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Correo del Maestro Núm. 89,octubre 2003

Motivación y escritura en la enseñanza

Gabriela Turner Saad

Posiblemente en nuestra infancia, lejana para unos, cercana para otros, escuchamos en algún instante dentro del salón de clases exclamaciones como: ¡Eres un cabeza dura!, ¡burro!, ¡torpe!, ¿qué no entiendes?, ¡ya te dije!, ¿cuántas veces debo repetirlo? Quizá algunos no vivieron una experiencia de este tipo, pero quienes fueron destinatarios de frases tan sonoras y tan alusivas arrastran en su interior una dosis importante de enfado y de frustración. Disculpen, no me refiero a quienes tienen una dificultad o sufren de un daño neurofisiológico, sino a una generalidad.

Debemos actualizar ligeramente a quienes consideraron ‘cabezas duras’ a sus alumnos. El cerebro no es una roca sólida y dura que puede arrojarse a un lago y sumergirse hasta un fondo turbio donde queda extraviada junto con otras piedras. No. Imagínense cuántas cabezas duras andarían en los lagos, los pozos, los canales o los estanques. ¡Cuántos niños arrojados! ¡Cuántos niños perdidos bajo este concepto habrá actualmente!

El cerebro es maleable como un metal que logra extenderse, adquiere diversas formas sin rompimiento alguno. Tiene posibilidades de desarrollo a lo largo de la vida mientras tenga los estímulos necesarios para mantenerse activo, siempre que continúe con ejercicios, retos, diferentes experiencias, novedades. Entonces obtiene un desenvolvimiento profundo y permanente.

El cerebro posee la habilidad de pensar y de aprender sin importar la edad. Sí. Transmite y recuerda. Recuerda y transmite. No carga, no. No es un burro que deba jalarse o empujarse para la procesión de un camino. Sólo requiere de una realimentación adecuada. Pide una constante invitación a lo nuevo. Solicita que le dejen espacio para expresarse sin miedo, sin perturbación, sin inhibiciones, sin censura. Necesita ‘aprender a aprender’, explican Linda Kasuga, la doctora Carolina Gutiérrez y el doctor Jorge D. Muñoz.

Por si fuera poco, su capacidad creadora otorga un privilegio, porque su potencial advierte aptitudes ilimitadas y refleja una competencia lingüística infinita. Cada objeto, cada teoría, cada descubrimiento, tuvo un autor que imaginó y concretó física o mentalmente todo aquello que despertaba en su cerebro, que soñaba o que fantaseaba. Una mesa, una jeringa, una vacuna, un tenedor, un aforismo.

Subrayo, el autor Arquímedes fue niño. Leonardo Da Vinci también fue niño. Marie Curie fue niña. Ghandi fue niño. Todos los seres que consideramos únicos también tuvieron infancia. Cada uno vivió un proceso de aprendizaje, un estilo propio para asirse a su imaginación. ¿A quién de estos personajes le otorgamos un diez o una calificación mayor? Sabemos que cada uno fue y es importante en la historia de la ciencia, del arte, del conocimiento, del pensamiento.

¿Quién de todos es mejor? ¿Quién de ellos fue un torpe en su proceso de aprendizaje? Sí, son excepcionales, pero la única diferencia entre ellos y nosotros queda reducida a ciertos principios: creyeron en lo que pensaban, persiguieron lo que pensaban y concretaron lo que pensaban. Retaron a su mente con la continuidad necesaria. Se esmeraron. No es un problema de genios y de tontos, tampoco de género, sino de motivación hacia la curiosidad y la investigación. Hacia la reflexión y la búsqueda. Hacia el juego sin importancia.

La motivación no significa que un rasgo personal distinga a uno de otro alumno, ni que algunos alumnos la tienen y otros no. La motivación tampoco justifica que se califique de flojo a un alumno cuando el maestro cree que carece de ella.

La motivación radica en impulsos externos e internos para que el niño, el joven o el adulto interactúe en la sesión que expone el maestro o en eventos diferentes. Los impulsos provocan principalmente a los sentidos; es decir, inducen a que el individuo perciba ya por el tacto, ya por la vista, ya por el oído, situaciones interesantes en una atmósfera cálida y relajada para que alerte al cerebro y éste a su vez trabaje fisiológicamente áreas que a veces están aletargadas o poco ejercidas. De tal manera que, libre de tensión, la persona experimenta sensaciones corporales y mentales, crea vínculos, y aquello cotidiano que ha vivido se convierte en un suceso asombroso y divertido. Tal vez lo descubre o redescubre. Lo ordinario se transforma en extraordinario. Y la experiencia gozosa alimentará y alentará la creatividad.

