de un inconveniente retrase las especificaciones del programa original.

Luego de los primeros números y con el taller estable, podemos considerar una apertura para incluir colaboraciones del resto de la comunidad escolar, ya sean alumnos, profesores e incluso empleados. Con la inevitable renovación de cada inicio de cursos, la unidad del taller atañe principalmente a los alumnos que se quedan. En ellos recae la responsabilidad de que los nuevos miembros se adapten sin complicaciones.

Distribución

Realizada la revista, efectivamente se ha completado la parte más ardua del recorrido; no obstante, una revista sin lectores equivale a una revista inexistente. En complicidad con las autoridades de la escuela, no es difícil encontrar los canales para crear por lo menos una expectación curiosa. No hacen falta elaboradas maquinaciones; basta con un poco de ingenio, unas cuantas cartulinas y el apoyo de los profesores para que la edición asegure un público cautivo.

No cabe esperar ganancias milagrosas. Al planear los costos de la revista hay que tomar en cuenta la capacidad económica de nuestros lectores potenciales y estipular un precio que no les represente un gasto oneroso, a la vez que solvente la inversión. Una posibilidad para ampliar el mercado, nuevamente con el apoyo de la dirección, es entablar diálogo con escuelas aledañas para que nuestra revista también tenga circulación en sus aulas.

En el mejor de los casos, la revista puede convertirse en una experiencia que congregue a la comunidad educativa, un motivo para que alumnos y maestros extiendan vínculos de realimentación.

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