Sucede frecuentemente que al planear estrategias para la difusión de la lectura
entre niños y jóvenes no se toma en cuenta que para la mayoría de ellos el
simple objeto del libro resulta algo prácticamente desconocido, cuando en
la escuela debería estarse propiciando un acercamiento crítico a la lectura
que permitiera al alumno discernir más allá del “me gusta o no me gusta lo
que leí”. Los maestros en cambio tienen que enfrentarse con la cruda respuesta
que generalmente reciben de los grupos: “No me gusta leer.” A menos que los
padres se hayan preocupado por rodear la primera infancia con materiales modestos
pero que estimularan una incipiente curiosidad por la lectura, los niños vienen
a la escuela a encontrarse con los libros, unas cosas extrañas representantes
de un deber desagradable, el cual hay que cumplir a pesar de la propia
voluntad y como dando palos de ciego. Este rechazo inicial genera una sensación
de impotencia difícilmente reversible en los años posteriores, ya que se da
por sentado en el joven lo que el niño nunca comprendió, situación que se
evitaría si desde un principio alguien se toma la molestia de familiarizarlo
con los mecanismos que el texto literario pone en juego.
Comparemos si no la supuesta
habilidad que los niños de hoy tienen para la computación. ¿De qué hablamos
cuando decimos cosas semejantes? ¿Dónde se origina la misteriosa habilidad?,
¿de una modificación genética? No. Si los niños ahora demuestran mayores aptitudes
que generaciones anteriores para el manejo de computadoras, se debe a que
han crecido rodeados por innumerables estímulos audiovisuales que de alguna
manera los han preparado para el manejo de un sistema que básicamente funciona
de modo similar; mientras para algunos de nosotros los multimedia son apenas
una difusa abstracción, para ellos son una manera de actuar en el mundo. Al
final tenemos que la expresión ‘niños de hoy’ sólo es un vago eufemismo para
eludir la responsabilidad de brindar educación integral a millones de niños
encomendados a la nodriza televisiva.
Aun cuando falta mejorar el
rendimiento de los programas de alfabetización corrientes, en la actualidad
el bajo índice de lectura entre los jóvenes estudiantes no implica tanto un
problema de logística como de afinidad. Una vez que se les ha enseñado a leer,
una vez que se han hecho llamativas ediciones, sigue faltando el convencimiento
de que la lectura tiene un valor por sí misma e incluso puede ser entretenida.
Es decir, se puede enseñar a leer, tener coloridas campañas para promover
el libro, pero mientras el niño no esté convencido del valor que la lectura
tiene por sí misma, todo será inútil.
Una actividad que permite
a cualquier niño familiarizarse con el texto impreso y conocer procesos similares
a los que concentra el libro alrededor suyo, es la organización de un taller
de revista al interior de la escuela o la clase. Una revista no solamente
requiere de personas que sepan escribir; también de otras que sepan leer (correctores,
redactores), además de las encargadas de las diversas áreas necesarias para
publicarla (producción, apariencia gráfica, distribución, etc.). Independientemente
de auxiliar en el fortalecimiento de hábitos de lectura y comprensión, propone
una dinámica formativa de compromiso comunitario, al poner en juego distintas
capacidades individuales en favor de un proyecto compartido. Si no conseguimos
lectores avezados, por lo menos estaremos ampliando la cultura de respeto
al libro, ganancia que no es menor, si recordamos muchas de las atrocidades
que en la historia humana han comenzado con la quema de un libro.
Elección
de un perfil y otros preparativos
Lo primero
para echar a andar una revista es saber cuál será su temática
fundamental, qué tópicos abordará. ¿Será una revista de
expresión, abierta a la libre creación de los participantes?
¿O será más bien de corte informativo, limitada a hechos
locales o con materias de índole general? Existen tantas
posibilidades como la imaginación desee, revistas deportivas,
de humor, de crítica, revistas en las que el contenido
es completamente inventado, combinaciones varias. Pero
eso sí, una vez elegido el rumbo, debe mantenerse con
apego y darse las garantías suficientes para su continuidad.
La institución educativa está obligada a evaluar los pros
y contras del tipo de publicación y, habiendo decidido,
a garantizar su respaldo. Por ejemplo, una revista deportiva
en tono cómico, puede generar el disgusto del equipo triunfador
de la escuela, pero no debe ser causa suficiente para
clausurarla. Parte fundamental del taller radica en la
promoción de actitudes responsables dentro del espacio
público. El cierre de un foro para el alumnado ante la
primera divergencia resultaría contraproducente.
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El adecuado funcionamiento
del taller dependerá de la confianza que genere entre los estudiantes. En
tanto sea un medio en el que sus habilidades adquieren valor más allá de grados
o calificaciones, el propio entusiasmo de los participantes estará garantizando
el cuidado de la revista. Nada surgido de la imposición tiene probabilidades
de éxito; el proyecto tiene que brindar a los niños libertad para experimentar
con sus ideas de una manera similar a la del juego, por la cual aprecien que,
como en todo juego, involucrarse con una publicación implica el respeto de
una disciplina. Por el contrario, si empiezan a concebir el taller de revista
como una exigencia adicional, una carga indiferenciada del resto de las materias
en el currículo escolar, la desidia dará sus primeros brotes y muy pronto
la revista se encaminará al naufragio antes de que siquiera el primer número
vea la luz.
