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Correo del Maestro Núm. 89, octubre 2003

El laberinto de 1492

Francisco Emilio de la Guerra

La persistencia de la noción ‘descubrimiento de América’ para referirse al acontecimiento ocurrido entre el 11 y 12 de octubre de 1492 prueba hasta qué punto es difícil modificar las estructuras mentales que condicionan la cosmovisión de las sociedades, como la de esas aves que nacen en cautiverio y no imaginan otro mundo fuera de su jaula, que ni siquiera es de oro.

Desde los años cuarenta, el historiador Edmundo O’Gorman mostró cómo para la noción cristiana de mundo, la irrupción de una cuarta entidad terrestre fue una novedad difícil de aceptar en Europa, por ser contraria a las concepciones de los padres de la Iglesia Católica, pero que una vez reconocida la realidad de un Nuevo Mundo (bautizado ‘América’ en la Cosmographie Introductio de 1507, en honor a Américo Vespucio) nació la idea, totalmente falsa, del descubrimiento de América hecho por Cristóbal Colón, para incorporar estas tierras no conocidas a la tutela del mundo europeo, proceso que él denominó “la invención de América” (O’Gorman, 1984).

En el contexto del Renacimiento, O’Gorman analiza cómo el viaje del almirante nació, no de un afán por hallar nuevas tierras, sino de la competencia entre las coronas de España –recién unificada en torno al catolicismo– y Portugal por encontrar un camino a la India y sus riquezas, tras la consolidación del imperio otomano en 1453 y el cierre de las rutas comerciales entre Europa y Asia.

Mientras Portugal optó por circunnavegar la costa africana para hallar otro camino al Oriente (lo que ocurrió en 1497), los reyes de España aceptaron el plan de Colón, que planteaba cruzar el océano y llegar por Occidente a Asia. La discusión, precisa O’Gorman, no era en torno a la esfericidad de la Tierra, sino a la distancia que por mar haría posible hallar las tierras orientales, pues se descartaba la existencia de otras tierras y mucho menos de otro continente o mundo.

Las premisas partían de las creencias medievales construidascon base en la antigua noción griega de Ecumene o ‘mundo’, pero expurgada por el catolicismo de la hipótesis clásica que postulaba la posible existencia de orbis alterius, es decir, otras tierras y otros hombres que no hubieran sido previstos por las Sagradas Escrituras. Se creía sólo en la existencia de un orbis terrarum o Isla de la Tierra, conformada por los continentes o grandes porciones de tierras vecinas de Europa, Asia y África, símbolo, además, de la Santísima Trinidad.

La propuesta de cruzar el mar, que O’Gorman compara por su mérito en esa época con un viaje espacial, era aventurada, y lo extraordinario fue que, para convencer a los reyes católicos, Colón minimizó las dimensiones terrestres u orbis terrarum, con base en la concepción antigua de que la tierra ocupaba seis de las siete partes del globo, y este engaño fue aceptado por los reyes porque, como en una jugada de antemano perdida ante los portugueses, era una carta que les podía hacer ganar todo sin arriesgar demasiado. Tal razón explica que concedieran a Colón el grado de almirante de la mar océano y de virrey y gobernador de las tierras que, en nombre de los reyes, tomara en posesión, además de prometerle el 30 por ciento de las riquezas halladas.

El tejedor de afanes

Retrato de Cristóbal Colón, Museo de América, Madrid.
ALATORRE, Antonio. Los 1001 años de la lengua
española. Bancomer, México, 1979.

La personalidad de Colón se correspondía con la de los aventureros de la época, cuya ambición tenía dos vías principales para el ascenso social: la Iglesia o la guerra. Nacido cerca de 1450 en Génova, esta circunstancia fue propicia para abrirle otra ruta, la de la navegación, aunque no fue una tradición en su familia, pues Cristóbal fue hijo de un tejedor, Domenico Colón, con quien trabajó hasta poco después de los 20 años, época en que inició sus primeros viajes marítimos. Sin preparación académica, cuando se presentó a los reyes españoles ya tenía fama de ser un “onbre de muy alto ingenio sin saber muchas letras” (FernándezArmesto, 1992).

Otra característica de su personalidad, pero de algún modo también sello de la época, fue su obsesión por “hacerse un gran señor”, además de la necesidad de favorecer a su familia, lo que ocurrió sobre todo después de sus desembarcos en el Nuevo Mundo. También fue famosa su extravagancia de vestirse como franciscano y creerse predeterminado por la Providencia para abrir nuevas tierras a la evangelización. Su mismo nombre favoreció su mesianismo, pues se veía como un San Cristóbal cruzando las aguas con Jesucristo a cuestas, idea que concordaba con las políticas expansionistas de los reyes españoles, que en ese año de 1492, en nombre del catolicismo terminaron la conquista de la España árabe y decretaron la expulsión de los judíos y, sin sospechar los inesperados hallazgos de Colón, determinaron la conquista y evangelización de las nuevas tierras y pueblos. Producto de esas fantasías religiosas de Colón y de sus equivocaciones al insistir en su búsqueda de un paso al océano Índico, fue su creencia de que en su tercer viaje quizá había desembarcado “adonde está el Paraíso Terrenal” (O’Gorman).

