La persistencia de la noción ‘descubrimiento de
América’ para referirse al acontecimiento ocurrido
entre el 11 y 12 de octubre de 1492 prueba hasta qué punto
es difícil modificar las estructuras mentales que condicionan
la cosmovisión de las sociedades, como la de esas aves
que nacen en cautiverio y no imaginan otro mundo fuera
de su jaula, que ni siquiera es de oro.
Desde los años cuarenta, el historiador Edmundo O’Gorman
mostró cómo para la noción cristiana de mundo, la irrupción de una cuarta
entidad terrestre fue una novedad difícil de aceptar en Europa, por ser contraria
a las concepciones de los padres de la Iglesia Católica, pero que una vez
reconocida la realidad de un Nuevo Mundo (bautizado ‘América’ en la Cosmographie
Introductio de 1507, en honor a Américo Vespucio) nació la idea, totalmente
falsa, del descubrimiento de América hecho por Cristóbal Colón, para incorporar
estas tierras no conocidas a la tutela del mundo europeo, proceso que él denominó
“la invención de América” (O’Gorman, 1984).
En el contexto del Renacimiento, O’Gorman analiza cómo
el viaje del almirante nació, no de un afán por hallar nuevas tierras, sino
de la competencia entre las coronas de España –recién unificada en torno al
catolicismo– y Portugal por encontrar un camino a la India y sus riquezas,
tras la consolidación del imperio otomano en 1453 y el cierre de las rutas
comerciales entre Europa y Asia.
Mientras Portugal optó por circunnavegar la costa africana
para hallar otro camino al Oriente (lo que ocurrió en 1497), los reyes de
España aceptaron el plan de Colón, que planteaba cruzar el océano y llegar
por Occidente a Asia. La discusión, precisa O’Gorman, no era en torno a la
esfericidad de la Tierra, sino a la distancia que por mar haría posible hallar
las tierras orientales, pues se descartaba la existencia de otras tierras
y mucho menos de otro continente o mundo.
Las premisas partían de las creencias medievales construidascon
base en la antigua noción griega de Ecumene o ‘mundo’,
pero expurgada por el catolicismo de la hipótesis clásica
que postulaba la posible existencia de orbis alterius,
es decir, otras tierras y otros hombres que no hubieran
sido previstos por las Sagradas Escrituras. Se creía sólo
en la existencia de un orbis terrarum o Isla de
la Tierra, conformada por los continentes o grandes porciones
de tierras vecinas de Europa, Asia y África, símbolo,
además, de la Santísima Trinidad.
La propuesta de cruzar el mar, que O’Gorman compara por
su mérito en esa época con un viaje espacial, era aventurada, y lo extraordinario
fue que, para convencer a los reyes católicos, Colón minimizó las dimensiones
terrestres u orbis terrarum, con base en la concepción antigua de que
la tierra ocupaba seis de las siete partes del globo, y este engaño fue aceptado
por los reyes porque, como en una jugada de antemano perdida ante los portugueses,
era una carta que les podía hacer ganar todo sin arriesgar demasiado. Tal
razón explica que concedieran a Colón el grado de almirante de la mar océano
y de virrey y gobernador de las tierras que, en nombre de los reyes, tomara
en posesión, además de prometerle el 30 por ciento de las riquezas halladas.
El tejedor de afanes
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Retrato de Cristóbal Colón,
Museo de América, Madrid.
ALATORRE, Antonio. Los 1001
años de la lengua
española. Bancomer, México, 1979. |
La personalidad de Colón se correspondía
con la de los aventureros de la época, cuya ambición tenía
dos vías principales para el ascenso social: la Iglesia
o la guerra. Nacido cerca de 1450 en Génova, esta circunstancia
fue propicia para abrirle otra ruta, la de la navegación,
aunque no fue una tradición en su familia, pues Cristóbal
fue hijo de un tejedor, Domenico Colón, con quien trabajó
hasta poco después de los 20 años, época en que inició
sus primeros viajes marítimos. Sin preparación académica,
cuando se presentó a los reyes españoles ya tenía fama
de ser un “onbre de muy alto ingenio sin saber muchas
letras” (FernándezArmesto, 1992).
Otra característica de su personalidad, pero de algún
modo también sello de la época, fue su obsesión por “hacerse
un gran señor”, además de la necesidad de favorecer
a su familia, lo que ocurrió sobre todo después de sus
desembarcos en el Nuevo Mundo. También fue famosa su extravagancia
de vestirse como franciscano y creerse predeterminado
por la Providencia para abrir nuevas tierras a la evangelización.
Su mismo nombre favoreció su mesianismo, pues se veía
como un San Cristóbal cruzando las aguas con Jesucristo
a cuestas, idea que concordaba con las políticas expansionistas
de los reyes españoles, que en ese año de 1492, en nombre
del catolicismo terminaron la conquista de la España árabe
y decretaron la expulsión de los judíos y, sin sospechar
los inesperados hallazgos de Colón, determinaron la conquista
y evangelización de las nuevas tierras y pueblos. Producto
de esas fantasías religiosas de Colón y de sus equivocaciones
al insistir en su búsqueda de un paso al océano Índico,
fue su creencia de que en su tercer viaje quizá había
desembarcado “adonde está el Paraíso Terrenal”
(O’Gorman).
