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Correo del Maestro Núm. 89,octubre 2003

El sereno y angélico Fray Luis de León (1527-1591)*

Adolfo Hernández Muñoz

Fray Luis de León (1528-1591).
Fray luis de León, Poesía, Biblioteca edaf de bolsillo, Madrid,1985

Cuando, con cierta emoción, vi el Tormes, antesala de Salamanca, tuve que asociar esta ilustre ciudad con los ingenios que vivieron a orillas de este río que, tranquilo, corría ante mis ojos. Desde luego, Rojas con sus flamazos celestinescos; Unamuno, que lanzó el grito profético: “¡Venceréis, pero no convenceréis!”, frente a la locura homicida del fascismo español, intolerante y bárbaro. Pero, sobre todo, por el gran escritor y poeta agustiniano fray Luis de León, cercado por ‘envidia emponzoñada, engaño agudo, lengua fementida’. Así, sus desvelos eruditos e inspirados que le granjearon, además de respeto y brillo, retorcidos procesos con la Inquisición (‘haber puesto en duda la autoridad de La Vulgata-textos bíblicos’) que le valieron cuatro años en la cárcel y sublimaron su fervor. Azorín se pregunta: “¿Ha habido en España poeta más completo, poeta que a la visión vigorosa y delicada de las cosas haya unido un concepto más profundo y filosófico de la vida y del mundo?”

     Desengañado, retraído, fray Luis se adentró en meditaciones y melancolía que, por otra parte, fue la constante en los cerebros destacados de la península, siempre vigilados por la locura inquisitorial que tanto daño hizo a la inteligencia española. Desde luego, hay un cerco de incomprensión en este creador místico que es de admiración hasta en las mentes más escépticas.

     Nacido en la provincia de Cuenca (Belmonte de la Mancha), padeció censuras de gente sin altura e incluso sufrió deformaciones en alguno de sus textos; aunque, también, hasta sus oponentes se han rendido a su sabiduría teñida de tristeza, pero profunda en sus cimientos lingüísticos, por lo que se ha llegado a decir que para fray Luis el idioma no tenía secretos y habría que añadirse que el gran escritor tuvo siempre un profundo amor por su lengua. Dígalo, si no, lo que expresa de ella a su gran amigo don Pedro Portocarrero en un comentario sobre sus traducciones: “ Y el que dijere que no lo he alcanzado, haga prueba de sí, y entonces podrá ser que estime mi trabajo más, al cual yo me incliné sólo por mostrar que nuestra lengua recibe bien todo lo que se la encomienda, y que no es dura ni pobre, como algunos dicen, sino de cera, y abundante para los que la saben tratar”.

     Autocrítico riguroso, lo fue, por supuesto, al traducir textos bíblicos y clásicos; por un lado Horacio –por el que tuvo gran inclinación– y Virgilio; y por el otro san Isidoro y santa Teresa de Jesús. Tradujo con gran esmero el Cantar de los Cantares (no hay que olvidar que era muy ducho en arameo y hebreo), lo que nos induce a pensar en sus raíces judías. También lo pensaba –infundado– por algunos tibios temores heréticos. Dígalo si no su actitud.

     A los 45 años de edad, en 1572, tras polémicas sin trascendencia con los dominicos y acusaciones por juicios excedidos sobre La Vulgata (Biblia), fray Luis va a dar a la cárcel donde, por otra parte, lo dejan pensar y escribir. De esta manera, el infierno de la celda se convierte para el belmontino castellano en un sentido tránsito lírico, en un prodigio de serenidad. Su poesía es el reflejo de sus afectos y desdichas. De esta suerte, en una oda escrita hacia 1571 que anuncia la tormenta que lo envolvía con una Inquisición trituradora, dice:

        

  Al Licenciado Juan de Grial  
                    
(Fragmento)   
  Recoge ya en el seno  
  el campo su hermosura; el cielo aoja
 con luz triste el ameno   
verdor, y hoja a hoja
las cimas de los árboles despoja.  
   . . .    
ya el ave vengadora
del Íbico navega los nublados,
y con voz ronca llora,
y al yugo el cuello atados
los bueyes van rompiendo los sembrados.
     . . .    
que yo de un torbellino
traidor acometido y derrocado
de en medio del camino
al hondo, el plectro amado
y del vuelo las alas he quebrado.