Cuando uno está motivado realiza un gran esfuerzo, este último puede o debe ser dirigido y consistente para que la persona alcance el placer, la satisfacción o la meta por la que aprende o ejecuta. Si acaso el maestro tiene un objetivo específico sobre la enseñanza-aprendizaje, debe procurar que sea compatible con la necesidad del alumno. Así, los estímulos ejercidos por parte del formador generan un reto que permite al alumno esforzarse y, por lo tanto, cumplir con su propia meta. Recordemos que ésta, siempre es personal. La motivación, el esfuerzo, la meta alcanzada fortalecen al individuo que cobra día con día confianza y seguridad para retarse a sí mismo. Esto robustece sus anhelos, aunque resulta importante que explore sin reticencia situaciones diversas.

Muchas veces creemos que la escritura está cumplida en su totalidad porque el alumno escribe su nombre, conoce la oración, distingue un sustantivo, o bien, lee los minúsculos textos que en el programa escolar exigen. ¿Por qué es importante escribir? Olvidamos que la escritura produce una estructura mental lógica y abierta, cuyo sentido conlleva reflexión, detenimiento, análisis, profundidad, abstracción, elementos espaciales, entre otros aspectos.

En la escritura queda inmersa la creatividad, ese vocablo extraño que a tantos espanta o despreocupa, y en ella van la emoción y el pensamiento del autor, del alumno, que precisan de un sitio en blanco para vaciarse en contenido y en experiencia.

¿Con qué palabra se define el alumno a sí mismo? Lo ignoramos. Frente a nosotros están las caras adormiladas. ¡Son cabezas duras!; algunas muecas descontentas, ¿qué no entienden?; otros gestos de tristeza, ¡burros!; otros más de apatía, ¿cuántas veces debo repetirlo? y, hasta el rincón, los ojos indiferentes, ¡ya te dije!, que burlan a nuestro intelecto, a la autoridad académica, al maestro. ¡Por Dios!, quien fue niño también y pasó por las aulas de la misma manera que esos seres. El olvido es un arma peligrosa.

La escritura desarrolla el intelecto, porque el creador deposita en ella la riqueza de vocabulario, puntuación, ortografía, redacción, congruencia, concordancia. Sí, en ella, además de la creatividad, hallamos la manifestación más objetiva del manejo correcto de la lengua. Los temas contenidos en el programa denominado Español o Literatura que se han repasado a lo largo de la primaria, secundaria o de un grado a otro, quedan impresos en un texto creativo, en un texto estudiantil.

La escritura confronta al creador. Reta. Le demanda darse en palabras, le reclama conocimiento, precisión, juego, dinamismo, lo pone a trabajar mentalmente y lo impulsa a investigar, a pensar, a aprender.

Quien escribe crea. Quien lee recrea. La lectura y la escritura tienen un vínculo indisoluble, puesto que quien escribe investiga el tema o el asunto que llama su atención, hurga en su propio conocimiento o en el de otros. Por lo tanto, aprende a leer, aprende a leerse, y el  objetivo final del texto: expresión para otro, para un lector. Así, la lectura y la escritura establecen un punto permanente de contacto entre la creación y la recreación.

Daniel Cassany menciona que la imagen social más difundida de la escritura es bastante raquítica y a menudo errónea. No todo mundo califica como escritos lo que se elabora en el trabajo, una idea divulgada, aceptada por cada uno de nosotros, como si la palabra escritor designara a seres alados, cultos, prominentes y, por lo tanto, la escritura fuera el sello majestuoso de la fama, de la popularidad o bien, de lo inaccesible. Otras personas califican de ociosos a los escritores o dicen que no tienen nada que hacer en la vida mientras uno trabaja; sus obras son el resultado de la haraganería y el texto, en consecuencia, no sirve para nada. Entonces, ¿qué sucede con los textos escolares?, ¿acaso el alumno es un ocioso?, ¿la escritura no tiene que ver con el aprendizaje?

Cada materia, si así queremos denominarla, requiere de la escritura y de la lectura para su comprensión. El ejercicio de la escritura enseña al alumno nuevos caminos hacia el aprendizaje, pues en ella existe la búsqueda de la invención. Reconozcamos que la mayoría de las materias contienen aspectos teóricos que necesitan de un lector atento y comprometido para discernir o resolver cualquier punto relevante. Desde un problema aritmético o matemático hasta un hecho histórico o científico. Esto confirma el vínculo indisoluble entre la escritura y la lectura. Propone detonadores primordiales para un cerebro ilimitado y capaz de un crecimiento permanente.

 

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