Estas actitudes del almirante suscitaron muchas dudas en torno a su cordura o sus intenciones. Durante el primer viaje, para contener la desesperación de los tripulantes por lo prolongado de la navegación, Colón les informaba que habían recorrido menos distancia de la que en realidad registraba con sus instrumentos. Además, otro indicio de la excesiva ambición y fantasía del almirante es que, pese a los privilegios pactados personalmente con la Corona, se apropió de la recompensa (diez mil maravedíes de juro, es decir, de por vida) que los reyes ofrecieron al marino que primero avistase tierra. Y ése fue el tripulante que se hacía llamar Rodrigo de Triana, entre la noche del 11 y 12 de octubre de 1492, pero Colón había vislumbrado horas antes un resplandor en el horizonte, que dijo era tierra y así lo hizo constar, por lo que reclamó para sí tal recompensa. A cambio de tal mérito, Colón sólo concedió a Triana un jubón de seda.

Al llegar a la isla de Guanahaní, a la que bautizó San Salvador, tomó posesión de la tierra en nombre de sus majestades, quienes a su vez habían legalizado la empresa con el papa Alejandro VI, y procedió al ‘rescate’ de oro a cambio de cuentas de vidrio con los habitantes de la isla, a quienes describió de naturaleza pacífica y ‘buena fechura’; pero como la riqueza resultó escasa, llegó a la isla que denominó Española (cuyo nombre original era Haití y ahora ocupan la nación de ese nombre y la República Dominicana), donde estableció el primer poblado europeo en estas tierras, aunque mantuvo la falsa convicción de que había llegado a Asia.

Americen Americus retexit, Semel vocauit inde semper excitam (“Amerigo redescubre América, A partir de entonces ella siempre más fue despertada por este nombre”). Grabado de Théodor Galle, 1589.

La otredad incomprendida

La carencia de riquezas y de oro determinó que el objetivo económico de la empresa recayera en el sometimiento de la tierra y de sus hombres, quienes aunque al principio fueron considerados libres por naturaleza y creación divina, por creérseles asiáticos, fueron obligados a prestar servicios a los colonizadores y conquistadores europeos a cambio de su conversión al cristianismo.

Más tarde, el descubrimiento de que se trataba de otras tierras y no de India, sumado a las dificultades para someter a los antes considerados pacíficos aborígenes y para conciliar los extremos de evangelización y explotación, llevaron a algunos conquistadores a poner en duda su humanidad o, a falta de argumentos racionales y cristianos, a pretextar el recurso a ‘la guerra justa’ para someter y esclavizar a los pueblos autóctonos remisos al trabajo forzado y a aceptar ‘la salvación de sus almas’ (Elliot, 1998).

La primera experiencia con los nuevos hombres fue registrada por el fraile catalán Ramón Pané, quien llegó a La Española posiblemente hacia 1494, en el segundo viaje de Colón, y escribió el primer tratado sobre los pobladores taínos que habitaban las islas de lo que después se denominó Caribe, en alusión a una tribu cuya fama –que justificó la guerra que se les hizo– se derivó de su ferocidad y supuesta antropofagia o canibalismo, término este último derivado de una deformación española de la voz caribal (Fernández Retamar, 1971).

Los taínos, como los otros pueblos de las islas, pertenecían a la familia arahuaca o arawaka y llegaron a las Antillas procedentes de la zona septentrional de América del Sur, y sólo sobrevivieron unos treinta años al ‘descubrimiento’ y conquista de las islas por Colón.

Hacia marzo de 1495, por mandato del almirante, Pané se fue a vivir con el cacique Guarionex para aprender su lengua, que se hablaba en toda la isla, pues en ese momento el fraile sólo conocía la del lugar llamado Macorís. Lo acompañaron varios nuhuirey, que sabían ambas lenguas, y entre ellos, “el mejor de los indios... Guatícabanu, que después fue cristiano y se llamó Juan...” (Pané, 1974).

Allí ocurre la historia de los seis súbditos de Guarionex,  que enterraron las imágenes católicas en un conuco o parcela, como era su costumbre hacerlo con las imágenes sagradas o cemíes, y fueron quemados, en castigo, por orden del hermano del almirante, Bartolomé Colón, entonces a cargo del gobierno de La Española.

Pané, además de estos hechos, registró la cosmogonía de los taínos, sus ideas acerca de la creación del Universo y de las mujeres y los hombres, sus creencias religiosas, además de la profecía de la llegada de gente vestida que mataría a los pobladores de las islas.

Guarionex al principio aceptó la evangelización, señaló Pané. “Pero después se enojó y abandonó su buen propósito, por culpa de otros principales de aquella tierra, los cuales le reprendían porque deseaba obedecer la ley de los cristianos, siendo así que los cristianos eran malvados y se habían apoderado de sus tierras por la fuerza...”