Y ya en plena prisión, sombría, triste, aplanadora, pero también en pleno fruto creativo, maduro, clama:   

 

         En una esperanza que salió vana

Huid, contentos, de mi triste pecho; 
¿qué engaño os vuelve a do nunca pudistes
tener reposo ni hacer provecho? 
Tened en la memoria cuando fuistes
con público pregón, ¡ay!, desterrados
de toda mi comarca y reinos tristes,
a do ya no veréis sino nublados, 
y viento, y torbellino, y lluvia fiera,
suspiros encendidos y cuidados.
     . . .  
Quien mis cadenas más estrecha y cierra
es la memoria mía y la pureza; 
cuando ella sube, entonces vengo a tierra.

  

    En prisión, fray Luis grita su inocencia en versos admirables, algunos de los cuales reproducimos:    

A nuestra señora 
Virgen que el sol más pura, 
gloria de los mortales, luz del cielo,
en quien la piedad es cual la alteza;
los ojos vuelve al suelo
y mira un miserable en cárcel dura,
cercado de tinieblas y tristeza;
y si mayor bajeza
no conoce ni iguala juïcio humano
que el estado en que estoy por culpa ajena,
con poderosa mano     quiebra,
Reina del cielo, esta cadena.



Transcurren cuatro años y logra salir de la prisión, no sin antes elaborar los célebres versos que honran cualquier antología de la lírica española:   

Al salir de la cárcel 
Aquí la envidia y la mentira
me tuvieron encerrado:
dichoso el humilde estado
del sabio que se retira 
de aqueste mundo malvado, 
y con pobre mesa y casa 
en el campo deleitoso
con sólo Dios se compasa,
y a solas su vida pasa
ni envidiado ni envidioso.

Portada facsimilar del libro De los nombres de Cristo.

A las pocas horas (Dicebamus externa die.) fray Luis regresa a su universidad salmantina y expresa, en consonancia con su gran altura de hombre y artista, como si no hubiera pasado mucho tiempo, en su misma clase: "Como decíamos ayer." Así, con talante filosófico, con figura estoica. Y lo proclama "desde el profundo abismo del no ser." Y proclama su paz con las cosas y con los hombres (así lo había expresado en la prisión): ".porque es de mi condición no creer mal de nadie hasta que lo veo ni querer hablar mal de nadie hasta que la necesidad me compele, la cual condición mía me tiene en el estado en que estoy".

     Le quedan a fray Luis 15 años de vida y los cumple con laboriosidad sin par. Salen del poeta, ensayista y traductor: Comentarios al Cantar de los Cantares (1580), De los nombres de Cristo y La perfecta casada (1583) y, finalmente, en 1591 –año de su muerte–, Exposición del Libro de Job. De toda esta serie de hallazgos, fray Luis dirá: “Se me descubren nuevos mares cuanto más navego” (como los ‘caminos’ del entrañable Machado).

    

Residencia Universitaria ‘Fray Luis de León’ de la Universidad de Salamanca, España.
www3.usal.es/~residen/index.html

Acerca de La perfecta casada se ha llegado a decir que es un prodigio (‘sabor hondo a tierra castellana’). Su tesis es tierna y humanista: “La mujer no es una esclava; entre elementos tan diversos –en obligaciones y en complexión psicológica– como el hombre y la mujer, el acuerdo debe ser análogo al que se hace en un instrumento musical. De las cuerdas de ese instrumento nace ‘una provechosa y dulce armonía’, y no sabemos si la armonía se debe a quien lo tañe o al mismo instrumento; todo en la música que surge de él se funde y complementa.

     Y así, fray Luis desgrana otros ángulos de la presencia femenina y la necesidad de que honre y pastoree su hogar. Y como fondo un intenso amor a la naturaleza, sencilla y trascendental, en su eterno quehacer.

     En cuanto a De los nombres de Cristo, dentro de un escenario bucólico esboza la separación de la justicia y la ley; a la par de esta idea, fray Luis expone la concepción política de que no se podrá hacer nada bruscamente por una ley, si lo que se dispone no está ya en el ambiente. Acerca de las leyes es claro: “La perfecta gobernación es de ley viva, que entienda siempre lo mejor, y que quiera siempre aquello bueno que entiende; de esta manera que la ley sea el bueno y sano juicio del que gobierna, que se ajusta siempre con lo particular de aquel a quien rige.”.  Al respecto, Azorín se pregunta: “Pero, ¿bastarán las leyes para operar una transformación social? No; la transformación se ha de operar por la educación ambiente, por la educación del ciudadano.”