Para motivar la participación
voluntaria, lo recomendable es que el taller sesione fuera del horario normal
de clase, abrir una convocatoria general en la escuela –lo que además propicia
la convivencia entre diferentes generaciones– y, de preferencia, pasar a explicar
en los salones la gama de actividades que ofrece el taller. El maestro encargado
precisa de un tacto cuidadoso, equilibrado entre la disposición para ceder
el control a los alumnos y el rigor justo en caso de abusos o francas equivocaciones;
antes que de autoridad, su figura es la de un coordinador general al interior
del taller, con la posición especial de representar a la dirección del plantel.
Una modalidad menos ambiciosa
sería la organización de un periódico mural dentro del aula, distribuyendo
funciones, es decir, aunque toda la clase pueda aportar colaboraciones, tiene
que haber un alumno o equipo encargado de la distribución, otro de la revisión
ortográfica, otro del cambio regular de material, etc. Lo importante es implementar
una mecánica en la que noten el amplio margen de acción disponible, siempre
y cuando se convenga un orden determinado. Aunque en un principio se pensaría
que es caro, una ventaja del taller de revista es su adaptabilidad a todo
tipo de presupuestos: desde simples hojas diseñadas de manera artesanal y
luego fotocopiadas, hasta la formalidad de un trabajo llevado a la imprenta.
El inicio
Conviene
que en la primera sesión se presenten varias revistas
que ilustren a los interesados acerca de los modelos existentes
y las faenas abarcadas en la hechura de una publicación.
Vale la pena detenerse en el directorio, usualmente colocado
en la página inicial, para aclarar las ocupaciones de
cada departamento y la manera coordinada en que trabajan
para la revista.
De este primer encuentro se
desprende la importancia de poner los intereses personales al servicio de
una meta colectiva; en consecuencia los participantes deben presentarse entre
sí y describir las expectativas depositadas en el taller, estableciendo así
un punto de partida para la discusión del tipo de revista adecuada a la mayoría
de las inquietudes expuestas. Para esto, el grupo puede dividirse en equipos
que planeen una propuesta y posteriormente compararlas hasta que la revista
sea delineada en sus partes a consideración de los integrantes.
No forcemos una conclusión
al final de la primera junta. En realidad, el concepto inicial con sus formas
y contenidos se irá definiendo en sesiones posteriores, cuando el desempeño
cotidiano pruebe la realidad de las aptitudes. Por ahora basta con socializar,
aligerar el ambiente para un intercambio de opiniones fluido y bosquejar una
fórmula de operación.
Método
de trabajo
En esencia,
la revista comienza al momento que se tiene material publicable
(artículos, dibujos, fotografías, etc.). Cualquiera de
los integrantes puede colaborar en este rubro; pero en
el mismo plano de igualdad, corresponde que el taller
establezca un ajuste de las pretensiones particulares
a los criterios colectivos, de modo que se tomen decisiones
participativas y con los objetivos de la revista por delante.
Toca al coordinador enseñar hábitos de revisión y fomentar
la perseverancia, para impedir que los alumnos cuyas colaboraciones
no hayan sido aceptadas caigan en el desánimo.
Independientemente de quiénes
sean los escogidos para publicar, concierne al taller en su totalidad mantenerse
informado de los sucesos de sus distintas secciones e involucrarse con los
asuntos que vayan haciéndose prioritarios. Ya descubriremos que, de hecho,
la selección de material será acaso la tarea menos compleja en la elaboración
de nuestra revista, mientras que otras reclamarán una dedicación total.
Otro aspecto fundamental concierne
a la periodicidad de la publicación. Ésta tiene que guardar congruencia con
el nivel escolar y el medio físico empleado (evidentemente una revista en
fotocopias presenta menos inconvenientes que otra hecha en imprenta). Si bien
es cierto que la revista irá encontrando su paso con el transcurso de las
jornadas, el trazo de una cierta calendarización desde el principio es algo
imprescindible, no tanto para seguirla puntualmente, sino para que sirva de
guía en los trastabillantes inicios y aminore el desconcierto cuando más de
un inconveniente retrase las especificaciones del programa original.
Luego de los primeros números
y con el taller estable, podemos considerar una apertura para incluir colaboraciones
del resto de la comunidad escolar, ya sean alumnos, profesores e incluso empleados.
Con la inevitable renovación de cada inicio de cursos, la unidad del taller
atañe principalmente a los alumnos que se quedan. En ellos recae la responsabilidad
de que los nuevos miembros se adapten sin complicaciones.
Distribución
Realizada
la revista, efectivamente se ha completado la parte más
ardua del recorrido; no obstante, una revista sin lectores
equivale a una revista inexistente. En complicidad con
las autoridades de la escuela, no es difícil encontrar
los canales para crear por lo menos una expectación curiosa.
No hacen falta elaboradas maquinaciones; basta con un
poco de ingenio, unas cuantas cartulinas y el apoyo de
los profesores para que la edición asegure un público
cautivo.
No cabe esperar ganancias
milagrosas. Al planear los costos de la revista hay que tomar en cuenta la
capacidad económica de nuestros lectores potenciales y estipular un precio
que no les represente un gasto oneroso, a la vez que solvente la inversión.
Una posibilidad para ampliar el mercado, nuevamente con el apoyo de la dirección,
es entablar diálogo con escuelas aledañas para que nuestra revista también
tenga circulación en sus aulas.
En el mejor de los casos,
la revista puede convertirse en una experiencia que congregue a la comunidad
educativa, un motivo para que alumnos y maestros extiendan vínculos de realimentación.