Estas actitudes del almirante suscitaron muchas dudas
en torno a su cordura o sus intenciones. Durante el primer viaje, para contener
la desesperación de los tripulantes por lo prolongado de la navegación, Colón
les informaba que habían recorrido menos distancia de la que en realidad registraba
con sus instrumentos. Además, otro indicio de la excesiva ambición y fantasía
del almirante es que, pese a los privilegios pactados personalmente con la
Corona, se apropió de la recompensa (diez mil maravedíes de juro, es decir,
de por vida) que los reyes ofrecieron al marino que primero avistase tierra.
Y ése fue el tripulante que se hacía llamar Rodrigo de Triana, entre la noche
del 11 y 12 de octubre de 1492, pero Colón había vislumbrado horas antes un
resplandor en el horizonte, que dijo era tierra y así lo hizo constar, por
lo que reclamó para sí tal recompensa. A cambio de tal mérito, Colón sólo
concedió a Triana un jubón de seda.
Al llegar a la isla de Guanahaní, a la que bautizó San
Salvador, tomó posesión de la tierra en nombre de sus
majestades, quienes a su vez habían legalizado la empresa
con el papa Alejandro VI, y procedió al ‘rescate’
de oro a cambio de cuentas de vidrio con los habitantes
de la isla, a quienes describió de naturaleza pacífica
y ‘buena fechura’; pero como la riqueza resultó
escasa, llegó a la isla que denominó Española (cuyo nombre
original era Haití y ahora ocupan la nación de ese nombre
y la República Dominicana), donde estableció el primer
poblado europeo en estas tierras, aunque mantuvo la falsa
convicción de que había llegado a Asia.
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| Americen Americus retexit, Semel
vocauit inde semper excitam (“Amerigo redescubre
América, A partir de entonces ella siempre más fue
despertada por este nombre”). Grabado de Théodor
Galle, 1589. |
La otredad incomprendida
La carencia de riquezas y de oro determinó que el objetivo
económico de la empresa recayera en el sometimiento de la tierra y de sus
hombres, quienes aunque al principio fueron considerados libres por naturaleza
y creación divina, por creérseles asiáticos, fueron obligados a prestar servicios
a los colonizadores y conquistadores europeos a cambio de su conversión al
cristianismo.
Más tarde, el descubrimiento de que se trataba de otras
tierras y no de India, sumado a las dificultades para someter a los antes
considerados pacíficos aborígenes y para conciliar los extremos de evangelización
y explotación, llevaron a algunos conquistadores a poner en duda su humanidad
o, a falta de argumentos racionales y cristianos, a pretextar el recurso a
‘la guerra justa’ para someter y esclavizar a los pueblos autóctonos remisos
al trabajo forzado y a aceptar ‘la salvación de sus almas’ (Elliot, 1998).
La primera experiencia con los nuevos hombres fue registrada
por el fraile catalán Ramón Pané, quien llegó a La Española posiblemente hacia
1494, en el segundo viaje de Colón, y escribió el primer tratado sobre los
pobladores taínos que habitaban las islas de lo que después se denominó Caribe,
en alusión a una tribu cuya fama –que justificó la guerra que se les hizo–
se derivó de su ferocidad y supuesta antropofagia o canibalismo, término este
último derivado de una deformación española de la voz caribal (Fernández
Retamar, 1971).
Los taínos, como los otros pueblos de las islas, pertenecían
a la familia arahuaca o arawaka y llegaron a las Antillas procedentes de la
zona septentrional de América del Sur, y sólo sobrevivieron unos treinta años
al ‘descubrimiento’ y conquista de las islas por Colón.
Hacia marzo de 1495, por mandato del almirante, Pané se
fue a vivir con el cacique Guarionex para aprender su lengua, que se hablaba
en toda la isla, pues en ese momento el fraile sólo conocía la del lugar llamado
Macorís. Lo acompañaron varios nuhuirey, que sabían ambas lenguas, y entre
ellos, “el mejor de los indios... Guatícabanu, que después fue cristiano y
se llamó Juan...” (Pané, 1974).
Allí ocurre la historia de los seis súbditos de Guarionex,
que enterraron las imágenes católicas en un conuco o parcela, como
era su costumbre hacerlo con las imágenes sagradas o cemíes, y fueron
quemados, en castigo, por orden del hermano del almirante, Bartolomé Colón,
entonces a cargo del gobierno de La Española.
Pané, además de estos hechos, registró la cosmogonía de
los taínos, sus ideas acerca de la creación del Universo y de las mujeres
y los hombres, sus creencias religiosas, además de la profecía de la llegada
de gente vestida que mataría a los pobladores de las islas.
Guarionex al principio aceptó la evangelización, señaló
Pané. “Pero después se enojó y abandonó su buen propósito, por culpa de otros
principales de aquella tierra, los cuales le reprendían porque deseaba obedecer
la ley de los cristianos, siendo así que los cristianos eran malvados y se
habían apoderado de sus tierras por la fuerza...”