El descubrimiento a juicio

Desde principios de la colonización y conquista surgió un pensamiento crítico de este proceso, sobre todo entre algunos frailes, como Bartolomé de Las Casas, que atenuó los excesos y dio lugar a las Leyes de Indias, que reconocieron los derechos de súbditos de los pobladores originales de las nuevas posesiones españolas (Elliot, 1998).

Incluso entre los primeros mestizos y criollos ocurrió esta actitud de censura, si bien un tanto matizada por el rechazo a los ritos antiguos de los pueblos recién subyugados. Tal es el caso del poeta Francisco de Terrazas, hijo de un conquistador del mismo nombre, quien en el siglo XVI escribió el poema épico El idilio de Quetzal y Huitzel, donde los castellanos ya no son víctimas de los caciques indígenas –comparados por su crueldad con Polifemo–, sino hombres ambiciosos que destruyen aldeas y avasallan a pueblos que sufren por la destrucción de sus tribus y de sus vidas (Méndez Plancarte, 1991).

También los ilustrados del siglo XVIII, en función de sus ataques a España, presentaron la ‘leyenda negra’ de la conquista y destrucción de las civilizaciones de América, aunque en general reconocían el carácter positivo del ‘descubrimiento’ para Europa (Elliot, 1996).

Guaman Poma de Ayala, Corregidor de minas/Como lo castiga crvelmente a los caciques prencipales los corregidores y jueses con poco temor de la justicia con diferentes castigos cin tener misericordia por Dios a los pobres./en las minas. El primer nveva coronica i bven gobierno, fol.525.
SUBIRATIS, Eduardo. El continente vacio. La conquista del nuevo mundo y la conciencia moderna. Siglo XXI Editores, México, 1994

En esa misma centuria, Voltaire, en su novela Cándido, lleva a su protagonista a El Dorado, el reino inca donde aquél encuentra la abundancia y la riqueza sin valor, donde no existen ni el hambre ni las enfermedades y la vida es muy larga, una especie de utopía aislada por la naturaleza que la protege de ser destruida por la ambición de la civilización europea.

Y aunque estas ideas influyeron en las luchas por la independencia de los países hispanoamericanos, el mismo Simón Bolívar, pese a que luchaba contra España, rechaza actuar en nombre de los antiguos pueblos indígenas y, por el contrario, denomina Gran Colombia al país que forma con el antiguo Virreinato de Nueva Granada, en honor, desde luego, a Cristóbal Colón, quien se convierte así en un héroe de la Independencia (Acosta Saignes, 1981).

 También la conmemoración de lo que de manera neutra se llamó el Quinto Centenario, en 1992, dio lugar a una de las discusiones más intensas en torno a la identidad de estas tierras y sus habitantes. Entre los argumentos más radicales se llegó a plantear que los verdaderos descubridores de este continente fueron los asiáticos que hace más de 20 mil años cruzaron el estrecho de Bering y que, en todo caso, lo que hicieron Colón y los españoles en 1492 no fue descubrir América, sino la noción de mundo (Fernández Retamar y Dieterich, 1989).

Dejamos por el momento la discusión, no sin antes apuntar, como el peruano Gustavo Gutiérrez, que los problemas que plantea 1492, sobre todo para los países hispanoamericanos, son vigentes en este tiempo y pertinentes para la definición de la emancipación e identidad de este continente, denominado por accidente América (Gutiérrez, 1989).

 

Bibliografía

ACOSTA Saignes, Miguel, Antología de Simón Bolívar, UNAM, México, 1981.
COLÓN, Cristóbal, Los cuatro viajes: Testamento, Alianza, Madrid, 1986.
DIETERICH, Heinz; Fernández Retamar, Roberto; Gutiérrez, Gustavo, et al., Nuestra América frente al V Centenario, Joaquín Mortiz/Planeta, México, 1989.Elliot, J. H., El Viejo Mundo y el Nuevo (14921650), Altaya, Barcelona, 1996.
------- "La conquista española y las colonias de América", en Historia de América Latina 1, Leslie Bethell, Crítica, Barcelona, 1998.
FERNÁNDEZ Armesto, Felipe, Colón, Crítica, Barcelona, 1992.
FERNÁNDEZ Retamar, Roberto, Calibán, Diógenes, Buenos Aires, 1971.
------- (ver Dieterich, para 1989.)
GUTIÉRREZ, Gustavo (ver Dieterich, para 1989).
MÉNDEZ Plancarte, Alfonso, Poetas novohispanos, 15211621, UNAM, México, 1991.
O'GORMAN, Edmundo, La invención de América, Lecturas mexicanas, México, 1984 (la primera edición es del FCE, México, 1958).
PANÉ, Ramón, Relación acerca de las antigüedades de los indios, Siglo XXI, México, 1974.
VOLTAIRE, Cándido, Millenium, 1999.

 

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