Posiblemente en nuestra infancia, lejana para unos, cercana
para otros, escuchamos en algún instante dentro del salón
de clases exclamaciones como: ¡Eres un cabeza dura!,
¡burro!, ¡torpe!, ¿qué no entiendes?, ¡ya te dije!, ¿cuántas
veces debo repetirlo? Quizá algunos no vivieron una
experiencia de este tipo, pero quienes fueron destinatarios
de frases tan sonoras y tan alusivas arrastran en su interior
una dosis importante de enfado y de frustración. Disculpen,
no me refiero a quienes tienen una dificultad o sufren
de un daño neurofisiológico, sino a una generalidad.
Debemos actualizar ligeramente a quienes consideraron
‘cabezas duras’ a sus alumnos. El cerebro no es una roca sólida y dura que
puede arrojarse a un lago y sumergirse hasta un fondo turbio donde queda extraviada
junto con otras piedras. No. Imagínense cuántas cabezas duras andarían en
los lagos, los pozos, los canales o los estanques. ¡Cuántos niños arrojados!
¡Cuántos niños perdidos bajo este concepto habrá actualmente!
El cerebro es maleable como un metal que logra extenderse,
adquiere diversas formas sin rompimiento alguno. Tiene posibilidades de desarrollo
a lo largo de la vida mientras tenga los estímulos necesarios para mantenerse
activo, siempre que continúe con ejercicios, retos, diferentes experiencias,
novedades. Entonces obtiene un desenvolvimiento profundo y permanente.
El cerebro posee la habilidad de pensar y de aprender
sin importar la edad. Sí. Transmite y recuerda. Recuerda y transmite. No carga,
no. No es un burro que deba jalarse o empujarse para la procesión de un camino.
Sólo requiere de una realimentación adecuada. Pide una constante invitación
a lo nuevo. Solicita que le dejen espacio para expresarse sin miedo, sin perturbación,
sin inhibiciones, sin censura. Necesita ‘aprender a aprender’, explican Linda
Kasuga, la doctora Carolina Gutiérrez y el doctor Jorge D. Muñoz.
Por si fuera poco, su capacidad creadora otorga un privilegio,
porque su potencial advierte aptitudes ilimitadas y refleja una competencia
lingüística infinita. Cada objeto, cada teoría, cada descubrimiento, tuvo
un autor que imaginó y concretó física o mentalmente todo aquello que despertaba
en su cerebro, que soñaba o que fantaseaba. Una mesa, una jeringa, una vacuna,
un tenedor, un aforismo.
Subrayo, el autor Arquímedes fue niño. Leonardo Da Vinci
también fue niño. Marie Curie fue niña. Ghandi fue niño. Todos los seres que
consideramos únicos también tuvieron infancia. Cada uno vivió un proceso de
aprendizaje, un estilo propio para asirse a su imaginación. ¿A quién de estos
personajes le otorgamos un diez o una calificación mayor? Sabemos que cada
uno fue y es importante en la historia de la ciencia, del arte, del conocimiento,
del pensamiento.
¿Quién de todos es mejor? ¿Quién de ellos fue un torpe
en su proceso de aprendizaje? Sí, son excepcionales, pero la única diferencia
entre ellos y nosotros queda reducida a ciertos principios: creyeron en lo
que pensaban, persiguieron lo que pensaban y concretaron lo que pensaban.
Retaron a su mente con la continuidad necesaria. Se esmeraron. No es un problema
de genios y de tontos, tampoco de género, sino de motivación hacia la curiosidad
y la investigación. Hacia la reflexión y la búsqueda. Hacia el juego sin importancia.
La motivación no significa que un rasgo personal distinga
a uno de otro alumno, ni que algunos alumnos la tienen y otros no. La motivación
tampoco justifica que se califique de flojo a un alumno cuando el maestro
cree que carece de ella.
La motivación radica en impulsos externos e internos para
que el niño, el joven o el adulto interactúe en la sesión que expone el maestro
o en eventos diferentes. Los impulsos provocan principalmente a los sentidos;
es decir, inducen a que el individuo perciba ya por el tacto, ya por la vista,
ya por el oído, situaciones interesantes en una atmósfera cálida y relajada
para que alerte al cerebro y éste a su vez trabaje fisiológicamente áreas
que a veces están aletargadas o poco ejercidas. De tal manera que, libre de
tensión, la persona experimenta sensaciones corporales y mentales, crea vínculos,
y aquello cotidiano que ha vivido se convierte en un suceso asombroso y divertido.
Tal vez lo descubre o redescubre. Lo ordinario se transforma en extraordinario.
Y la experiencia gozosa alimentará y alentará la creatividad.