El descubrimiento a juicio
Desde principios de la colonización y conquista surgió
un pensamiento crítico de este proceso, sobre todo entre algunos frailes,
como Bartolomé de Las Casas, que atenuó los excesos y dio lugar a las Leyes
de Indias, que reconocieron los derechos de súbditos de los pobladores originales
de las nuevas posesiones españolas (Elliot, 1998).
Incluso entre los primeros mestizos y criollos ocurrió
esta actitud de censura, si bien un tanto matizada por el rechazo a los ritos
antiguos de los pueblos recién subyugados. Tal es el caso del poeta Francisco
de Terrazas, hijo de un conquistador del mismo nombre, quien en el siglo XVI
escribió el poema épico El idilio de Quetzal y Huitzel, donde los castellanos
ya no son víctimas de los caciques indígenas –comparados por su crueldad con
Polifemo–, sino hombres ambiciosos que destruyen aldeas y avasallan a pueblos
que sufren por la destrucción de sus tribus y de sus vidas (Méndez Plancarte,
1991).
También los ilustrados del siglo XVIII, en función de
sus ataques a España, presentaron la ‘leyenda negra’ de la conquista y destrucción
de las civilizaciones de América, aunque en general reconocían el carácter
positivo del ‘descubrimiento’ para Europa (Elliot, 1996).
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Guaman Poma de Ayala, Corregidor
de minas/Como lo castiga crvelmente a los caciques
prencipales los corregidores y jueses con poco temor
de la justicia con diferentes castigos cin tener misericordia
por Dios a los pobres./en las minas. El primer nveva
coronica i bven gobierno, fol.525.
SUBIRATIS, Eduardo. El continente vacio. La conquista
del nuevo mundo y la conciencia moderna. Siglo XXI
Editores, México, 1994 |
En esa misma centuria, Voltaire, en
su novela Cándido, lleva a su protagonista a El
Dorado, el reino inca donde aquél encuentra la abundancia
y la riqueza sin valor, donde no existen ni el hambre
ni las enfermedades y la vida es muy larga, una especie
de utopía aislada por la naturaleza que la protege de
ser destruida por la ambición de la civilización europea.
Y aunque estas ideas influyeron en las luchas por la independencia
de los países hispanoamericanos, el mismo Simón Bolívar, pese a que luchaba
contra España, rechaza actuar en nombre de los antiguos pueblos indígenas
y, por el contrario, denomina Gran Colombia al país que forma con el antiguo
Virreinato de Nueva Granada, en honor, desde luego, a Cristóbal Colón, quien
se convierte así en un héroe de la Independencia (Acosta Saignes, 1981).
También la conmemoración de lo que
de manera neutra se llamó el Quinto Centenario, en 1992,
dio lugar a una de las discusiones más intensas en torno
a la identidad de estas tierras y sus habitantes. Entre
los argumentos más radicales se llegó a plantear que los
verdaderos descubridores de este continente fueron los
asiáticos que hace más de 20 mil años cruzaron el estrecho
de Bering y que, en todo caso, lo que hicieron Colón y
los españoles en 1492 no fue descubrir América, sino la
noción de mundo (Fernández Retamar y Dieterich, 1989).
Dejamos por el momento la discusión, no sin antes apuntar,
como el peruano Gustavo Gutiérrez, que los problemas que plantea 1492, sobre
todo para los países hispanoamericanos, son vigentes en este tiempo y pertinentes
para la definición de la emancipación e identidad de este continente, denominado
por accidente América (Gutiérrez, 1989).
Bibliografía
ACOSTA Saignes, Miguel, Antología
de Simón Bolívar, UNAM, México, 1981.
COLÓN, Cristóbal, Los cuatro viajes: Testamento,
Alianza, Madrid, 1986.
DIETERICH, Heinz; Fernández Retamar, Roberto; Gutiérrez,
Gustavo, et al., Nuestra América frente al V Centenario,
Joaquín Mortiz/Planeta, México, 1989.Elliot, J. H.,
El Viejo Mundo y el Nuevo (14921650), Altaya, Barcelona,
1996.
------- "La conquista española y las colonias de América",
en Historia de América Latina 1, Leslie Bethell, Crítica,
Barcelona, 1998.
FERNÁNDEZ Armesto, Felipe, Colón, Crítica,
Barcelona, 1992.
FERNÁNDEZ Retamar, Roberto, Calibán, Diógenes,
Buenos Aires, 1971.
------- (ver Dieterich, para 1989.)
GUTIÉRREZ, Gustavo (ver Dieterich, para 1989).
MÉNDEZ Plancarte, Alfonso, Poetas novohispanos,
15211621, UNAM, México, 1991.
O'GORMAN, Edmundo, La invención de América, Lecturas
mexicanas, México, 1984 (la primera edición es del
FCE, México, 1958).
PANÉ, Ramón, Relación acerca de las antigüedades
de los indios, Siglo XXI, México, 1974.
VOLTAIRE, Cándido, Millenium, 1999. |