     En cuanto a los reyes, fray Luis es peligrosamente claro –para aquellos tiempos– al decir (capítulo “Rey de Dios”): “Mas estos que ahora nos mandan reinan para sí, y por la misma causa no se disponen ellos para nuestro provecho, sino buscan su descanso en nuestro daño.” Nosotros pensamos que estos comentarios son actuales y muchos protagonistas de hoy confirman lo que se decía ayer. Pero volvamos a lo esencial en fray Luis, su aliento poético, y a su mejor panegirista, Menéndez y Pelayo: “¿Quién me dará palabras para ensalzar ahora, como yo quisiera, a fray Luis de León. Si dijese que, fuera de las canciones de San Juan de la Cruz, que no parecen ya de hombre, sino de ángeles, no hay lírico castellano que compita con él, aún me parecería haber dicho poco. Porque desde el Renacimiento acá, a lo menos entre las gentes latinas, nadie se le ha acercado en sobriedad y pureza... Es una mansa dulzura que penetra y embarga el alma, sin excitar los nervios, y la templa y serena, y le abre con una sola palabra los horizontes de lo infinito.” ¿Y esta orfebrería poética? Los entendidos afirman que por su estilo y métrica (versos de siete y once sílabas) procede del mismo Garcilaso.

     Hay un nuevo proceso –Inquisición dixit- en 1582, nueve años antes de su muerte. Al fin lo dejaron tranquilo. Y se fue al campo -allá por Madrigal de las Altas Torres-, por caminillos protegidos de árboles y riachuelos de murmurante música. Lo dice, en quintillas exquisitas, perlas bucólicas:

           

Vida retirada  
           (Fragmento)  
¡Qué descansada vida
la del que huye el mundanal rüido, 
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!  
   . . .    
A mí una pobrecilla 
mesa, de amable paz bien abastada,
me baste; y la vajilla, 
de fino oro labrada,
sea de quien la mar no teme airada. 
Y mientras miserable-
mente se están los otros abrasando
con sed insacïable
del peligroso mando,
tendido yo a la sombra esté cantando; 
a la sombra tendido,
de hiedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce, acordado,
del plectro sabiamente meneado.

     Pero antes de terminar este pequeño recorrido por las veredas poéticas de un creador sin par conviene recordar lo que decía de su idioma: “Y de estos (desconocedores del idioma) son los que dicen que no hablo en romance porque no hablo desatadamente y sin orden y porque pongo en las palabras concierto y las escojo y les doy su lugar; porque piensan que hablar romance es hablar como se habla en el vulgo, y no conocen que el bien hablar no es común, sino negocio de particular juicio, así en lo que se dice como en la manera como se dice. Y negocio que de las palabras que todos hablan elige las que convienen, y mira el sonido de ellas, y aun cuenta a veces las letras, y las mide y las compone, para que no solamente digan con claridad lo que se pretende decir, sino también con armonía y dulzura.”

     Debió de ser feliz nuestro poeta, a quien agitaron terribles jornadas de intolerancias, cuando lo dejaron “contemplar el cielo de innumerables luces adornado…” Y apuntilla:

    

      Noche serena 
Quien mira el gran concierto
de aquestos resplandores eternales,
su movimiento cierto, 
sus pasos desiguales
y en proporción concorde tan iguales.

  

     A los 64 años cerró sus ojos, y un suave aleteo de ángeles movió las campanas del pueblecillo de Madrigal.

 

Bibliografía

AZORÍN, Obras Completas, Tomo IV, p. 180. [s.a.] [s.l.]
LEÓN, Fray Luis de, Poesías completas, Aguilar, Madrid, 1976
-------         'Al Lic. Juan de Grial', en op. cit., p. 58
-------         'En una esperanza que salió vana', en op. cit., p. 68.
-------         'A nuestra señora', en op. cit., p. 79
-------         'Al salir de la cárcel', en op. cit., p. 84.
-------         'Vida retirada', en op. cit., p 37
-------         'Noche serena', en op. cit, p. 51.
-------         La perfecta casada, Espasa-Calpe (Colección Austral) [s.a.] [s.l.]
-------         De los nombres de Cristo, Espasa-Calpe (Colección Austral) [s.a.] [s.l.]
MENÉNDEZ y Pelayo, Marcelino, Antología de poetas líricos castellanos, Real Academia de la Lengua Española, Madrid, 1930.

* Este texto forma parte de la serie El castellano: acerca de sus venturas y desventuras, de la cual ya se han publicado los artículos: “Cervantes” (revista número 59), “La lengua madre del imperio” (60), “Nacimiento del idioma español en la roca cántabra” (62), “Canasta de ingenios” (63), “Del Marqués de Santillana a Garcilaso de la Vega” (71),“ Tirso de Molina” (73), “Lope de Vega y Carpio” (75), “Tres rivales y un misterio” (78), “Juan Ruiz de Alarcón” (80), “Quevedo” (85) y “Calderón de la Barca” (87). En números posteriores se continuará con la publicación de esta serie.

 

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