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Cuando uno está motivado realiza un
gran esfuerzo, este último puede o debe ser dirigido y
consistente para que la persona alcance el placer, la
satisfacción o la meta por la que aprende o ejecuta. Si
acaso el maestro tiene un objetivo específico sobre la
enseñanza-aprendizaje, debe procurar que sea compatible
con la necesidad del alumno. Así, los estímulos ejercidos
por parte del formador generan un reto que permite al
alumno esforzarse y, por lo tanto, cumplir con su propia
meta. Recordemos que ésta, siempre es personal. La motivación,
el esfuerzo, la meta alcanzada fortalecen al individuo
que cobra día con día confianza y seguridad para retarse
a sí mismo. Esto robustece sus anhelos, aunque resulta
importante que explore sin reticencia situaciones diversas.
Muchas veces creemos que la escritura está cumplida en
su totalidad porque el alumno escribe su nombre, conoce la oración, distingue
un sustantivo, o bien, lee los minúsculos textos que en el programa escolar
exigen. ¿Por qué es importante escribir? Olvidamos que la escritura produce
una estructura mental lógica y abierta, cuyo sentido conlleva reflexión, detenimiento,
análisis, profundidad, abstracción, elementos espaciales, entre otros aspectos.
En la escritura queda inmersa la creatividad, ese vocablo
extraño que a tantos espanta o despreocupa, y en ella van la emoción y el
pensamiento del autor, del alumno, que precisan de un sitio en blanco para
vaciarse en contenido y en experiencia.
¿Con qué palabra se define el alumno a sí mismo? Lo ignoramos.
Frente a nosotros están las caras adormiladas. ¡Son cabezas duras!;
algunas muecas descontentas, ¿qué no entienden?; otros gestos de tristeza,
¡burros!; otros más de apatía, ¿cuántas veces debo repetirlo? y,
hasta el rincón, los ojos indiferentes, ¡ya te dije!, que burlan a
nuestro intelecto, a la autoridad académica, al maestro. ¡Por Dios!, quien
fue niño también y pasó por las aulas de la misma manera que esos seres. El
olvido es un arma peligrosa.
La escritura desarrolla el intelecto, porque el creador
deposita en ella la riqueza de vocabulario, puntuación, ortografía, redacción,
congruencia, concordancia. Sí, en ella, además de la creatividad, hallamos
la manifestación más objetiva del manejo correcto de la lengua. Los temas
contenidos en el programa denominado Español o Literatura que se han repasado
a lo largo de la primaria, secundaria o de un grado a otro, quedan impresos
en un texto creativo, en un texto estudiantil.
La escritura confronta al creador. Reta. Le demanda darse
en palabras, le reclama conocimiento, precisión, juego, dinamismo, lo pone
a trabajar mentalmente y lo impulsa a investigar, a pensar, a aprender.
Quien escribe crea. Quien lee recrea.
La lectura y la escritura tienen un vínculo indisoluble,
puesto que quien escribe investiga el tema o el asunto
que llama su atención, hurga en su propio conocimiento
o en el de otros. Por lo tanto, aprende a leer, aprende
a leerse, y el objetivo final del texto: expresión para
otro, para un lector. Así, la lectura y la escritura establecen
un punto permanente de contacto entre la creación y la
recreación.
Daniel Cassany menciona que la imagen social más difundida
de la escritura es bastante raquítica y a menudo errónea. No todo mundo califica
como escritos lo que se elabora en el trabajo, una idea divulgada, aceptada
por cada uno de nosotros, como si la palabra escritor designara a seres alados,
cultos, prominentes y, por lo tanto, la escritura fuera el sello majestuoso
de la fama, de la popularidad o bien, de lo inaccesible. Otras personas califican
de ociosos a los escritores o dicen que no tienen nada que hacer en la vida
mientras uno trabaja; sus obras son el resultado de la haraganería y el texto,
en consecuencia, no sirve para nada. Entonces, ¿qué sucede con los textos
escolares?, ¿acaso el alumno es un ocioso?, ¿la escritura no tiene que ver
con el aprendizaje?
Cada materia, si así queremos denominarla, requiere de
la escritura y de la lectura para su comprensión. El ejercicio de la escritura
enseña al alumno nuevos caminos hacia el aprendizaje, pues en ella existe
la búsqueda de la invención. Reconozcamos que la mayoría de las materias contienen
aspectos teóricos que necesitan de un lector atento y comprometido para discernir
o resolver cualquier punto relevante. Desde un problema aritmético o matemático
hasta un hecho histórico o científico. Esto confirma el vínculo indisoluble
entre la escritura y la lectura. Propone detonadores primordiales para un
cerebro ilimitado y capaz de un crecimiento permanente.